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“No quería que mis hijas se sintieran extranjeras en su propia tierra”

Por: Claudia Zavala

Fue en mayo de 1996 cuando la vida de Rina Meléndez dio un intenso cambio. Motivada por desarrollarse en su área laboral, la investigación y evaluación de proyectos, salió de su país, El Salvador, para explorar mundo. Su destino fue Inglaterra. El país no era casual, pues tenía una relación estable con un inglés, a quien había conocido trabajando en su mismo sector laboral. Después de haber estado un año separados, decidieron viajar para optar a otras oportunidades de trabajo, posiblemente en Asia o África.

“Viajé con una visa de prometida, pero en realidad no estábamos planeando casarnos. Nosotros somos bastante liberales. No creemos en bodas. Pero con este tipo de visa me daban 6 meses de permiso legal y en ese plazo pensábamos que era factible encontrar una oportunidad en otro lugar de nuestro interés. No pensábamos quedarnos en Inglaterra”.

Al poco tiempo de haber llegado, ambos recibieron una oferta de trabajo para desarrollar un proyecto de escuela internacional independiente, con estudiantes internos, en Escocia. La experiencia previa de Rina con proyectos de educación popular y cooperativas, en El Salvador, fue un antecedente que pesó. “Era una escuela diferente. Un sistema de educación libertaria: no había castigo, no se les obligaba a ir a clases y se tomaban las decisiones entre todos. La escuela estaba ubicada en una mansión, en medio del campo. La distancia entre una casa y otra era de una hora, conduciendo. Mi trabajo era  dar seguimiento al desarrollo educativo y psicológico de los estudiantes, ser tutora de algunos de ellos los fines de semana y también daba clases de español y de danza. Coordinaba con padres de familia, trabajadores sociales y médicos para hacer el seguimiento requerido”.

El idioma, el clima, la comida… todo sumó para que el impacto con la sociedad británica fuese duro para Rina, pese a considerarse una mujer bastante flexible y adaptable. “Había estudiado algo de inglés en El Salvador y luego al llegar a Inglaterra, en Oxford. No me sirvió casi de nada, porque primero aprendí inglés con acento americano que nada tiene que ver con el británico. Y el que aprendí en Oxford no tiene nada que ver con el de Escocia. Al ser una escuela internacional, todos los estudiantes tenían su propio acento, ¡así que imagínate!  Fue muy difícil al principio para mí. Además, yo practicaba una alimentación vegana desde El Salvador. Y por la falta de variedad de verduras y legumbres en la zona, pues sólo había un mercado los días domingo, tuve que volverme vegetariana e introducir el huevo y la leche en mi dieta, para intentar mantener un equilibrio y no enfermar. El frío en la casona era tremendo. No había calefacción eléctrica. Teníamos que calentarnos con chimenea de leña”.

Rina y su pareja se casaron, en 1998. En pleno desafío de desarrollar el proyecto,  ella y su marido enfrentaron  el terrible dolor de perder a su primera hija. Fueron tiempos difíciles. De adaptación y de grandes pérdidas personales. Al poco tiempo, llegó la noticia de un segundo embarazo y la alegría del nacimiento de su segunda hija. La iniciativa educativa los mantuvo en Escocia, durante 4 años, hasta que finalizó cuando todos los alumnos se graduaron del nivel equivalente a bachillerato. Al finalizar esa etapa, en noviembre de 2000, se trasladaron a Oxford, ciudad donde vivía la familia de su marido. Su segunda hija tenía 2 años e iba embarazada de una tercera. La niña nació en enero de 2001.

“El sureste de Inglaterra es bastante particular. Londres y Oxford son ciudades muy suyas. Se pueden sentir frías, indiferentes. Pero, curiosamente, ese carácter distante a mí me resultaba bien, pues estaba tan metida en mis cosas, en la crianza de mis hijas, que no quería que nadie me dijera nada. La familia de mi esposo es buena gente, pero no eran abuelos cercanos a las niñas. No jugaban, no compartían. Vivíamos cerquita, con un parque al lado, y ellos estaban poco presentes. Sé que aman a mis hijas, pero son distantes. Tuve que adaptarme a criarlas sólo con mi esposo. Fue más o menos dos años después de mi llegada a Oxford que comencé a relacionarme con más gente. Hice voluntariado, actividades sociales en la comunidad… poco a poco, me fui envolviendo en la dinámica social que conformó mi nueva red”.

Rina reconoce que la verdadera herramienta que le permitió superar todos esos años de adaptación en una cultura considerada “fría y distante” fue la resiliencia desarrollada durante su niñez, en El Salvador: “Mi mamá y yo no tuvimos casa, durante los primeros 8 años de mi vida. Aunque no teníamos donde estar, siempre hubo alguien que nos daba posada por ahi. En esa época, ella estaba mal, mentalmente. Sólo tuvo trabajos de corto plazo y nos teníamos que mover constantemente. Esa fue una gran escuela para mí. Muy dura. Con el tiempo, mejoró mucho, se casó con un profesor y nuestra vida cambió. Me crié como una niña promedio, en Santa Tecla. Mi mamá era la ‘oveja negra’ de la familia y perdió el contacto con sus parientes, durante mucho tiempo. Yo aprendí a vivir así. Esa experiencia me ayudó mucho en mi sobrevivencia y determinó para siempre mi capacidad para adaptarme en circunstancias realmente adversas”.

Esa etapa tuvo otra parte muy positiva. Su padrastro tenía una biblioteca. Y una Rina de 15 años despertó su interés por la lectura, especialmente por los libros de filosofía budista. Aprendió a meditar. Y, según cuenta, esa herramienta también la acompañó en sus momentos de profunda dificultad y soledad, a lo largo de todo su proceso migratorio. “La meditación me mantenía en el presente. Como nunca planifiqué  emigrar, no me puse cadenas. Nunca me dije a mí misma ‘he venido a quedarme’, entonces, mental y emocionalmente, tampoco tenía que irme. El budismo me ayudó a encontrar ese equilibrio y disminuir ese nivel de ansiedad y tristeza que te da cuando estás lejos de tu tierra y de tu gente. Me ayudó a resistir y a fluir”.

Interesada siempre en mantener una alimentación sana, cuando sus hijas estaban en primaria, Rina se involucró en la organización de un grupo de padres y madres de la escuela, con el objetivo de comprar alimentos ecológicos a granel. Como ella tenía experiencia en desarrollo comunitario y en organización social, se involucró de lleno y, poco a poco, el grupo fue creciendo hasta replicar el modelo en otras escuelas de la zona.

