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“En Alemania, estoy transformando mis prejuicios”

Por: Claudia Zavala

Hace apenas dos años, la vida de la salvadoreña Pamela Alens Volkmer dio un giro inesperado, cuando conoció al que ella llama “el hombre de su vida”, en una fiesta. Era mayo de 2017 y para esta joven graduada en Relaciones Públicas, el encuentro con Florian, un joven alemán fue un verdadero impacto: “Yo lo vi y dije ‘¡de aquí soy! ¡es él! Yo había tenido algunas relaciones con extranjeros, anteriormente, y la verdad es que mi familia y amigos pensaban que con él tampoco iba a funcionar. Al principio, nadie confiaba en la relación. Mi mamá me decía que a veces los extranjeros sólo quieren sexo y ningún compromiso”, recuerda.

Frente a la incredulidad del entorno, la pareja se acopló muy bien y se fue consolidando rápidamente. El proyecto en el que Florian estaba implicado laboralmente terminaría en breve. Entonces, Pamela recibió una propuesta rotunda y radical de parte de su novio: “¿Te vendrías conmigo a vivir a Alemania?”. “Yo siempre he sido extrovertida, flexible, me gusta conocer personas y nuevas culturas. Y estaba muy enamorada. Le dije que sí. Me propuso matrimonio, en noviembre de 2017. Nos casamos por lo civil, en enero de 2018”.

Contra todo pronóstico, en pocos meses, la pareja por la que pocos apostaban se convirtió en matrimonio y ya planificaba su nueva vida en Alemania. Para sellar aún más su pacto de amor y convivencia, toda la familia de Florian viajó desde Alemania hasta El Salvador, para realizar la boda religiosa, el 17 de mayo de 2018, una semana antes de partir a su nuevo destino. La pareja se despidió de El Salvador, el 25 de mayo de 2018. “Aunque estaba muy ilusionada, la despedida fue triste, porque siempre he tenido una muy buena relación con mis papás y mis hermanos; tengo una hermana gemela con la que estoy muy unida. Era duro pensar que ya no los tendría conmigo”.

Pamela y Florian aterrizaron en Uffing, al sur del estado de Baviera, cerca de la frontera con Austria, y se instalaron en casa de la madre de él, durante los siguientes meses, mientras encontraba nuevamente trabajo. Pamela cuenta que la primera impresión al llegar a Alemania fue agradable, tomando en cuenta los 20 grados de temperatura característicos del mes de mayo.

Las personas que llegan a vivir a Alemania, por mandato del Estado, deben hacer lo que se llama “Curso de integración en Alemania”, una serie de clases, no sólo de aprendizaje del idioma, sino también del conocimiento de la cultura bávara. Como las clases de ese curso ya habían empezado, Pamela tuvo que esperar hasta el mes de noviembre para integrarse a la escuela. Mientras tanto, fue su suegra quien la introdujo en el aprendizaje del idioma y la cultura. “En las primeras semanas, con ella aprendí los números, el alfabeto, cómo y dónde comprar, todo lo básico de la vida diaria en Alemania… La gente habla mal en general de las suegras, pero, en mi caso, ella ha sido una bendición para mí. Es bien linda gente, me ha ayudado en todo. No me costó acoplarme a su lado. Además, yo en El Salvador tenía siempre todo hecho, porque había una señora que nos ayudaba en casa. Llegué a Alemania con cero conocimientos de cocina, de llevar una casa… Ahora ya me animo haciendo frijolitos, pupusas, sopita de pollo salvadoreña y un par de cosas alemanas. Mi suegra nos dio techo y comida, durante los primeros meses, y siempre le estaré muy agradecida por lo generosa que ha sido con nosotros, en todos los sentidos”.

Pamela relata que la adaptación relativamente fácil de los primeros meses fue cambiando de cara al invierno, a medida que el frío intenso iba llegando. “Ya desde el otoño empezó a hacer un frío horrible. No tenía ropa adecuada, tuve que comprar todo aquí. Mis clases empezaron, pero me sorprendió lo mucho que el clima puede condicionarte. Yo he sido siempre muy activa y noté que no me daban ganas de salir. Además, coincidió que mi mamá se puso mal de salud, y tuve que vivir toda esa preocupación y angustia, desde la distancia. Comencé a vivir meses muy duros para mí, emocionalmente hablando”.

En enero 2019, Florian encontró trabajo y el matrimonio se mudó a Limburg, más cerca de Bélgica, a unas 7 horas de distancia de Uffing. Pamela se incorporó de inmediato a sus clases de alemán, en las que cuenta que destacan compañeros de países como Afganistán, Pakistán y Siria. “He aprendido mucho al lado de ellos, sobre todo por las historias tan duras que muchos tienen como refugiados. Me gusta que en clase nadie se burla de nadie, porque todos estamos aprendiendo. Yo en El Salvador, de pequeña, sufrí bullying, porque tenía problemas para hablar. Después de muchos años y terapia de lenguaje, he logrado mejorar, pero sé lo duro que es ser el centro de las burlas todo el tiempo. Por eso valoro tanto que nadie se ría de mí por mi pronunciación del alemán y que se me respete cuando hablo”.

Actualmente, el esfuerzo de Pamela está centrado en estudiar al máximo para que su nivel de alemán avance. De momento, tiene el permiso de residencia, pero, para conseguir a la ciudadanía, necesita demostrar el nivel B1 de alemán -que habilita para poder trabajar y hacer estudios superiores- y haber vivido en el país, durante 3 años, de manera permanente, sin ninguna salida. Mientras tanto, deberá renovar anualmente su residencia, demostrando que tiene medios para vivir, que sigue estudiando y que está inmersa en su proceso de integración en la cultura alemana.

Gran parte de ese proceso ha pasado por desmontar mitos y estereotipos que tenía con respecto a las personas alemanas y europeas en general: “Pensaba que eran fríos, distantes, que no se bañaban… no sé por qué existe ese prejuicio en Latinoamérica, pero pensamos que los europeos son sucios.  Mi experiencia ha sido buena, pues he conocido a gente abierta, educada, amable y limpia, por supuesto. No digo que todo sea perfecto. En este país existe el racismo y la discriminación. Lo viví una vez en un tren. Iba con mi esposo, y un señor me miró con mucho desprecio y superioridad, sin disimular, sólo porque yo iba hablando español. Sentí miedo. Fue una sensación nueva para mí. Nos cambiamos de asiento y todo. Florian también se sintió mal. Me dijo que, en público, procurara hablar sólo en alemán, para no tener ese tipo de problemas. En casa, procuramos no hablar español, para que yo vaya aprendiendo más rápido”.

