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“La desintegración familiar es lo más cruel de la inmigración”

Por: Claudia Zavala

Patricia Sánchez Marchesini vive en Stockport, a 11 kilómetros de Manchester, Inglaterra. Los paisajes y la cultura inglesa forman parte de su vida, desde hace poco más de un mes. Pero su periplo migratorio inició hace 10 años cuando, obligada por sus circunstancias laborales y económicas, decidió emigrar a Estados Unidos.

“La oportunidad se dio en un momento muy necesario. Nunca pensé emigrar. No me llamaba la atención Estados Unidos. Siempre relacioné a la gente que emigraba con refugiados de la guerra salvadoreña y, como no me identificaba con eso, pensé que nunca me tocaría a mí. Pero la vida da vueltas y me vi forzada a salir de mi país, para buscar oportunidades y mantener a mis hijos”.

Patricia fue madre por primera vez a los 18 años. Luego, vinieron 2 hijos más. A los 25, ya era la madre soltera de tres niños, con la única prioridad de sacarlos adelante. Enfocada en trabajar y generar ingresos, tampoco pudo seguir estudiando. Esto, a su vez, limitó grandemente sus posibilidades de prosperar en un país que ya de por sí ofrece opciones reducidas a la mayoría de personas, incluso altamente calificadas. La ecuación fue una bomba de tiempo que detonó en el año 2001, cuando Patricia se quedó sin trabajo fijo. Cuenta que todo lo que le ofrecían eran empleos remunerados con el salario mínimo de la época y que los números a final de mes nunca cuadraban frente a los pagos de vivienda, agua, luz, comida, transporte, colegios, ropa…

Decidida a superar el bache económico, vendía comida y diversos productos, tratando de subsistir. “Fueron 7 durísimos años de amanecer pensando cómo íbamos a pasar el día. En El Salvador, después de los 30 años, si no te has ubicado profesionalmente, ya estás vieja para cualquier cosa. Estaba realmente desesperada”.

A raíz de los terremotos del año 2001, uno de los hermanos de Patricia indagó en las raíces italianas de la familia. Como descendientes de un ciudadano del país mediterráneo, tenían derecho a acceder a dicha nacionalidad europea. “Una prima consiguió la partida de nacimiento de mi bisabuelo y nos sacamos el pasaporte italiano. Eso me abrió puertas. Ya antes había solicitado la visa estadounidense, como salvadoreña, y me la habían denegado. Como italiana, ya no necesitaba visa para entrar como turista. Eso sí, no podía estar más de 90 días. Mi mamá me alentó a viajar a Estados Unidos para trabajar, pues ella hacía viajes intermitentes con su visa. Y así me animé a buscar una nueva vida para intentar salir adelante”.

Así, llegó a Queens, Nueva York, en mayo de 2008, para trabajar en casa de unos amigos de su mamá. La pareja, ella salvadoreña y él, peruano, le aportó el apoyo inicial que Patricia necesitaba. “Incluso fui en diciembre de ese año a la graduación de bachillerato de una de mis hijas, y ya en enero de 2009 regresé para quedarme con ellos. Fueron siempre generosos conmigo. Tenían un hijo adolescente y uno de 5 años, del que me encargaba. No tenía obligación de nada más. Trabajé con ellos durante 7 meses. Siempre les estaré agradecida porque me ayudaron a arrancar en ese país”.

Luego, la oportunidad se dio a través de unos amigos que la recomendaron con un matrimonio judío. Eran millonarios que vivían en una mansión en New Jersey. Patricia se dedicaba a la limpieza y al cuidado de los niños de la familia. Para realizar bien su trabajo, mejoró notablemente su inglés y tuvo que adaptarse a las costumbres y tradiciones judías, “aunque no eran ortodoxos, así que fue fácil para mí”, reconoce.

Mientras Patricia trabajaba todas las horas que podía, para enviar  a fin de mes a El Salvador la mayor parte de sus ingresos, sus tres hijos estaban bajo el cuidado de familiares. “Mi hijo mayor estuvo un tiempo en Arizona, con familiares de su papá. Pero cuando terminó High School, se fue conmigo a New York. Al poco tiempo, lo mandé de regreso a El Salvador con los abuelos paternos,  porque pensé que ahí podía seguir estudiando en la universidad. En ese momento, no sabía que podía hacer College en Estados Unidos, pagando, verdad, pero pensaba que no tenía derecho. Yo conocía poco o casi nada del sistema estadounidense. Mi hija estaba con una tía, en San Salvador, y mi otra hija estaba con mi mamá, en Santa Ana. Yo pasaba pendiente de los tres, cada uno en un lugar distinto. La desintegración familiar es una de las partes más crueles de la inmigración, definitivamente”.

Los días o tardes que Patricia tenía libres, después de sus jornadas como empleada interna, los aprovechaba para pasear por Manhattan. “Me iba en tren a la ciudad a caminar, a veces, regresaba hasta media noche. Por primera vez pude experimentar la tranquilidad de pasear sola, como mujer, sin miedo a que me hicieran algo malo. Siempre hay que tener cuidado en ciertos lugares y horas, claro, pero aprendí a vivir en una libertad enorme. Parece una tontería, pero me encantó experimentarlo y disfrutarlo. En mi país yo vivía con un miedo tremendo”.

Patricia comenta que su disciplina y esfuerzo por mejorar su inglés rindieron fruto a los seis meses de su llegada a New Jersey: “Ahí ya sentía que podía sostener una conversación con alguien. Aunque hice mis estudios en el Centro Cultural de El Salvador, no fueron suficientes para desenvolverme bien, aunque me dieron una base. Al principio, si pedía una hamburguesa, sólo decía el número del combo. Y si me preguntaban algo más, siempre decía, ‘no, no, thanks’, jajaja! Me obligué a leer mucho y a ver sólo televisión en inglés. Me da pena que hay gente que lleva 10, 20 años viviendo ahí y nunca aprende a hablar inglés. Eso sí es realmente duro”.