Era el año 2006 y así surgía la primera etapa de SESI, una iniciativa que  propone la reutilización de envases, para disminuir la huella ecológica del plástico. La labor de Rina, en todos estos años, ha pasado por un importante aprendizaje autodidacta y por capacitar y sensibilizar a las personas  para crear una conciencia ecológica transformadora, que genere un impacto positivo en la sociedad. En 2013, lanzaron una línea de detergentes ecológicos y el próximo año piensan lanzar un jabón en barra para lavar la ropa y para limpieza doméstica, también ecológico. “El reciclaje es muy bueno, pero no es la solución. Es una industria con un alto nivel de desperdicio en sí misma. Genera una alta contaminación de carbono. Para reciclar plástico se necesita mucha agua. La solución pasa por reutilizar más. Un envase de plástico puede ser reutilizado ¡hasta 100 veces! Debemos aprender a disminuir el consumo de tanto plástico en nuestra vida cotidiana, pues tarda en degradarse 500 años, en promedio. Desde nuestra iniciativa, nos asociamos con comerciantes locales, organizaciones benéficas y una pequeña ONG que construye nuestros dispensadores de recarga o rellenado”.

En esta “revolución del refill” en Oxford, Rina está al frente como manager y su marido se encarga de las finanzas, aunque él también tiene un trabajo a tiempo completo fuera de SESI. Hay 8 personas que trabajan de manera directa, más los socios que, a su vez, venden los productos, los cuales han empezado a distribuirse en tiendas del sur de Inglaterra.

Después de 22 años en una tierra a la que nunca planificó emigrar, la integración de Rina es también una suerte de activismo, de pleno compromiso ciudadano con su entorno. Esas personas “frías y distantes”  se han convertido en su comunidad, en su grupo de gente con el que comparte conocimiento y aprendizaje continuo. Y con el que confía estar creando un impacto positivo que también puede educar y beneficiar a otras generaciones y culturas.

“La educación de mis hijas ha estado basada en todos esos valores desde los que mi esposo y yo hemos construido nuestra vida. Decidimos tomar lo mejor de la cultura salvadoreña y de la inglesa. No ha sido un camino fácil, pero ahora las veo y ellas incluso agradecen el saber alimentarse sanamente. Eso también es cultura.  La mayor es entre vegetariana y vegana y la menor es vegetariana. No les he impuesto nada. Ellas también han sabido decidir. Ahora mi suegra vive con nosotros, pero tiene su propio espacio. Poco a poco, hemos mejorado la relación. Ha sido todo un proceso de humildad para ambas partes. Mis hijas fueron mi motor en tiempos duros. Me ayudaron a salir de mi aislamiento. Por ellas, entendí que debía construir una comunidad en mi nuevo país, para que no se sintieran extranjeras en su propia tierra”, finaliza.

“Emigré a Canadá, como profesional calificada”

Por: Claudia Zavala

Claudia Sandoval cuenta su historia desde Winnipeg, Canadá, uno de los lugares más fríos del mundo, que en invierno puede alcanzar temperaturas de -19ºC. Su experiencia migratoria responde al perfil de profesional altamente calificado que sale de su país de origen, para buscar una mejor calidad de vida: “En El Salvador, no estábamos mal. Mi esposo y yo teníamos un buen trabajo, pero cada vez nos preocupaba más la situación de inseguridad en el país y, además, pensábamos en un entorno con más oportunidades para nuestros dos hijos”.

Licenciada en Diseño Ambiental, se desempeñó como diseñadora de espacios de oficina, en la empresa privada y remodelando espacios interiores, en la Gerencia de Infraestructura de una institución pública del país.

La idea de emigrar comenzó a tomar forma, en 2009, cuando un amigo de su esposo les contó que él y su familia partirían hacia Australia, mediante un programa de Trabajador Calificado. En ese tipo de programas, los países receptores tienen un listado de áreas profesionales, en las que su sistema laboral tiene carencias y se abren a recibir profesionales extranjeros, para suplir esa mano de obra. Las exigencias curriculares y lingüísticas son altísimas para los candidatos.

Después de una larga reflexión y de contactar a un agente migratorio especializado en los trámites australianos, el marido de Claudia, ingeniero industrial, decidió probar suerte haciendo la solicitud, pues ese año habían pocos profesionales en su área. El desencanto llegó con los resultados de su examen de inglés, que no es cualquier examen. Se trata del IELTS (International English Language Testing System, por sus siglas en inglés) el examen de inglés más exigente y prestigioso, utilizado para procesos migratorios de profesionales que aspiran a residir en Australia, Inglaterra, Canadá y Nueva Zelanda, entre los más destacados. La prueba se realiza sólo tres veces al año, en el Instituto Británico de El Salvador, acreditado por Cambrigde. Consiste en un test que dura de 4 a 5 horas, con pruebas de conversación oral, comprensión auditiva, lectura y escritura (redacción de un ensayo). Someterse a la prueba cuesta unos 350 dólares y tiene una vigencia de dos años, tiempo que tarda aproximadamente el proceso migratorio, en caso de que apruebe el examen. Por su dificultad, la gente, ya con un buen nivel de inglés, suele hacer un curso especializado sólo para prepararse para el examen.

“Reprobar para él fue una gran decepción. Se frustró por completo. Intentamos olvidarnos del mal trago remodelando la casa. Recuerdo que dejé pasar un buen tiempo para que superara ese fracaso, hasta que un día le dije ¿por qué no lo intento yo?”.

El matrimonio pensaba siempre en Australia como destino. Analizaron el sistema de puntos y de homologación de títulos. Una amiga de la mamá de Claudia, residente en Australia,  se ofreció para asumir los costos del trámite de homologación, para ayudarlos. “Mi ventaja es que, al ser diseñadora ambiental, puedo irme por el lado de la decoración, diseño de interiores, de jardines… es bien amplio el espectro laboral. Me ayudó haber estudiado un tiempo en Estados Unidos. Aún así, hice un curso para prepararme. Fue duro para mí, porque pasé el examen, pero mi nota no fue suficiente para aplicar al programa”.

Decididos a encontrar una oportunidad como fuese y luego de evidenciar que Australia era el país que más nivel exigía, comenzaron a averiguar sobre otros países, como Nueva Zelanda. Pero el problema era la homologación de títulos, pues el país exige que el trámite esté hecho antes de aplicar al programa y sólo reconoce de entrada los títulos universitarios de Argentina.

Fue entonces cuando alguien les sugirió que averiguaran sobre el programa por puntos de Canadá. Acudieron a una charla informativa de una empresa privada que realiza el proceso legal, pero sin garantizar que lograrán el objetivo final de ser aceptados. Cobran cerca de 8 mil dólares por ese servicio. “Nos parecía demasiado dinero, para no tener ninguna garantía. Decidimos mejor invertir en mejorar mi nivel de inglés. Tomé un año completo de clases, antes de aplicar otra vez. Tenía que hacerlo pronto, porque hay una edad límite para aplicar. A más edad, te restan puntos en determinadas cosas”.