A punto de concluir una especialización en el área de Comunicaciones, que ha estudiado vía online, desea enfocar su proyecto laboral en el área del periodismo escrito. Con 30 años recién cumplidos, tiene claro que la maternidad es algo que también le gustaría experimentar, a corto plazo.

“Dentro de 5 años, me veo con un total dominio del alemán y con dos hijos. Todo ha pasado tan rápido y no ha sido fácil. Extraño muchísimo a mi familia, mis amigos, mi tierra, la comida, la playa… Pero me sorprendo de lo mucho que he modificado mis ideas, la manera en que he transformado mis prejuicios y he abierto mi mente. Antes juzgaba a la gente, sin darme cuenta, y sólo veía lo que los demás me hacían a mí. Estar fuera de tu tierra te ayuda a crecer como persona, porque te replanteas muchas cosas que antes veías con naturalidad. A veces son patrones que en ese nuevo entorno ya no te sirven y tienes que construirlos desde cero. Tienes que estar dispuesto a hacerlo, para poder avanzar e integrarte de verdad”, finaliza.

“En Corea del Sur he desafiado mis límites”

Por: Claudia Zavala

La suavidad y ternura con la que Claudia Aracely Henríquez le habla a su hijo pequeño, al otro lado del teléfono, contrasta con el carácter fuerte y obstinado de la protagonista de esta historia. “Le acabo de decir que siga jugando, que me deje tranquila un ratito, que estoy hablando”, traduce. El coreano parece un idioma imposible de pronunciar, para cualquiera que no sea nativo de esa lengua. Pero Claudia lo hace con tanta fluidez y naturalidad que nadie imaginaría que esta salvadoreña ha dominado esos complejos fonemas desde un aula de estudios y en una edad adulta.

Pero el idioma, quizá, ha sido uno de los retos menores en el camino que ella inició desde El Salvador, cuando apenas tenía 16 años. Su vecina era secretaria en una empresa textil asiática. Le dijo que en la fábrica había 8 empleados coreanos que sabían muy poco o nada de español y que si ella se animaba a darles clases. “Yo estaba empezando el bachillerato. Siempre he parecido más seria y formal, con más años de los que tengo. Creo que me vieron jovencita, pero se imaginaron que quizá tenía unos 22 años. Yo era muy responsable y disciplinada con mis clases. Eran los fines de semana. Me recogían en casa, dábamos la clases, me llevaban a comer, me pagaban y me dejaban de nuevo”.  La persona encargada de recogerla era el más callado y serio de todos. El jefe. Estuvieron dos años con el tema de las clases y Claudia cuenta que, poco a poco, después de un buen tiempo, las cosas fueron cambiando entre los dos. Siendo ella la primera sorprendida, un sentimiento importante había surgido entre ambos y comenzaron a salir como novios. Era el momento de que la familia de Claudia lo supiera. No fue fácil decírselo a su padre. Su novio le llevaba 20 años.

“Fue un drama. ¡¿Que querés otro papá?!, me dijo. Eran casi de la misma edad. Tuvimos muchas peleas. Yo permanecía firme en mi decisión. Cuando saqué mi cédula, como mayor de edad, me fui de la casa. Fue muy duro, porque yo quería mucho a mi papá, pero también lo quería a él. Me dejaron de hablar. Mi mamá sufrió mucho porque estaba en medio de todo. Las cosas cambiaron dos años después, cuando nació mi hija. Durante el parto, me tuvieron que hacer cesárea, pero no me hizo efecto la anestesia normal, y me pusieron anestesia general. Cuando desperté, estaba mi papá a mi lado con mi hija. Fue su manera de decirme que respetaba mi decisión y que, a pesar de todo, éramos una familia e íbamos a estar juntos siempre. Nos casamos en 1999. Yo tenía 20 años”.

Viviendo todavía en El Salvador, Claudia cuenta que, un día, la señora que le ayudaba con las labores de la casa llegó gritando, muy alterada, a tocarle la puerta. Cuando le abrió, vio que venía con unos hombres armados. Era un asalto. “Yo estaba hasta con suero, porque estaba enferma. Mi niña tenía menos de 2 añitos. Me dijeron que se la llevarían, si no les decía dónde estaba el dinero. Justo el día anterior le habían pagado a mi esposo. Ellos sabían que les pagan en efectivo, así que siempre pensamos que era alguien cercano quien nos vigilaba. Nos ataron. Vaciaron la casa, se robaron todo. Estuvimos amarradas, hasta que llegaron por la tarde unos vecinos y la policía”, recuerda.

Otro episodio igual de dramático sucedió un mes después. Esta vez en la maquila donde trabajaba su esposo. También el día de pago. Los asaltantes robaron dinero y cargaron dos camiones con mercadería de la fábrica. Ante los hechos, su esposo le dijo que tenían que irse del país, que jamás se perdonaría que les sucediera algo. “Me van a matar o les van a hacer algo a ustedes. Piensan que soy el dueño de todo y soy sólo un empleado. No vale la pena exponerse así”, le dijo. Y los preparativos para emigrar comenzaron. Era el año 2001.

Nuevamente, el shock familiar. El padre de Claudia no veía con buenos ojos que se fueran a vivir a Corea del Sur, una cultura tan ajena a la salvadoreña. Pero Claudia lo convenció, diciéndole, además, que su hija necesitaba conocer a su familia coreana y que sería bueno para abrirle otras posibilidades en la vida. Así, ella, su hija y su esposo viajaron en octubre de 2001 a Corea del Sur. Ahí empezaría una nueva etapa de verdaderos desafíos para Claudia. Para su marido significaba una “vuelta a casa”, después de 20 años de vivir en diversos países del mundo, por temas laborales. “Llegamos cuando empezaba el frío. Fue bastante impresionante ver las calles todas llenas de chinitos. Todos me miraban, sin disimulo. En esa época, había muy pocos extranjeros en Corea. Llegamos a vivir a casa de mi suegra. Yo había leído un poco sobre la cultura coreana, pero era diferente estando ahí”.