La experiencia con la familia judía y su cultura fue grata para Patricia. “Se respetaba el ‘Shabat’ el viernes en la noche, encendíamos la velita, se hacía la oración y todo, pero nada radical. Vivir con ellos me hizo reflexionar sobre cómo tratamos a las empleadas domésticas en El Salvador. Ellos eran millonarios, pero nunca establecieron diferencias sociales conmigo. Nunca me marginaron. Yo comía con ellos en su mesa. Cuando la confianza fue creciendo, la señora compartía ropa conmigo. Si íbamos de viaje, viajábamos en primera clase todos. Yo me instalaba en un cuarto de hotel como el de ellos. No me discriminaron nunca.  Fue una gran lección de respeto para mí y caí en la cuenta en lo clasistas que somos en nuestra cultura latinoamericana”.

En 2013, la situación de violencia en El Salvador obligó a Patricia a reunir a su hija menor con ella. “Mi mamá me dijo que las cosas estaban bien feas para la gente joven, por el tema de las maras. Y que ya no sentía fuerzas para andar acompañando en todo a mi hija en la calle y que tampoco la podía dejar ir sola, por miedo a que le pasara algo. Con mi hija en Estados Unidos, les pedí a mis empleadores que me dejaran salir todos los días, pero por sus necesidades y dinámicas familiares, no podían, requerían a una empleada interna. Fue duro para mí dejarlos, ellos también lo sintieron. Me pagaron súper bien mi tiempo, vacaciones, bono, todo, fueron muy correctos conmigo. Pero, después de varios años, otra vez, me enfrenté a la terrible ansiedad de quedarme sin trabajo”.

Los contactos y las buenas recomendaciones abonaron para que a las pocas semanas Patricia tuviera un nuevo trabajo. Esta vez, con una pareja de la India que tenía dos hijos. La experiencia laboral y personal, según comenta, también fue positiva, y permaneció en esa casa durante más de dos años, hasta que su jefa tuvo que regresar a trabajar y requería a alguien que supiera conducir para que llevara a su hijo a sus diversas actividades educativas. Patricia no sabía manejar y tuvo que dejar su empleo. Fue también una despedida en buenos términos y con beneficios económicos justos por su trabajo realizado.

La buena fortuna laboral le volvió a sonreír y Patricia comenzó a trabajar con un joven y acomodado matrimonio canadiense. Nuevamente, según relata, las relaciones con la familia fueron muy buenas y se sintió siempre muy acogida y respetada.

Fue justo estando en esa casa cuando, en enero de 2018, la vida de Patricia daría un giro radical: “De repente, empecé a tener un fuerte sangrado vaginal. Pensé que era por los cambios hormonales propios de mi edad. Pero, cuando después de 15 días la hemorragia no paraba, supe que era necesario ir al médico. Pero, aunque tenía un buen trabajo, yo no tenía seguro médico. Me tocó pagar la visita a la ginecóloga y me dejaron unas pruebas. Encontraron una masa en la entrada cervical. Me preocupé mucho. Todo era carísimo, te lo hacen prácticamente inaccesible, si no tienes seguro. Sólo un examen costaba 20 mil dólares y me pedían varios. Me diagnosticaron cáncer cervical. Imagínate lo que me costaría todo el tratamiento”.

La noticia fue un balde de agua fría para Patricia. Después de varios años generando ingresos económicos gracias a su arduo trabajo y de pagar impuestos por ello, por primera vez, evidenciaba las tremendas desventajas de ser una inmigrante ilegal y sus nulos derechos sanitarios, en un país como Estados Unidos.

“Me mandaron a solicitar el seguro de caridad que te ofrecen. Al principio, sólo me querían dar el 40 por ciento de ayuda y que yo pagara el otro 60. Según mis cálculos, podría llegar a gastar hasta 300 mil dólares por todo ¡Cómo iba a pagar yo todo ese dinero! Entonces, decidieron darme el 100 por ciento del ‘charity’; pero igual me dijeron que esa ayuda nunca cubre el 100 por ciento de los tratamientos de cáncer. Yo tenía claro que, aunque mis hijos son trabajadores, no iba a ponerles esa carga a ellos. No me parecía justo, después de tantos esfuerzos que hemos hecho juntos”.

Entonces, la idea de emigrar nuevamente, apalancada en su pasaporte europeo, tomó fuerza. Su hijo mayor lo había hecho ya en abril de 2015 y sería el puente que le tendería una ayuda, para empezar nuevamente de cero, esta vez en Inglaterra. Así, a finales de julio de 2018, Patricia llegó a Stockport, para reunirse con su hijo, su nuera y su nieto. Y para atender su emergencia sanitaria.

“Aquí, como ciudadana europea, tengo los mismos derechos y beneficios como casi cualquier inglés. Es un sistema social. Como a los tres días de haber llegado, me inscribí en el sistema de salud y pedí mi primera cita. Llevé todos los documentos que tenía de mi doctora de Estados Unidos. Mi médico cuando me vio me dijo: ‘no te preocupes, te vamos a cuidar aquí. Te mando todo por urgencia, para que te empiecen a evaluar. A los tres días me llamaron para programar mi primer examen y lo tuve una semana después. Hoy ya me dejaron otro para la próxima semana. Todavía están evaluando qué tan grave es la situación, para saber qué tipo de tratamiento tendré. No he pagado ni 5 centavos”.

Patricia se emociona cuando hace memoria del cierre de ciclo de vida en Estados Unidos. Reconoce que, incluso, le dolió más dejar a toda esa gente buena que conoció que cuando emigró de El Salvador. “La familia con la que trabajaba me compró el boleto, las otras familias me dieron dinero en efectivo, me dijeron ¿cómo te podemos ayudar? De verdad, siento que fue más duro que cuando salí de mi tierra, porque de ahí salí huyendo, desesperada. De Estados Unidos salgo profundamente agradecida, con el corazón partido por la gente que me ha querido tanto, extrañando mucho a los niños que cuidaba… Siento que cumplí el objetivo de trabajar duro e impulsar a mis hijos, para que tuvieran una mejor vida que la que yo tuve”.

Sus hijos. Su meta. Ahora Patricia se siente satisfecha, sabiendo que su hijo mayor tiene un buen trabajo en Manchester y ha construido una familia. Su hija mediana es una excelente profesional que trabaja en la República Checa, en el área de soporte técnico en una empresa norteamericana. Y su hija menor se casó recientemente, es residente legal en Estados Unidos, y puede tomar sus decisiones personales, laborales y profesionales con la absoluta libertad de una ciudadana de derecho pleno.

