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“En Corea del Sur he desafiado mis límites”

Por: Claudia Zavala

La suavidad y ternura con la que Claudia Aracely Henríquez le habla a su hijo pequeño, al otro lado del teléfono, contrasta con el carácter fuerte y obstinado de la protagonista de esta historia. “Le acabo de decir que siga jugando, que me deje tranquila un ratito, que estoy hablando”, traduce. El coreano parece un idioma imposible de pronunciar, para cualquiera que no sea nativo de esa lengua. Pero Claudia lo hace con tanta fluidez y naturalidad que nadie imaginaría que esta salvadoreña ha dominado esos complejos fonemas desde un aula de estudios y en una edad adulta.

Pero el idioma, quizá, ha sido uno de los retos menores en el camino que ella inició desde El Salvador, cuando apenas tenía 16 años. Su vecina era secretaria en una empresa textil asiática. Le dijo que en la fábrica había 8 empleados coreanos que sabían muy poco o nada de español y que si ella se animaba a darles clases. “Yo estaba empezando el bachillerato. Siempre he parecido más seria y formal, con más años de los que tengo. Creo que me vieron jovencita, pero se imaginaron que quizá tenía unos 22 años. Yo era muy responsable y disciplinada con mis clases. Eran los fines de semana. Me recogían en casa, dábamos la clases, me llevaban a comer, me pagaban y me dejaban de nuevo”.  La persona encargada de recogerla era el más callado y serio de todos. El jefe. Estuvieron dos años con el tema de las clases y Claudia cuenta que, poco a poco, después de un buen tiempo, las cosas fueron cambiando entre los dos. Siendo ella la primera sorprendida, un sentimiento importante había surgido entre ambos y comenzaron a salir como novios. Era el momento de que la familia de Claudia lo supiera. No fue fácil decírselo a su padre. Su novio le llevaba 20 años.

“Fue un drama. ¡¿Que querés otro papá?!, me dijo. Eran casi de la misma edad. Tuvimos muchas peleas. Yo permanecía firme en mi decisión. Cuando saqué mi cédula, como mayor de edad, me fui de la casa. Fue muy duro, porque yo quería mucho a mi papá, pero también lo quería a él. Me dejaron de hablar. Mi mamá sufrió mucho porque estaba en medio de todo. Las cosas cambiaron dos años después, cuando nació mi hija. Durante el parto, me tuvieron que hacer cesárea, pero no me hizo efecto la anestesia normal, y me pusieron anestesia general. Cuando desperté, estaba mi papá a mi lado con mi hija. Fue su manera de decirme que respetaba mi decisión y que, a pesar de todo, éramos una familia e íbamos a estar juntos siempre. Nos casamos en 1999. Yo tenía 20 años”.

Viviendo todavía en El Salvador, Claudia cuenta que, un día, la señora que le ayudaba con las labores de la casa llegó gritando, muy alterada, a tocarle la puerta. Cuando le abrió, vio que venía con unos hombres armados. Era un asalto. “Yo estaba hasta con suero, porque estaba enferma. Mi niña tenía menos de 2 añitos. Me dijeron que se la llevarían, si no les decía dónde estaba el dinero. Justo el día anterior le habían pagado a mi esposo. Ellos sabían que les pagan en efectivo, así que siempre pensamos que era alguien cercano quien nos vigilaba. Nos ataron. Vaciaron la casa, se robaron todo. Estuvimos amarradas, hasta que llegaron por la tarde unos vecinos y la policía”, recuerda.

Otro episodio igual de dramático sucedió un mes después. Esta vez en la maquila donde trabajaba su esposo. También el día de pago. Los asaltantes robaron dinero y cargaron dos camiones con mercadería de la fábrica. Ante los hechos, su esposo le dijo que tenían que irse del país, que jamás se perdonaría que les sucediera algo. “Me van a matar o les van a hacer algo a ustedes. Piensan que soy el dueño de todo y soy sólo un empleado. No vale la pena exponerse así”, le dijo. Y los preparativos para emigrar comenzaron. Era el año 2001.

Nuevamente, el shock familiar. El padre de Claudia no veía con buenos ojos que se fueran a vivir a Corea del Sur, una cultura tan ajena a la salvadoreña. Pero Claudia lo convenció, diciéndole, además, que su hija necesitaba conocer a su familia coreana y que sería bueno para abrirle otras posibilidades en la vida. Así, ella, su hija y su esposo viajaron en octubre de 2001 a Corea del Sur. Ahí empezaría una nueva etapa de verdaderos desafíos para Claudia. Para su marido significaba una “vuelta a casa”, después de 20 años de vivir en diversos países del mundo, por temas laborales. “Llegamos cuando empezaba el frío. Fue bastante impresionante ver las calles todas llenas de chinitos. Todos me miraban, sin disimulo. En esa época, había muy pocos extranjeros en Corea. Llegamos a vivir a casa de mi suegra. Yo había leído un poco sobre la cultura coreana, pero era diferente estando ahí”.

El primer contraste se dio cuando, cansados después del largo viaje, Claudia no vio ni camas ni mesa en casa de su suegra, porque prefieren el suelo. Ella recuerda haber sacado colchas gruesas que encontró en un armario, para simular un colchón, y acostarse con su niña. Con los días comprendió que la familia de su esposo se sentía decepcionada porque él se había casado con una mujer extranjera. “Es el hijo mayor. El varón. En esta cultura significa que él representa a la familia. Mi suegra, sobre todo, no podía perdonar que él se hubiese casado con una mujer no coreana y que yo, por ejemplo, le dijera que me ayudara a cocinar o a cambiar los pañales de la niña. Para nosotros era normal. Pero para ella era una ofensa. La cultura coreana sigue siendo bastante machista, en ese sentido. Y más mi suegra que vivía en un pueblo. Con la bebé ella era un amor, pero a mí me regañaba bastante. No le entendía, pero le notaba el gesto y la actitud cuando estaba conmigo. Era una situación muy difícil para mí, no sabía cómo agradarla”.

Todo se complicó aún más, 4 meses después. Su esposo le anunció que su jefe lo destinaba, nuevamente, a otro país extranjero. Esta vez, China. Claudia pensó que por la edad de su hija era mejor procurar una estabilidad para facilitarle su aprendizaje escolar. Se negó a viajar con él y le propuso que le buscara una casa a ella sola, pues no estaba dispuesta a quedarse con su suegra, dada la relación tensa que había entre las dos.

“Aún sin saber el idioma ni conocer la cultura, prefería empezar de cero y buscarme la vida sola. No me daba miedo. Al contrario. Sabía que si me quedaba en casa de mi suegra ‘por comodidad’, o por no enfrentarme al cambio, iba a ser peor todo. La convivencia iba a desgastarme y terminaría volviendo a El Salvador. Fui firme. Y mi esposo me encontró una casita, con un cuarto, un saloncito y un baño. Ahí nos quedamos mi hijita y yo, cuando él se fue a trabajar a China”.

Claudia cuenta que, a los 3 meses de estar sola, recibió una visita inesperada. Eran representantes de la Embajada de El Salvador en Corea. La buscaban, dando respuesta a la denuncia recibida desde El Salvador por el padre de Claudia, quien no recibía noticias suyas, desde hacía 3 meses. “Pobrecito mi papá, ¡había hecho un escándalo! Se afligió, porque yo no lo llamaba. Estando sola, no sabía cómo comprar las tarjetas del teléfono, ni nada. Y llamó preocupado a la Embajada, pensando que algo me había pasado”.