El primer contraste se dio cuando, cansados después del largo viaje, Claudia no vio ni camas ni mesa en casa de su suegra, porque prefieren el suelo. Ella recuerda haber sacado colchas gruesas que encontró en un armario, para simular un colchón, y acostarse con su niña. Con los días comprendió que la familia de su esposo se sentía decepcionada porque él se había casado con una mujer extranjera. “Es el hijo mayor. El varón. En esta cultura significa que él representa a la familia. Mi suegra, sobre todo, no podía perdonar que él se hubiese casado con una mujer no coreana y que yo, por ejemplo, le dijera que me ayudara a cocinar o a cambiar los pañales de la niña. Para nosotros era normal. Pero para ella era una ofensa. La cultura coreana sigue siendo bastante machista, en ese sentido. Y más mi suegra que vivía en un pueblo. Con la bebé ella era un amor, pero a mí me regañaba bastante. No le entendía, pero le notaba el gesto y la actitud cuando estaba conmigo. Era una situación muy difícil para mí, no sabía cómo agradarla”.

Todo se complicó aún más, 4 meses después. Su esposo le anunció que su jefe lo destinaba, nuevamente, a otro país extranjero. Esta vez, China. Claudia pensó que por la edad de su hija era mejor procurar una estabilidad para facilitarle su aprendizaje escolar. Se negó a viajar con él y le propuso que le buscara una casa a ella sola, pues no estaba dispuesta a quedarse con su suegra, dada la relación tensa que había entre las dos.

“Aún sin saber el idioma ni conocer la cultura, prefería empezar de cero y buscarme la vida sola. No me daba miedo. Al contrario. Sabía que si me quedaba en casa de mi suegra ‘por comodidad’, o por no enfrentarme al cambio, iba a ser peor todo. La convivencia iba a desgastarme y terminaría volviendo a El Salvador. Fui firme. Y mi esposo me encontró una casita, con un cuarto, un saloncito y un baño. Ahí nos quedamos mi hijita y yo, cuando él se fue a trabajar a China”.

Claudia cuenta que, a los 3 meses de estar sola, recibió una visita inesperada. Eran representantes de la Embajada de El Salvador en Corea. La buscaban, dando respuesta a la denuncia recibida desde El Salvador por el padre de Claudia, quien no recibía noticias suyas, desde hacía 3 meses. “Pobrecito mi papá, ¡había hecho un escándalo! Se afligió, porque yo no lo llamaba. Estando sola, no sabía cómo comprar las tarjetas del teléfono, ni nada. Y llamó preocupado a la Embajada, pensando que algo me había pasado”.

Pero la frustración por el desconocimiento del idioma tendría una fecha de caducidad para Claudia. Cuando su hija empezó el kínder, se convirtió en su pequeña maestra. Y, además, una peluquera coreana que se convirtió en una buena amiga, la introdujo en la cultura del país, desde las experiencias más cotidianas: visitando el mercado, el banco, la escuela, recorriendo las calles… Claudia anotaba y memorizaba todo lo que podía. Tenía sed de aprendizaje y adaptación. Por ella. Por su hija. Y su esfuerzo y dedicación rindieron frutos cuando aprobó con muy buena nota el cuarto nivel de coreano, sin necesidad de presentar el examen de los primeros tres niveles. También empezó a visitar una iglesia católica, donde había un padre italiano que hablaba un poco de español. Él le recomendó acudir a un centro en el que daban clase de coreano a extranjeros, después de misa. Como alumna aventajada, Claudia  se ofreció como voluntaria traductora, en un programa de atención médica para familias inmigrantes.

“El idioma me gustó mucho. ¡Me pareció fácil! Ayudar a los demás también me motivó mucho más a aprender. En Corea, si uno no tiene seguro médico, es carísimo ir al hospital. No todos los usuarios del programa eran latinos, también traducía al inglés. Para ellos esa ayuda era muy importante. Luego, el padre me recomendó sacar el nivel 5 de coreano para aplicar a un trabajo, en la alcaldía de Suwon, la ciudad donde vivo. Hice varios cursos en la universidad Kyung Hee para prepararme. Y comencé a trabajar en el Centro de Ayuda para Inmigrantes, como soporte a las familias multiculturales. Ahí estuve 5 años”.

Luego, Claudia continuó una formación en Educación Multicultural y empezó a trabajar en la alcaldía de Seúl, en un programa para dar clases multiculturales en todos los niveles de estudio, desde el kindergarten hasta el bachillerato. El curso consistía en presentarles a los alumnos todo lo referente a diversos países, unos 50 en total, incluido El Salvador y compartir sobre su cultura. También desarrolló esos talleres en varios centros educativos privados la localidad. A lo largo de todo el año 2018, trabajó en la Biblioteca de su localidad, organizando y clasificando colecciones de libros y demás material bibliográfico en el área infantil. Y, desde el primer momento que tuvo el encuentro con los representantes de la Embajada salvadoreña, ha colaborado en diversas actividades, para promover la cultura del país, desde la Asociación de Salvadoreños en Corea. Enfocada en seguir aprendiendo, en los próximos días, comenzará un curso de panadería y repostería, con el objetivo de aplicar esos conocimientos culinarios al área de educación, y complementar el programa que imparte, con la comida como eje vehicular para conectar con otras culturas.

“Es importante que los niños conozcan y respeten la diversidad cultural, desde pequeños. A Corea vienen profesionales, médicos, ingenieros… no es gente que no tiene qué comer en sus países o es ignorante. Se viajaban por muchos motivos, hoy en día. Un día, una niña en la peluquería me preguntó si yo había emigrado porque no tenía qué comer en mi país. Entendí que era algo que había escuchado en su casa. Muchos coreanos tienen la visión de que ciertos países, los latinoamericanos y africanos, por ejemplo, son pobres y profundamente ignorantes. Los discriminan. Creen que sólo la gente blanca es inteligente. Son prejuicios que debemos transformar, desde la educación”.