“Tengo 47 años. Quiero curarme. Pienso trabajar 20 años más y tener una pensión, cuando sea viejita. Sé que mis hijos no me desampararán, pero no quiero ser una carga para ellos. Me encantaría poder ayudar a mujeres de mi país a salir de situaciones como la mía. Tienen que aprender a levantar la cabeza. En mis primeros años como madre soltera, notaba que la sociedad me hacía sentir que ya no tenía el mismo valor. Las decisiones de la madre soltera se notan porque se ven los hijos. Otra gente se equivoca y no se nota, pero los errores siempre están. Nadie tiene la autoridad moral para juzgarte. Requiere de mucho valor ser madre soltera. Yo soy creyente. La fe en Dios ha sido mi punto de apoyo. Hay salida siempre y no existen trabajos denigrantes. Después de los 7 años sin trabajo fijo en El Salvador, yo todo lo vi como una bendición. Mi vida cambió. Mi mente cambió. Y quiero seguir adelante”, finaliza.

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“Cuando generas impacto positivo, hasta el lenguaje te quieren copiar”

Por: Claudia Zavala

Quien habla, desde Vancouver, Canadá, es Ana Mabel Soto Castellanos. Una salvadoreña que tiene claro que una buena actitud ante la vida y la flexibilidad ante los cambios son una potente herramienta que le ha funcionado ante la adversidad.

Lo aprendió desde sus años como maestra, en Nueva Granada, un pequeño pueblo de Usulután, al oriente de su país. Nacida en Cabañas, vivía en San Miguel, desde donde se desplazaba todos los días para llegar a su lugar de trabajo: “Caminaba 4 kilómetros de ida y 4 de vuelta, hasta llegar a la carretera Panamericana y abordar el bus. Eran los años 80 y, por la guerra en El Salvador, las cosas eran bastantes difíciles en esa zona. El pueblito donde trabajaba estaba prácticamente tomado por la guerrilla. Muchas veces, había enfrentamientos y teníamos que quedarnos ahí, hasta que pasara. No había manera de comunicarle a la familia que no podíamos salir de ahí. Una señora nos daba posada y comida en su casa. También había paros de transporte y eso complicaba aún más todo”.

Ana Mabel cuenta que, en una visita que realizó a sus padres, conoció al hombre que, tiempo después se convertiría en su pareja. Él también era profesor y daba clases de Física y Matemática. Era 1986. El noviazgo coincidió con la resolución de los papeles para viajar a Canadá que su compañero había solicitado cuando la conoció: “Me incluyó en su documentación y nos casamos para poder viajar. Al poco tiempo, me quedé embarazada. Decidimos esperar a que nuestro hijo naciera para poder viajar. Partimos cuando nuestro primer hijo tenía 6 meses, el 8 de agosto de 1988”.

La familia llegó a un Vancouver demasiado moderno e imponente, comparado a lo que ellos estaban acostumbrados. “En las calles, veía gente de muchas razas y nacionalidades. Yo sentía como que estaba soñado… Llevaban vestimentas muy distintas a las nuestras, turbantes… Sentí tan raro al llegar. Yo apenas llevaba una pañalera colgada en el hombro, mi bebé en brazos y toda la ilusión del mundo por salir adelante”, recuerda.

El inglés básico que habían aprendido no les sirvió de nada. La comprensión, al principio, fue casi nula y la adaptación bastante complicada para la pareja. Dejando atrás sus profesiones como maestros, ella se empleó en la limpieza y como cuidadora de niños. Él cortaba fruta. Por las noches, se esforzaban en el aprendizaje del inglés que, poco a poco, se fue haciendo más comprensible y fluido en el hogar salvadoreño.

“Aún con todo lo difícil que fue,  yo comencé a echar raíces, desde el principio. A mi esposo le costó mucho más. No se terminaba de acoplar, ni con la llegada de 3 hijos más, 2 varones y una niña, con los que completamos 4 hijos. Él siempre decía ‘el otro año me voy’. Para mí no era fácil sentir que tenía que luchar por mi adaptación y la de mis hijos y, a la vez, saber que mi esposo no era feliz en Canadá, porque no terminaba de acoplarse, incluso pasados varios años”.

 Sin duda, la personalidad de Ana Mabel fue un plus para su integración social y cultural. Simpática y extrovertida, tuvo la fortuna de encontrar a personas que la ayudaron en las etapas más difíciles. “Al principio, trabajaba en day care, en pre school. Luego, una amiga me habló de la posibilidad de trabajar en escuelas con niños especiales. Me puse las pilas y tomé un curso de noche, para especializarme en esa área. Era duro trabajar durante todo el día y estudiar en la noche. Los sábados en la mañana también tenía clases. Con mi esposo nos repartíamos para cuidar a los niños. Criar a cuatro niños cuesta mucho y más cuando no tienes a tu familia contigo. Tuve la bendición de encontrar a una señora salvadoreña que me ayudaba a cuidarlos cuando nosotros no podíamos. Cuando terminé el curso, le dije a mi esposo que lo hiciera también él, que seguro le gustaría. También era una oportunidad de retomar su vocación de maestro. En ese entonces, él trabajaba en construcción y en un hospital de ancianos. Era un trabajo bien pesado para él. Se entusiasmó, hizo el curso, le gustó mucho el programa y ahora él también trabaja con niños especiales. Él en High school y yo en Elementary. Conectamos, nuevamente, con nuestro amor por la educación”.

Y aún con su conocimiento en el área educativa, Ana Mabel reconoce que las diferencias culturales entre Canadá y El Salvador se evidencian de manera explícita en la manera de educar a los hijos. “Recuerdo que cuando eran pequeños, mis niños me preguntaban por qué los padres canadienses eran más liberales y nosotros los queríamos cuidar tanto. Aquí en Canadá están criados de otra manera, no siempre hay autoridad de parte de los padres. Nosotros tenemos otra educación, otro patrón. En mi casa hay reglas diferentes. Tuvimos un poco de conflicto con ese contraste que nos tocó vivir. En la escuela donde trabajamos también lo notamos. El respeto está por encima de todo, no se les puede forzar a nada y eso está bien. Pero también pienso que, a veces, tienen acceso a demasiada permisividad cuando todavía no son maduros para decidir. No saben totalmente si lo que están haciendo es lo correcto. Tiene que haber un equilibrio. También hemos aprendido a ser mejores padres y mejores personas. Por ejemplo, nuestros hijos nos decían que no juzgáramos tanto a los demás. Con el tiempo, he aprendido a ser más abierta y flexible mentalmente”.