Así, Claudia se enfocó durante todo el año 2011 en su estudio intensivo del inglés. Esta vez, tomó incluso unas clases especializadas para escribir ensayos en ese idioma, que es el corazón de la prueba escrita. En 2012, estaba programado su examen. Para mayor preocupación, les llegó la noticia de que Canadá  acababa de aumentar la nota de inglés para filtrar aún más a los candidatos que se presentaban. Claudia pasó el examen pero, nuevamente, su nota no era suficiente para aplicar al Programa Federal de Canadá y elegir ellos dónde residir. Fue entonces  cuando alguien le comentó del Programa de Nominación de Provincia de Manitoba, en el cual las personas deben demostrar cierto arraigo hacia dicho lugar, mediante un familiar o amigo. Esa persona se compromete moralmente ante el gobierno canadiense en ayudar en la inserción social y cultural del inmigrante, quien debe residir obligatoriamente ahí, durante dos años, antes de mudarse a otra ciudad, si así lo desea.

“Movimos cielo y tierra, para averiguar si teníamos algún contacto en Canadá. Mi esposo tenía tías en segundo grado en Ontario, pero no ganábamos puntos porque no eran familia directa.  Resultó que un ex compañero de colegio de mi esposo vivía en Winnipeg, la capital de la provincia de Manitoba. Y la tía de una ex compañera de mi colegio también. Fue el amigo de mi esposo quien nos ayudó. Estaremos siempre muy agradecidos, pues ellos se comprometen a orientarte, enseñarte el sistema social, sanitario, de transporte. Hoy en día, eso no lo hace cualquiera”.

Para entonces, ya había pasado un año desde que Claudia había hecho su examen; le quedaba sólo un año de vigencia y, si iniciaban los trámites para Manitoba, les quedarían pocos meses de margen para todo lo que conlleva el proceso migratorio. Escuchó la sugerencia de examinarse por tercera vez. Más esfuerzo. Más tiempo. Más dinero. Pero ella decidió enfrentarse nuevamente al estrés de la prueba, para tener mejor nota y estar más cerca de cumplir el sueño familiar. “Cerraron las aplicaciones, en diciembre de 2012, y lo abrieron otra vez, en junio 2013. Averigüé que en Costa Rica hacen el IELTS todos los meses y viajé hasta ahí para hacerlo. Me fui un viernes al mediodía. Lo hice el sábado y el domingo regresé a El Salvador. Era marzo de 2013”.

El resultado fue positivo. Claudia mejoró su nivel y su nota. Y en junio de ese mismo año aplicaron al programa. Obtuvieron respuesta dos años después, en abril de 2015, pues debido al tsunami, en Filipinas, y la guerra en Siria, dieron prioridad a los postulantes de estos países. En junio de 2015, recibieron una carta que les informaba que ella había sido aceptada como profesional calificada, para iniciar su proceso de residencia, junto a su grupo familiar. Después de subsanar complicados requisitos financieros, médicos, académicos y migratorios, el 4 de diciembre de ese año, Claudia recibió una llamada de Fedex, para decirle que tenían para ella un paquete internacional.

“Esperé a mi marido para abrirlo juntos. Eran los pasaportes visados ¡Por fin! En ese momento, hubo un mar de emociones contrastantes en mi mente y en mi corazón… Alegría, por conseguir lo que habíamos deseado durante tantos años; incertidumbre, por no saber lo que vendría; miedo, por no saber si nos estábamos equivocando; nostalgia, por dejar a nuestra tierra, familiares y amigos”.

Claudia, su esposo y sus dos hijos, de 18 y 10 años, respectivamente, llegaron a Winnipeg, el 22 de julio de 2016, al mediodía. Por consejo del amigo de su esposo, se alojaron en casa de una familia iraní, en un cuarto grande, con tres camas y baño propio. El pago mensual incluía desayuno y cena.

El paisaje verde y las grandes extensiones planas de tierra llamaron la atención de Claudia al llegar. También la variedad cultural de la que es una de las ciudades más interculturales y multilingüísticas de Canadá.

“Mi hija Jimena va a una escuela de inmersión francesa. Al principio, fue duro para ella. Quería regresar a El Salvador. Los dibujos que hacía eran sobre el país y su permanente nostalgia. Su hermano, Fernando, la cuidó mucho y jugaba con ella, fortalecieron bastante su relación. Él también dejó a sus amigos de toda la vida. Entró a un sistema escolar en el que en todas las clases tiene compañeros diferentes, pues es un programa internacional. Bajó mucho su rendimiento académico, no le gustaba salir, llegó en una edad muy difícil. Con la llegada de un compañero de Venezuela, con el que hizo click, comenzó a adaptarse, poco a poco y a estar mejor”.

Al llegar, el matrimonio se puso manos a la obra con la búsqueda de empleo. Claudia cuenta que, al principio enviaba su currículum y nadie la llamaba. Pero, luego de realizar un curso para entender cuál era la manera adecuada de aplicar laboralmente en el sistema canadiense, consiguió su primera oportunidad y comenzó a trabajar como ejecutiva de ventas, en diciembre de 2016, en una compañía que vendía lámparas para casas y comercios. Luego, trabajó como diseñadora de cortinas y cocinas y ahora está en una empresa en la que diseña la “casa modelo” que se enseña para vender. Su jefe y todos sus compañeros son canadienses, salvo un colega chileno. Ella asegura que, pese a tener un buen trabajo, no descarta la idea de emprender y montar su propio negocio y, de momento, está explorando distintas alternativas manuales para poder vender. Su esposo trabaja en la planta de producción de una compañía que fabrica garrafas de agua y tiene un jefe salvadoreño.

En cuanto al clima tan adverso, Claudia cuenta que se lo habían pintado tan tremendamente hostil que, con mentalizarse bien y aprender a vestirse adecuadamente, han sabido sortearlo sin mayores sufrimientos.

“Con semejante frío también se puede vivir. Hay que aprender a disfrutarlo, jugar en la nieve, saltar… Soy curiosa, me reto a mí misma para seguir aprendiendo. Me siento segura con mi nivel de inglés, pero sigo estudiando el vocabulario técnico en el que tengo deficiencia. Hasta ahora, no he sentido discriminación. Si uno demuestra que de verdad sabe, no hay nada que nos pueda detener. La mayoría de la comunidad salvadoreña en Winnipeg es refugiada de guerra, personas mayores ya. Nosotros somos otra generación, con perfiles distintos. Podemos complementarnos muy bien y pensar en ofrecer algo a nuestro país. Recuerdo que cuando estábamos en El Salvador nos decían: ¿pero les ha pasado algo? ¿por qué se quieren ir? No tiene que pasarte algo para querer mejorar en la vida. Todo este esfuerzo es por nuestros hijos. Esta sociedad es muy interesante, pero también es un reto en la crianza de ellos. Nosotros tenemos nuestros valores bien definidos. Y tratamos de inculcárselos cada día, desde casa. Siempre les digo que, de puertas para afuera, es Canadá. Pero, de puertas para adentro, es El Salvador. Y ellos deben aprenden a convivir con ese equilibrio. Es una gran riqueza”.