Desde el punto de vista de Claudia, los valores que priman en la sociedad coreana se centran en la competitividad, el dinero y la dedicación casi exclusiva al trabajo. “Nosotros valoramos más el afecto, la familia. Aquí, desde pequeños, se les programa para ser los mejores y para hacer dinero. Las clases de bachillerato, por ejemplo, empiezan a las 7:30 am y terminan a las 10 pm. ¡Una barbaridad! Y aún así hay padres que llevan a clases extra a sus hijos de madrugada. Duermen unas horas y al día siguiente, otra vez, al colegio. Corea es el país en el mundo con el mayor índice de suicidio en la etapa de bachillerato. Viven demasiado estrés. Y el mercado laboral no compensa ese gran esfuerzo. Hace poco, salió un estudio que decía que, de 100 personas con profesión, sólo 2 ó 3 trabajan en ella realmente. Por eso, muchos emigran del país para poder ejercer su carrera. Tienen una formación altísima”.

La presión por los cánones estéticos coreanos, famosos por la belleza de la piel de sus mujeres y su revolucionaria cosmética, es otro elemento que Claudia destaca. “Yo soy gordita. Además, fui madre por segunda vez, de un varón, hace 5 años. El cuerpo va cambiando. Desde que llegué, me han dicho que debería bajar de peso, que tengo la cara bonita, pero que estaría mucho mejor siendo delgada. Mi hija tiene ahora 20 años, y pasó por una etapa en la que no quería comer. Buscamos ayuda médica. Lo que sucede es que, socialmente, también tienes más oportunidades laborales si eres delgado. Cuando llamas para un trabajo, te pueden preguntar cuánto mides y pesas y, si no estás dentro de su parámetro, te dicen que mejor ni vayas a la entrevista. Es muy normal. No se considera discriminación. El regalo más común, cuando se gradúan de bachilleres, es la operación de párpados, para hacerse los ojos más grandes, menos asiáticos”.

Claudia hace un balance de todos los cambios vividos, desde ese día del año 2001, cuando tocó por primera vez tierra coreana. Reconoce que ha tenido muchos momentos duros, de llanto, desesperación, frustración y que algunas veces todavía hay puntos de dificultad en su proceso personal y profesional  de integración: “He sabido reaccionar y salir adelante. Tengo una amiga muy querida salvadoreña que vive también en Corea, mi comadre Rocío, que me dice que soy una guerrera super poderosa, jajaja! Y sí, yo digo que después de todo lo que he superado, soy realmente una guerrera. Doy gracias a Dios por este carácter que tengo. Hemos podido consolidar las relaciones familiares. Ahora, cuando me llaman de mi país, preguntan más por mi esposo que por mí. Él se ganó a mi gente por completo. Pienso que Corea me ha enseñado a ser independiente y a luchar por lo que quiero. En El Salvador no hubiera sido lo mismo, quizá. Yo ahora no acabo de ponerme metas. Con esto de la comida estoy ilusionada. Voy a enfocarme en promover más las pupusas. A los coreanos les encanta el curtido y, si las pupusas son de arroz, ¡les fascinan! Hacemos piñatas con mi comadre y, cuando mi hijo cumplió 5 años, hicimos una, y le mandé un video a la profesora, dando instrucciones de cómo se rompe la piñata, para que todos los niños disfrutaran. ¡Él estaba feliz! Quiero avanzar y seguir aprendiendo, que mis hijos estudien y se sientan orgullosos de sus raíces. Que tengan lo mejor de cada país. Siento que en Corea he desafiado mis límites, consiguiendo cosas impensables. La necesidad te revela aspectos de tu potencial que nunca hubieras pensado desarrollar. Es ahora que me doy cuenta por todo lo vivido”, finaliza.

 

 

“Cuando generas impacto positivo, hasta el lenguaje te quieren copiar”

Por: Claudia Zavala

Quien habla, desde Vancouver, Canadá, es Ana Mabel Soto Castellanos. Una salvadoreña que tiene claro que una buena actitud ante la vida y la flexibilidad ante los cambios son una potente herramienta que le ha funcionado ante la adversidad.

Lo aprendió desde sus años como maestra, en Nueva Granada, un pequeño pueblo de Usulután, al oriente de su país. Nacida en Cabañas, vivía en San Miguel, desde donde se desplazaba todos los días para llegar a su lugar de trabajo: “Caminaba 4 kilómetros de ida y 4 de vuelta, hasta llegar a la carretera Panamericana y abordar el bus. Eran los años 80 y, por la guerra en El Salvador, las cosas eran bastantes difíciles en esa zona. El pueblito donde trabajaba estaba prácticamente tomado por la guerrilla. Muchas veces, había enfrentamientos y teníamos que quedarnos ahí, hasta que pasara. No había manera de comunicarle a la familia que no podíamos salir de ahí. Una señora nos daba posada y comida en su casa. También había paros de transporte y eso complicaba aún más todo”.

Ana Mabel cuenta que, en una visita que realizó a sus padres, conoció al hombre que, tiempo después se convertiría en su pareja. Él también era profesor y daba clases de Física y Matemática. Era 1986. El noviazgo coincidió con la resolución de los papeles para viajar a Canadá que su compañero había solicitado cuando la conoció: “Me incluyó en su documentación y nos casamos para poder viajar. Al poco tiempo, me quedé embarazada. Decidimos esperar a que nuestro hijo naciera para poder viajar. Partimos cuando nuestro primer hijo tenía 6 meses, el 8 de agosto de 1988”.

La familia llegó a un Vancouver demasiado moderno e imponente, comparado a lo que ellos estaban acostumbrados. “En las calles, veía gente de muchas razas y nacionalidades. Yo sentía como que estaba soñado… Llevaban vestimentas muy distintas a las nuestras, turbantes… Sentí tan raro al llegar. Yo apenas llevaba una pañalera colgada en el hombro, mi bebé en brazos y toda la ilusión del mundo por salir adelante”, recuerda.

El inglés básico que habían aprendido no les sirvió de nada. La comprensión, al principio, fue casi nula y la adaptación bastante complicada para la pareja. Dejando atrás sus profesiones como maestros, ella se empleó en la limpieza y como cuidadora de niños. Él cortaba fruta. Por las noches, se esforzaban en el aprendizaje del inglés que, poco a poco, se fue haciendo más comprensible y fluido en el hogar salvadoreño.