Esa flexibilidad ante la vida ha ido acompañada, a lo largo de todos estos años, por una actitud constante de aprendizaje. Hace 2 años, Ana Mabel aceptó la invitación para participar en unas clases de pintura que impartía una señora mexicana. “Yo me sentía vieja, pero dije voy a ir a probar. Y me encantó. Ahora, hago mis cuadros, me entretengo,  les regalo a mis amigos, he descubierto una nueva yo”. Su inclinación artística también abarca el mundo de las letras. Ella cuenta que, en sus momentos de tristeza y dificultad, comenzó a escribir poemas “a escondiditas, en diálogo con Dios” y, fruto de esa inspiración, está planeando la publicación de esos pensamientos en su primer libro de poemas.

El voluntariado en una iglesia, según comenta, ha constituido un puente de integración y de generación de comunidad. En la congregación recibe un apoyo espiritual importante y han logrado estructurar ayudas concretas para 3 obras distintas en El Salvador, especialmente destinadas a las personas ancianas.

El valor de su idioma materno lo refuerza en su propio lugar de trabajo, a través de un “spanish club” que ha creado con sus alumnos. “Les enseño salsa y el español a la vez. Los pongo a bailar y a cantar ‘El carbonero’. Tengo niños de Nicaragua, Guatemala, El Salvador y Canadá. Todos me dicen ‘¡Hola!’, cada vez que me ven”.

En su escuela no sólo es conocida por reivindicar el español, sino también por su presencia vital, alegre y siempre distinta a los demás. “Tengo el pelo rojo y me visto de colores. ¡Soy un lunar en la escuela! A mí me encanta ser  diferente, me encanta como soy. A mí me dicen: ‘Ana, arriba, arribaaa!’, con acento mexicano. Yo les digo: ‘No. Yo soy salvadoreña’. Aquí son bien ‘plain’ para vestirse, siempre de blanco, negro o  gris. Yo me pinto los labios y me pongo collares. Me parezco a la duquesa de Alba de España, jajaja!! En las mañanas me visto y digo ‘¡ahí voy!’ Jajaja! En la escuela están prohibidos los olores, los perfumes. ¿Pero y la gente que fuma, pues? A mí no me gusta y no dejan de fumar sólo por mí, así que yo uso siempre mi perfume.  Aquí llueve mucho, es medio deprimente. Los colores me alegran, las fragancias, me arreglo mucho y eso me ayuda a estar feliz”.

Después de 30 años de lucha y perseverancia, Ana Mabel se siente agradecida por todo lo que junto a su esposo ha consolidado. Sus hijos de 30, 26, 25 y 19 años, respectivamente, son su mayor orgullo y se han desarrollado con lo mejor de Canadá y El Salvador.  Los dos mayores  se independizaron y viven en pareja, pero los domingos mantienen la costumbre de reunirse todos a comer en casa y reforzar los lazos familiares.

Ana Mabel asegura que, con el paso de los años, su esposo también logró adaptarse y sentirse arraigado en su país de acogida. Y se jubila dentro de 2 años. A ella le quedan 5 años. El proyecto de la pareja es vender su casa de la ciudad, para irse a vivir al campo, criar animales y hacer vino artesanal, otra de sus grandes pasiones. “Quiero escribir, pintar, pasear. Vivir cada día que pasa, es un regalo de Dios. Estos años no han sido fáciles pero, si uno se sabe adaptar, sale adelante. Cuando vine a Canadá, me sentía tan insegura. Hacía muchas cosas por complacer a los demás, a mi esposo, a todos, pero yo no era feliz. Con el tiempo comprendí que el amor más importante es hacia uno mismo. Yo soy mi mejor amiga, mi mejor confidente, he aprendido a quererme. Cuando uno se ama y brilla, los demás ven ese destello y los atraes, te aman y te aceptan así, tal cual eres. Si alguna mujer está leyendo esto y no se siente amada, yo le digo que se vea al espejo todos los días y se diga que se ama. Que aprenda a poner límites. De verdad, funciona. Hay que sanar nuestra autoestima, para tener el triunfo que tanto añoramos. Recién venida, me daba pena hablar español. Me sentía inadaptada. Hoy más que nunca me siento orgullosa de mí misma y de mis raíces. En la escuela he descubierto que cuando das un impacto positivo con tu personalidad, presencia y tu actitud, ¡hasta el lenguaje te quieren copiar! Si yo me escondiera en un rincón y me mimetizara de gris, creo que nadie quisiera hablar español y aprender conmigo. Deberíamos alzar nuestra bandera y decir ‘esta soy yo’. Podemos dar mucho. Podemos hacer un gran cambio en nuestra sociedad de acogida”, finaliza.

“Me he reconciliado con mi identidad, siendo migrante”

Por: Claudia Zavala

Suave en el trato, pero contundente en sus ideas, así se muestra Monsy Díaz al compartir su historia de vida. Aunque confiesa un profundo amor hacia su natal El Salvador, cuenta que, desde sus días de infancia y adolescencia, tuvo claro que emigraría: “Siempre sentí que era como una pecera muy pequeña para mí, que pertenecía a otro lugar. Quería hacer muchas cosas y siempre fui muy inconforme”.

Con temperamento artístico marcado desde pequeña, decidió estudiar Comunicación Social y Publicidad, para tranquilizar a sus padres, quienes estaban preocupados por su futuro profesional y laboral, en una cultura que no brinda una estabilidad económica al gremio artístico. Intentando acercarse a su mundo creativo, en el último año de su carrera universitaria, decidió compaginar también la formación en Diseño Gráfico. “Cursar dos carreras universitarias a la vez fue duro para mí. Llevaba 11 materias simultáneamente. Empezaba clases a las 7 am, seguía durante todo el día, en dos universidades distintas, y terminaba de madrugada, haciendo tareas. Me terminé enfermando, me dio una úlcera, me hospitalizaron. El día de mis exámenes finales colapsé con una apendicitis y me tuvieron que operar”.

Luego de ese capítulo de rutinas extremas, siguieron dos años de trabajo en el mundo publicitario. Monsy cuenta que, aunque lo desarrollaba bien, no era algo que realmente la llenara. Sus inquietudes artísticas estaban cada vez más latentes y decidió romper con ese ritmo de vida que no la hacía feliz: “Renuncié a mi trabajo y me di un tiempo para mí. Hice varios viajes como mochilera, intentando explorar un poco y encontrar algo con lo que conectara. Fue una época difícil con mi familia. Como era lógico, estaban preocupados, porque no sabían qué sería de mi futuro. Estuve así durante 5 años, sin saber exactamente qué hacer. Era fuerte, porque sentía que no terminaba de encajar en ningún sitio”.

