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“Centré mi proyecto migratorio en el trabajo y enfermé”

Por: Claudia Zavala

Claudia Reina da un sorbo a su café y rememora los primeros años fuera de su país: “Emigré en 2006. Llegué a Valencia, España, para hacer un máster en Planificación Estratégica de Desarrollo Local. Me gradué de Relaciones Internacionales de la Universidad de El Salvador y ahí trabajaba en una empresa de importación-exportación. Aunque no me iba mal, lo que ganaba era muy poco para realmente dar un salto en mi vida; además, quería aprender, crecer y viajar, por lo que una beca de estudios fue la palanca inicial para conseguirlo”.

De vivir con su abuela en su país natal, Claudia llegó a España, para incorporarse a la rutina de un Colegio Mayor, un espacio que formaba parte de un proyecto social y académico donde convivían estudiantes de distintos países en vías de desarrollo. Fue ahí donde comenzó su primera fase de integración, conociendo y respetando nuevas religiones, costumbres, tradiciones y pautas alimentarias que hasta entonces le habían sido ajenas. “Habíamos estudiantes latinoamericanos, africanos, árabes… Fue enriquecedor y chocante, a la vez. Fue el entorno donde tuve mis primeros desacuerdos. Soy una persona que dice lo que piensa y siempre he sido muy independiente. Aunque la mayoría teníamos intenciones de construir una buena convivencia, era inevitable que surgieran situaciones de conflicto, como actitudes machistas, de hombres y mujeres, propias de nuestros países de origen. Te das cuenta que, incluso en Europa, donde se supone que todo es ‘más avanzado’, estas situaciones pasan. También me impresionaron las diferencias entre nuestro castellano y el que se habla en España. De plano, a veces, no entendía nada, y ellos a mí tampoco. Por ejemplo, en un mercadillo, si pedía un par de ‘calcetines café’, me decían ¿quéee?, porque te entienden mejor si dices ‘medias marrón’. En la universidad, los profesores, a veces, tampoco me entendían. Te frustra un poco, pero es así. Tuve que cambiar el ‘chip’ para avanzar”.

Claudia completó esa primera etapa de formación académica, especializándose en Cooperación Internacional y colaborando en Oxfam Intermón, una de las ONG más potentes y reconocidas en su ámbito. Sin embargo, ella reconoce que, mientras se está en el entorno académico que permite una beca, prácticamente, se vive en una especie de “burbuja”, donde se tiene garantizado el techo, la comida y los gastos básicos. Admite que su verdadero proceso migratorio inicio cuando esa fase finalizó y, decidida a ampliar su estancia en España, empezó a buscar trabajo. Su facilidad de palabra y carácter extrovertido le ayudaron a contactar con diversas opciones que le abrían pequeñas vías para transitar hacia el mercado laboral español. Mientras estudiaba, comenzó a trabajar por horas, impartiendo clases extraescolares de inglés, teatro y música a niños, aprovechando sus años de experiencia como soprano lírica en un coro en El Salvador. También las prácticas que realizaba en la ONG le permitieron consolidar, poco a poco, una red social de potenciales contactos para trabajar.

“Estuve más de 4 años haciendo de todo, intentando regularizar mi situación migratoria y cambiar mi estatus de estudiante. Cada actividad en la que me implicaba era una esperanza para el anhelado contrato. Pero, cuando eres profesional en etapa de especialización, te involucras en cosas que se acoplan a tu formación, pero que no te aportan nada económicamente. También corres el riesgo de que las instituciones se ‘aprovechen’ de alguna manera, porque saben que te gusta lo que haces y, sí, te lo reconocen y te dan la palmadita en la espalda, pero de hablar de dinero o contrato, nada. Y pasas mucho tiempo en ese círculo vicioso, porque salirte de ahí implica irte al mundo laboral más precario. Y no has estudiado durante tantos años para caer en eso. O al menos eso quieres pensar”.

El dominio lingüístico de Claudia del inglés y francés y sus conocimientos de alemán, árabe y chino – acudía siempre a la Escuela Oficial de Idiomas de Valencia para seguir avanzando en su aprendizaje- hizo que una persona conocida la recomendara para un trabajo como asistente de un reconocido diseñador de interiores que trasladaba su estudio artístico desde Londres a Valencia, en el año 2012. Su conocimiento del funcionamiento de las instituciones locales y su capacidad para resolver problemas también fueron clave para que, por fin, consiguiera ser contratada de manera formal.

“Les ayudé a gestionar desde los trámites para instalar su empresa en la ciudad, abrir la oficina, resolver el tema de la mudanza y todo lo que tiene que ver con nuevas rutinas al aterrizar en un país. Al poco tiempo de llegar, la esposa de mi jefe se quedó embarazada de su primer hijo. Y al año, tuvo al segundo. Aparte del trabajo administrativo, también asumí el papel de niñera: me tocaba madrugar para salir a las 6:30 am, llegar a su casa a levantarlos, darles desayuno, llevarlos al colegio. Luego, iba a la oficina, a contestar correspondencia, estructurar proyectos con el resto del equipo y hacer mandados. Luego, recogía a los niños, los llevaba a sus clases extraescolares, les ayudaba a hacer tareas, les daba cena y los dejaba listos para dormir. Si estaban enfermos, era yo la encargada de llevarlos al médico. Ellos vivían en las afueras de la ciudad y, a veces, salía súper noche en el tren hacia mi casa. Cuando terminaba algo temprano, procuraba ir a la Escuela de Idiomas. Me dormía en clase… pero era mi manera de sentir que seguía cultivando mi mente y que, de alguna manera, todo eso tendría sentido para mí en el futuro. Al día siguiente, otra vez, a madrugar, y a seguir con esa misma rutina demoledora. Mi gran objetivo era poder cotizar, al menos dos años en la Seguridad Social, para poder tener mis papeles y seguir enviando remesas a mi país, para ayudar a mi mamá, abuela y hermano”.

El objetivo migratorio de Claudia se fue cumpliendo, a punta de un intenso esfuerzo físico y dedicación mental y emocional. Cuando tenía ya sus primeros requisitos legales cumplidos, pudo aplicar a la nacionalidad española, lo cual le permitiría olvidarse por completo de todos los años de incertidumbre, colas y trámites que había pasado. Pero el ritmo tan exigente de trabajo hizo mella en su salud física y psicológica. “Un día, hace 4 años, mi espalda hizo ‘crack’. Y ahí empezó una etapa de permanentes dolores agudos que comencé a controlar a base de analgésicos. La misma rutina que llevaba hizo que me aislara de la gente que conocía, no tenía vida social ni energía para planear nada. Dejé de ir a clases, al coro, a yoga, a correr. Sólo esperaba el fin de semana para dormir e intentar reponerme, para aguantar la semana siguiente. Estaba joven, pero tenía achaques de persona mayor.  Había días que no podía levantarme, por mi terrible dolor en la ciática. De remate, mi relación familiar, en medio de todo este proceso, tampoco ha sido muy buena. Es frustrante ver que mandas y mandas dinero y las deudas siguen ahí. Ellos tienen otra visión de mundo y cuesta que nos entendamos. Te preocupas por brindar seguridad a tu familia en un país como El Salvador y eso implica invertir en un lugar más seguro para vivir. Me puse una mochila de responsabilidades yo sola y me dejé siempre en segundo plano”.