“Aún con todo lo difícil que fue,  yo comencé a echar raíces, desde el principio. A mi esposo le costó mucho más. No se terminaba de acoplar, ni con la llegada de 3 hijos más, 2 varones y una niña, con los que completamos 4 hijos. Él siempre decía ‘el otro año me voy’. Para mí no era fácil sentir que tenía que luchar por mi adaptación y la de mis hijos y, a la vez, saber que mi esposo no era feliz en Canadá, porque no terminaba de acoplarse, incluso pasados varios años”.

 Sin duda, la personalidad de Ana Mabel fue un plus para su integración social y cultural. Simpática y extrovertida, tuvo la fortuna de encontrar a personas que la ayudaron en las etapas más difíciles. “Al principio, trabajaba en day care, en pre school. Luego, una amiga me habló de la posibilidad de trabajar en escuelas con niños especiales. Me puse las pilas y tomé un curso de noche, para especializarme en esa área. Era duro trabajar durante todo el día y estudiar en la noche. Los sábados en la mañana también tenía clases. Con mi esposo nos repartíamos para cuidar a los niños. Criar a cuatro niños cuesta mucho y más cuando no tienes a tu familia contigo. Tuve la bendición de encontrar a una señora salvadoreña que me ayudaba a cuidarlos cuando nosotros no podíamos. Cuando terminé el curso, le dije a mi esposo que lo hiciera también él, que seguro le gustaría. También era una oportunidad de retomar su vocación de maestro. En ese entonces, él trabajaba en construcción y en un hospital de ancianos. Era un trabajo bien pesado para él. Se entusiasmó, hizo el curso, le gustó mucho el programa y ahora él también trabaja con niños especiales. Él en High school y yo en Elementary. Conectamos, nuevamente, con nuestro amor por la educación”.

Y aún con su conocimiento en el área educativa, Ana Mabel reconoce que las diferencias culturales entre Canadá y El Salvador se evidencian de manera explícita en la manera de educar a los hijos. “Recuerdo que cuando eran pequeños, mis niños me preguntaban por qué los padres canadienses eran más liberales y nosotros los queríamos cuidar tanto. Aquí en Canadá están criados de otra manera, no siempre hay autoridad de parte de los padres. Nosotros tenemos otra educación, otro patrón. En mi casa hay reglas diferentes. Tuvimos un poco de conflicto con ese contraste que nos tocó vivir. En la escuela donde trabajamos también lo notamos. El respeto está por encima de todo, no se les puede forzar a nada y eso está bien. Pero también pienso que, a veces, tienen acceso a demasiada permisividad cuando todavía no son maduros para decidir. No saben totalmente si lo que están haciendo es lo correcto. Tiene que haber un equilibrio. También hemos aprendido a ser mejores padres y mejores personas. Por ejemplo, nuestros hijos nos decían que no juzgáramos tanto a los demás. Con el tiempo, he aprendido a ser más abierta y flexible mentalmente”.

Esa flexibilidad ante la vida ha ido acompañada, a lo largo de todos estos años, por una actitud constante de aprendizaje. Hace 2 años, Ana Mabel aceptó la invitación para participar en unas clases de pintura que impartía una señora mexicana. “Yo me sentía vieja, pero dije voy a ir a probar. Y me encantó. Ahora, hago mis cuadros, me entretengo,  les regalo a mis amigos, he descubierto una nueva yo”. Su inclinación artística también abarca el mundo de las letras. Ella cuenta que, en sus momentos de tristeza y dificultad, comenzó a escribir poemas “a escondiditas, en diálogo con Dios” y, fruto de esa inspiración, está planeando la publicación de esos pensamientos en su primer libro de poemas.

El voluntariado en una iglesia, según comenta, ha constituido un puente de integración y de generación de comunidad. En la congregación recibe un apoyo espiritual importante y han logrado estructurar ayudas concretas para 3 obras distintas en El Salvador, especialmente destinadas a las personas ancianas.

El valor de su idioma materno lo refuerza en su propio lugar de trabajo, a través de un “spanish club” que ha creado con sus alumnos. “Les enseño salsa y el español a la vez. Los pongo a bailar y a cantar ‘El carbonero’. Tengo niños de Nicaragua, Guatemala, El Salvador y Canadá. Todos me dicen ‘¡Hola!’, cada vez que me ven”.

En su escuela no sólo es conocida por reivindicar el español, sino también por su presencia vital, alegre y siempre distinta a los demás. “Tengo el pelo rojo y me visto de colores. ¡Soy un lunar en la escuela! A mí me encanta ser  diferente, me encanta como soy. A mí me dicen: ‘Ana, arriba, arribaaa!’, con acento mexicano. Yo les digo: ‘No. Yo soy salvadoreña’. Aquí son bien ‘plain’ para vestirse, siempre de blanco, negro o  gris. Yo me pinto los labios y me pongo collares. Me parezco a la duquesa de Alba de España, jajaja!! En las mañanas me visto y digo ‘¡ahí voy!’ Jajaja! En la escuela están prohibidos los olores, los perfumes. ¿Pero y la gente que fuma, pues? A mí no me gusta y no dejan de fumar sólo por mí, así que yo uso siempre mi perfume.  Aquí llueve mucho, es medio deprimente. Los colores me alegran, las fragancias, me arreglo mucho y eso me ayuda a estar feliz”.

Después de 30 años de lucha y perseverancia, Ana Mabel se siente agradecida por todo lo que junto a su esposo ha consolidado. Sus hijos de 30, 26, 25 y 19 años, respectivamente, son su mayor orgullo y se han desarrollado con lo mejor de Canadá y El Salvador.  Los dos mayores  se independizaron y viven en pareja, pero los domingos mantienen la costumbre de reunirse todos a comer en casa y reforzar los lazos familiares.