Con el amor y el apoyo incondicional que sus padres siempre le han brindado, un día recibió una llamada de ellos. Le dijeron que la ayudarían económicamente, durante un año, para que estudiara la rama artística que quisiera en España. Su destino soñado desde niña. Y que, después de ese tiempo, volviera a El Salvador, para asentarse nuevamente laboral y profesionalmente. “Para mí fue una gran alegría. Siempre quise vivir en España, no sé por qué tenía una conexión especial con ese país. Había estado a los 18 años con mi papá y eso me marcó mucho”.

Era el año 2011. Ese año previo a su partida, Monsy tuvo una temporada prolífica, a nivel artístico. Tocó puertas y se le abrieron. Con su escasa experiencia como pintora, fue acogida en la Asociación de Artistas Plásticos de El Salvador, y realizó una exposición donde participaron las principales mujeres pintoras del país. Expuso en la Embajada de México, en el Centro Cultural de Venezuela y en una exposición en Cuba. Por eso, cuando viajó a España, en el año 2012, sintió que su talento artístico terminaría de aflorar y formarse, en el entorno académico y cultural adecuado.

“Encontré una escuela de Arte y Restauración, en Valencia. Pensé que era una formación estupenda, pues así también complacía a mis padres. Así ya podrían decir ‘Mi hija es restauradora de arte’ y podría encontrar trabajo en ese sector, que es un poco más sólido que sólo siendo pintora. Mi sorpresa fue que, después de estar 6 meses estudiando pintura, ¡terminé enamorada de la restauración! Fue todo un descubrimiento para mí y me metí de lleno en ese mundo”.

Monsy cuenta que, paralelo a su proceso personal y emocional, España la recibió con un choque cultural inesperado: “Me llamó la atención el trato un poco seco que tiene la gente. Creo mucho en la igualdad entre hombres y mujeres, pero echaba en falta la caballerosidad, que te abrieran las puertas… eso no pasa aquí. Nosotros somos más suaves al hablar y al tratarnos. Otra cosa que parece una tontería es que en mi país las mujeres nos arreglamos y cuidamos más. Aquí son más sencillas y naturales. Al principio, sentía que me criticaban, porque yo iba muy arreglada siempre, como era mi costumbre de toda la vida. Después de unos meses de estar aquí, cambié y descuidé mi apariencia. Con el tiempo, me he reconciliado con eso, porque quiero ser yo y verme como me siento bien yo, no por el lugar donde viva y sin importar lo que diga la gente. También me sorprendió el trato que hay entre algunas familias. Yo hablo todos los días con mis papás. Son mi pilar fundamental y la comunicación con ellos para mí es vital. Mis compañeros de piso me decían que ellos hablaban al tiempo con sus padres, que no entendían por qué yo lo hacía todos los días. También porque le hablaba a mi mamá de ‘usted’, aquí la mayoría se tutea. Yo valoro mucho nuestro trato. Es lo que me han inculcado y es lo que quiero preservar”.

Monsy ingresó a España con un visado de estudiante. Según cuenta, renovó ese estatus migratorio, durante tres años. Al finalizar ese tercer año, un amigo cercano, que se ha convertido en una especie de mecenas artístico para ella, la contrató a medio tiempo. Eso le posibilitó cambiar su documento a una residencia vinculada a un trabajo y estabilizar su estancia en el país. Al año siguiente, la contrató a tiempo completo como administrativa, aunque realmente ella trabajaba en el taller de restauración que él gestionaba. “Con mi incorporación, él abrió los servicios de compra, venta y gestión de bienes culturales y restauración de arte antiguo. En eso trabajo ahora. Para desarrollar mi trabajo, hemos creado y registrado la marca ‘Angélica Posada’, bajo la que realizo trabajos de pintura, ilustración y restauración. Estoy trabajando en la página web, para poder vender mis obras por internet. Además, me gusta la fotografía y también quiero trabajar ese rubro desde mi marca”.

En estos 6 años de procesos de cambios y verdadera renovación, el punto más álgido vivido por Monsy se refiere al impacto negativo que representa la enfermedad. “Es duro para una persona inmigrante enfermarse gravemente, como me pasó a mí, hace 3 años. De repente, un día, iba caminando y tuve un mareo muy intenso. Llevaba varios días sintiéndome débil, bajita de energía. Después de muchas pruebas supe que tenía una anemia profunda, realmente delicada. Me dijeron que, si no lo hubiese tratado a tiempo, hubiese derivado en algo peor. Eso me hizo frenar, nuevamente, y replantearme muchas cosas en mi vida. Tuve que tomarme un tiempo largo para recuperarme. Pasé muchos días en cama. Tuve la dicha de tener a personas que estuvieron conmigo y me cuidaron siempre. Estaré siempre agradecida con ellos”.

 

Recuperada por completo y canalizando su talento artístico, ella cuenta que “Angélica Posada”, significa mucho más que un negocio. Aunque se trata de sus segundos nombre y apellido, la marca rinde homenaje a la vida de su abuela materna, que se llamaba así. El proceso personal y emocional en el que ha profundizado, durante los últimos años, viviendo lejos de su familia y país, la han llevado a enfrentar aspectos que quiere materializar en su obra. “Me enfoco en una esencia femenina muy fuerte, tal y como era mi abuela, que fue una mujer muy valiente. Era de Chirilagua, San Miguel, y su padre murió siendo ella una niña. Tomó el rol de defensora de su madre y sus hermanas, en una época en la que las mujeres sin un hombre en casa eran realmente vulnerables. Ahora me sumerjo también en mis propias sombras y en esos capítulos de dolor que enfrentamos la mayoría de mujeres: conflictos, dudas, miedos, abusos, injusticias, rabia… con el tiempo, he comprendido que también forman parte de la vida”.