Luego de juramentar como ciudadana española, en 2018, y con sus problemas de salud agudizados, Claudia comprendió que, después de tantos años de lucha sin descanso, era el momento de poner límites y replantearse su futuro. “Entendí que, muchas veces, tu proyecto de vida pasa por consolidar tu trabajo y, por tanto, durante mucho tiempo, tu trabajo se convierte en tu único proyecto de vida. Es una forma de enfrentar el proceso migratorio, pero también es una trampa, porque llega un momento en que sientes que has desperdiciado tu vida. Todavía sigo recuperándome de esa etapa tan dura. Estoy orgullosa de todo lo que he conseguido sola. Yo aguanté en un trabajo lo que muchas mujeres le aguantan a un marido. Si he tenido pareja en algún momento, ha sido porque he querido. Y también me he separado cuando he querido. Pero, ahora que miro hacia atrás, reconozco que ha sido muy difícil”.

Poner límites ha significado replantear su situación laboral, sus horarios y su sueldo. En este tiempo, también ha intentado viajar y seguir conociendo culturas, una de sus grandes pasiones. Países como Noruega, Francia, Canadá y Alemania han sido algunos de sus destinos. Luego del reciente divorcio de su jefe de la madre de sus hijos, Claudia se desvinculó del cuidado de los niños y ahora está enfocada sólo en la parte administrativa de la oficina. “Eso también fue duro, porque siento un cariño profundo hacia ellos. Yo los he criado, prácticamente, desde que nacieron. Pero tengo que transformar mi tendencia a ser la ‘salvadora’ de todos y defensora de las causas perdidas y debo cuidarme también yo. Mi jefe lo ha entendido, es una buena persona. Quiero pensar que esta situación se dio por falta de límites de ambas partes”.

Con 41 años, y en plena fase de recuperación emocional y física, reconectar con la esencia de aquella joven que salió hace 13 años de El Salvador, llena de sueños y objetivos profesionales, la impulsa a dibujarse nuevos escenarios. Ya ha recibido la propuesta de participar en un nuevo proyecto laboral y no descarta ampliar su búsqueda hacia el resto de Europa. “Sigo teniendo esa sed de conocer otras culturas. Siempre me he preguntado por qué unas personas son más propensas a confiar y a avanzar en la vida. ¿Qué es lo que les aporta esas herramientas para salir adelante? Una de las cosas tristes que veo de nuestro país es la mentalidad de escasez y pobreza que tenemos. Sólo pensamos en consumir. Pero también reconozco que venir de donde vengo es lo que me ha permitido resistir y salir a flote sola. Y, aunque sienta que, esté donde esté, voy a ser una persona ‘incómoda’ por mi manera de ser, porque no me callo nada, me sigue impulsando aspirar a una calidad de vida, como mujer digna y respetada, y seguir pudiendo ayudar a la gente que quiero; eso sí, teniendo mi bienestar por encima de todo. He aprendido la lección”, finaliza.

 

 

“Alemania me ha dado otras opciones y ha abierto mi mente”

Por: Claudia Zavala

Carolina Molina de Hernández cuenta su historia, desde Frankfurt, Alemania. Con 38 años de edad, esta abogada salvadoreña comparte los detalles de su proceso migratorio que, según comenta, se consolidó por la situación laboral de su marido. “Mi esposo, René, trabajaba en una empresa alemana en El Salvador, y viajaba a ese país y a Europa, en general, con frecuencia. Desde que conoció Frankfurt se enamoró de la ciudad y me dijo que algún día viviríamos ahí. Yo le decía que sí, pero nunca imaginé que todo se fuese a dar de una manera tan fluida, en tan poco tiempo”, explica.

Los méritos académicos y laborales de Carolina la habían consolidado como notaria y registradora de la propiedad en el Centro Nacional de Registros, consiguiendo una destacada situación profesional en su país. En 2013, se convirtió en madre de su único hijo. Y, según cuenta, aunque estaba muy contenta con su empleo que, además, le brindaba guardería a su hijo en su mismo centro de trabajo, anhelaba ser madre a tiempo completo y dedicarse más a su vida familiar. “Llevaba una rutina bastante ajetreada entre el trabajo y la casa. René viajaba mucho; a veces, pasábamos hasta 3 meses mi bebé y yo solos. Una vez me dio chikungunya y, a la vez, a mi niño le dio una infección. Fue caótico… Quería experimentar otro ritmo de vida, abrirme a otras posibilidades”.

En 2014, surgió una oportunidad para su marido de conseguir una plaza en Frankfurt. Aunque la idea seguía pareciendo remota, el matrimonio se preparó ante un eventual cambio, en caso de que René fuese aceptado. El proceso de selección y contratación no fue fácil y se alargó durante casi un año. Pero, finalmente, la plaza le fue asignada. Así, en julio de 2015, René viajó a Frankfurt para incorporarse a su trabajo y empezar el proceso de búsqueda de casa e instalar a su familia.

“Nosotros somos creyentes y, desde el principio, vimos la mano de Dios en todo el proceso. Frankfurt es una ciudad sumamente cosmopolita y demandada; encontrar vivienda aquí es súper difícil. Se conocen casos de gente que tarda de 6 meses a 2 años en conseguir algo. Los alquileres son caros, en promedio de 1,100 a 1,500 euros. Contra todo pronóstico, René encontró casa, en menos de 2 meses, a kilómetro y medio de su trabajo y a 80 metros de la escuela de mi hijo, en una calle comercial muy importante, a pocos minutos del centro. Por mi parte, en El Salvador, vendí nuestra casa, carro y renuncié en mi trabajo, el 20 de noviembre de 2015. Todo se dio sin problemas”.

Con la buena fortuna dándoles la bienvenida, madre e hijo aterrizaron en Frankfurt, el 14 de diciembre de 2015. Aunque llegaron en pleno invierno alemán, Carolina asegura que lo sobrellevaron muy bien, pues René se había encargado de comprarles la ropa adecuada y tenía resueltas diversas cuestiones prácticas como dónde ir a comprar, cómo transportarse, y dónde estaba ubicado lo más importante en la ciudad, lo que ayudó a que los primeros días de la familia se fueran acomodando de manera tranquila y ordenada.

“Llegamos a pocos días de que mi hijo cumpliera 2 años y de la Navidad. Fueron nuestras primeras fechas importantes estando solos. Yo soy muy unida a mi mamá y a mis hermanas, no fue fácil ese momento, pero cuando estás en esta situación uno se inventa lo que puede, saca ánimos de donde sea, porque si no, nunca avanzas ni te abres a tu nuevo entorno”.

Y en ese “inventar lo que uno puede”, Carolina decidió en esa primera Navidad hacer algo que nunca imaginó que formaría parte de su nueva vida: cocinar pupusas.  “Me dieron ganas de comer pupusas en la cena navideña y le pregunté a mi mamá cómo hacerlas, porque quería hacerlas variadas y que me quedaran buenas. Para mi sorpresa, me quedaron muy ricas, tomando en cuenta que, en El Salvador yo no cocinaba. Poco a poco, fui invitando a algunos salvadoreños y extranjeros que conocimos para que las probaran. ¿Por qué no las vendes?, me decían”.