Pero la frustración por el desconocimiento del idioma tendría una fecha de caducidad para Claudia. Cuando su hija empezó el kínder, se convirtió en su pequeña maestra. Y, además, una peluquera coreana que se convirtió en una buena amiga, la introdujo en la cultura del país, desde las experiencias más cotidianas: visitando el mercado, el banco, la escuela, recorriendo las calles… Claudia anotaba y memorizaba todo lo que podía. Tenía sed de aprendizaje y adaptación. Por ella. Por su hija. Y su esfuerzo y dedicación rindieron frutos cuando aprobó con muy buena nota el cuarto nivel de coreano, sin necesidad de presentar el examen de los primeros tres niveles. También empezó a visitar una iglesia católica, donde había un padre italiano que hablaba un poco de español. Él le recomendó acudir a un centro en el que daban clase de coreano a extranjeros, después de misa. Como alumna aventajada, Claudia  se ofreció como voluntaria traductora, en un programa de atención médica para familias inmigrantes.

“El idioma me gustó mucho. ¡Me pareció fácil! Ayudar a los demás también me motivó mucho más a aprender. En Corea, si uno no tiene seguro médico, es carísimo ir al hospital. No todos los usuarios del programa eran latinos, también traducía al inglés. Para ellos esa ayuda era muy importante. Luego, el padre me recomendó sacar el nivel 5 de coreano para aplicar a un trabajo, en la alcaldía de Suwon, la ciudad donde vivo. Hice varios cursos en la universidad Kyung Hee para prepararme. Y comencé a trabajar en el Centro de Ayuda para Inmigrantes, como soporte a las familias multiculturales. Ahí estuve 5 años”.

Luego, Claudia continuó una formación en Educación Multicultural y empezó a trabajar en la alcaldía de Seúl, en un programa para dar clases multiculturales en todos los niveles de estudio, desde el kindergarten hasta el bachillerato. El curso consistía en presentarles a los alumnos todo lo referente a diversos países, unos 50 en total, incluido El Salvador y compartir sobre su cultura. También desarrolló esos talleres en varios centros educativos privados la localidad. A lo largo de todo el año 2018, trabajó en la Biblioteca de su localidad, organizando y clasificando colecciones de libros y demás material bibliográfico en el área infantil. Y, desde el primer momento que tuvo el encuentro con los representantes de la Embajada salvadoreña, ha colaborado en diversas actividades, para promover la cultura del país, desde la Asociación de Salvadoreños en Corea. Enfocada en seguir aprendiendo, en los próximos días, comenzará un curso de panadería y repostería, con el objetivo de aplicar esos conocimientos culinarios al área de educación, y complementar el programa que imparte, con la comida como eje vehicular para conectar con otras culturas.

“Es importante que los niños conozcan y respeten la diversidad cultural, desde pequeños. A Corea vienen profesionales, médicos, ingenieros… no es gente que no tiene qué comer en sus países o es ignorante. Se viajaban por muchos motivos, hoy en día. Un día, una niña en la peluquería me preguntó si yo había emigrado porque no tenía qué comer en mi país. Entendí que era algo que había escuchado en su casa. Muchos coreanos tienen la visión de que ciertos países, los latinoamericanos y africanos, por ejemplo, son pobres y profundamente ignorantes. Los discriminan. Creen que sólo la gente blanca es inteligente. Son prejuicios que debemos transformar, desde la educación”.

Desde el punto de vista de Claudia, los valores que priman en la sociedad coreana se centran en la competitividad, el dinero y la dedicación casi exclusiva al trabajo. “Nosotros valoramos más el afecto, la familia. Aquí, desde pequeños, se les programa para ser los mejores y para hacer dinero. Las clases de bachillerato, por ejemplo, empiezan a las 7:30 am y terminan a las 10 pm. ¡Una barbaridad! Y aún así hay padres que llevan a clases extra a sus hijos de madrugada. Duermen unas horas y al día siguiente, otra vez, al colegio. Corea es el país en el mundo con el mayor índice de suicidio en la etapa de bachillerato. Viven demasiado estrés. Y el mercado laboral no compensa ese gran esfuerzo. Hace poco, salió un estudio que decía que, de 100 personas con profesión, sólo 2 ó 3 trabajan en ella realmente. Por eso, muchos emigran del país para poder ejercer su carrera. Tienen una formación altísima”.

La presión por los cánones estéticos coreanos, famosos por la belleza de la piel de sus mujeres y su revolucionaria cosmética, es otro elemento que Claudia destaca. “Yo soy gordita. Además, fui madre por segunda vez, de un varón, hace 5 años. El cuerpo va cambiando. Desde que llegué, me han dicho que debería bajar de peso, que tengo la cara bonita, pero que estaría mucho mejor siendo delgada. Mi hija tiene ahora 20 años, y pasó por una etapa en la que no quería comer. Buscamos ayuda médica. Lo que sucede es que, socialmente, también tienes más oportunidades laborales si eres delgado. Cuando llamas para un trabajo, te pueden preguntar cuánto mides y pesas y, si no estás dentro de su parámetro, te dicen que mejor ni vayas a la entrevista. Es muy normal. No se considera discriminación. El regalo más común, cuando se gradúan de bachilleres, es la operación de párpados, para hacerse los ojos más grandes, menos asiáticos”.

Claudia hace un balance de todos los cambios vividos, desde ese día del año 2001, cuando tocó por primera vez tierra coreana. Reconoce que ha tenido muchos momentos duros, de llanto, desesperación, frustración y que algunas veces todavía hay puntos de dificultad en su proceso personal y profesional  de integración: “He sabido reaccionar y salir adelante. Tengo una amiga muy querida salvadoreña que vive también en Corea, mi comadre Rocío, que me dice que soy una guerrera super poderosa, jajaja! Y sí, yo digo que después de todo lo que he superado, soy realmente una guerrera. Doy gracias a Dios por este carácter que tengo. Hemos podido consolidar las relaciones familiares. Ahora, cuando me llaman de mi país, preguntan más por mi esposo que por mí. Él se ganó a mi gente por completo. Pienso que Corea me ha enseñado a ser independiente y a luchar por lo que quiero. En El Salvador no hubiera sido lo mismo, quizá. Yo ahora no acabo de ponerme metas. Con esto de la comida estoy ilusionada. Voy a enfocarme en promover más las pupusas. A los coreanos les encanta el curtido y, si las pupusas son de arroz, ¡les fascinan! Hacemos piñatas con mi comadre y, cuando mi hijo cumplió 5 años, hicimos una, y le mandé un video a la profesora, dando instrucciones de cómo se rompe la piñata, para que todos los niños disfrutaran. ¡Él estaba feliz! Quiero avanzar y seguir aprendiendo, que mis hijos estudien y se sientan orgullosos de sus raíces. Que tengan lo mejor de cada país. Siento que en Corea he desafiado mis límites, consiguiendo cosas impensables. La necesidad te revela aspectos de tu potencial que nunca hubieras pensado desarrollar. Es ahora que me doy cuenta por todo lo vivido”, finaliza.

 

 

“Soy una inmigrante salvadoreña, en el Parlamento de Canadá”

Por: Claudia Zavala

El horror y la incertidumbre de la guerra en El Salvador fueron los detonantes para que la familia de Sonia Wayand decidiera emigrar. “En la ofensiva militar del 89, la colonia en la que vivíamos estuvo tomada, durante varios días. Nos tuvieron de rehenes. Eso marcó mucho nuestras vidas y determinó lo que vendría después”, recuerda. Sonia tenía 26 años, era soltera, aunque con novio, pero aún no se había independizado. Licenciada en Mercadeo, trabajaba en el área de inventarios de repuestos, en una conocida empresa de automóviles. Su padre llevaba tiempo sin encontrar empleo y su madre había dejado de trabajar, por diversos achaques de salud. El matrimonio se había separado.

