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“El ajedrez me ha ayudado a integrarme”

Por: Claudia Zavala

Esta es la historia de una salvadoreña, campeona de ajedrez, cuyo amor por ese juego y por uno de los mejores ajedrecistas del mundo la llevó a tomar una de las decisiones más radicales en su vida: dejar su tierra y empezar de cero a miles de kilómetros de su país, en Holanda.

Nacida en 1984, Lorena Zepeda despertó una temprana vocación hacia este deporte, en gran parte, alentada por su padre, Rafael Zepeda, destacado ajedrecista salvadoreño.  Él inculcó en sus hijas Sonia y Lorena una pasión que, con el tiempo, convirtió a la familia en un hogar de campeones.  “Recuerdo que, siendo muy pequeña, después de las clases de natación, mi papá nos llevaba a la Federación de Ajedrez, a verlo jugar. Fue así como aprendimos y, poco a poco, empezamos a entrenar”. Cuando Lorena tenía 10 años, participó en su primer campeonato y quedó en tercer lugar. En 1995 y 1996, respectivamente, triunfó en torneos infantiles, comenzando así una carrera,  durante los siguientes años, que la llevó a coronarse como campeona nacional, campeona de Centroamérica y del Caribe y Maestra Internacional Femenina (MIF). Su esfuerzo y disciplina la convirtieron en una de las máximas figuras del ajedrez, en un país donde este deporte no goza de gran apoyo ni es seguido por las masas.

Así, en medio de múltiples campeonatos y una destacada suma de medallas, Lorena conoció al que se convertiría en su esposo. Era el año 2008,  en Alemania. Se trataba de Loek van Wely, un Gran Maestro Internacional de ajedrez de los Países Bajos, que representa a Holanda en torneos mundiales.  “Quizá habíamos coincidido antes en algún otro torneo, pero no nos habíamos ubicado. Esa era una Olimpiada Mundial, había muchísima gente. Aún así nos encontramos. Él dice que, al principio, no quise hablarle. Una amiga nos presentó. Se dio todo de manera natural  y comenzamos a tener comunicación después, por internet. Hablábamos de nosotros y de ajedrez, por supuesto”.

Los constantes correos fueron construyendo, poco a poco, una relación más profunda que se transformó en algo más especial. Así, en abril y mayo de 2009, en Estados Unidos, se encontraron nuevamente como amigos,  en torneos de ajedrez, pero, en julio de ese mismo año, decidieron formalizar su relación como pareja. Loek visitó a la familia de Lorena en El Salvador ese mismo año. “Esa visita fue graciosa, porque mi familia le echó los perros de la casa a él, bromeando, pero Loek se acopló bien. Se los ganó, porque les llevaba comida y a los dos días ya le estaban moviendo la cola. Recuerdo que le llamó la atención la cantidad de frijoles que comemos en El Salvador, a todas horas, y se asombró mucho de la minuta de limón con chile. No le entraba en la cabeza que hiciéramos esa combinación de sabores. Me decía ¿pero por qué hacen eso?”.

Luego de establecer una sólida relación de novios, entre viajes y torneos, la pareja se casó en el año 2013, en El Salvador. Entonces, Lorena inició el proceso legal que le exigía Holanda para poder emigrar y vivir con su marido en el país europeo: papeles, exámenes médicos, aprendizaje del idioma… Mientras completaba todos los requerimientos, viajaba con su visado de turista y se quedaba el máximo de 90 días que le concedía la ley, para compartir con su esposo, y volvía de nuevo a su país. Hasta que, en el año 2015, recibió la autorización definitiva para residir en Holanda.

Lorena cuenta que el contacto con su familia y su tierra siempre ha sido constante, “incluso ese mismo año 2015, cuando me trasladé definitivamente, tuve la oportunidad de visitar a mi familia en dos ocasiones. Las cosas cambiaron totalmente cuando me quedé embarazada, pues debía cuidarme más. Además, salió lo de la enfermedad del Zica, que generó alarma mundial, y ya no pude viajar más. Mi hijo nació, en junio de 2016”.