Dicho y hecho. Luego de la primera venta oficial que le hiciera una amiga para el festejo de cumpleaños de su hija, a los pocos meses, las pupusas de Carolina empezaron a conocerse, y fue haciéndose de una pequeña clientela salvadoreña, alemana y de otros países que ahora reciben su encomienda gastronómica por correo, todas las semanas. Sus envíos abarcan desde ciudades como Berlín hasta Friburgo. “Las preparo domingo en la tarde. Por recomendación de mi mamá, las dejo enfriar de manera natural toda esa noche. El lunes, tempranito, las empaco y las pongo en el correo, que aquí funciona muy bien. Llegan el martes, máximo miércoles. Las envuelvo en papel de aluminio, separadas cada una, y llegan perfectas, con su curtido y salsa. Me apasiona, me alegra muchísimo cuando me dicen ‘recibí sus pupusas ¡están ricas y las he compartido! Una alemana que vivió en El Salvador me dio las gracias, emocionada, porque me dijo que ya sus hijas, al menos, conocen algo de mi país. Parece una tontería, pero para mí eso es muy importante”.

Paralelo a su emprendimiento en la cocina, Carolina se enfocó en el aprendizaje del idioma alemán, del que reconoce tener ya buenos fundamentos para comunicarse y desenvolverse diariamente, pero aún le falta mucho para tener un buen dominio. Contar con la “tarjeta azul” de su marido, asignada a los profesionales calificados, como base del estatus migratorio de la familia, les permite residir, tener derecho a cobertura sanitaria y circular libremente en toda Europa. “Este año, a René le han dado la tarjeta permanente. La verdad es que, en Alemania, es prácticamente imposible vivir ilegal. Hay que estar inscrito en la alcaldía; si no, no se puede alquilar ni hacer nada. Yo aún no he trabajado oficialmente en este país. Para pedir mi tarjeta, tengo que residir primero 5 años, aunque puedo salir y entrar sin problemas en ese tiempo”.

Carolina destaca las bondades del sistema alemán para las familias con hijos, sobre todo, para las madres que han dado a luz y que nunca han trabajado, a las que el Estado les asigna 300 euros de ayuda mensual. En caso de ser trabajadoras, reciben el 70% de su salario y tienen derecho a un año de baja maternal, para que puedan quedarse con el bebé en casa. Al respecto, es cuidadosa pero muy enfática al reconocer que hay personas refugiadas e inmigrantes que se aprovechan de esas prestaciones, lo que genera la molestia de la población autóctona, despertando sentimientos que pueden considerarse “discriminatorios” y “anti inmigrantes”, desde su punto de vista.

“Aunque, en general, no se percibe racismo o discriminación, sí hay gente racista en este país, sobre todo en los pueblos donde hay muchos adultos mayores. No sucede tanto en ciudades tan diversas como Frankfurt, donde el 51% de su población es de origen extranjero. Pero también entiendo que algunas personas que abusan del Estado alemán contribuyan a generar actitudes en contra, porque no está bien sólo venir para aprovecharse del sistema. Y por unos, lastimosamente, pagamos todos. Yo sólo he experimentado una situación incómoda cuando estaba recién llegada, que no entendía nada de alemán: Un cajero del supermercado se molestaba mucho conmigo, tenía una mala actitud siempre, era bien malcriado, y yo realmente me sentía discriminada. Ahora, con el tiempo, que ya entiendo mejor todo, me he dado cuenta de que el problema lo tiene él, no es nada personal conmigo”.

Parte de su integración social y la generación de nuevas redes de contacto ha pasado, necesariamente, por su vinculación en la Iglesia Cristiana Latinoamericana en Frankfurt, en la que el matrimonio participa activamente. Carolina es profesora en una clase de Biblia para niños y en una clase de Academia Bíblica para adultos, en las que pone en práctica el Diplomado en Teología que también cursó en El Salvador. Además, es líder del grupo de enseñanza para mujeres de todas las edades. Por su parte, René trabaja en la enseñanza y consejería de adolescentes y, además, colabora en una obra social con indigentes y drogadictos, cerca de la estación central de la ciudad.

En cuanto a la educación y crianza de su hijo, ella comenta que ha ido conociendo, poco a poco, el sistema alemán, en el que la escuela es obligatoria a partir de los 6 años. Su hijo pudo incorporarse al kindergarten, que cubre la etapa de los 3 a 6 años, y ahí empezó su inmersión en la cultura e idioma alemán. En septiembre del próximo año, empezará la escuela obligatoria, pero, por ser alumno de origen extranjero, el Estado le provee un curso de nivelación del idioma un año antes, para que ingrese en igualdad de condiciones con los demás niños. Ya conoce su escuela y los profesores que tendrá. “A mi hijo, afortunadamente, se le ha facilitado mucho el idioma. Entró un mes de noviembre al kínder y, tres meses después, ya entendía y contestaba en alemán. Debo decir que fuimos bien recibidos en la escuela. Casi siempre había gente que hablaba inglés y, si no, nos hablaban en alemán muy despacio y sencillo todo para que les entendiéramos”.

Desde su punto de vista, el estereotipo generalizado de que los alemanes son personas “frías y distantes” se evidencia en la manera en la que suelen educar a sus hijos. “Es su manera de ver la vida. Hay una tendencia fuerte a que los niños resuelvan sus propios problemas. Por ejemplo, en el parque, si ves niños peleando, no intervienen, piensan que ‘es cosa de niños’ y ahí los dejan. Yo pienso que los niños necesitan orientación, establecerles límites, decirles qué está bien y qué no. Yo sí estoy muy presente con mi hijo. Pero no sólo lo veo con los alemanes; también hay gente originaria de otros países que tampoco interviene en los conflictos de sus hijos, pero por otros motivos, quizá por desentendimiento o porque tienen otro tipo de carencias familiares. El tema de la crianza en un contexto intercultural es particular, porque debes de tener bien claro cuáles son tus valores para ponerlos realmente en práctica y no dejarte llevar por el entorno”.

El deseo de seguir conectada con sus raíces la llevó a apoyar la creación del grupo de Facebook “Mamás salvadoreñas en el mundo”, que ya tiene más de 3,200 miembros, todas mujeres salvadoreñas que residen en diversos países del mundo y que comparten la red para apoyarse en temas legales, migratorios, sociales, lingüísticos y crianza de los hijos. “Es un espacio muy bonito que ha ido creciendo con el tiempo. Lo creó Margarita Lara, una salvadoreña que vive en Budapest, con la que he establecido un lazo de amistad muy fuerte. Nos hemos visitado aquí en Europa e incluso hemos coincidido en El Salvador con nuestras respectivas familias. Cuando la abracé por primera vez, sentí que ya la conocía. Estamos creando relaciones de apoyo entre todas y eso es muy positivo”.