“Una compañera de la universidad fue la que me dijo ‘vámonos  a Canadá o a Australia’. Me contó detalles de los trámites y yo se lo trasladé a mi familia. Nos inclinábamos más hacia Canadá, porque mi hermano mayor y una prima ya vivían en ese país. Para averiguar más sobre los requisitos, un día me fui a las 5 de la madrugada, a hacer cola al Consulado de Canadá en San Salvador, yo sola, aún no se había firmado la Paz y seguía estando peligroso. Mi mamá me pidió que no le dijera nada a mi papá sobre nuestros planes de emigrar. Para mí eso fue lo más doloroso de todo. Yo estaba bastante apegada a él, pero me lo guardé todo. Aplicamos como ‘landed immigrant’. Nos aprobaron todo en un año; fue rápido, en comparación a otras personas. Cuando teníamos todo listo para viajar, un día, mi papá llegó a la casa y se dio cuenta de todo. Fue muy triste y desgarrador separarnos. Nosotros empezábamos de cero en otro lugar, pero él se quedaba sin su familia”.

El estatus de “landed immigrant” o residente permanente requiere 3 años de residencia y trabajo legal, para luego aplicar a la ciudadanía canadiense. Así, Sonia, su madre y sus dos hermanos aterrizaron en Toronto, el 1 de noviembre de 1990, para luego trasladarse a Otawa, donde vivirían definitivamente.

“Llegamos en pleno invierno. Hacía muchísimo frío. En la oficina de inmigración nos recibieron bien, nos dieron abrigos esa noche y luego nos fuimos con mi hermano mayor a Otawa. Yo llegué llena de ilusiones a Canadá, quería progresar. Pero había dejado a mi novio en El Salvador. Tenía el corazón partido. Antes de viajar, él me dijo que, a pesar de la distancia, nuestro objetivo era casarnos. Me llamaba y escribía periódicamente. Yo sentía una batalla interna muy intensa: por un lado, quería hacer una nueva vida en un país como Canadá. Pero, por otro, quería estar con mi papá, mi novio, mi gente en mi tierra. Era un conflicto constante. Mi papá habló conmigo. Me dijo que me quedara. Que todo estaría bien para mí en Canadá”.

Sonia cuenta que tenía un nivel muy bajo de inglés a su llegada. Sin embargo, con la ayuda de su hermano, escribió un anuncio, solicitando trabajo y lo pegó en el edificio donde vivía. A los 3 días, recibió una oferta de trabajo de una señora que tenía una hija de 6 años y necesitaba una niñera. Paralelo a su trabajo, Sonia aprovechó las ayudas que el gobierno canadiense otorga a las personas con su estatus migratorio: ayuda para la renta, para la comida y clases de inglés. En sus clases de inglés, precisamente, recuerda haber conocido a una mujer polaca que trabajaba cuidando ancianos. Con ese contacto pudo conseguir más oportunidades de empleo, cuidando a niños y a ancianos, mientras aprendía el idioma y continuaba con su proceso de integración social y cultural en el país. Luego de dos años de trabajo y estudio, la relación con su novio salvadoreño iba mermando cada vez más. “Me empezó a dar largas con el tema de la boda. Me desilusioné y dejé de llamarlo”.

Con una inclinación natural hacia el arte, heredada de su padre que era pintor, Sonia consiguió una oportunidad laboral en la Escuela de Arte de Otawa, como ayudante en clases de pintura para niños de 5 años. Fue una experiencia sólo de un par de meses. Pero, justo el último día que tenía que trabajar, le dijeron que esa noche habría una gala benéfica en el lugar a la que estaba invitada. “Ese día estaba de voluntaria en la cocina. No estaba vestida de manera apropiada para una gala, pero aún así decidí quedarme, para ver cómo era aquello. Yo todavía no estaba tan sólida con el inglés y tampoco sabía francés. Me pegué a una compañera que sí hablaba bien y así pasé la velada. Y, estando las dos en la fiesta, de repente, llegó Martin”.

Martin era el amigo del patrocinador de la gala. Ambos se acercaron a las muchachas y las abordaron. Les pidieron el teléfono. Las invitaron a salir. “Bueno, la verdad es que Martin la llamó a ella primero y ella le dijo que no. Entonces, me llamó a mí. Así, tipo ‘second choice’, jajaja!!! Me pareció tan simpático y divertido que decidí darle una oportunidad. Fuimos a cenar a un restaurante italiano, a tres cuadras de mi casa. ¡No se complicó mucho con la date! Jajaja! Me encantó su naturalidad y gracia. Me confesó que había decidido ir a la gala benéfica de su amigo sólo porque venderían barata la cerveza. Nos reíamos muchísimo juntos. Quedamos como amigos. Me siguió llamando. Como a los 3 meses, comenzamos a sentir que las cosas iban cambiando. Y me enamoré de Martin. Mi novio salvadoreño me llamó, cuando supo que salía con él, me preguntó qué tan seria era esa relación… me escribió una carta, pidiéndome que me casara con él. Todavía la tengo… Ahora que lo pienso, quizá la voy a botar ya! Jajaja!!”.

El sentido del humor y el amor de Martin llenaron de felicidad y enfoque claro los planes en la vida de Sonia. A los 6 meses de ser novios, él le pidió que fuera su esposa. Se casaron el 7 de julio de 1993.

Ella continuaba en su labor de cuidar ancianos. Un día, su hermano le dijo que se había encontrado con la hija de su madrina salvadoreña y que trabajaba en el “International Development Research Centre”. Ella le recomendó que le entregara su currículum, pues siempre estaban necesitando gente para diversos trabajos. Luego de ser entrevistada, a Sonia la contrataron como asistente junior en el lugar. Ese trabajo, en el que estuvo 6 años, significó dar un salto en su carrera laboral y consolidar el dominio del idioma inglés, a un nivel profesional. “Fui a parar a la oficina del presidente de la institución. Fue una gran fortuna. Trabajé con el Director de Política de Planificación, durante 4 ó 6 años. También estuve en la ‘Micronutrients iniciative’. Debo destacar que todo lo conseguí con la educación que recibí en El Salvador. No me especialicé en nada más, sólo aprendí inglés”.

Luego del nacimiento de Stefan, su único hijo, en 1995, Sonia decidió dedicarse por completo al cuidado y crianza del bebé. Varios años después, cuando el niño se incorporó a la escuela, ella decidió retomar su vida laboral. Estuvo un tiempo, nuevamente, cuidando ancianos, y también trabajó, por horas, como profesora suplente en el kínder de una escuela privada judía. Un día, caminando hacia casa desde la escuela con su hijo, acompañada de la mamá de un compañerito suyo, le contó a ella su deseo de volver a trabajar en una oficina gubernamental. Ella le dijo que le diera su currículum, porque necesitaban gente en su trabajo. En el Parlamento Canadiense”.

Nuevamente, el perfil de Sonia encajó perfectamente. Fue entrevistada directamente por un miembro del Parlamento de Canadá, quien se convertiría en su jefe. Según le dijo, lo que más llamó su atención para contratarla fue la experiencia que ella tenía como maestra de niños. Al inicio, el trabajo de Sonia consistía en dar apoyo a las asistentes administrativas de la oficina del parlamentario. Luego de años de demostrar su profesionalismo y responsabilidad, fue promovida a asistente ejecutiva directa del político.