“Mis hijos son mi motor para emigrar y resistir”

Por: Claudia Zavala

Los viajes de vacaciones a California, a casa de su hermana, formaron parte de momentos especiales en la vida de Rocío Lockhart, durante algunos años. Hasta que, un día, decidió emigrar a Estados Unidos, como única tabla de salvación, para rescatarse a sí misma de una vida que la ahogaba y la hacía profundamente infeliz. “Cada uno de esos viajes era un respiro para mí. Cuando decidí emigrar, era porque había tocado fondo. Tenía un matrimonio que naufragaba, aunque yo llevaba 15 años luchando para que se salvara. Hice todo para mantener unida a mi familia, pero aquello ya estaba roto, desde hacía mucho. Había renunciado a mi trabajo en un banco, pensando en generar un cambio positivo, laboral y económicamente hablando. Invertí el dinero de mi indemnización en un negocio. Después de un año de irnos bien, un vendedor se fue con todo nuestro dinero. Con un hogar frustrado y un fracaso empresarial, que me generó grandes deudas, caí en una profunda depresión. Los únicos que me mantenían en pie eran mis hijos”.

Rocío se casó muy joven, a los 20 años. Y con 21, ya criaba a sus dos hijos gemelos, Álvaro y Gilberto. Cuando sucedió toda esa debacle personal y económica que comenta, estaban por cumplir 18 años, acababan de graduarse del colegio y la principal preocupación de ella era cómo iba a pagarles la universidad y a seguirles ayudando en su manutención. Sumado a eso, la presión de pagar 4 créditos hipotecarios hizo que la decisión fuera rápida y contundente: Viajó a California, el 9 de febrero de 2015, con su visa de turista. Su único capital era el dinero que logró juntar de la venta de ropa, zapatos, carteras y ollas de presión que hizo antes de partir. Eso y sus ganas de salir adelante y dejar atrás tanto dolor: “Me vine con el corazón partido.  Dejaba a mi mamá y a mi otra hermana… a mi tierra. Recuerdo que, cuando el avión despegó, me asomé a la ventana y me quedé mirando fijamente el asfalto de la pista. Me guardé esa imagen para siempre. Fue tan duro ver que se perdía en el horizonte. Me prometí a mí misma, algún día, regresar con honra, como mujer, y reivindicada económicamente. Porque lo perdí todo”.

Rocío cuenta que se mantenía medicada, por su depresión. Sus hijos habían viajado un mes antes a casa de su tía, pero ellos le dijeron que realmente querían volver a El Salvador, para seguir estudiando. Además, el visado de turista se les vencía en breve y, si querían renovarlo y mantener su estatus legal, debían volver cuanto antes al país. Entonces, regresaron, en abril 2015, a San Salvador. “Tuve que respetar su decisión. No podía obligarlos a quedarse conmigo de manera ilegal, porque querían seguir estudiando. El día que viajaron, lloré amargamente en el aeropuerto. Sentí que era como enterrarlos. No sabíamos si les iban a renovar la visa, ya se sabe cómo son estas cosas. Y yo tampoco podría viajar. Sólo pensaba ¿cuándo los voy a volver a ver? ¡¿cuándo?!! Me dolía el corazón, las entrañas. Gritaba como loca… mi hermana trataba de contenerme. Incluso con la medicación, me puse realmente mal”.

Después de ese duro adiós, Rocío entró en una dinámica de vida enfocada sólo a conseguir su objetivo de ahorrar dinero. Licenciada en Administración de Empresas, con un Postgrado en Pedagogía, ejecutiva de banco y catedrática de Economía, comenzó a limpiar casas y oficinas. “Fue un porrazo emocional terrible. Después de estar en un bonito despacho, ser la licenciada, la maestra universitaria, pasé a ser la que limpiaba inodoros y tinas. Una vez, lavando un baño, me chispeé toda la cara y empecé a llorar de rabia, de frustración… Me había esforzado y estudiado tanto toda mi vida y había acabado así. Le pedía a Dios… Señor, ayúdame, dame fortaleza para resistir. Por mis hijos. Por mí”.

Rocío cuenta que su jornada laboral empezaba a las 6:30 am. Paty, de México y Noemí, de El Salvador, la recogían para empezar el periplo de limpieza que incluía unas 6 ó 7 casas en un día. Terminaban a las 9:00 pm y llegaba sólo a dormir para, al día siguiente, repetir la misma rutina. Pese a lo agotador del ritmo de trabajo, ella se siente agradecida por el apoyo que estas dos compañeras de trabajo le dieron en ese momento tan oscuro y triste en su vida: “Me enseñaron a hacer bien mi trabajo, a ser una profesional de la limpieza. Tenía mi alma quebrada, pero ellas me hacían reír, en medio de tanto dolor. Ellas fueron mis ángeles”.

Intentando salir del hoyo emocional en el que estaba, Rocío buscó ayuda en un programa para mujeres latinas, y así tuvo la oportunidad de que le asignaran un psicólogo y un psiquiatra, con quienes pudo compartir su experiencia de separación y migración. Las pautas recibidas en esas terapias la ayudaron a enfocarse mejor y a sentir que en su vida surgían pequeñas espigas de esperanza y cambio. Un día de agosto de 2015, sus hijos la llamaron para darle la noticia de que les habían renovado sus visados, para 5 años más. Y en diciembre de ese mismo año pudo abrazarlos, nuevamente. “Recuerdo ese día que los fui a recoger al aeropuerto. ¡Estaba tan nerviosa! Saltaba, temblaba de la emoción. Reía y lloraba a la vez. Cuando los vi, fue una emoción tan profunda y, a la vez, sentí que algo se había roto, por la distancia, no sé… fue muy duro. Pero estaba feliz y agradecida por tenerlos. Era como un terremoto emocional. Hay lágrimas y dolor, pero luego viene la reconstrucción”.

Disfrutar la temporada navideña en familia hizo que Rocío y sus hijos enfocaran la nueva separación desde otra perspectiva. Fue un adiós también triste el de ese 12 de enero de 2016, pero sabían que se reencontrarían pocos meses después, en junio, para las vacaciones de verano. En ese tiempo transcurrido, Rocío había iniciado ya los trámites de su divorcio y había retirado ya los antidepresivos. Sus hijos, desde su visión madura de jóvenes adultos, le habían dicho que, si tenía otra oportunidad de pareja, que no lo dudara. Que era una mujer joven, con toda una vida por delante.

Ese mismo mes de enero de 2016, una sobrina le escribió un mensaje preguntándole si ya estaba lista para salir con alguien. “Me lo había comentado desde que llegué, en 2014, pero era aún muy precipitado. Me había hablado varias veces de este hombre, cristiano, divorciado, con una hija ya mayor y estadounidense. Esa vez le dije que sí, que le diera mi número. Él me escribió. Yo no le contesté, me hice la ‘socada’, jajaja. Lo tuve así más de una semana, ‘dándome a desear’, como dicen las viejitas, jajaja! creo que eso funcionó”.