Carolina tiene claro que el futuro de su familia se establecerá en Alemania, aunque no descartan retornar a su país de origen en una etapa más avanzada de la vida. En breve, según comenta, viajarán, nuevamente, para estar una temporada con su familia y amigos salvadoreños. “Estamos contando los días. Aunque hablo con mi mamá hasta 3 veces al día, no es igual que estar ahí. Creo que soy muy afortunada por tener la oportunidad de visitar a mi gente, hay muchas personas que no pueden hacerlo, por su situación migratoria. Soy consciente de que este proceso de emigrar, aún con lo complicado que es, para nosotros ha sido fluido y próspero. Eso sí, para mí ha significado un gran reto personal. Ya ves, yo soy abogada, notaria y registradora de la propiedad. Aquí en Alemania, hago pupusas, piñatas, gorros de lana, lo que vaya surgiendo… yo me pongo videos de YouTube y aprendo. Soy una persona curiosa y creo que eso me ha ayudado mucho a abrirme e integrarme en este país. En El Salvador, si uno no tiene carrera, no es alguien. La escala social pasa por ser profesional universitario. Tenemos prejuicios negativos si te dedicas a cosas que no son parte de tu carrera. Yo le doy las gracias a mi familia, porque siempre me impulsaron a estudiar y me apoyaron. Pero aquí es distinto. Alemania me ha abierto otras opciones laborales y he abierto mi mente. A mi hijo le gusta la cocina. Si él quiere ser cocinero, sé que se podrá ganar la vida dignamente, sin necesidad de ser abogado o médico. Estoy cumpliendo mi deseo de estar presente en su desarrollo y en ayudarle a construir su identidad como persona. Él está muy orgulloso de ser salvadoreño, ¡a todo mundo le dice que habla español! Creo que será una gran herramienta para su vida, junto a su profundo aprendizaje y experiencia de la cultura alemana. Más adelante, me gustaría especializarme en algo relativo a Derechos Humanos y Género. De momento, estoy contenta con lo que vamos creando. Poder gestionar mi tiempo como quiero y seguir aprendiendo es realmente un lujo para mí y voy a aprovecharlo al máximo”, finaliza.

 

 

 

“En Alemania, estoy transformando mis prejuicios”

Por: Claudia Zavala

Hace apenas dos años, la vida de la salvadoreña Pamela Alens Volkmer dio un giro inesperado, cuando conoció al que ella llama “el hombre de su vida”, en una fiesta. Era mayo de 2017 y para esta joven graduada en Relaciones Públicas, el encuentro con Florian, un joven alemán fue un verdadero impacto: “Yo lo vi y dije ‘¡de aquí soy! ¡es él! Yo había tenido algunas relaciones con extranjeros, anteriormente, y la verdad es que mi familia y amigos pensaban que con él tampoco iba a funcionar. Al principio, nadie confiaba en la relación. Mi mamá me decía que a veces los extranjeros sólo quieren sexo y ningún compromiso”, recuerda.

Frente a la incredulidad del entorno, la pareja se acopló muy bien y se fue consolidando rápidamente. El proyecto en el que Florian estaba implicado laboralmente terminaría en breve. Entonces, Pamela recibió una propuesta rotunda y radical de parte de su novio: “¿Te vendrías conmigo a vivir a Alemania?”. “Yo siempre he sido extrovertida, flexible, me gusta conocer personas y nuevas culturas. Y estaba muy enamorada. Le dije que sí. Me propuso matrimonio, en noviembre de 2017. Nos casamos por lo civil, en enero de 2018”.

Contra todo pronóstico, en pocos meses, la pareja por la que pocos apostaban se convirtió en matrimonio y ya planificaba su nueva vida en Alemania. Para sellar aún más su pacto de amor y convivencia, toda la familia de Florian viajó desde Alemania hasta El Salvador, para realizar la boda religiosa, el 17 de mayo de 2018, una semana antes de partir a su nuevo destino. La pareja se despidió de El Salvador, el 25 de mayo de 2018. “Aunque estaba muy ilusionada, la despedida fue triste, porque siempre he tenido una muy buena relación con mis papás y mis hermanos; tengo una hermana gemela con la que estoy muy unida. Era duro pensar que ya no los tendría conmigo”.

Pamela y Florian aterrizaron en Uffing, al sur del estado de Baviera, cerca de la frontera con Austria, y se instalaron en casa de la madre de él, durante los siguientes meses, mientras encontraba nuevamente trabajo. Pamela cuenta que la primera impresión al llegar a Alemania fue agradable, tomando en cuenta los 20 grados de temperatura característicos del mes de mayo.

Las personas que llegan a vivir a Alemania, por mandato del Estado, deben hacer lo que se llama “Curso de integración en Alemania”, una serie de clases, no sólo de aprendizaje del idioma, sino también del conocimiento de la cultura bávara. Como las clases de ese curso ya habían empezado, Pamela tuvo que esperar hasta el mes de noviembre para integrarse a la escuela. Mientras tanto, fue su suegra quien la introdujo en el aprendizaje del idioma y la cultura. “En las primeras semanas, con ella aprendí los números, el alfabeto, cómo y dónde comprar, todo lo básico de la vida diaria en Alemania… La gente habla mal en general de las suegras, pero, en mi caso, ella ha sido una bendición para mí. Es bien linda gente, me ha ayudado en todo. No me costó acoplarme a su lado. Además, yo en El Salvador tenía siempre todo hecho, porque había una señora que nos ayudaba en casa. Llegué a Alemania con cero conocimientos de cocina, de llevar una casa… Ahora ya me animo haciendo frijolitos, pupusas, sopita de pollo salvadoreña y un par de cosas alemanas. Mi suegra nos dio techo y comida, durante los primeros meses, y siempre le estaré muy agradecida por lo generosa que ha sido con nosotros, en todos los sentidos”.

Pamela relata que la adaptación relativamente fácil de los primeros meses fue cambiando de cara al invierno, a medida que el frío intenso iba llegando. “Ya desde el otoño empezó a hacer un frío horrible. No tenía ropa adecuada, tuve que comprar todo aquí. Mis clases empezaron, pero me sorprendió lo mucho que el clima puede condicionarte. Yo he sido siempre muy activa y noté que no me daban ganas de salir. Además, coincidió que mi mamá se puso mal de salud, y tuve que vivir toda esa preocupación y angustia, desde la distancia. Comencé a vivir meses muy duros para mí, emocionalmente hablando”.

En enero 2019, Florian encontró trabajo y el matrimonio se mudó a Limburg, más cerca de Bélgica, a unas 7 horas de distancia de Uffing. Pamela se incorporó de inmediato a sus clases de alemán, en las que cuenta que destacan compañeros de países como Afganistán, Pakistán y Siria. “He aprendido mucho al lado de ellos, sobre todo por las historias tan duras que muchos tienen como refugiados. Me gusta que en clase nadie se burla de nadie, porque todos estamos aprendiendo. Yo en El Salvador, de pequeña, sufrí bullying, porque tenía problemas para hablar. Después de muchos años y terapia de lenguaje, he logrado mejorar, pero sé lo duro que es ser el centro de las burlas todo el tiempo. Por eso valoro tanto que nadie se ría de mí por mi pronunciación del alemán y que se me respete cuando hablo”.