“Llevo ya 15 años con él. Cuando mi jefe está en la oficina, debo encargarme desde que estén los lapiceros que le gustan en su escritorio, hasta que todos los pagos de la oficina estén al día. Asisto a comités de trabajo con él. Lo he asistido en el comité de Derechos Humanos Internacionales y en el comité relativo a las leyes y funcionamiento interno del Parlamento. También me encargo de ver las contrataciones de las personas de la oficina. En este tiempo, hemos cultivado una relación muy respetuosa y cercana, pero cuidando siempre de no pasar los límites de nada. Como vivimos cerca, en verano vamos juntos al trabajo, en bicicleta”.

Pese a los frutos tan positivos, después de casi 30 años en Canadá, Sonia reconoce que el proceso no ha sido nada fácil: “Como inmigrante, en este país, hay gente que te ve bien y hay gente que, por la misma razón, te ve mal. He sufrido humillaciones por no hablar bien el idioma, y hasta por mi manera de vestir, sobre todo, en invierno. Uno no puede llegar a dimensionar lo que el clima puede condicionar la vida, hasta que vive en un país con temperaturas tan extremas. Es como ser un enanito y vivir metido en un freezer congelado, durante 6 meses. Con días oscuros y aburridos. Sin mucha vida social. Hay poco tiempo de sol y calor. Por eso la familia aquí es muy nuclear e  importante. Con mi esposo y mi hijo somos muy unidos, porque aquí no hay mucha costumbre de salir a lugares sociales y más en Otawa, donde el corazón de la ciudad es la estructura del gobierno. No hay nada más”.

El acoplamiento cultural con Martin y su familia tampoco fue tan fácil. “Siempre nos hemos llevado bien, pero ha habido puntos de choque que tienen que ver con visiones de crianza muy distintas. Mi suegra, de origen austríaco, era académica universitaria, muy estricta, rígida. Yo tenía claro que no quería criar a mi hijo de manera severa y que, a la vez, le quería dar seguridad para que se enfrentara al mundo. Ese equilibrio no es fácil de conseguir, ante tanta mezcla cultural en la que están inmersos. La diversidad es algo positivo, pero, a la vez, un reto, porque necesitas definir realmente en lo que tú crees. Me siento feliz con el hijo que tengo, un hombre respetuoso, abierto y tolerante. Está orgulloso de su identidad mixta ¡Es súper frijolero!”.

En todos estos años, Sonia considera que los canadienses que la han conocido tienen ahora una visión muy distinta de El Salvador que la que tenían antes de conocerla: “Mucha gente se lo imagina como un país súmamente atrasado, en el que no hay nada de modernidad, ni electricidad, ni empresas… tienen sólo el referente de la guerra y de la pobreza. Yo he demostrado que he podido desempeñar el mismo trabajo que ellos, con una calidad alta también, con mi cultura y mi educación salvadoreña. Deseo seguir dando lo mejor de mí y poder retirarme en unos 5 años del Parlamento. Quiero dedicarme a la pintura, como mi padre. Murió en 2004. Se llamaba Jorge Morales. Fue conocido en su época. En su honor me gustaría dedicarme a eso, para expresar lo que tengo adentro. Aparte de mi esfuerzo, considero una suerte inmensa toda mi historia personal y laboral en Canadá. Siempre he sido una persona agradecida. Por cualquier cosa buena que tenga, pequeñita o grande, siempre he sido agradecida. Creo que es la clave para que las cosas salgan bien en la vida, vivamos donde vivamos”, finaliza.

“El dolor de emigrar tiene que valer la pena”

Por: Claudia Zavala

La primera experiencia migratoria de Karim Arana fue cuando tenía 14 años. Viajó desde su natal El Salvador hasta Suecia, donde vivió durante un año, la mitad del tiempo con un tío y la otra mitad con una tía. Recuerda que el clima tan frío y la poca luz del país nórdico la deprimieron tanto que tuvo que regresar a San Salvador, para continuar con sus estudios. “No me acoplé y retorné. Además, siempre pensaba que el que se va es porque no lucha en su propia tierra. Era mi mentalidad siendo tan joven”.

Sin embargo, el destino, o las decisiones que tomó después, la volvieron a enfilar en la ruta de iniciar su vida en un país distinto al suyo. Esta vez, su proyecto de pareja sería el principal motivo. Luego de varios años con quien fuera su novio desde muy joven, había llegado el momento de que la relación se consolidara. “Él vivía junto a su familia, en Estados Unidos, desde 1997. Tuvimos,  durante varios años, una relación a distancia. Un día, mi mamá me dijo que ya estaba cansada de verme llorar en el teléfono, y que debía definir mi situación de una vez. Era el año 2000. Decidí ir a visitarlo. Tuve muchísima suerte, pues me dieron la visa, sin problema. Encontré boletos con un buen descuento y viajé, por primera vez, en marzo de ese año. Cuando llegué, me propuso casarnos. Lo hicimos, en junio de 2000, por lo civil, en el City Hall de Oakland. Yo tenía 22 años y él 25”.

Luego de la boda, Karim regresó a El Salvador, con la idea de egresar de su carrera en Administración de Empresas y hacer la tesis para graduarse. Mientras, continuaba trabajando en una aerolínea. La pareja se casó por la iglesia, en mayo 2002. Ella lo visitaba cuando tenía vacaciones o días festivos. Tanto la había impactado la depresión que sufrió en Suecia, durante su adolescencia, que Karim no se animaba a emigrar a Estados Unidos, para vivir con su pareja. Así pasaron 7 años, tiempo en el que no sólo se graduó, sino que también realizó una maestría en Finanzas y decidió pedir un préstamo para comprar un negocio bien establecido de material de librería y periódicos. Su marido regresó un tiempo para vivir con ella en El Salvador, pero no se adaptó al ambiente de su país y decidió volver a Estados Unidos. Pero el año 2007 marcó la diferencia en la dinámica de la pareja.  Una serie de acontecimientos impulsaron en Karim la necesidad de un cambio.

“Tuve problemas con gente de negocios de la competencia. Me bloqueaban con proveedores, se dieron situaciones feas con ellos. También empecé a tener vecinos que sufrían extorsiones y emigraban, para salvar su vida. Aunque a mí y a mi familia no nos pasó nada, comencé a sentir miedo y desconfianza. Además, a inicios de ese año, antes de que mi esposo se regresara definitivamente, salí embarazada. Un día, estaba trabajando y caí desmayada, de repente. Mis sobrinos me llevaron al hospital. Mi embarazo resultó ectópico. Era un 9 de mayo de 2007. Aunque yo había perdido a mi bebé, me metieron en la sala de maternidad con mujeres que habían parido a sus niños. Al día siguiente, 10 de mayo, era el Día de las Madres, muchas recibían flores, regalos, estaban felices con sus bebitos…. Yo estaba ahí sola, sin mi hijo. Me sentí destrozada. Y tuve una terrible sensación de estar siempre luchando contra corriente. En ese momento, decidí emigrar”.

Dicho y hecho. Karim llegó a Oakland, California, el 1 de agosto de 2007. Recuerda que los inicios fueron realmente duros. Su cambio de estatus económico y laboral la sacudió bastante, y reencontrarse con su esposo, después de haber convivido con él sólo de manera puntual en pequeñas temporadas, exigía un acoplamiento de la pareja que no fue tan sencillo como esperaba. Y, aunque había estudiado inglés y sentía que tenía una buena base, como casi siempre pasa, en la práctica no era suficiente para desenvolverse con total seguridad. “Lo escribía muy bien y, aunque me daba miedo hablar, me defendía”.