Entre risas, Rocío también explica que, junto a sus nervios de conocer a alguien, estaba el hecho de su dificultad con el inglés. Había tomado clases en El Salvador pero, como muchas personas, notó que no le servían de nada para desenvolverse con fluidez y menos con un nativo de la lengua. Pero consiguió ayuda para contestarle y, además, quedaron en que el café se convertiría mejor en cena. “Le dije soy ‘old school’, tienes que venir a recogerme a casa. Vivíamos como a 20 minutos de distancia. Ya con mi hermana y Paty lo habíamos visto bien en Facebook, teníamos la investigación hecha, jajaja!”.

Por fin, ese día de febrero de 2016 llegó. Ed, que así se llamaba el caballero de la cita, acudió a recogerla con un ramo de flores. “Abrí la puerta y me quedé impactada. No sabía qué hacer ni qué decir. Él me vio y dijo ‘¡Wow!’. Le di las flores a mi hermana y salimos. Me abrió la puerta del carro y fuimos a cenar. Él buscaba en google un restaurante salvadoreño, para agradarme, pero al final acordamos ir a uno italiano”.

La velada transcurrió entre nervios, risas, y el teléfono móvil como gran compañero de mesa, pues ella buscaba en “google translator” las traducciones de lo que quería decir y se lo enseñaba en la pantalla. Fue todo tan ameno que les tuvieron que avisar que ya era la hora de cierre del local. Después de esa noche, hubo más cenas, cafés, salidas a caminar… en las conversaciones hablaban, fundamentalmente, de sus hijos y de las experiencias similares que ambos habían vivido en sus respectivos matrimonios.

El visto bueno definitivo se dio con la visita de la madre de Rocío a California. También a ella le llevaba flores y chocolates. “Hija, ¿no será narcotraficante este hombre?, me decía, jajaja! ¡Muchas cosas nos regala!”. A las tres semanas, Ed hizo una cena con su familia para presentarles a Rocío. “Aunque estaba nerviosa por mi limitado inglés, me sentí aceptada, desde el principio. Ed había estado solo, durante 17 años. En todas nuestras salidas, sólo nos dábamos la mano. Decidimos no besarnos, hasta casarnos. Fue algo que lo vivimos con mucha ilusión y respeto, pues ya veníamos de donde veníamos los dos. Quizá la gente no lo entienda. Pero, tratarnos así le dio un significado muy especial a nuestra relación”.

Tal y como lo habían planificado, sus hijos llegaron en junio, para disfrutar unas semanas con ella, en especial la celebración del cumpleaños de Rocío, el 2 de julio. Ella cuenta que Ed es un estupendo cocinero, y organizó una gran velada, para compartir con familiares, amigos y, especialmente, con los hijos de la pareja. “A mí me sorprendió que invitara a tanta gente. Me extrañó. Pero, comimos rico, abrí regalos… al final, me dio un álbum con fotos y detalles nuestros y, de repente, zas! sacó un anillo, se arrodilló  y me preguntó si quería casarme con él. ¡Yo no podía creerlo! Él temblaba, yo también, él lloraba, yo también… Fue algo muy bonito. Mis hijos estaban ahí, también felices”.

Ed y Rocío unieron sus vidas, el 7 de enero de 2017. Sus hijos la entregaron en el altar, donde ella recibió el primer beso del hombre que se convirtió en su marido.

Comenzar la convivencia con su esposo abrió un mundo de contraste que antes ella no había experimentado, por moverse básicamente en un entorno hispano. “Comencé a limpiar casas con unas americanas. No les entendía nada su inglés. Ed, de alguna manera, había ‘simplificado’ su inglés para que yo le entendiera. Pero el mundo real era diferente. Noté incluso cierta discriminación con estas mujeres… Me dejaban lo más difícil para hacer en el trabajo, como que porque era la latina tenía que hacer todo. Tuve que resistir por mis hijos. Tengo el problema del síndrome del túnel carpiano. Lloraba del dolor, porque trabajaba 6 días a la semana, sin parar. Yo decía, qué voy a hacer, si el proceso de residencia es caro y hay que hacerlo. Y debía seguir pagando mis deudas en El Salvador, porque me querían embargar. Menos mal que me surgió una oportunidad como nanny, cuidando a un niño americano, de 9 años. Es una familia muy educada y me tratan bien. Yo le tengo que dar clases de español al niño y estar con él, después de la escuela”.

Rocío asegura que ahora se siente mucho más segura con su nivel de inglés y su conocimiento del entorno estadounidense, aunque sabe que tiene que seguir aprendiendo. Su primer año de matrimonio ha sido una prueba de constantes ajustes culturales con Ed. Reconoce que sí ha percibido racismo y discriminación en su día a día: “La escuela del niño que cuido es privada. Yo saludo, me miran y no me contestan. Veo que nuestros países no existen muchas veces en el mapa mental de la gente americana. Estamos tan lejos de su mundo, de sus referentes, de su mundo sin pobreza, sin guerra. A veces, me siento fuera de lugar totalmente. Ese es un vacío con el que lidiamos todos los que emigramos. Me encantaría trabajar nuevamente como maestra de español, o como traductora en las escuelas para los padres latinos o en los juzgados para los juicios, que es un nivel más alto. Mi meta es que mis hijos saquen la carrera en El Salvador y luego pedirlos a ellos. Ya ellos decidirán si se vienen o se quedan viajando por un tiempo. Con mi esposo queremos viajar a El Salvador, el próximo mes de diciembre. Él ha aprendido a hacer unas pupusas riquísimas, con su salsa y curtido delicioso. Hace también guacamole al estilo salvadoreño. Su alegría y su vida para mí son una bendición. Veo hacia atrás y no entiendo cómo cambió todo en tan poco tiempo. Entré en una tormenta y salí distinta, renovada. Y aquí sigo. Si yo he podido, otras también pueden hacerlo”, finaliza.

 

“El arte es el gran vínculo con mi nueva tierra”

Por: Claudia Zavala

Margoth López, conocida como Gothy, es prudente y de trato suave. Su conversación va tomando matices de intensidad y pasión, a medida que avanza, propios de una mujer firme y segura que se muestra al mundo desde su identidad y sus raíces, sin complejos.

Cuenta que salió de su natal El Salvador hacia Italia, en el año 2001. “Vine sólo por unos tres meses, para conocer y compartir con mi familia. En Milán, vivían mis hermanos y mis padres también estaban pasando una temporada con ellos. Quería vivir una experiencia cultural y artística más completa, al terminar la universidad”.