Actualmente, el esfuerzo de Pamela está centrado en estudiar al máximo para que su nivel de alemán avance. De momento, tiene el permiso de residencia, pero, para conseguir a la ciudadanía, necesita demostrar el nivel B1 de alemán -que habilita para poder trabajar y hacer estudios superiores- y haber vivido en el país, durante 3 años, de manera permanente, sin ninguna salida. Mientras tanto, deberá renovar anualmente su residencia, demostrando que tiene medios para vivir, que sigue estudiando y que está inmersa en su proceso de integración en la cultura alemana.

Gran parte de ese proceso ha pasado por desmontar mitos y estereotipos que tenía con respecto a las personas alemanas y europeas en general: “Pensaba que eran fríos, distantes, que no se bañaban… no sé por qué existe ese prejuicio en Latinoamérica, pero pensamos que los europeos son sucios.  Mi experiencia ha sido buena, pues he conocido a gente abierta, educada, amable y limpia, por supuesto. No digo que todo sea perfecto. En este país existe el racismo y la discriminación. Lo viví una vez en un tren. Iba con mi esposo, y un señor me miró con mucho desprecio y superioridad, sin disimular, sólo porque yo iba hablando español. Sentí miedo. Fue una sensación nueva para mí. Nos cambiamos de asiento y todo. Florian también se sintió mal. Me dijo que, en público, procurara hablar sólo en alemán, para no tener ese tipo de problemas. En casa, procuramos no hablar español, para que yo vaya aprendiendo más rápido”.

A punto de concluir una especialización en el área de Comunicaciones, que ha estudiado vía online, desea enfocar su proyecto laboral en el área del periodismo escrito. Con 30 años recién cumplidos, tiene claro que la maternidad es algo que también le gustaría experimentar, a corto plazo.

“Dentro de 5 años, me veo con un total dominio del alemán y con dos hijos. Todo ha pasado tan rápido y no ha sido fácil. Extraño muchísimo a mi familia, mis amigos, mi tierra, la comida, la playa… Pero me sorprendo de lo mucho que he modificado mis ideas, la manera en que he transformado mis prejuicios y he abierto mi mente. Antes juzgaba a la gente, sin darme cuenta, y sólo veía lo que los demás me hacían a mí. Estar fuera de tu tierra te ayuda a crecer como persona, porque te replanteas muchas cosas que antes veías con naturalidad. A veces son patrones que en ese nuevo entorno ya no te sirven y tienes que construirlos desde cero. Tienes que estar dispuesto a hacerlo, para poder avanzar e integrarte de verdad”, finaliza.

“En Corea del Sur he desafiado mis límites”

Por: Claudia Zavala

La suavidad y ternura con la que Claudia Aracely Henríquez le habla a su hijo pequeño, al otro lado del teléfono, contrasta con el carácter fuerte y obstinado de la protagonista de esta historia. “Le acabo de decir que siga jugando, que me deje tranquila un ratito, que estoy hablando”, traduce. El coreano parece un idioma imposible de pronunciar, para cualquiera que no sea nativo de esa lengua. Pero Claudia lo hace con tanta fluidez y naturalidad que nadie imaginaría que esta salvadoreña ha dominado esos complejos fonemas desde un aula de estudios y en una edad adulta.

Pero el idioma, quizá, ha sido uno de los retos menores en el camino que ella inició desde El Salvador, cuando apenas tenía 16 años. Su vecina era secretaria en una empresa textil asiática. Le dijo que en la fábrica había 8 empleados coreanos que sabían muy poco o nada de español y que si ella se animaba a darles clases. “Yo estaba empezando el bachillerato. Siempre he parecido más seria y formal, con más años de los que tengo. Creo que me vieron jovencita, pero se imaginaron que quizá tenía unos 22 años. Yo era muy responsable y disciplinada con mis clases. Eran los fines de semana. Me recogían en casa, dábamos la clases, me llevaban a comer, me pagaban y me dejaban de nuevo”.  La persona encargada de recogerla era el más callado y serio de todos. El jefe. Estuvieron dos años con el tema de las clases y Claudia cuenta que, poco a poco, después de un buen tiempo, las cosas fueron cambiando entre los dos. Siendo ella la primera sorprendida, un sentimiento importante había surgido entre ambos y comenzaron a salir como novios. Era el momento de que la familia de Claudia lo supiera. No fue fácil decírselo a su padre. Su novio le llevaba 20 años.

“Fue un drama. ¡¿Que querés otro papá?!, me dijo. Eran casi de la misma edad. Tuvimos muchas peleas. Yo permanecía firme en mi decisión. Cuando saqué mi cédula, como mayor de edad, me fui de la casa. Fue muy duro, porque yo quería mucho a mi papá, pero también lo quería a él. Me dejaron de hablar. Mi mamá sufrió mucho porque estaba en medio de todo. Las cosas cambiaron dos años después, cuando nació mi hija. Durante el parto, me tuvieron que hacer cesárea, pero no me hizo efecto la anestesia normal, y me pusieron anestesia general. Cuando desperté, estaba mi papá a mi lado con mi hija. Fue su manera de decirme que respetaba mi decisión y que, a pesar de todo, éramos una familia e íbamos a estar juntos siempre. Nos casamos en 1999. Yo tenía 20 años”.

Viviendo todavía en El Salvador, Claudia cuenta que, un día, la señora que le ayudaba con las labores de la casa llegó gritando, muy alterada, a tocarle la puerta. Cuando le abrió, vio que venía con unos hombres armados. Era un asalto. “Yo estaba hasta con suero, porque estaba enferma. Mi niña tenía menos de 2 añitos. Me dijeron que se la llevarían, si no les decía dónde estaba el dinero. Justo el día anterior le habían pagado a mi esposo. Ellos sabían que les pagan en efectivo, así que siempre pensamos que era alguien cercano quien nos vigilaba. Nos ataron. Vaciaron la casa, se robaron todo. Estuvimos amarradas, hasta que llegaron por la tarde unos vecinos y la policía”, recuerda.

Otro episodio igual de dramático sucedió un mes después. Esta vez en la maquila donde trabajaba su esposo. También el día de pago. Los asaltantes robaron dinero y cargaron dos camiones con mercadería de la fábrica. Ante los hechos, su esposo le dijo que tenían que irse del país, que jamás se perdonaría que les sucediera algo. “Me van a matar o les van a hacer algo a ustedes. Piensan que soy el dueño de todo y soy sólo un empleado. No vale la pena exponerse así”, le dijo. Y los preparativos para emigrar comenzaron. Era el año 2001.

Nuevamente, el shock familiar. El padre de Claudia no veía con buenos ojos que se fueran a vivir a Corea del Sur, una cultura tan ajena a la salvadoreña. Pero Claudia lo convenció, diciéndole, además, que su hija necesitaba conocer a su familia coreana y que sería bueno para abrirle otras posibilidades en la vida. Así, ella, su hija y su esposo viajaron en octubre de 2001 a Corea del Sur. Ahí empezaría una nueva etapa de verdaderos desafíos para Claudia. Para su marido significaba una “vuelta a casa”, después de 20 años de vivir en diversos países del mundo, por temas laborales. “Llegamos cuando empezaba el frío. Fue bastante impresionante ver las calles todas llenas de chinitos. Todos me miraban, sin disimulo. En esa época, había muy pocos extranjeros en Corea. Llegamos a vivir a casa de mi suegra. Yo había leído un poco sobre la cultura coreana, pero era diferente estando ahí”.