 Un mes después de haber llegado a Oakland, gracias a la recomendación de una ex compañera  de la aerolínea donde había trabajado, consiguió un empleo en una agencia de viajes que ofrecía diversos servicios para personas latinas, desde venta de seguros para automóviles y casas, envíos de dinero y asesoría en presentación de impuestos. Su jefa era una mujer salvadoreña. Como todavía no tenía sus papeles en regla y sólo contaba con su visado de turista, en febrero de 2008, tuvo que viajar a El Salvador, para renovarla otros 6 meses más. A las tres semanas, regresó a Estados Unidos. Justo en esos días, aunque un diagnóstico médico le había asegurado que ya no podría ser madre,  descubrió que estaba embarazada, nuevamente. Karim continuó trabajando, ilusionada con la llegada de su hijo. Cuenta que en su empleo le pagaban en efectivo, y no tenía seguro médico, ni beneficios de empleado. Sólo un seguro específico para embarazadas, que tampoco cubría todo lo que necesitaba.

“Mi hijo nació el 14 de noviembre de 2008. Tuve un parto difícil. Lo ingresaron 5 días en el hospital, porque tragó líquido amniótico. Me dijeron que corría riesgo de que le diera meningitis. El postparto fue tremendo, porque los puntos me dolían mucho y la lactancia fue realmente complicada para mí. Estaba sola, porque no había buena relación con la familia de mi esposo, y él tenía que trabajar muchas veces fuera de la ciudad. Diez días después del parto, llegó mi mamá, y fue una gran ayuda. De remate, se me infectaron los puntos y, al manejar, cada vez que metía el clutch, era un dolor horrible. Tenía mucha leche y me la tenía que sacar cada 2 horas. Llegué a tener 50 bolsas en el congelador. Iba cargando el sacaleches a todas partes. Si no me la sacaba, me dolía. Justo unos días antes de navidad, mi esposo se quedó sin empleo. ¡Fue un shock! Los pagos del hospital, de la casa, facturas, comida, ropa… No tenía dinero, no tenía opciones, no sabía qué hacer. Tenía a un bebé recién nacido, me sentía perdida, impotente. Vivir esa situación, hizo que mi conciencia despertara y me prometiera a mí misma: ‘Necesito generar un cambio. Esto no me volverá a pasar jamás’”.

La necesidad de ganar dinero hizo que Karim se incorporara a su empleo en enero de 2009, menos de 2 meses después de haber parido. Su esposo se quedaba a cargo del bebé y, cuando él consiguió trabajo, dejaban a su niño en la guardería desde las 7 am, hasta las 8 pm que lo recogía, muchas veces ya dormido. “Me partía el corazón no ver a mi hijo en todo el día. Sólo sábados en la tarde y domingos. Andaba cargando siempre una hielerita con su leche. Pensaba que, al menos, tomaba de mi pecho.  Como el trabajo me quedaba bien lejos y tenía que manejar mucho tiempo, mi jefa me prestó dinero para que nos fuéramos a vivir más cerca de mi empleo. Fue una jefa muy dura, pero por esa ayuda que nos dio, le tengo cariño y  mucha gratitud. Fue una etapa intensa. En el fondo, siempre pensaba ‘tiene que haber algo más, un estilo de vida diferente ¿qué puedo hacer para mejorar?’”.

Con un inglés más sólido, mayor seguridad laboral y adaptación cultural, Karim consiguió otro empleo, en 2010, en un negocio similar y siempre con un jefe compatriota. Tenía tres sucursales y también se enfocaba en el mercado latino. La diferencia, según Karim, es que este señor sí estaba dispuesto a enseñarle las claves del negocio y la motivó desde el primer principio a aprender, esforzarse y ganar más dinero para hacer realizar lo que quería  que, en ese momento, era comprarse una casa. En el contexto de la crisis del 2008, las leyes estadounidenses habían cambiado y esa situación la puso en ventaja, para comprar su vivienda. Hicieron todos los trámites y el papeleo necesario bajo la asesoría de su jefe. “Él ha sido mi mentor. Siempre le estaré agradecida. Cuando terminamos todo el proceso para comprar mi casa, en septiembre de 2010, me dijo ‘¿ves que no es tan complicado lo que hemos hecho?’  También puedes aprender a gestionarlo sola. Me impulsó tanto que comencé a estudiar y me convertí en ejecutiva de préstamos hipotecarios, sacando la licencia de ‘mortgage loan officer’ y la licencia como asesora de taxes. Estudiaba de noche y me levantaba de madrugada a estudiar, era muy cansado, pero lo conseguí”.

Conciliar su vida laboral con el hecho de ser madre ha sido uno de los principales desafíos para Karim. Un día, tuvo que llevarse al niño al trabajo, pues no tenía con quien dejarlo. “Llegaron las hijas de mi jefe, quienes no veían con buenos ojos mi situación como madre, por el compromiso que implicaba. Mi niño estaba tranquilito, entretenido en la computadora, pero aún así me regañaron. Me pareció excesivo y discutimos. Yo sentía que daba bastantes horas en mi trabajo y por un día que llevara al niño ellas no lo podían entender. Agarré a mi niño y me fui de ahí, decidida a no volver. Recuerdo tanto ese momento de frustración. Me fui a llorar a un McDonald’s, para que mi hijo pudiera jugar. Y aprendí mi lección: en Estados Unidos, nada es seguro. Los trabajos son bien inestables. Te cortan horas, a veces, no pueden pagarte, lo das todo y no siempre te responden igual… por eso es tan importante prepararse y no atenerse a nada ni a nadie”.

Pero Karim continuaba en su camino de encontrar esa “llave” que le abriera las puertas de un estilo de vida diferente. Su siguiente trabajo fue como contadora en una empresa de contenedores, propiedad de una familia de salvadoreños. “Yo no sabía mucho de contabilidad, pero estaba dispuesta a aprender. Todavía fue más sacrificado: dejaba a mi hijo a las 6:30 am en la guardería, para poder llegar a las 8 am a trabajar. El tráfico era horrible.  Pero Dios me puso ángeles. Conocí a una señora que también quiso enseñarme más del mundo de créditos hipotecarios. Me iba con ella, al salir del trabajo, para verla trabajar y aprender. No me pagaba. A veces, me daba para la gasolina. Mi esposo me decía que para qué le estaba trabajando gratis. Pero yo me proyectaba a futuro. Quería hacer una profesión de eso y quería hacerlo muy bien.  Ella tenía muchos contactos y los fines de semana me llevaba a los open houses, para verla en acción. Fue una gran escuela para mí”.

En 2014, la noticia de un nuevo embarazo sorprendió a Karim. El niño nació en julio de ese año y, según explica, la experiencia fue muy distinta, pues su madre ya se había ido a vivir con ella, lo que le permitió contar con su ayuda para todo.

Con su doble maternidad, su empeño y dedicación la llevaron a trabajar en una empresa de bienes y raíces, en la que también sumó un importante aprendizaje. Cuando este negocio se disolvió, uno de los socios, originario de Costa de Marfil, le pidió que continuara con él, para hacerse cargo de su contabilidad. Ahora, acude a la oficina una o dos veces por semana, lo demás lo hace desde su casa. Reconoce que el aprendizaje acumulado, durante todos estos años, le ha permitido entender bien el sistema estadounidense, para hacer sus propios negocios hipotecarios.