Con 37 años de edad, sin pareja ni hijos, Monsy asegura que ha aprendido a superar los prejuicios sociales que conllevan salirse de la norma, reivindicando su decisión de continuar soltera y enfocada en su propio bienestar. “Culturalmente, se sigue viendo ‘rara’ a la mujer que no tiene marido ni hijos a mi edad, aquí y en muchas partes. Yo ya estuve mucho tiempo haciendo cosas para complacer a los demás. Quiero disfrutar ahora de lo que aprendido. De lo que me ha aportado esta tierra y la herencia que vive en mí. Aquí me siento segura y tranquila. Comprendo que la nostalgia por vivir lejos del país de origen invada a mucha gente, pero, en mi caso, me mentalicé a cerrar un ciclo y a empezar otro ¿por qué tengo que mirar atrás? Quiero crecer, avanzar, hacer mi vida. He transformado mi rebeldía, volviéndome consciente de muchas cosas. Me he reconciliado con mi identidad, siendo migrante. Y voy a seguir adelante”, finaliza.

“Lucho como periodista y empresaria, en Panamá”

Por: Claudia Zavala

Desconectar, mental y emocionalmente, de su intenso trabajo en el mundo del periodismo, era el objetivo inicial de Milagro Vallecillos, cuando visitó Panamá, en febrero de 2001. La casualidad hizo que los terremotos del 13 de enero y 13 de febrero que ocurrieron en El Salvador, ese mismo año, tuvieran un impacto realmente devastador para ella: “Una noche antes del terremoto del 13 de enero, había estado en Las Colinas, la zona que resultó más afectada por los sismos, junto a mi compañero camarógrafo, grabando un reportaje con los vecinos de la residencial. Saber que fuimos los últimos en grabar los rostros de la gente que murió soterrada me sacudió muchísimo. Me tocó duro el corazón.  Cuando fui al lugar de la catástrofe, una señora se acercó y me dijo: ‘mi hijo estaba al lado suyo anoche en la reunión. Ahora está muerto’. Ella, al menos, pudo sacar el cuerpo de su hijo y enterrarlo, con todo el dolor que eso significa para una madre. Ese video que habíamos grabado ayudó a identificar a mucha de la gente que murió en el lugar. Aprendí muchas cosas en ese momento. Sobre todo, el valor de la vida y la gratitud profunda que se puede tener hacia Dios”.

Resistir con valentía las presiones que recibió el canal de televisión en el que trabajaba frente a las denuncias que se hicieron al Gobierno de la época, por cuestionamientos en el reparto de la ayuda internacional, también hizo mella en la ya estresante rutina de trabajo de la periodista. Por eso, 15 días de descanso en Panamá, eran un bálsamo más que necesario en ese momento. La idea era pasar una buena temporada con amigos y colegas del país caribeño. El viaje lo haría en compañía de su madre, dos de sus hermanas y sobrinos. Milagro tenía 25 años.

Ciudad de Panamá la recibió con los brazos abiertos y con la alegría desbordante de gente que la cobijó, no sólo emocionalmente, sino también laboralmente. Para su sorpresa, algunos de sus colegas panameños habían movido contactos periodísticos para que ella ya se quedara trabajando con ellos y se alejara del ambiente convulso de El Salvador. “Fue todo muy rápido. La verdad es que sentí una gran conexión con este país desde siempre. Recuerdo que la primera vez que lo visité, frente al mar, en el mirador, dije: ‘hay algo en este lugar que siento que es mío’. Y mi mamá también me decía que por qué le hablaba tanto de Panamá. Así que cuando me dieron la oportunidad en el periódico ‘Hispanoamérica’, me decidí a quedarme. Estaré profundamente agradecida con esa gente que creyó en mí y que me abrió las puertas laborales en ese momento. Llamé a quien era mi jefe en el canal salvadoreño, para explicarle y renunciar. Se molestó mucho. Recuerdo que me dijo que iba a ser difícil para mí empezar de cero, que nadie sabría quién era… Pensé que éramos dos personas distintas. Que ese ego no era realmente lo que me movía en la vida”.

El “paquete panameño” incluyó trabajo para sus hermanas y diversas actividades adecuadas para la nueva rutina de vida de su madre. Junto a la adaptación laboral, Milagro comenzó a conocer a una Panamá integrada en la región centroamericana, pero muy distinta al resto de países de la zona, entre otras cosas, por su relación histórica con Estados Unidos. Lo que más le impactó fue la diversidad cultural que existe: chinos, árabes, judíos, indostaníes, africanos… un crisol de razas, idiomas y culturas al que no estaba acostumbrada. “Yo había estado becada en Naciones Unidas, en Nueva York, y ya había experimentado esa diversidad, de alguna manera, pero nunca en mi país. En Panamá, me gustó la alegría de la gente. Tienen sus problemas, como todo el mundo, pero son positivos. Como sociedad, son muy pro estado de paz, de soportar cosas en aras de que no se formen caos. Valoro mucho ese espíritu de armonía que tienen. Siempre hay cosas que te molestan, claro, nadie vive en el paraíso. Pero, frente a esos choques culturales creo que hay dos caminos: renegar todo el tiempo de eso que no te gusta o mostrarte agradecida con tu nuevo entorno y tratar de contribuir a que las cosas cambien”.

La imponente obra de ingeniería que representa el canal de Panamá también es otro de los elementos característicos del país. Las transacciones portuarias, el centro financiero y el crecimiento económico que se ha mantenido, pese a los años de crisis, son aspectos que lo hacen destacar del resto de países de la región.

Milagro comenta que, en sus primeros días de adaptación, coincidió una visita del Cardenal salvadoreño Gregorio Rosa Chávez, con quien tenía una relación cercana. El religioso tuvo unas palabras que, según ella, se convirtieron en presagio para el proyecto migratorio que recién iniciaba: “Me preguntó si estaba realmente segura de mi decisión de dejar mi patria. Le dije que no era una decisión motivada por el miedo, sino una mezcla de cosas, pero que era un paso que me daba mucha paz. Me dijo que estaba bien, si era el camino que sentía que debía seguir. Pero que me preparara para la profunda nostalgia que iba a sentir por mi tierra pues, cuando estás lejos, es realmente cuando más conectado y vinculado estás con tu país”. Al poco tiempo, Milagro se incorporó al periódico “El Panamá América”, en la creación de una revista de estilo de vida. Esta experiencia laboral, que duró 4 años, la ayudó a conocer las diversas instituciones del país y, en general, cómo pensaba la sociedad panameña.