Ana Mabel asegura que, con el paso de los años, su esposo también logró adaptarse y sentirse arraigado en su país de acogida. Y se jubila dentro de 2 años. A ella le quedan 5 años. El proyecto de la pareja es vender su casa de la ciudad, para irse a vivir al campo, criar animales y hacer vino artesanal, otra de sus grandes pasiones. “Quiero escribir, pintar, pasear. Vivir cada día que pasa, es un regalo de Dios. Estos años no han sido fáciles pero, si uno se sabe adaptar, sale adelante. Cuando vine a Canadá, me sentía tan insegura. Hacía muchas cosas por complacer a los demás, a mi esposo, a todos, pero yo no era feliz. Con el tiempo comprendí que el amor más importante es hacia uno mismo. Yo soy mi mejor amiga, mi mejor confidente, he aprendido a quererme. Cuando uno se ama y brilla, los demás ven ese destello y los atraes, te aman y te aceptan así, tal cual eres. Si alguna mujer está leyendo esto y no se siente amada, yo le digo que se vea al espejo todos los días y se diga que se ama. Que aprenda a poner límites. De verdad, funciona. Hay que sanar nuestra autoestima, para tener el triunfo que tanto añoramos. Recién venida, me daba pena hablar español. Me sentía inadaptada. Hoy más que nunca me siento orgullosa de mí misma y de mis raíces. En la escuela he descubierto que cuando das un impacto positivo con tu personalidad, presencia y tu actitud, ¡hasta el lenguaje te quieren copiar! Si yo me escondiera en un rincón y me mimetizara de gris, creo que nadie quisiera hablar español y aprender conmigo. Deberíamos alzar nuestra bandera y decir ‘esta soy yo’. Podemos dar mucho. Podemos hacer un gran cambio en nuestra sociedad de acogida”, finaliza.

“El trabajo creativo me ha ayudado a integrarme”

Por: Claudia Zavala

Cuando inicia su historia, no puede evitar emocionarse. Katia Marcos hace memoria de su proceso migratorio y lo comparte como una verdadera revolución emocional, no sólo por los cambios que enfrentó como emigrante, sino por el impacto que la muerte significó en su vida, al tiempo que se despedía de su país natal, El Salvador.

Retrocede a sus años de infancia, para compartir lo que realmente la marcó: “Yo nunca tuve como aspiración emigrar a Estados Unidos. Mi mamá emigró a este país cuando yo era bebé y me quedé a vivir en San Salvador con mi abuelita, que fue realmente quien me crió. Ella tenía un puesto en el mercado, se sacrificaba mucho por mí, quería que estudiara. Estuve en un internado, en el que por las mañanas tenía clases normales, y por la tarde recibía clases de corte y confección, pastelería y  cosas creativas, para que aprovechara mejor mi tiempo. Aunque no tenía a mi mamá conmigo, yo me sentía muy amada y protegida por mi abuela”.

En uno de los encuentros que ella tuvo con su madre, sucedió algo especial. Era agosto de 2012 y Katia ya era una joven de 21 años. Se encontraron en un hotel de Guatemala, para compartir con la nueva familia que su madre había creado en Estados Unidos. Curiosamente, hubo un “click” particular con un muchacho cercano a esa nueva familia. Luego de compartir  esas vacaciones agostinas, el interés de él continuó al punto que buscó a Katia en Facebook, para ver si podía contactarla y continuar conociéndola. Así empezó una relación que, después de un año, se consolidó en un noviazgo a distancia. Él vivía en California y acababa de mudarse a Texas. Vía telefónica, le compartía a Katia sus miedos, incertidumbres, sueños y proyecto de vida. También la abuela era receptora de esos planes y, pese a que había gente que no veía bien la relación, Katia recibió el apoyo de ella para que escuchara a su corazón y tomara la decisión sentimental que considerara más oportuna.

Estudiante de Diseño Gráfico en la Universidad don Bosco, coronó su carrera y, de inmediato, dio rienda suelta a su creatividad y espíritu emprendedor. Fundó una tienda de productos personalizados llamada “Bella Dona”. Y, en menos de un año, logró generar suficientes ingresos que le permitirían abrir su propio local, ubicado en una buena zona de la capital. Sin embargo, una excelente propuesta laboral la frenó en ese paso y decidió apostar por trabajar en la empresa, para consolidar aún más su experiencia laboral  y puso en paréntesis el desarrollo de su tienda. Mientras tanto, su relación de noviazgo llegó a formalizarse a tal punto que la pareja se casó, el 1 de marzo de 2014. Entonces, Katia y su marido iniciaron los trámites migratorios, para que ella pudiera viajar a Estados Unidos y, por fin, vivir junto a él.

Sin embargo, hubo otra situación que determinó la etapa que estaría a punto de vivir: “Mi abuela siempre tuvo problemas de salud. Tenía gota, colesterol alto, diabetes y otras complicaciones. Recuerdo que el 1 de noviembre de 2015, salimos a hacer varios mandados. Yo la veía cansada, agitada, bien agotada, pero ella no se quejaba. Fuimos al McDonald de El Salvador del Mundo, porque a ella le encantaban las papas hash brown. Tengo presente su imagen comiéndose las papas, toda contenta. Regresamos a casa y ella seguía cansada, pero aún así decidió acompañar a una tía a la procesión de los farolitos. A las pocas horas de haberse ido, me llamaron por teléfono, para decirme que se había desvanecido en la calle. Y que ya estaba muerta. ¡Entré en shock! Comencé a gritar: ‘¡Se me murió, se me murió!!’. Toda mi vida se detuvo en ese momento. Me tuvieron que sedar, porque estaba realmente mal. Lo fuerte es que justo en esos días llegó mi visado. Una semana después, el 8 de noviembre de 2015, viajé a Estados Unidos para empezar una nueva vida, sintiéndome rota y profundamente triste”.

Con semejante duelo emocional, la adaptación de Katia en Texas, fue durísima: “Al principio, no absorbía nada de información. Veía la ciudad, las casas, las autopistas… ¡todo tan grande! y yo me sentía bien pequeña. Mi esposo me compró un carro y no me daban ganas de manejarlo, no me motivaba nada. Tengo esa imagen de mis primeros días, con la sensación del viento en mi cara, frente al freeway, viendo pasar los carros. Mi papá y una tía muy querida que se quedaron en El Salvador, hablaban conmigo y yo nunca les demostré mi tristeza. Les decía que estaba bien, para que no se preocuparan.  Mi vida los primeros meses era ir de nuestra casa a la iglesia, los domingos. Nada más. No tenía amigos. No hablaba con nadie. Creo que eso hizo que mi duelo fuera tan largo y doloroso. Mi esposo me veía triste e intentaba hacer todo para que estuviera mejor”.