“La primera casa que compramos la vendimos hace 2 años. Compramos otra casa más grande. Logramos vender y comprar al mismo tiempo. Luego, compramos otra para rentarla, en Oakland. Ya entendí bien cómo funciona el sistema de impuestos. Sé dónde poner y sacar dinero, para generar más ingresos. He aprendido que uno no tiene que decir ‘no’ a las invitaciones sobre negocios, hay que abrir la mente. El trabajo de hoy no es como el de antes. Hay que estar preparado para cualquier cambio y estar dispuesto a esforzarse y, sobre todo, a no seguir a las masas. La cultura de la pobreza te hala. Es cómoda y tentadora. Me proyecto para construir un patrimonio para nuestro retiro y una buena educación para mis hijos. Ellos son mi orgullo. El mayor, pese a que fue quien más vivió nuestra etapa de muchos sacrificios y ausencias, es un gran estudiante. Aprendió a leer a los 3 años. Tiene un reconocimiento de excelencia que dan, tomando en cuenta todas las escuelas de California. Sacó un puntaje perfecto en matemáticas, está en el equipo de ciencias del colegio, es boy scout y habla muy bien español e inglés. El pequeño es más de deportes y también destaca mucho en lo suyo. Después de todo este tiempo, me siento muy agradecida con lo que hemos logrado. Mi meta es terminar de impulsar mi carrera de préstamos hipotecarios. No quiero una vida promedio, sino desarrollar mi potencial al máximo.  Pienso en el dolor que implica estar lejos de tu tierra y tu gente y creo que, en la práctica, esto tiene que  valer la pena. Cuando llegamos aquí, nos pueden decir que nuestros títulos o estudios no valen nada; pero, realmente, lo que tenemos en la mente es el verdadero motor que nos impulsa, vivamos donde vivamos. Si se tiene claro eso, con fe y mucho trabajo, las malas rachas se superan”, finaliza.

 

“Ayudo a inmigrantes, para romper círculos de violencia”

Por: Claudia Zavala

Un día de 1982, una joven esposa salvadoreña se despidió de su marido que emigraba a Canadá. Ella se quedó con su familia, sin saber muy bien qué pasaría, con la única ilusión de un incipiente embarazo del que acababa de enterarse. Eran tiempos de guerra en El Salvador y muchas familias veían en otros países opciones tangibles para aspirar a una vida más tranquila, lejos del horror.

Cuando su bebita nació, apostó por seguir a su marido y trasladarse al frío país, para vivir como el matrimonio que eran. Así empezó la historia migratoria de Cecilia Escamilla, hace 35 años, cuando decidió dejarlo todo para empezar de cero, en Canadá. “Yo nunca quise emigrar. Tenía un buen trabajo en mi país. Administraba el Centro Médico El Salvador, que estaba en la Calle Arce. Estudié Derecho, en la Universidad Tecnológica y no me iba mal. Fui madre con 22 años. Mi marido nunca me vio embarazada. Se fue en mis primeras semanas. Pensé que lo mejor era estar todos juntos y por eso viajé un año después de que él emigrara. Llegué con mi bebé de dos meses en brazos. Aunque los inicios fueron durísimos, no me arrepiento de nada”.

Al llegar a Montreal, Cecilia relata que el shock emocional fue demoledor. No sólo por las diferencias culturales, lingüísticas y climáticas de un país como Canadá, sino porque, al no tener las herramientas y las redes necesarias para desempeñarse sola, se volvió totalmente dependiente de su esposo.  “Sentí que retrocedí, en todos los sentidos. Yo estaba acostumbrada a otra cosa; imagínese, tan joven y administraba un hospital. Pero al no dominar ni el francés, ni el inglés y no conocer a nadie, mi vida se redujo al ámbito doméstico. Sólo estaba en casa, cuidando a mi hija. Después de un año de mi llegada, mi esposo me dijo que iría de vacaciones a El Salvador. Se fue y ya no volvió. Así, tal cual. Fue terrible verme sola con mi hijita. Nos divorciamos. Y ahí fue donde definitivamente tomé las riendas de mi vida. No me quedaba otra opción que luchar y salir adelante. Ahí empezó mi verdadero proceso migratorio”.

Ella cuenta que, una de las cosas que le llamaba la atención de la sociedad canadiense, era que se sentía rechazada por el hecho de ser madre. “Era una época en la que la mujer canadiense era bastante liberal, no quería casarse, ni tener hijos. Me veían como a una mujer sometida, sin futuro. La gente no alquilaba apartamentos a personas con hijos, porque pensaban que los iban a arruinar o a hacer mucho ruido. Me costó encontrar casa. Ahora es muy distinto, se da un gran apoyo a todo el tema de la maternidad”.

Sin dinero, sin trabajo, sin idiomas, divorciada y con una hija pequeña, Cecilia encontró en el servicio social y comunitario la clave para echar raíces en un país distinto al suyo. Comenzó a acercarse a entidades que se dedicaban a ayudar a personas inmigrantes. Se dedicó a estudiar francés de manera intensa y, como descubrió que como abogada le sería súmamente difícil ejercer, decidió empezar de cero y estudiar para ser Técnica Jurídica, en el Còllege O’Sullivan de Montreal. El nivel de protección y la calidad social de un sistema como el canadiense la favorecieron por completo. Cecilia recibió ayudas como familia monoparental para todos los gastos de guardería de su hija, para sus clases de francés, además de recibir una cantidad mensual para su manutención y la compra de libros. Decidida a transformar su vida, Cecilia exprimió al máximo toda la ayuda recibida. Fue determinante y constante en sus objetivos y no paró hasta ingresar en el Palacio de Justicia de Montreal, defendiendo los derechos de los inmigrantes, ante la Comisión de Derechos de la Persona. Su fascinación por el mundo social y comunitario cada vez iba profundizándose, de la misma forma en que se asentaba más en su nueva cultura e iba comprendiendo mejor a la sociedad canadiense.

“Cuatro años después de todo eso, mi esposo regresó a Canadá. Nos reencontramos como pareja. Nos volvimos a casar, en 1991. Y tuvimos otros 2 hijos. Pero, entonces, las cosas eran diferentes. Ya contaban mis reglas, mis condiciones. Había aprendido muchas cosas de la vida”, relata.

A raíz de su experiencia en la defensa de los derechos de los inmigrantes, Cecilia había notado una profunda necesidad en la comunidad latinoamericana de Montreal. Le llamaba la atención, por ejemplo, que entre el colectivo chino, que conocía muy bien, los niveles de deserción escolar eran mínimos y se preguntaba por qué los estudiantes latinos abandonaban sus estudios y se condenaban a un futuro precario.

Su compromiso social, para entonces, era realmente intenso. A inicios de 2003, decidió jugársela: dejó su trabajo estable, seguro y bien remunerado, para fundar el Centro de Ayuda a Familias Latinoamericanas (CAFLA). Una ONG que desarrolla programas para prevenir la violencia y favorecer la integración social, cultural y laboral de las familias inmigrantes en Montreal. Sus ejes de trabajo son la prevención de la violencia, educación, sensibilización e inclusión social. La idea es que las familias que participan en estos programas, encuentren un puente de contacto en CAFLA, desde donde informarse sobre recursos y servicios existentes en su sociedad de acogida y también les ayude a construir una nueva red social y comunitaria en su recién iniciado proceso migratorio.

El trabajo realizado por Cecilia y su equipo de trabajo rindió frutos al poco tiempo. Así, en los siguientes tres años de su fundación, había ampliado a dos sucursales más, tenía 50 voluntarios, un programa antipandillas y un programa para prevenir la explotación sexual de jóvenes latinoamericanas en Montreal. Pero tenía un problema gravísimo: no tenía dinero. La actividad de la institución era financiada por su propio bolsillo o a base de trabajo de su grupo  de voluntarios. Agobiada por las deudas que su proyecto le había generado –tarjetas de crédito colapsadas, crédito hipotecario en riesgo-, y con serios problemas que incluso llegaron al plano familiar, Cecilia decidió cerrar todo.  Con profunda frustración, reconoció que la realidad la superaba y volvió a llamar a su ex empleo, donde le dijeron que podía volver cuando quisiera.