El primer contraste se dio cuando, cansados después del largo viaje, Claudia no vio ni camas ni mesa en casa de su suegra, porque prefieren el suelo. Ella recuerda haber sacado colchas gruesas que encontró en un armario, para simular un colchón, y acostarse con su niña. Con los días comprendió que la familia de su esposo se sentía decepcionada porque él se había casado con una mujer extranjera. “Es el hijo mayor. El varón. En esta cultura significa que él representa a la familia. Mi suegra, sobre todo, no podía perdonar que él se hubiese casado con una mujer no coreana y que yo, por ejemplo, le dijera que me ayudara a cocinar o a cambiar los pañales de la niña. Para nosotros era normal. Pero para ella era una ofensa. La cultura coreana sigue siendo bastante machista, en ese sentido. Y más mi suegra que vivía en un pueblo. Con la bebé ella era un amor, pero a mí me regañaba bastante. No le entendía, pero le notaba el gesto y la actitud cuando estaba conmigo. Era una situación muy difícil para mí, no sabía cómo agradarla”.

Todo se complicó aún más, 4 meses después. Su esposo le anunció que su jefe lo destinaba, nuevamente, a otro país extranjero. Esta vez, China. Claudia pensó que por la edad de su hija era mejor procurar una estabilidad para facilitarle su aprendizaje escolar. Se negó a viajar con él y le propuso que le buscara una casa a ella sola, pues no estaba dispuesta a quedarse con su suegra, dada la relación tensa que había entre las dos.

“Aún sin saber el idioma ni conocer la cultura, prefería empezar de cero y buscarme la vida sola. No me daba miedo. Al contrario. Sabía que si me quedaba en casa de mi suegra ‘por comodidad’, o por no enfrentarme al cambio, iba a ser peor todo. La convivencia iba a desgastarme y terminaría volviendo a El Salvador. Fui firme. Y mi esposo me encontró una casita, con un cuarto, un saloncito y un baño. Ahí nos quedamos mi hijita y yo, cuando él se fue a trabajar a China”.

Claudia cuenta que, a los 3 meses de estar sola, recibió una visita inesperada. Eran representantes de la Embajada de El Salvador en Corea. La buscaban, dando respuesta a la denuncia recibida desde El Salvador por el padre de Claudia, quien no recibía noticias suyas, desde hacía 3 meses. “Pobrecito mi papá, ¡había hecho un escándalo! Se afligió, porque yo no lo llamaba. Estando sola, no sabía cómo comprar las tarjetas del teléfono, ni nada. Y llamó preocupado a la Embajada, pensando que algo me había pasado”.

Pero la frustración por el desconocimiento del idioma tendría una fecha de caducidad para Claudia. Cuando su hija empezó el kínder, se convirtió en su pequeña maestra. Y, además, una peluquera coreana que se convirtió en una buena amiga, la introdujo en la cultura del país, desde las experiencias más cotidianas: visitando el mercado, el banco, la escuela, recorriendo las calles… Claudia anotaba y memorizaba todo lo que podía. Tenía sed de aprendizaje y adaptación. Por ella. Por su hija. Y su esfuerzo y dedicación rindieron frutos cuando aprobó con muy buena nota el cuarto nivel de coreano, sin necesidad de presentar el examen de los primeros tres niveles. También empezó a visitar una iglesia católica, donde había un padre italiano que hablaba un poco de español. Él le recomendó acudir a un centro en el que daban clase de coreano a extranjeros, después de misa. Como alumna aventajada, Claudia  se ofreció como voluntaria traductora, en un programa de atención médica para familias inmigrantes.

“El idioma me gustó mucho. ¡Me pareció fácil! Ayudar a los demás también me motivó mucho más a aprender. En Corea, si uno no tiene seguro médico, es carísimo ir al hospital. No todos los usuarios del programa eran latinos, también traducía al inglés. Para ellos esa ayuda era muy importante. Luego, el padre me recomendó sacar el nivel 5 de coreano para aplicar a un trabajo, en la alcaldía de Suwon, la ciudad donde vivo. Hice varios cursos en la universidad Kyung Hee para prepararme. Y comencé a trabajar en el Centro de Ayuda para Inmigrantes, como soporte a las familias multiculturales. Ahí estuve 5 años”.

Luego, Claudia continuó una formación en Educación Multicultural y empezó a trabajar en la alcaldía de Seúl, en un programa para dar clases multiculturales en todos los niveles de estudio, desde el kindergarten hasta el bachillerato. El curso consistía en presentarles a los alumnos todo lo referente a diversos países, unos 50 en total, incluido El Salvador y compartir sobre su cultura. También desarrolló esos talleres en varios centros educativos privados la localidad. A lo largo de todo el año 2018, trabajó en la Biblioteca de su localidad, organizando y clasificando colecciones de libros y demás material bibliográfico en el área infantil. Y, desde el primer momento que tuvo el encuentro con los representantes de la Embajada salvadoreña, ha colaborado en diversas actividades, para promover la cultura del país, desde la Asociación de Salvadoreños en Corea. Enfocada en seguir aprendiendo, en los próximos días, comenzará un curso de panadería y repostería, con el objetivo de aplicar esos conocimientos culinarios al área de educación, y complementar el programa que imparte, con la comida como eje vehicular para conectar con otras culturas.

“Es importante que los niños conozcan y respeten la diversidad cultural, desde pequeños. A Corea vienen profesionales, médicos, ingenieros… no es gente que no tiene qué comer en sus países o es ignorante. Se viajaban por muchos motivos, hoy en día. Un día, una niña en la peluquería me preguntó si yo había emigrado porque no tenía qué comer en mi país. Entendí que era algo que había escuchado en su casa. Muchos coreanos tienen la visión de que ciertos países, los latinoamericanos y africanos, por ejemplo, son pobres y profundamente ignorantes. Los discriminan. Creen que sólo la gente blanca es inteligente. Son prejuicios que debemos transformar, desde la educación”.

Desde el punto de vista de Claudia, los valores que priman en la sociedad coreana se centran en la competitividad, el dinero y la dedicación casi exclusiva al trabajo. “Nosotros valoramos más el afecto, la familia. Aquí, desde pequeños, se les programa para ser los mejores y para hacer dinero. Las clases de bachillerato, por ejemplo, empiezan a las 7:30 am y terminan a las 10 pm. ¡Una barbaridad! Y aún así hay padres que llevan a clases extra a sus hijos de madrugada. Duermen unas horas y al día siguiente, otra vez, al colegio. Corea es el país en el mundo con el mayor índice de suicidio en la etapa de bachillerato. Viven demasiado estrés. Y el mercado laboral no compensa ese gran esfuerzo. Hace poco, salió un estudio que decía que, de 100 personas con profesión, sólo 2 ó 3 trabajan en ella realmente. Por eso, muchos emigran del país para poder ejercer su carrera. Tienen una formación altísima”.