Pese a ese túnel negro en el que estaba, su vocación y talento creativo afloraron con fuerza. Continuó haciendo algunos trabajos online para El Salvador y, decidida a empezar de nuevo,  fundó su empresa “Kreative KD”, con la ayuda de su marido, que le compró una computadora, impresora, silla y escritorio. Ofrecía diseños de invitaciones y logotipos, entre otros servicios. Lo demás fue su propia capacidad para demostrar su valía y atraer a los primeros clientes que provenían de la red de iglesias de su comunidad. Ellos la fueron recomendando hasta hacer crecer la cartera de clientes que a día de hoy ha logrado consolidar. Al poco tiempo, también puso sus productos en la tienda virtual Etsy y desarrolló su página web: https://www.iamkreativekd.com/

Paralelo a su esfuerzo laboral, Katia dio la bienvenida a la maternidad. Dio a luz a su primogénito, en enero de 2017.

La falta del dominio del inglés fue otro elemento que dificultó la integración de Katia, en su etapa migratoria inicial. “En El Salvador era una buena estudiante de inglés. Pero, cuando llegué aquí, ¡no me servía de nada! Aquí es menos formal la manera en la que se habla. Me perdía, me sentía intimidada. Entendía, pero no me atrevía a contestar. Le decía a mi esposo que contestara por mí. Hasta que un día, él me dijo: ‘yo sé que entiendes y te tienes que esforzar por hablarlo. No voy a traducirte más, porque eso realmente no te está ayudando a avanzar’. Aunque vivo en una ciudad mayoritariamente latina -hay muchos mexicanos-, tuve la dicha de encontrarme estadounidenses que, cuando me veían intentando hablar en su idioma, me decían: ‘keep going, keep going!’. Eso me impulsó mucho y ahora siento que hasta pienso en inglés, jajaja! No he sentido lo mismo con algunos compatriotas, por ejemplo. Y eso es algo que no entiendo por qué lo tenemos. En una reunión yo dije la palabra ‘chivo’ y una señora salvadoreña me dijo que por qué me había traído el rancho de mi país, que ya no hablara así. Yo veo que un mexicano, mantiene su acento y sus palabras, un dominicano, un guatemalteco igual… ¿por qué yo no puedo mantener mis raíces y una persona salvadoreña me tiene que hacer burla por cómo hablo? No quiero perder mi identidad. Así hablo yo. Así soy yo”.

Más asentada y confiada, la proyección empresarial de Katia va en aumento. Su próximo paso es posicionar sus productos decorativos artesanales, para introducir en tiendas locales. Su negocio ya recibe solicitudes de estudiantes de diseño, para hacer pasantías con ella. Y en un máximo de 3 años, tiene la meta de montar su propia boutique de diseño física. También desea ampliar la familia, en poco tiempo.

“Yo crecí sola y no quiero eso para mi niño. Quiero, al menos, tener tres hijos. La vida aquí es acelerada, es verdad, y no hay familiaridad con los vecinos. Uno se consume mucho con este ritmo y no se crea un vínculo tan fácil. Yo llevo 3 años en esta casa y apenas ahora comienzo a decir hola a los vecinos. Pero creo que si uno mantiene su esencia y se abre a la gente, puede romper esas barreras y construir una mejor relación con la gente. Ahora también tengo la oportunidad de servir y ayudar desde el Ministerio ‘Dádivas’, en mi iglesia. Eso me ha transformado mucho. Y me ha hecho darme cuenta lo útil que puedo ser para nuestra comunidad latina. Cada vez tengo más claro que para que todo avance, tenemos que atrevernos a dar el paso. El cambio está en uno mismo”, finaliza.

“Me he reconciliado con mi identidad, siendo migrante”

Por: Claudia Zavala

Suave en el trato, pero contundente en sus ideas, así se muestra Monsy Díaz al compartir su historia de vida. Aunque confiesa un profundo amor hacia su natal El Salvador, cuenta que, desde sus días de infancia y adolescencia, tuvo claro que emigraría: “Siempre sentí que era como una pecera muy pequeña para mí, que pertenecía a otro lugar. Quería hacer muchas cosas y siempre fui muy inconforme”.

Con temperamento artístico marcado desde pequeña, decidió estudiar Comunicación Social y Publicidad, para tranquilizar a sus padres, quienes estaban preocupados por su futuro profesional y laboral, en una cultura que no brinda una estabilidad económica al gremio artístico. Intentando acercarse a su mundo creativo, en el último año de su carrera universitaria, decidió compaginar también la formación en Diseño Gráfico. “Cursar dos carreras universitarias a la vez fue duro para mí. Llevaba 11 materias simultáneamente. Empezaba clases a las 7 am, seguía durante todo el día, en dos universidades distintas, y terminaba de madrugada, haciendo tareas. Me terminé enfermando, me dio una úlcera, me hospitalizaron. El día de mis exámenes finales colapsé con una apendicitis y me tuvieron que operar”.

Luego de ese capítulo de rutinas extremas, siguieron dos años de trabajo en el mundo publicitario. Monsy cuenta que, aunque lo desarrollaba bien, no era algo que realmente la llenara. Sus inquietudes artísticas estaban cada vez más latentes y decidió romper con ese ritmo de vida que no la hacía feliz: “Renuncié a mi trabajo y me di un tiempo para mí. Hice varios viajes como mochilera, intentando explorar un poco y encontrar algo con lo que conectara. Fue una época difícil con mi familia. Como era lógico, estaban preocupados, porque no sabían qué sería de mi futuro. Estuve así durante 5 años, sin saber exactamente qué hacer. Era fuerte, porque sentía que no terminaba de encajar en ningún sitio”.

Con el amor y el apoyo incondicional que sus padres siempre le han brindado, un día recibió una llamada de ellos. Le dijeron que la ayudarían económicamente, durante un año, para que estudiara la rama artística que quisiera en España. Su destino soñado desde niña. Y que, después de ese tiempo, volviera a El Salvador, para asentarse nuevamente laboral y profesionalmente. “Para mí fue una gran alegría. Siempre quise vivir en España, no sé por qué tenía una conexión especial con ese país. Había estado a los 18 años con mi papá y eso me marcó mucho”.