Paralelo a su trabajo, junto a su madre y hermanas, visitaban los fines de semana distintos lugares para irse adaptando cada vez más a su país de acogida. Un domingo, explorando una nueva iglesia para ir a misa, entraron a una que les llamó la atención. La familia se sintió acogida y continuó congregándose y tejiendo una nueva red de amigos y conocidos. Un día, los invitaron a una actividad para niños, en la misma comunidad religiosa, pero en otra zona de la ciudad. Milagro cuenta que, junto a su hermana, se sentó un hombre alto. Casi 17 años después, recuerda, entre risas, cómo fue ese primer encuentro con quien se convertiría en su marido: “Me pareció poco simpático y algo pesado al principio, porque sólo se sentó, sin decir nada. Él era parte del coro que se presentó en esa actividad. Con el tiempo, supe que se llamaba Gabriel Leonard, que había estudiado en Arkansas, que tenía un gran amor por la historia, la música barroca y que era editor, como yo. Nos hicimos amigos. Me encantaba hablar con él, porque siempre tenía temas interesantes para compartir. Sentía un verdadero intercambio de crecimiento personal e intelectual.  Nos enamoramos y decidimos construir nuestra vida juntos”.

El binomio con Gabriel traspasó la relación personal. En 2005, la pareja decidió dar el salto y emprender en el mundo editorial. Así nació “Vallenard” (por la fusión de los apellidos de ambos), convirtiéndose en pioneros en lanzar al mercado panameño de la época la modalidad outsourcing de servicio editorial, ofreciendo a los clientes todo lo relativo a contenido, diseño, impresión y producción total, con costos más reducidos.

Durante los primeros seis años, el matrimonio compaginó su negocio con empleos que cada uno tenía, hasta que, por fin, en el año 2011, decidieron dedicarse totalmente al desarrollo de su empresa, lanzando productos propios. Crearon y distribuyeron, en versión impresa y digital, la revista “Panama Green”, para promover una cultura verde y sostenible, en inglés y español. Entre sus productos editoriales también destaca la “Guía logística de Panamá”, que ha funcionado tan bien que ya tienen previsto ampliarla a otros países de la región y también aprovechar el acercamiento comercial entre Panamá y China, para trabajar con diversos clientes del país asiático. Además, han lanzado la novela “Tabú. Entre la fe y el prejuicio”, sobre abusos sexuales en el ámbito religioso. Gabriel es el autor y Milagro la editora.

“Alguien me dijo una vez que lo que hemos hecho ha sido osado, atrevido. Nuestros países no te educan para emprender. Todo está diseñado para que seas empleado de otro. Hay capas sociales a las que les es permitido estar ahí, hacer empresa. A otras no. Mi esposo y yo somos rebeldes por naturaleza y hemos enfrentado muchas cosas de ese sistema cerrado. Hemos pagado altas cuotas de sacrificio por eso, en muchos sentidos. Nos han temblado las piernas, tomando decisiones. Hemos cometido errores garrafales y grandes aciertos.  Pero creemos en nuestra propuesta, en inyectar valores y en educar, a través de nuestros productos. Por el nivel de mística que tenemos, yo me atrevería a ponerme frente a un estadio a defender mi proyecto. Me apasiona lo que hacemos”.

En medio de sus proyectos e ideas innovadoras, doce años tuvieron que pasar para que el matrimonio recibiera a su deseada hija, Gabrielle Marie. “De verdad, pensé que ya no sería madre. Lo deseábamos mucho, pero no se había dado. Recuerdo que un día, oré con muchísima fe, con todo mi corazón, y pedí por su llegada. ¡Al mes siguiente estaba embarazada! Mi hija es una niña llena de alegría, con mucho carácter. Con 2 años, baila como yo nunca he bailado. Tiene el Caribe en la sangre. Sueño con contarle un día mi historia, de dónde vengo. Enseñarle a que sea una mujer fuerte, valiente y con inteligencia emocional”.

Según Milagro, después de 17 años viviendo fuera de su tierra, las palabras del Cardenal Rosa Chávez han estado muy presentes en el proceso que ha vivido. Aunque tiene a parte de su familia viviendo con ella y Panamá es un país geográficamente cercano a El Salvador, el desarraigo por estar fuera de su entorno ha estado siempre presente. “Creo que el tributo más grande que puedo hacerle a mi país es aportar lo mejor que pueda, esté donde esté, con honestidad, con vocación. La gente que me conoce aquí me dice que soy una guerrera. Aspiro a que siempre digan ‘esa salvadoreña nunca le ha hecho daño a nadie’. Yo vengo de donde asustan, sabemos que pasan cosas muy duras en nuestro país. Pero la fuerza del cambio radica en que los buenos no decaigan en la lucha, para que lo malo sea opacado por la intensidad de lo positivo. Yo creo en eso. Es lo que me inspira a continuar, cada día de mi vida”, finaliza.

 

“Como salvadoreña, pongo una milla extra en todo lo que hago”

Por: Claudia Zavala

Desde San José, Costa Rica, Claudia Valencia Cuéllar hace un balance de los 11 años que ha vivido fuera de su país, El Salvador. Su destacado perfil profesional la ha ubicado al frente de proyectos en empresas multinacionales, que le han dado acceso a viajar y conocer una diversidad de culturas y destinos como Estados Unidos, Holanda, Alemania, entre otros. “Empecé a trabajar, desde los 20 años, en una empresa multinacional que me permitía vivir, por temporadas, en Guatemala y Panamá. Siempre fui muy dedicada en mis estudios y mi trabajo me permitía pagar mi formación universitaria”.

En 2006, en unos de sus viajes a Costa Rica, recibió una interesante oferta laboral para quedarse a vivir ahí. Después de un tiempo de análisis, aceptó la propuesta, en 2007. Pero justo en ese mismo año, a su madre le detectaron cáncer. “Ella estaba muy enferma. Yo dudé en aceptar el trabajo, porque quería permanecer a su lado para cuidarla. Ella me incentivó para que aceptara el reto. Me dijo: ‘tienes que vivir, hija, vas a estar mucho mejor, vete. Es lo mejor que te puede pasar en la vida, quiero que seas una gran persona, que crezcas’. Sus palabras me motivaron para decidir moverme a Costa Rica”.