Graduada de Artes Plásticas, de la Universidad Nacional de El Salvador, había tenido una primera ventana para proyectar su trabajo cuando fue premiada para participar en la “Exposición Latinoamericana de Jóvenes Talentos”, que se realizó en Brasil, en 1999. Siendo aún una estudiante, comenzaba a abrirse camino en el mundo artístico. Con la visión de una proyección internacional a otro nivel, había ubicado a Italia, la gran cuna del Renacimiento y de artistas universales, como una posible escuela profesional y de desarrollo personal.  En ese primer contacto con Europa, conoció diversas ciudades, museos e impresionantes monumentos arquitectónicos. Posteriormente, volvió a El Salvador, para concluir su tesis universitaria. Sin embargo, el destino le tenía deparado un inesperado giro que cambiaría sus planes: Al llegar a su país, recibió una invitación para realizar una exposición en el Principado de Mónaco, por lo que tenía que regresar a Europa. “Volví para la exposición. Me quedé durante un año en Milán y trabajé desde aquí mi tesis. La hice sobre los monumentos escultóricos de los cementerios. Reconstruí toda la historia del Cementerio de Los Ilustres de El Salvador. La mayoría de las obras escultóricas de las lápidas habían sido llevadas desde Italia. Fue toda una investigación histórica y bibliográfica. Descubrí que los barcos partían desde Génova con cargas de esculturas para América Latina, entre ellas piezas para El Salvador. Por ejemplo, la escultura de Gerardo Barrios que está en el Cementerio de Los Ilustres se hizo aquí. Me pareció muy interesante conocer ese vínculo entre mi país y la nueva tierra que me estaba acogiendo”.

Luego de presentar su tesis en El Salvador y graduarse, en 2003, trabajó durante un tiempo en la Universidad José Matías Delgado, como responsable de la cátedra de Dibujo Artístico, en la carrera de Diseño. En julio de 2005, decidió viajar, esta vez de forma definitiva, a Milán.

Al llegar, Gothy asegura que el impacto con el país mediterráneo fue muy fuerte, pese a que había residido previamente.  Esta vez, la certeza de que se convertiría en su nuevo hogar la llevó a experimentar situaciones que no había vivido desde los ojos de turista. “Para mí era todo diferente. El frio tan tremendo de Milán, sensaciones nuevas, sonidos nuevos, comida distinta, lengua nueva. Hasta entonces, no había estudiado italiano, lo aprendí al llegar. Recuerdo que era tan limitante no poder hablar libremente con la gente. Me impedía tener relaciones sociales ‘normales’. Pero, a la vez, todo ese escenario era estimulante para mí. El artista es curioso y le atrae lo diferente”.

Atravesar esa intensa experiencia de vida hizo que surgiera en ella una fuerte inspiración artística. Pintó una serie de cuadros, “muy espontánea, no pensada”, en azul profundo, emulando un poco el color del añil, llamada “Diálogos y viajes interiores”: “Me dejé llevar, no pensaba tanto, era todo a nivel de sensaciones. Luego, comencé a entender y a descifrar el porqué. Muchas cosas se mezclan, inconscientemente. El azul seguramente es algo que tiene que ver con mi cultura salvadoreña. En el arte, ese color es sinónimo de búsqueda, de algo profundo y espiritual. Confrontándome con la nueva cultura, hice mucha introspección realmente… me preguntaba ¿quién soy yo en esta nuevo lugar? Estos cuadros reflejan mi viaje de El Salvador hacia Milán, no sólo físico, sino interior, un diálogo conmigo misma. Son el testimonio de esa transformación del inmigrante. Ese proceso de cambio que se da inevitablemente, seamos conscientes o no”.

Pese a sus reconocimientos previos y a su alto nivel artístico, Gothy se encontró en la situación de la mayoría de inmigrantes al llegar a un nuevo país: No tenía contactos personales, profesionales ni artísticos que la apalancaran laboralmente.

“Fue muy difícil al principio y más sin saber el idioma. Llevaba mi currículum a diferentes instituciones y no salía nada. Dentro de todo, fui muy afortunada, pues a los meses de llegar, el Ministerio de la Pública Instrucción, que es como el Ministerio de Educación en Italia, confió en mí para dar un taller de arte terapia. Para mí fue una novedad. Comencé a formarme en eso y me fue tan bien que ese trabajo me duró 10 años. De la nada se hizo un proyecto importante. Yo creaba los programas de estudio y la exposición anual del final de los cursos. Luego, la alcaldía de mi localidad, al ver lo bueno que era, comenzó a patrocinar también. Después, continué trabajando con la alcaldía de Milán, dando clases de retrato artístico y pintura. Paralelamente, yo seguía pintando mis cuadros y daba esas clases, para conseguir un equilibrio económico, que es siempre el quebradero de cabeza de los artistas. En esa época, todavía vivía con mis hermanos”.

Su vínculo con Italia se desarrollaba, laboral y artísticamente. Fue en el año 2009, cuando el ámbito personal también la marcaría. Gothy cuenta que su padre había sido hospitalizado, para ser operado del corazón. Ella pasó varios días cuidándolo cuando, justo el día que le iban a dar de alta, conoció a un trabajador del hospital que, a la larga, se convertiría en su esposo.

“Yo tenía claro que no quería casarme con un artista, porque son locos! Ya suficiente conmigo, jajaja! Aunque él no tiene nada que ver con este mundo, nuestra amistad inicial se entabló en medio de conversaciones sobre el arte. Así se fue desarrollando todo. No me lo esperaba, pero la relación prosperó y nos casamos”.

El acoplamiento de pareja no fue fácil, pero el conocimiento que ella ya tenía sobre la cultura italiana ayudó bastante. La llegada de su hijo Francesco, en 2011, contribuyó al ensamble familiar y cultural definitivo. “Mi esposo tiene muy buen carácter. Desde el principio, vi que era diferente a los demás italianos que había conocido. Me hizo sentir muy bien. En todos estos años, ha habido un intercambio personal y cultural, en todos los sentidos. En casa, hablamos los dos idiomas, pero a veces saltamos del español al italiano, simultáneamente, y es un solo relajo! El mundo culinario es un gran punto de encuentro entre nosotros. Él ha dejado de desayunar el típico bollo dulce con cappuccino para pasarse al pan con aguacate, le encanta! Al principio, cuando los compraba, le salían duros o podridos, ahora los conoce bien.  Los fines de semana, desayunamos huevo picado y frijoles, muchas veces. Yo también hago pupusas ¡Es una fiesta cuando hay pupusas! Mi hijo todavía no ha ido a El Salvador, pero le encanta la comida”.

La maternidad, vivida desde la distancia y sin el apoyo familiar, fue una experiencia intensa para Gothy. “Mi madre no pudo venir. Mi esposo y yo tuvimos que acoplarnos solos. Fue difícil, porque con un hijo siempre es bueno tener ayuda. Me dediqué, al menos, tres años totalmente a criarlo. Dejé muchos cursos para estar con él. Fue otra etapa de la vida. Todo giraba en torno a él. Cuando empezó el kínder, arranqué de nuevo y reconquisté mis espacios, otra vez”.