“Estaba limpiando el local de la ONG, para entregarlo a la alcaldía, cuando, de repente, tocaron la puerta. Recuerdo que yo estaba toda sucia, despeinada, con guantes en la mano, con cajas desordenadas… Eran dos señores que preguntaban por mí. ¿Y tenían cita?, les pregunté. ‘No, pero venimos desde Vancouver y debemos regresar hoy mismo’, me contestaron. Me medio peiné, me limpié y me senté a hablar con ellos. Eran el director regional de programas de ‘Visión Mundial’ y su asesor financiero. Me dijeron que buscaban instituciones que realizaran programas de prevención de violencia y lucha contra el abandono escolar. Que tenían dinero para financiar esos programas. Yo me quedé con la boca abierta. Me pidieron informes financieros, técnicos, legales… yo lo tenía todo en completo orden, perfecto, para rendir cuentas, por si un día alguien quería conocer a fondo mi trabajo para apoyarme económicamente. ¡Ese era el día! Cuando estaba en el fondo del pozo, vi la mano de Dios en mi vida. Y todo dio un giro inesperado, justo cuando pensé que mi sueño había terminado”.

La organización “Visión Mundial” (World Vision) es una entidad global de desarrollo, ayuda humanitaria, movilización e incidencia política, de carácter cristiano, enfocada en apoyar proyectos de protección integral a niños y niñas y jóvenes en situación de vulnerabilidad. A partir de esa visita, desde el año 2007, inició una colaboración de trabajo con CAFLA, apoyando programas y proyectos de gran calado. Además, Cecilia recibió, durante 3 años, una formación en proyectos de desarrollo comunitario, totalmente financiada por la organización. La calidad de su trabajo y la buena ejecución de sus proyectos también ha recibido la confianza del Gobierno canadiense, del que recibió una subvención de 500 mil dólares, para desarrollar un programa de pre empleo.

Paralelo al trabajo de CAFLA, Cecilia también ha fundado la “Asociación de Mujeres Cristianas Latinoamericanas de Montreal”, desde la que, entre otras cosas, realiza apoyo on line a mujeres que tienen problemas con su pareja. “Me llena de gozo cuando me escriben, pidiéndome orientación. Siento que tengo todas la palabras y los recursos para ayudarles, por la experiencia que yo viví en mi matrimonio. En los tiempos en que vivimos, aunque usted no lo crea, hay mujeres inmigrantes que sólo tienen acceso a su teléfono, que sus maridos las dejan bajo llave, que son totalmente dependientes de ellos, que no tienen contacto con nadie más y no saben cómo salir de esa situación… ¡hay tanto todavía por hacer!”.

Prevenir las diversas manifestaciones de la violencia intrafamiliar y social es uno de los objetivos en la vida de Cecilia. Su propia vida, según cuenta, ha estado marcada por el dolor de perder a un ser querido, a raíz de un hecho violento: “Mi hermanito, de 19 años, fue asesinado de 14 disparos, en la esquina de mi casa, un día de navidad. Fue desgarrador. En ese momento, cuando sucedió, no pude viajar a El Salvador, porque aún no tenía resuelta mi situación migratoria. A los dos años, otro hermano murió ahogado. Me traje a mi mamá a vivir conmigo. Ella desarrolló un cáncer de pecho, al somatizar tanto dolor. Tengo la dicha de tenerla todavía conmigo”.

A lo largo de estos 35 años de trabajo y proceso migratorio, Cecilia ha sido una espectadora en primera fila de la evolución que los flujos migratorios han tenido en diversas etapas políticas, sociales y económicas de diversos países. Puntualmente, sobre la inmigración salvadoreña asegura evidenciar un cambio radical en el perfil de las personas que emigraban en la década de los ochenta en comparación a las personas que emigran actualmente. “Antes venía gente con pocos estudios académicos, sin idiomas. Casi todos provenientes de pueblos, donde la guerra azotaba de manera directa. Hoy en día, viaja mucha gente profesional, altamente calificada, de San Salvador, con recursos económicos y con dominio de idiomas. Se preparan para emigrar. Pero, cuando están aquí, la vulnerabilidad es la misma, porque vienen a un mercado laboral muy competitivo y no es fácil encontrar trabajo en su profesión. Me doy cuenta de que las competencias interpersonales y las habilidades sociales y de comunicación son muy importantes. Eso puede determinar su éxito en la inserción. Por muy ingeniero o médico que sea, tiene que abrirse, ser flexible, tener humildad para aprender. También les digo que desde el minuto cero, si quieren ser voluntarios en una asociación, por ejemplo, lo hagan en su ámbito profesional, porque el gobierno canadiense valida esa actividad de voluntario como si fuese experiencia laboral realmente. No es sólo hacer por hacer”.

Y en ese “saber hacer” continúa Cecilia, construyendo iniciativas futuras que comienza a dibujar, desde el escenario de conexión profunda con las mujeres. Madre de tres hijos de 34, 26 y 22 años, los tres profesionales universitarios como siempre fue su propósito, abuela de dos pequeños, y con un matrimonio que superó un doloroso paréntesis de separación,  proyecta su nuevo sueño: “Me encantaría dedicarme a dar conferencias para mujeres, para empoderarlas y fortalecer su liderazgo. Probablemente, dentro de dos años, lo haga. Es algo que realmente lo siento en mi corazón. A lo largo de mi vida, me he metido en serios problemas por ser tan apasionada con mis cosas, pero también eso precisamente es lo que me ha ayudado a resistir y a perseverar. Para mí, ese es el verdadero éxito personal. Estar alineada con lo que te llena, no importa dónde vivas. Y, si puedes ayudar a los demás, mucho mejor”, finaliza.

“Emigré en el mejor momento de mi carrera”

Por: Claudia Zavala

Hay muchos motivos para emigrar: por trabajo, por estudios, por vivir en un país más seguro y mejorar la calidad de vida… casi todos motivos que representan una evolución en ese cambio. Emigrar cuando ya se tiene todo y se ha llegado a lo más alto implica una renuncia profesional y un costo personal y social de gran impacto. Esta es la historia de una mujer que ha construido su destino, al margen del qué dirán y de prejuicios sociales. Con tenacidad y determinación, Connie Vela Joya ha ido hilvanando cada una de sus decisiones a lo largo de su vida para consolidar todos y cada uno de sus objetivos.

El más contundente ha sido, sin duda, el profesional. Nacida en El Salvador, se doctoró en Medicina y se especializó en Ginecología, un área que la hizo destacar entre su gremio. “Tengo 27 años de experiencia en Medicina y 23 en Ginecología. Estaba muy bien posicionada profesionalmente. Tenía mi propia clínica con muchos pacientes. Vivía con mis padres y mi vida se enfocaba en ellos y en mi trabajo. Viajaba mucho a congresos médicos. Siempre estaba trabajando”.

Connie cuenta que siempre visualizó las distintas etapas de su vida, a nivel personal y laboral: “A los 30 ya quiero estar casada y tener hijos –pensaba- Pero la vida te va presentando otras cosas. Llegaron los 35… luego los 40 y dije ¡mama mía, aquí qué pasó! Yo, además, conocedora del sistema reproductor femenino pues, pensé, ¡hoy sí ya me dejó el tren!”.

Los años pasaban y Connie continuaba avanzando en el camino del éxito profesional. Su clínica era un referente en Ginecología y ella participaba en algunos programas de la televisión salvadoreña, dando consejos médicos. Sin embargo, su gran deseo de tener una pareja consolidada no terminaba de cuajar. Frente a esa ausencia de posibilidades, y contrario a lo que muchos pudieran razonar, ella construyó el primer amago de realidad comprando los muebles para su soñado hogar. “Yo sabía que algún día me iba casar. Cuándo, no sabía, pero sentía que sí pasaría. Era el deseo profundo de mi corazón. Comencé a comprar la sala, el comedor, la lavadora… lo iba guardando todo en casa de mis padres. Y mi vida continuaba. Tenía entonces 46 años”.