La presión por los cánones estéticos coreanos, famosos por la belleza de la piel de sus mujeres y su revolucionaria cosmética, es otro elemento que Claudia destaca. “Yo soy gordita. Además, fui madre por segunda vez, de un varón, hace 5 años. El cuerpo va cambiando. Desde que llegué, me han dicho que debería bajar de peso, que tengo la cara bonita, pero que estaría mucho mejor siendo delgada. Mi hija tiene ahora 20 años, y pasó por una etapa en la que no quería comer. Buscamos ayuda médica. Lo que sucede es que, socialmente, también tienes más oportunidades laborales si eres delgado. Cuando llamas para un trabajo, te pueden preguntar cuánto mides y pesas y, si no estás dentro de su parámetro, te dicen que mejor ni vayas a la entrevista. Es muy normal. No se considera discriminación. El regalo más común, cuando se gradúan de bachilleres, es la operación de párpados, para hacerse los ojos más grandes, menos asiáticos”.

Claudia hace un balance de todos los cambios vividos, desde ese día del año 2001, cuando tocó por primera vez tierra coreana. Reconoce que ha tenido muchos momentos duros, de llanto, desesperación, frustración y que algunas veces todavía hay puntos de dificultad en su proceso personal y profesional  de integración: “He sabido reaccionar y salir adelante. Tengo una amiga muy querida salvadoreña que vive también en Corea, mi comadre Rocío, que me dice que soy una guerrera super poderosa, jajaja! Y sí, yo digo que después de todo lo que he superado, soy realmente una guerrera. Doy gracias a Dios por este carácter que tengo. Hemos podido consolidar las relaciones familiares. Ahora, cuando me llaman de mi país, preguntan más por mi esposo que por mí. Él se ganó a mi gente por completo. Pienso que Corea me ha enseñado a ser independiente y a luchar por lo que quiero. En El Salvador no hubiera sido lo mismo, quizá. Yo ahora no acabo de ponerme metas. Con esto de la comida estoy ilusionada. Voy a enfocarme en promover más las pupusas. A los coreanos les encanta el curtido y, si las pupusas son de arroz, ¡les fascinan! Hacemos piñatas con mi comadre y, cuando mi hijo cumplió 5 años, hicimos una, y le mandé un video a la profesora, dando instrucciones de cómo se rompe la piñata, para que todos los niños disfrutaran. ¡Él estaba feliz! Quiero avanzar y seguir aprendiendo, que mis hijos estudien y se sientan orgullosos de sus raíces. Que tengan lo mejor de cada país. Siento que en Corea he desafiado mis límites, consiguiendo cosas impensables. La necesidad te revela aspectos de tu potencial que nunca hubieras pensado desarrollar. Es ahora que me doy cuenta por todo lo vivido”, finaliza.

 

 

“Soy una inmigrante salvadoreña, en el Parlamento de Canadá”

Por: Claudia Zavala

El horror y la incertidumbre de la guerra en El Salvador fueron los detonantes para que la familia de Sonia Wayand decidiera emigrar. “En la ofensiva militar del 89, la colonia en la que vivíamos estuvo tomada, durante varios días. Nos tuvieron de rehenes. Eso marcó mucho nuestras vidas y determinó lo que vendría después”, recuerda. Sonia tenía 26 años, era soltera, aunque con novio, pero aún no se había independizado. Licenciada en Mercadeo, trabajaba en el área de inventarios de repuestos, en una conocida empresa de automóviles. Su padre llevaba tiempo sin encontrar empleo y su madre había dejado de trabajar, por diversos achaques de salud. El matrimonio se había separado.

“Una compañera de la universidad fue la que me dijo ‘vámonos  a Canadá o a Australia’. Me contó detalles de los trámites y yo se lo trasladé a mi familia. Nos inclinábamos más hacia Canadá, porque mi hermano mayor y una prima ya vivían en ese país. Para averiguar más sobre los requisitos, un día me fui a las 5 de la madrugada, a hacer cola al Consulado de Canadá en San Salvador, yo sola, aún no se había firmado la Paz y seguía estando peligroso. Mi mamá me pidió que no le dijera nada a mi papá sobre nuestros planes de emigrar. Para mí eso fue lo más doloroso de todo. Yo estaba bastante apegada a él, pero me lo guardé todo. Aplicamos como ‘landed immigrant’. Nos aprobaron todo en un año; fue rápido, en comparación a otras personas. Cuando teníamos todo listo para viajar, un día, mi papá llegó a la casa y se dio cuenta de todo. Fue muy triste y desgarrador separarnos. Nosotros empezábamos de cero en otro lugar, pero él se quedaba sin su familia”.

El estatus de “landed immigrant” o residente permanente requiere 3 años de residencia y trabajo legal, para luego aplicar a la ciudadanía canadiense. Así, Sonia, su madre y sus dos hermanos aterrizaron en Toronto, el 1 de noviembre de 1990, para luego trasladarse a Otawa, donde vivirían definitivamente.

“Llegamos en pleno invierno. Hacía muchísimo frío. En la oficina de inmigración nos recibieron bien, nos dieron abrigos esa noche y luego nos fuimos con mi hermano mayor a Otawa. Yo llegué llena de ilusiones a Canadá, quería progresar. Pero había dejado a mi novio en El Salvador. Tenía el corazón partido. Antes de viajar, él me dijo que, a pesar de la distancia, nuestro objetivo era casarnos. Me llamaba y escribía periódicamente. Yo sentía una batalla interna muy intensa: por un lado, quería hacer una nueva vida en un país como Canadá. Pero, por otro, quería estar con mi papá, mi novio, mi gente en mi tierra. Era un conflicto constante. Mi papá habló conmigo. Me dijo que me quedara. Que todo estaría bien para mí en Canadá”.

Sonia cuenta que tenía un nivel muy bajo de inglés a su llegada. Sin embargo, con la ayuda de su hermano, escribió un anuncio, solicitando trabajo y lo pegó en el edificio donde vivía. A los 3 días, recibió una oferta de trabajo de una señora que tenía una hija de 6 años y necesitaba una niñera. Paralelo a su trabajo, Sonia aprovechó las ayudas que el gobierno canadiense otorga a las personas con su estatus migratorio: ayuda para la renta, para la comida y clases de inglés. En sus clases de inglés, precisamente, recuerda haber conocido a una mujer polaca que trabajaba cuidando ancianos. Con ese contacto pudo conseguir más oportunidades de empleo, cuidando a niños y a ancianos, mientras aprendía el idioma y continuaba con su proceso de integración social y cultural en el país. Luego de dos años de trabajo y estudio, la relación con su novio salvadoreño iba mermando cada vez más. “Me empezó a dar largas con el tema de la boda. Me desilusioné y dejé de llamarlo”.

Con una inclinación natural hacia el arte, heredada de su padre que era pintor, Sonia consiguió una oportunidad laboral en la Escuela de Arte de Otawa, como ayudante en clases de pintura para niños de 5 años. Fue una experiencia sólo de un par de meses. Pero, justo el último día que tenía que trabajar, le dijeron que esa noche habría una gala benéfica en el lugar a la que estaba invitada. “Ese día estaba de voluntaria en la cocina. No estaba vestida de manera apropiada para una gala, pero aún así decidí quedarme, para ver cómo era aquello. Yo todavía no estaba tan sólida con el inglés y tampoco sabía francés. Me pegué a una compañera que sí hablaba bien y así pasé la velada. Y, estando las dos en la fiesta, de repente, llegó Martin”.