En medio de la preocupación familiar, pero deseosa de progresar profesionalmente, Claudia se instaló en San José, en diciembre de 2007. Luego de unos meses de adaptación laboral y cultural, tuvo la oportunidad de viajar a El Salvador, en marzo de 2008, en unas vacaciones de Semana Santa, para estar con su madre, que seguía luchando contra la enfermedad. Después, la idea era reencontrarse en junio, para celebrar juntas el cumpleaños de Claudia. “Le dije que volvería el 17 de junio, para que celebráramos mi cumpleaños el día 22. Ella me dijo: ‘estoy mal, hija, pero voy a aguantar para poder verte’. La llamaba todos los días, para saber cómo estaba y para alentarla hasta nuestro encuentro. Recuerdo que llamé un viernes, a inicios de junio, y ella no me contestaba. Me preocupé mucho. Mi hermana me respondió después y me dijo que mi mamá había muerto ese día, a las 3:00 pm. Es lo más desgarrador que me ha podido pasar en la vida. La pesadilla de cualquier persona que vive lejos de su familia es vivir la muerte de alguien querido, estando separados… Es algo que siento que, después de todos estos años, todavía no he podido superar”.

En su desesperación por estar con su familia, Claudia recuerda que salió corriendo al aeropuerto a buscar un vuelo, para viajar esa noche o al día siguiente, a primera hora. Le dijeron que no habían boletos disponibles, sino hasta el domingo por la noche. Una espera de dos días. “Me habían dicho que mi papá estaba súper mal, que no aguantaría estar tanto tiempo velando a mi mamá, tenía que ser todo rápido. Yo sentía un dolor profundo en mi corazón. ¡Estaba desesperada! Recuerdo que no paraba de llorar en el mostrador de la aerolínea, pidiéndoles que, por favor, me dieran una solución. Insistían en que los boletos son intransferibles, que era necesario que alguien renunciara a su reserva para hacerme el cambio. Un señor que estaba cerca les dijo que se lo cambiaran a él. Que renunciaba a su reserva y su boleto y luego compraría otro. Que me lo dieran a mí. Nunca me alcanzará la vida para agradecerle lo que hizo. A día de hoy, sigo en contacto con él. Los costarricenses que he conocido, en general, son así, empáticos y solidarios, cuando te pueden ayudar. Para mí esa fue una gran lección de humanidad. Aunque no pude despedirme de mi mamá, al menos pude llegar a enterrarla”.

Claudia cuenta que, desde la distancia, el impacto emocional de la muerte de su madre y el hecho de estar sola en una tierra distinta a la suya lo gestionó refugiándose en el trabajo y los estudios. Licenciada en Administración de Empresas, con dominio del inglés y portugués, estudió también un Máster en Comercio Internacional y otro en Administración de Proyectos,  que está por terminar.

Su tiempo de duelo también lo vivió descubriendo una Costa Rica que, aunque es geográficamente muy cercana a El Salvador, tiene marcadas diferencias culturales: “En general, el tico es diplomático. No se le pueden decir las cosas de forma directa y contundente. Hay que hablar con mucho adorno, para que no se lo tome mal. Son estrictos con los horarios laborales; no se les puede pedir algo más allá de las 5 de la tarde. He tenido que aprender a lidiar con eso, porque yo estaba acostumbrada a otros ritmos, pero ahora intento no presionar demasiado. Y, sí, debo reconocer que he notado recelos, a nivel laboral, pues piensan que el extranjero les viene a quitar el trabajo. Aquí han llegado últimamente muchos venezolanos y colombianos y se nota la tensión hacia ellos. Antes ya pasaba con los nicaragüenses. Pero creo que ese recelo se da en todos lados, lastimosamente”.

La limpieza de las calles y la permanente actitud cívica de los costarricenses fueron algunos de los aspectos que impresionaron a Claudia al llegar. “Hacen cola para subirse al bus. Hay de todo pero, en general, intentan evitar la violencia. Promueven una cultura de paz y de entendimiento y eso se nota en el hecho de que no tienen Ejército”.

Aunque reconoce notar algunos cambios en ciertas zonas del país, en los últimos años, asegura que sigue siendo un lugar muy seguro para vivir. La belleza de sus playas, su biodiversidad, el cuidado del medio ambiente, el apoyo al sector agrícola y el consumo de sus productos locales también son elementos que ella destaca del país centroamericano. “Se sienten orgullosos de sus tradiciones, de sus fiestas. El fútbol se vive como una locura, más ahora con Keylor Navas en el Real Madrid”.

En medio de su desarrollo profesional, hace 6 años, Claudia dio a luz a su hijo, Fernando. La experiencia transformó por completo su vida. Ser madre soltera, lejos de su familia, sin duda, ha significado uno de sus más grandes retos.

“Luego de la muerte de mi mamá, tuve un conflicto espiritual que me duró como 4 años. Tenía esa herida tan abierta. Fue una etapa de negación dura. Le reclamaba mucho a Dios, pues pensaba que se había olvidado de mí. Enfrentar sola la crianza de mi hijo me hizo renovar muchas cosas, entre ellas, mi fe. Me reconcilié con Él y ahora asisto a una iglesia en la que he encontrado a una verdadera familia. También encontré a una mujer maravillosa, tica, que cuida a mi niño desde que tenía 3 meses de nacido. Le da amor, ternura, valores… Ella es mi sostén, para que yo pueda seguir trabajando y avanzando. Estoy segura de que es un ángel que me mandó mi mamá para que me ayudara y no estuviera sola en mi camino con mi hijo”.

Actualmente, Claudia continúa destacando en su trabajo. Gestiona diversos proyectos en el centro de servicios de su empresa y transfiere procesos de mejora entre México, Centro y Sur América. “En lo laboral, como salvadoreña, aporto una milla extra en todo lo que hago. Mis amigos me dicen que soy admirable y creo que mi mamá estaría orgullosa de ver hasta dónde he llegado. La gente me ve y me dice que los salvadoreños somos imparables. Yo les digo que tienen un gran país; que en el mío, tristemente, hay cientos de asesinatos, una horrible inseguridad, y muchos criamos a nuestros hijos lejos de nuestra tierra sólo por ese miedo. Quiero que mi niño aprenda de la diversidad de culturas, que sea abierto, flexible, que no se quede cerrado en un solo lugar. No me veo terminando mi vida en Costa Rica, siento que ya cumplí mi ciclo, aunque no sé qué vueltas dará la vida. Estaré siempre agradecida por todo lo que esta cultura me ha aportado, como persona y profesional”, finaliza.