Parte de esa conquista de nuevos espacios ha pasado por la independencia laboral y financiera. En 2015, Gothy se decidió a dar el salto para montar su propio atelier y laboratorio de pintura. Imparte sus propias clases y desarrolla sus propios proyectos artísticos. Uno de los más importantes ha sido el encargo realizado por una basílica histórica del centro de Milán, famosa por ser el lugar donde bautizaron al pintor Caravaggio, para pintar un cuadro. La imagen es de Santa Magdalena de Canosa y se titula “El fuego de la caridad”.

“Hice una investigación exhaustiva sobre esta santa. Fui a hablar con las monjas canosianas para que me contaran sobre ella. En cuadros anteriores, realizados por hombres, ella era plasmada como un ser espiritual, etéreo, casi privado de fuerza. La representaban con un lirio blanco. En mi investigación, encontré una frase de ella que me impactó: ‘La caridad es como un fuego que crece y crece’. Decidí asignarle una llama de fuego en su mano, como atributo personal, por el tipo de mujer que fue realmente. Lo argumenté ante el párroco y la iglesia y estuvieron de acuerdo. Pienso que sólo una pintora mujer puede darle el fuego en la mano a otra mujer. Tiene otra fuerza comunicativa”.

Pero, sin duda, el retrato que más ha trascendido de la obra de Gothy, es la imagen de Monseñor Romero. Fue en 1994, cuando realizó su primer cuadro sobre el beato. Gothy transmite una profunda admiración y devoción hacia Romero, cuando explica el proceso artístico alrededor de este personaje: “Mis padres me transmitieron ese respeto y devoción. Desde jovencita, he hecho varios retratos de Monseñor para mí o mi familia, pero nunca los había expuesto. En 2015, hice uno para entregárselo al Papa Francisco, en un encuentro privado con la comunidad salvadoreña, en Roma, en agradecimiento por la beatificación de Romero. El cuadro causó mucha admiración. Casualmente, un periodista de Radio el Vaticano tomó una foto que se viralizó en Facebook y llegó a mucha gente. Para mí fue una experiencia casi espiritual. El retrato es de lo más difícil que hay en el campo artístico, pues hay que saber comunicar el alma y la esencia de la persona”.

En reconocimiento a su destacada labor artística, en marzo de 2017, Gothy fue nombrada “Pintora distinguida de El Salvador”: “Me sentí agradecida, sobre todo, porque me lo dan en vida. Mi discurso en la Asamblea Legislativa se enfocó en crear conciencia de la importancia del arte en la sociedad. No es un lujo, es una necesidad. Es una vía que puede ayudar a solucionar conflictos, a abrir conciencias, a desarrollar capacidades diferentes para enfrentar el mundo y construir un país distinto. Siempre se dice que con el arte no se come y se deja como algo secundario. Esa mentalidad tan simplista y limitante es la gran diferencia entre países que sí respetan su cultura y se enfocan en desarrollarla”.

Gothy es consciente de ser una privilegiada al tener la oportunidad de aportar culturalmente en un entorno como el italiano. Sobre todo, teniendo una formación estrictamente salvadoreña, lo cual también habla del buen nivel de las escuelas en las que se formó. Actualmente, está enfocada en hacer una exposición en Milán y también en El Salvador, la próxima primavera del 2018. Además, ha recibido el encargo para realizar las 14 estaciones de un Vía Crucis para una iglesia italiana.

“Yo llegué ya formada a este país.  Y ahora estoy aportando artísticamente en esta tierra con tanta historia cultural. A través de mí también conocen nuestra cultura. He tenido el valor de lanzarme al vacío de la independencia laboral, que no es fácil, pero que tiene grandes satisfacciones. Hay que tener mucho valor para hacer eso. El arte no siempre te paga bien económicamente. Italia es conservadora y vive mucho de su tradición artística. Eso hace que, automáticamente, sea clasificada como alguien que está fuera de esa tradición. Pero, para mí, que me vean diferente es algo positivo. Mis colores, mi estilo, mi lenguaje, eso me hace ser lo que soy. Esa diversidad es arte. Me he sentido valorada en mis exposiciones en Italia. Siento que valoran mi identidad y que saben que no los quiero imitar y lo respetan. Me gustaría crear una fundación para el arte, para hacer programas en El Salvador y desarrollar el arte, en diferentes niveles. Cuando hemos tenido el privilegio de formarnos y crecer, tenemos el compromiso de devolver a nuestra patria parte de lo que nos ha dado”, finaliza.

 

 

 

“Ante la discriminación, yo respondo con más y mejor trabajo”

Por: Claudia Zavala

Hay muchas maneras de establecer una relación con el extranjero. Desde procesos migratorios complejos y dolorosos, hasta decisiones personales y profesionales que conllevan una conexión permanente con culturas totalmente distintas a las del país de origen. Este último escenario es el que ha estado viviendo, durante casi 20 años, Kattia Juárez Dubón, una salvadoreña que actualmente realiza su trabajo desde Suiza.

Ingeniera agrícola de vocación y formación, Kattia pertenecía a la Junta Directiva de la Federación Salvadoreña de Motociclismo de El Salvador, cuando, en 1998, recibió una invitación para asistir a un congreso internacional: “Yo ingresé a la federación para apoyar a mi hijo, que practicaba el deporte. Era la única mujer en la federación. También cuando estudié mi carrera fui la única mujer de mi promoción. Eran otros tiempos. Cuando acudí a ese congreso internacional, en Caracas, también fui la única mujer, entre representantes de 18 países asistentes. Comencé a abrirme campo en este mundo tan cerrado para nosotras”, recuerda.

En esa época, las federaciones internacionales discutían sobre cómo aminorar la huella ecológica de la práctica del motociclismo. Era una responsabilidad que había que enfrentar y trabajar desde distintos proyectos ambientales. “Formamos en América Latina una Comisión de Medio Ambiente, para que nuestros eventos no dejen una huella negativa y sean sostenibles y amigables con el medio ambiente. Por mi formación y experiencia profesional,  me propusieron ser la responsable. Me pareció una labor muy importante y necesaria y una manera de poner en práctica mi vocación. En esa época, el que era mi esposo y yo teníamos una empresa de taller automotriz y nos iba bien. Por eso decidí alternar también el trabajo de voluntaria en la federación”.

Nuevamente, Kattia abría brecha al convertirse en la primera mujer latinoamericana en pertenecer a la Comisión Internacional de Medio Ambiente, dentro de la Federación Internacional de Motociclismo. El salto como responsable derivó en múltiples viajes y organizaciones de eventos, en Europa y América Latina. Según explica, su trabajo consistía en realizar informes técnicos, desarrollar planes estratégicos y realizar actividades en el área de responsabilidad social dentro de la Federación.