Aunque era una mujer muy ocupada, Connie acudía diariamente al gimnasio. Cuenta que un día, mientras se ejercitaba, se dirigió a ella una señora que no le parecía muy agradable. “¡La verdad es que me caía mal! Jajaja! La veía prepotente, creída. Me preguntó ¿y usted doctora en qué es? Le dije que era ginecóloga. Y me dijo: ‘Ajá, ¿y cuántos hijos tiene?’ Yo le dije: ‘Soy soltera, todavía no me he casado. Ando buscando a mi príncipe. ‘Ajá, y cómo lo quiere?, me preguntó. Con lujo de detalles, le dije que buscaba a un hombre soltero, disponible, sin hijos, que me diera el 100 por ciento de él, como yo se lo daría a él, sin vicios, trabajador, profesional, buen hijo, buen marido, alto, blanco, pelo negro y ojos verdes’. ¡Se tiró una gran carcajada en mi cara y se fue!”.

Ese mismo año, una amiga de Connie residente en Alemania le había propuesto que viajara a visitarla, para presentarle posibles pretendientes. Pensaba que en el país europeo podía tener más suerte que en un país latino, pues ahí la gente se casa con mayor edad y no existen prejuicios sociales al respecto.

La señora simpática del gimnasio volvió a hacer su aparición un par de veces más, preguntándole si ya había encontrado al príncipe, hasta que un día, tres meses después de su primera conversación, para sorpresa de Connie, le dijo: “No busque más. Yo le tengo a su príncipe. Es mi hermano”.

Y esa frase desencadenó una serie de hechos que transformaron la vida de Connie, contra todo pronóstico: Conoció a Víctor, el hombre que se convirtió en su esposo y con el que consolidó el sueño de formar un matrimonio. Y sí, cumplía con la lista de requerimientos que cada día repitió en su mente y en sus oraciones, incluyendo lo de alto, blanco y ojos verdes. “Fue como encontrar una aguja en un pajar”. La pareja se casó por lo civil, el 29 diciembre 2012 y, en mayo de 2013, por la iglesia, en un hermoso paraje en el volcán de San Salvador. Los dos tenían 47 años.

Víctor, también salvadoreño, había emigrado junto a  su familia, compuesta por 12 hermanos y sus padres, a Virginia, Estados Unidos, siendo un adolescente, para huir del conflicto armado. Conocedor del alto perfil profesional de su esposa, en una primera etapa, decidió ser él quien se adaptara al cambio, moviéndose a El Salvador, para intentar consolidar un negocio y que ella siguiera con su clínica. “Usted está bien posicionada y no tengo corazón para llevármela de tajo”, le dijo. Compraron una casa que acondicionaron con todos los muebles que Connie había ido comprando a lo largo de los años, sabiendo que ese momento por fin llegaría. Víctor se esforzó en concretar su proyecto, pero las cosas no salieron bien. El Salvador no era el país que él había dejado años atrás y no encontró los apoyos que necesitaba para sacar adelante su emprendimiento. Desencantado, regresó a Virginia, para retomar su trabajo, sin presionar a Connie de que se fuera con él. A lo largo de todo el año 2014, la pareja realizó algunos viajes para poder verse, hasta que ella asumió que había llegado el momento de dar un paso realmente decisivo.

Así, el 2 de junio de 2015, Connie aterrizó en Annandale, Virginia, marcando un antes y un después en su vida: “Aunque yo había viajado muchas veces, porque soy ciudadana estadounidense desde hace varios años, esta vez, sabía que el cambio era radical. Evaluamos todos los pros y contras posibles. Al principio de llegar, dejé a una doctora trabajando en mi consultorio, pero no funcionó. Los pacientes no se quedaron con ella. No era lo mismo. Después de 25 años de trabajo y esfuerzo, decidí cerrar mi clínica. Fue muy duro dar el paso. Mi mamá, al principio, se opuso a que emigrara. Me decía que me retiraba en mi mejor momento, que lo iba a perder todo. Realmente me siento agradecida porque tuve un gran éxito profesional, nunca tuve una muerte materna o de bebé o algún problema en el quirófano. Me sentía querida por mis pacientes. Pero mi vida giraba en torno a los demás. Había llegado el momento de vivir para mí. Con 50 años, no podía perder más tiempo. No me arrepiento de haberlo dejado todo y de volver a empezar”.

Y es justo en esa fase inicial del proceso migratorio cuando doctoras, secretarias, peluqueras, abogadas o estudiantes se dan cuenta que, muchas veces, en un entorno distinto, la flexibilidad ante el cambio es una herramienta más útil y potente que todos los títulos conseguidos. Connie lo tuvo claro desde el principio y eso la ha ayudado a sobrellevar el impacto de la primera etapa. “Aquí soy ama de casa. En El Salvador era la ‘doctora’ y tenía siempre ayuda. Aquí no. En cuanto al inglés, me ha pasado como a la mayoría que lo hemos estudiado  pero que, al estar aquí, uno siente que no entiende nada. Todavía no lo hablo con fluidez, pero me defiendo. Estoy aprendiendo muchas cosas de esta sociedad. En nuestra zona, sobre todo, vive mucha gente de Corea del Sur. Son personas tranquilas, trabajadoras. Aquí lo que importa es que seas una persona correcta, que no infrinjas la ley. Lo que sí me desagrada muchísimo es el racismo en este país. Siempre ha estado, pero ahora es más evidente porque se avala políticamente. La falsa igualdad no me gusta. Es una ilusión. Me duele ver que la medicina es un negocio. Quien te da los resultados de una prueba es la recepcionista; el doctor es accesible sólo 5 minutos de la consulta, ni te toca. Eres un número más”.

Con esa inquietud, referida a su especialidad médica, Connie ha puesto en marcha, desde hace un año, un proyecto que espera desarrollar con mayor fuerza en los próximos meses. Consiste en enlazar a pacientes salvadoreños residentes en Estados Unidos con alguna necesidad operatoria, para evaluar hacerlo en El Salvador, donde conserva sus contactos y alianzas profesionales en un hospital de prestigio, donde tenía su clínica. También realiza videos desde la página de Facebook “Dra. Connie Vela, tu ginecóloga y consejera médica” (https://www.facebook.com/connievelaginecologa/), sobre salud integral femenina, desde donde se dirige a las mujeres, para orientarlas y que sepan qué preguntarle a su médico y, sobre todo, para hacer conciencia en la importancia de cuidarse y hacerse sus chequeos ginecológicos. “No son consultas, sólo consejos y orientaciones. Siempre es importante que consulten a su médico. Estoy contenta de poder enlazar con mi vocación de esta manera. Esta forma de estar conectada con mi gente. Hay algunos videos con 70 mil visitas y me siento útil de poder ayudar a mi comunidad esparcida por el mundo. Nuestra medicina no tiene nada que envidiar a ningún país desarrollado. Ahora entiendo por qué muchas pacientes van a nuestro país a hacer sus pruebas ginecológicas. El trato humano es muy importante. Deseo que mi proyecto crezca, para que podamos seguir teniendo acceso a eso. En este momento estoy enfocada en aprender más de este país. Cada lugar tiene algo bueno y hay que abrazarlo con gratitud. Siempre he sido optimista en todos los aspectos de mi vida. Eso me ha ayudado a ir cumpliendo metas y objetivos. No hay que perder la esperanza con nada… imagínate, ¡si me casé casi con 50!… con fe y determinación, todo es posible en esta vida”, finaliza.