Martin era el amigo del patrocinador de la gala. Ambos se acercaron a las muchachas y las abordaron. Les pidieron el teléfono. Las invitaron a salir. “Bueno, la verdad es que Martin la llamó a ella primero y ella le dijo que no. Entonces, me llamó a mí. Así, tipo ‘second choice’, jajaja!!! Me pareció tan simpático y divertido que decidí darle una oportunidad. Fuimos a cenar a un restaurante italiano, a tres cuadras de mi casa. ¡No se complicó mucho con la date! Jajaja! Me encantó su naturalidad y gracia. Me confesó que había decidido ir a la gala benéfica de su amigo sólo porque venderían barata la cerveza. Nos reíamos muchísimo juntos. Quedamos como amigos. Me siguió llamando. Como a los 3 meses, comenzamos a sentir que las cosas iban cambiando. Y me enamoré de Martin. Mi novio salvadoreño me llamó, cuando supo que salía con él, me preguntó qué tan seria era esa relación… me escribió una carta, pidiéndome que me casara con él. Todavía la tengo… Ahora que lo pienso, quizá la voy a botar ya! Jajaja!!”.

El sentido del humor y el amor de Martin llenaron de felicidad y enfoque claro los planes en la vida de Sonia. A los 6 meses de ser novios, él le pidió que fuera su esposa. Se casaron el 7 de julio de 1993.

Ella continuaba en su labor de cuidar ancianos. Un día, su hermano le dijo que se había encontrado con la hija de su madrina salvadoreña y que trabajaba en el “International Development Research Centre”. Ella le recomendó que le entregara su currículum, pues siempre estaban necesitando gente para diversos trabajos. Luego de ser entrevistada, a Sonia la contrataron como asistente junior en el lugar. Ese trabajo, en el que estuvo 6 años, significó dar un salto en su carrera laboral y consolidar el dominio del idioma inglés, a un nivel profesional. “Fui a parar a la oficina del presidente de la institución. Fue una gran fortuna. Trabajé con el Director de Política de Planificación, durante 4 ó 6 años. También estuve en la ‘Micronutrients iniciative’. Debo destacar que todo lo conseguí con la educación que recibí en El Salvador. No me especialicé en nada más, sólo aprendí inglés”.

Luego del nacimiento de Stefan, su único hijo, en 1995, Sonia decidió dedicarse por completo al cuidado y crianza del bebé. Varios años después, cuando el niño se incorporó a la escuela, ella decidió retomar su vida laboral. Estuvo un tiempo, nuevamente, cuidando ancianos, y también trabajó, por horas, como profesora suplente en el kínder de una escuela privada judía. Un día, caminando hacia casa desde la escuela con su hijo, acompañada de la mamá de un compañerito suyo, le contó a ella su deseo de volver a trabajar en una oficina gubernamental. Ella le dijo que le diera su currículum, porque necesitaban gente en su trabajo. En el Parlamento Canadiense”.

Nuevamente, el perfil de Sonia encajó perfectamente. Fue entrevistada directamente por un miembro del Parlamento de Canadá, quien se convertiría en su jefe. Según le dijo, lo que más llamó su atención para contratarla fue la experiencia que ella tenía como maestra de niños. Al inicio, el trabajo de Sonia consistía en dar apoyo a las asistentes administrativas de la oficina del parlamentario. Luego de años de demostrar su profesionalismo y responsabilidad, fue promovida a asistente ejecutiva directa del político.

“Llevo ya 15 años con él. Cuando mi jefe está en la oficina, debo encargarme desde que estén los lapiceros que le gustan en su escritorio, hasta que todos los pagos de la oficina estén al día. Asisto a comités de trabajo con él. Lo he asistido en el comité de Derechos Humanos Internacionales y en el comité relativo a las leyes y funcionamiento interno del Parlamento. También me encargo de ver las contrataciones de las personas de la oficina. En este tiempo, hemos cultivado una relación muy respetuosa y cercana, pero cuidando siempre de no pasar los límites de nada. Como vivimos cerca, en verano vamos juntos al trabajo, en bicicleta”.

Pese a los frutos tan positivos, después de casi 30 años en Canadá, Sonia reconoce que el proceso no ha sido nada fácil: “Como inmigrante, en este país, hay gente que te ve bien y hay gente que, por la misma razón, te ve mal. He sufrido humillaciones por no hablar bien el idioma, y hasta por mi manera de vestir, sobre todo, en invierno. Uno no puede llegar a dimensionar lo que el clima puede condicionar la vida, hasta que vive en un país con temperaturas tan extremas. Es como ser un enanito y vivir metido en un freezer congelado, durante 6 meses. Con días oscuros y aburridos. Sin mucha vida social. Hay poco tiempo de sol y calor. Por eso la familia aquí es muy nuclear e  importante. Con mi esposo y mi hijo somos muy unidos, porque aquí no hay mucha costumbre de salir a lugares sociales y más en Otawa, donde el corazón de la ciudad es la estructura del gobierno. No hay nada más”.

El acoplamiento cultural con Martin y su familia tampoco fue tan fácil. “Siempre nos hemos llevado bien, pero ha habido puntos de choque que tienen que ver con visiones de crianza muy distintas. Mi suegra, de origen austríaco, era académica universitaria, muy estricta, rígida. Yo tenía claro que no quería criar a mi hijo de manera severa y que, a la vez, le quería dar seguridad para que se enfrentara al mundo. Ese equilibrio no es fácil de conseguir, ante tanta mezcla cultural en la que están inmersos. La diversidad es algo positivo, pero, a la vez, un reto, porque necesitas definir realmente en lo que tú crees. Me siento feliz con el hijo que tengo, un hombre respetuoso, abierto y tolerante. Está orgulloso de su identidad mixta ¡Es súper frijolero!”.

En todos estos años, Sonia considera que los canadienses que la han conocido tienen ahora una visión muy distinta de El Salvador que la que tenían antes de conocerla: “Mucha gente se lo imagina como un país súmamente atrasado, en el que no hay nada de modernidad, ni electricidad, ni empresas… tienen sólo el referente de la guerra y de la pobreza. Yo he demostrado que he podido desempeñar el mismo trabajo que ellos, con una calidad alta también, con mi cultura y mi educación salvadoreña. Deseo seguir dando lo mejor de mí y poder retirarme en unos 5 años del Parlamento. Quiero dedicarme a la pintura, como mi padre. Murió en 2004. Se llamaba Jorge Morales. Fue conocido en su época. En su honor me gustaría dedicarme a eso, para expresar lo que tengo adentro. Aparte de mi esfuerzo, considero una suerte inmensa toda mi historia personal y laboral en Canadá. Siempre he sido una persona agradecida. Por cualquier cosa buena que tenga, pequeñita o grande, siempre he sido agradecida. Creo que es la clave para que las cosas salgan bien en la vida, vivamos donde vivamos”, finaliza.