El nivel de excelencia en su trabajo hizo que, en 2011, en un congreso en China, el CEO de la Federación Internacional le propusiera dirigir la Comisión a nivel internacional, ya no sólo latinoamericano. “Me preguntó que si pensaba que ser mujer, en ese mundo de hombres, sería una desventaja. ¡Le dije que todo lo contrario! Para mí siempre ha sido una ventaja ser mujer, porque tenemos muchas cosas que ofrecer, una capacidad organizativa y resolutiva tremenda, creatividad, fuerza, templanza… además, siendo latina, es mucho mejor todavía. Al menos, así lo he vivido yo siempre”.

El compromiso como responsable internacional de Medio Ambiente la ha llevado a trabajar con personas de distintas lenguas, culturas, religiones y sistemas laborales. A partir de 2012, su base de operaciones ha estado en Ginebra, Suiza, y desde ahí supervisa el trabajo que se realiza en países europeos, asiáticos y americanos, junto a un equipo de 14 personas. Todos hombres.

“Desgraciadamente, aún existen vestigios de racismo hacia nosotros, por venir de países de ‘tercera línea’, como ellos los llaman. Y  hay gente que, aún con tu experiencia y trayectoria, te quiere ver de menos. Pero yo pienso que la única respuesta ante la discriminación es trabajar más y mejor. La personalidad latina, mi calidez como salvadoreña, me han hecho ser muy extrovertida y aventada y eso me ha ayudado a saber llegar a la gente. En Europa, curiosamente, a las latinoamericanas nos ven como mujeres muy dulces. Yo soy una mujer de carácter fuerte. Creo que hay que saber mostrar los dientes y la mano dura, cuando es necesario. Pero, sobre todo, hay que lograr el respeto y la admiración, y no que te tengan temor por tu carácter. Esa es la diferencia que muestra alguien que es líder de verdad”.

Estar expuesta a tanta diversidad cultural le ha permitido desmontar muchos mitos y estereotipos que existen alrededor de ciertos países, especialmente los de tradición musulmana. “Trabajando en países árabes, como Qatar,  me he llevado grandes sorpresas. Mi experiencia fue encontrar a gente muy abierta. Estando ahí, usé la túnica que ellos llaman ‘abaya’, sin el velo. Nadie me obligó a nada. Me sentí cómoda, aceptada. Ellos lo vieron como una muestra de respeto a su religión y cultura, no como un disfraz. Yo pensaba que las mujeres estaban obligadas a usarlo, no es así. Se me cayeron muchos prejuicios. Muchas veces, desde afuera juzgamos mal, sin saber, sin conocer realmente su historia y cotidianidad”.

Después de haber visitado cerca de 50 países, hay algunos que la han impactado en mayor medida. De Japón cuenta que le sorprendió el buen humor de su gente, alejado del cliché de la permanente reverencia y el trato discreto y silencioso que ha trascendido internacionalmente. También su nivel de detalle y cuidado en todo lo que realizan –“ponen el alma en todo”-, como reflejo de su cultura milenaria. En países europeos, como España, se ha impresionado con la práctica común del topless en la playa: “Yo iba como monja de los años 20 a bañarme. Me encanta que las mujeres no tengan complejos. No les importa cómo es el cuerpo, van enseñando las tetas y ya. En Ibiza, me atreví a hacerlo y sentí la libertad de bañarme así. ¡También me impactó ver cómo comen! Los horarios españoles son únicos en toda Europa y en el mundo, un verdadero cambio para los que llegamos de otro país”.

Su labor también consiste en sensibilizar sobre el tema medioambiental, dar conferencias y asesorar trabajos académicos, en algunas universidades de Estados Unidos (Texas), Italia e Indonesia. La reducción de la huella negativa de los eventos del motociclismo se enmarca en un proyecto llamado “Ride green”. Desde esta iniciativa, se realizan actividades de recogida selectiva de los residuos de papel, cartón, plásticos, metales, vidrio y orgánico, generados durante los eventos y se intenta minimizar los residuos no valorizables. Con la ayuda de empresas locales, garantizan que los residuos recogidos se reciclen y se transformen en materia prima secundaria. Además, se pretende fomentar un pensamiento verde entre los ciudadanos, deportistas, administración pública y empresas. Kattia está desarrollando, actualmente, un libro que recopila todo el trabajo realizado, en diversos países, durante los últimos años, a partir de este proyecto.

La dedicación a su trabajo y las decisiones personales que tuvo que tomar a lo largo de su vida, según reconoce, pasaron factura en su matrimonio. “Nos separamos y no fue un proceso de divorcio fácil. Pero en el balance de todo, para mí lo más importante era lo que pensaba y sentía mi hijo, que ahora tiene 28 años. Yo he vivido ese eterno dilema que vivimos las mujeres que trabajamos fuera de casa. Esa culpa que nos acompaña. Mientras estaba en mis viajes de trabajo, lo cuidaban mi mamá y su papá. Fui muy afortunada de tenerlos. Sabía que él estaba en las mejores manos y siempre me centré en dedicarle calidad de tiempo, cuando estábamos juntos. Hace poco, le dije que me sentía mal por haber estado tanto tiempo fuera, por haberme perdido muchas cosas de su vida. Su respuesta fue: ‘Yo de eso no me acuerdo, mamá’. Y me reiteró que para él lo más importante es tener a una madre feliz, realizada, haciendo lo que le gusta y enseñándole que no hay nada imposible de conseguir en este mundo, si uno se esfuerza y trabaja duro”.

Kattia asegura que gran parte de su temple lo adquirió mientras estudiaba en la Universidad Nacional de El Salvador, en medio de la turbulencia e inseguridad que generó la guerra civil. “Esos años me marcaron, definitivamente. Siempre pienso que si fui capaz de estudiar en una situación tan hostil, con un cerco militar, oyendo bombas, mientras estudiaba derivadas, puedo ser capaz de todo. En nuestro país, uno aprende a sortear el miedo. A mí me dicen: ‘váyase a Kenia o a cualquier lugar peligroso, y yo digo que sí, sin problema”.

Amante de la pintura y la cocina, un nuevo capítulo se abrirá en su vida el próximo año, cuando contraiga matrimonio con su actual pareja. “Después de mi divorcio, perdí mi empresa, mi casa, todo. Estoy cerrando un capítulo para empezar una nueva vida, como muchas mujeres. Lo podemos hacer. Tengo el proyecto de abrir una empresa en Europa y también estoy dirigiendo un video con una productora salvadoreña, sobre el proyecto de ‘Ride green’, que recoge experiencias, testimonios, aprendizaje. Sigo pensando en lo mucho que podemos aportar las mujeres, dentro y fuera de nuestros países. No hay que poner de excusa a nuestras familias o hijos para no realizar esos proyectos que deseamos. Es difícil, lo sé. Pero hay que atreverse e intentarlo”, finaliza.

Fotos: Mayra Navarrete y Joe Escobar