Era el año 2011. Ese año previo a su partida, Monsy tuvo una temporada prolífica, a nivel artístico. Tocó puertas y se le abrieron. Con su escasa experiencia como pintora, fue acogida en la Asociación de Artistas Plásticos de El Salvador, y realizó una exposición donde participaron las principales mujeres pintoras del país. Expuso en la Embajada de México, en el Centro Cultural de Venezuela y en una exposición en Cuba. Por eso, cuando viajó a España, en el año 2012, sintió que su talento artístico terminaría de aflorar y formarse, en el entorno académico y cultural adecuado.

“Encontré una escuela de Arte y Restauración, en Valencia. Pensé que era una formación estupenda, pues así también complacía a mis padres. Así ya podrían decir ‘Mi hija es restauradora de arte’ y podría encontrar trabajo en ese sector, que es un poco más sólido que sólo siendo pintora. Mi sorpresa fue que, después de estar 6 meses estudiando pintura, ¡terminé enamorada de la restauración! Fue todo un descubrimiento para mí y me metí de lleno en ese mundo”.

Monsy cuenta que, paralelo a su proceso personal y emocional, España la recibió con un choque cultural inesperado: “Me llamó la atención el trato un poco seco que tiene la gente. Creo mucho en la igualdad entre hombres y mujeres, pero echaba en falta la caballerosidad, que te abrieran las puertas… eso no pasa aquí. Nosotros somos más suaves al hablar y al tratarnos. Otra cosa que parece una tontería es que en mi país las mujeres nos arreglamos y cuidamos más. Aquí son más sencillas y naturales. Al principio, sentía que me criticaban, porque yo iba muy arreglada siempre, como era mi costumbre de toda la vida. Después de unos meses de estar aquí, cambié y descuidé mi apariencia. Con el tiempo, me he reconciliado con eso, porque quiero ser yo y verme como me siento bien yo, no por el lugar donde viva y sin importar lo que diga la gente. También me sorprendió el trato que hay entre algunas familias. Yo hablo todos los días con mis papás. Son mi pilar fundamental y la comunicación con ellos para mí es vital. Mis compañeros de piso me decían que ellos hablaban al tiempo con sus padres, que no entendían por qué yo lo hacía todos los días. También porque le hablaba a mi mamá de ‘usted’, aquí la mayoría se tutea. Yo valoro mucho nuestro trato. Es lo que me han inculcado y es lo que quiero preservar”.

Monsy ingresó a España con un visado de estudiante. Según cuenta, renovó ese estatus migratorio, durante tres años. Al finalizar ese tercer año, un amigo cercano, que se ha convertido en una especie de mecenas artístico para ella, la contrató a medio tiempo. Eso le posibilitó cambiar su documento a una residencia vinculada a un trabajo y estabilizar su estancia en el país. Al año siguiente, la contrató a tiempo completo como administrativa, aunque realmente ella trabajaba en el taller de restauración que él gestionaba. “Con mi incorporación, él abrió los servicios de compra, venta y gestión de bienes culturales y restauración de arte antiguo. En eso trabajo ahora. Para desarrollar mi trabajo, hemos creado y registrado la marca ‘Angélica Posada’, bajo la que realizo trabajos de pintura, ilustración y restauración. Estoy trabajando en la página web, para poder vender mis obras por internet. Además, me gusta la fotografía y también quiero trabajar ese rubro desde mi marca”.

En estos 6 años de procesos de cambios y verdadera renovación, el punto más álgido vivido por Monsy se refiere al impacto negativo que representa la enfermedad. “Es duro para una persona inmigrante enfermarse gravemente, como me pasó a mí, hace 3 años. De repente, un día, iba caminando y tuve un mareo muy intenso. Llevaba varios días sintiéndome débil, bajita de energía. Después de muchas pruebas supe que tenía una anemia profunda, realmente delicada. Me dijeron que, si no lo hubiese tratado a tiempo, hubiese derivado en algo peor. Eso me hizo frenar, nuevamente, y replantearme muchas cosas en mi vida. Tuve que tomarme un tiempo largo para recuperarme. Pasé muchos días en cama. Tuve la dicha de tener a personas que estuvieron conmigo y me cuidaron siempre. Estaré siempre agradecida con ellos”.

 

Recuperada por completo y canalizando su talento artístico, ella cuenta que “Angélica Posada”, significa mucho más que un negocio. Aunque se trata de sus segundos nombre y apellido, la marca rinde homenaje a la vida de su abuela materna, que se llamaba así. El proceso personal y emocional en el que ha profundizado, durante los últimos años, viviendo lejos de su familia y país, la han llevado a enfrentar aspectos que quiere materializar en su obra. “Me enfoco en una esencia femenina muy fuerte, tal y como era mi abuela, que fue una mujer muy valiente. Era de Chirilagua, San Miguel, y su padre murió siendo ella una niña. Tomó el rol de defensora de su madre y sus hermanas, en una época en la que las mujeres sin un hombre en casa eran realmente vulnerables. Ahora me sumerjo también en mis propias sombras y en esos capítulos de dolor que enfrentamos la mayoría de mujeres: conflictos, dudas, miedos, abusos, injusticias, rabia… con el tiempo, he comprendido que también forman parte de la vida”.

Con 37 años de edad, sin pareja ni hijos, Monsy asegura que ha aprendido a superar los prejuicios sociales que conllevan salirse de la norma, reivindicando su decisión de continuar soltera y enfocada en su propio bienestar. “Culturalmente, se sigue viendo ‘rara’ a la mujer que no tiene marido ni hijos a mi edad, aquí y en muchas partes. Yo ya estuve mucho tiempo haciendo cosas para complacer a los demás. Quiero disfrutar ahora de lo que aprendido. De lo que me ha aportado esta tierra y la herencia que vive en mí. Aquí me siento segura y tranquila. Comprendo que la nostalgia por vivir lejos del país de origen invada a mucha gente, pero, en mi caso, me mentalicé a cerrar un ciclo y a empezar otro ¿por qué tengo que mirar atrás? Quiero crecer, avanzar, hacer mi vida. He transformado mi rebeldía, volviéndome consciente de muchas cosas. Me he reconciliado con mi identidad, siendo migrante. Y voy a seguir adelante”, finaliza.