Aunque la ajedrecista estaba bastante familiarizada con la cultura, el clima y las costumbres de la tierra de los tulipanes, cuenta que mentalmente le afectó el entender que su proceso de integración en Holanda ahora debía realizarse a otro nivel, pues ya había dejado de ser una turista o visitante de cortas estancias. “En estos años, para mí, el clima ha sido lo más difícil de sobrellevar. El invierno es súper frio y gris, llueve mucho. La manera de comer también es distinta. Hacen un desayuno y almuerzo bastante light y la cena es más fuerte. Pero, por lo demás, la gente es amable, educada, ordenada, limpia. Es una sociedad bastante segura. Con el ajedrez pude conocer varios lugares distintos a mi país y, de alguna manera, me ha ayudado a saber integrarme en entornos diferentes al mío”.

Lorena cuenta que uno de los aspectos que más le gustan es la apuesta del país en el desarrollo del hábito de la lectura en los niños, pues reciben en casa el carnet de la biblioteca pública, desde que son prácticamente bebés. Y es gratuito hasta los 18 años. La mentalidad de “ventanas abiertas” también es característica de esta sociedad, según explica: “nadie se mete con nadie. Puedes tener ventanas abiertas, sin cortinas, y nadie va a estar asomándose, para ver qué hay en tu casa. Se respeta mucho la privacidad de la gente”.

Después de varios años, Lorena reconoce que su talón de Aquiles sigue siendo el dominio del idioma holandés. “¡Hay fonemas que son muy difíciles de pronunciar! Es una tarea pendiente para mí seguir mejorando. Holanda exige un examen de lengua y cultura, para poder certificar una especie de diploma de integración, que es algo que va vinculado a la residencia temporal. Ponen multa, si uno no lo hace, y conceden otros 3 años para seguirse preparando. En mi caso, el ‘problema’ ha sido que casi todo mundo habla inglés aqui y yo así he podido desenvolverme bien. Si fuese todo sólo en holandés, la presión de aprenderlo sería mayor. Pero, aún así, debo mejorarlo, porque es el país donde vivo y también el idioma de mis hijos y mi esposo”.

Ella cuenta que en su casa se hablan los tres idiomas: entre ella y su marido, inglés; entre su marido y su hijo, holandés; y entre ella y su hijo, español. “Mi niño, tan pequeñito, ya nota la diferencia. Sólo me hace caso cuando le hablo en español, aunque me contesta en inglés. Si le hablo en holandés, ni me vuelve a ver, no reacciona. ¡Realmente lo debo de hablar muy mal! jajaja!!!”.

Actualmente, Lorena tiene 7 meses de embarazo, y espera la llegada de una niña, para el próximo mes de noviembre. La crianza de los hijos es uno de los elementos de contraste cultural que más evidencia entre Holanda y El Salvador. “En nuestro país, la familia es más amplia y todo mundo participa en el cuidado de tu hijo: los abuelos, los tíos, los primos… aquí es diferente. Las familias son más nucleares, no extendidas; generalmente, se ven sólo en fechas especiales, como cumpleaños o navidad. Ahora ya vivimos más cerca de donde mis suegros y los visitamos más, pero antes era distinto. Uno tiene que acostumbrarse a criar prácticamente sola a su hijo. Y más, en mi caso, pues Loek cuando tiene torneos está fuera de casa, durante varios días o semanas”.

Paralelo a su carrera como ajedrecista, Lorena es graduada en Ingeniería Industrial. Pero su entrega al deporte ha hecho que no haya trabajado nunca en su área de estudios. “Decidí dedicarme este tiempo a cuidar a mis hijos. Juego, cuando puedo, pero no es como antes. Cuando nazca mi hija, también quiero disfrutarla como al mayor. Es una etapa de la vida. Pasará pronto y no me la quiero perder. Cuando mi niña tenga dos años, si puedo, volveré de lleno a los campeonatos… implica empezar prácticamente de cero con los entrenamientos pues hay que afinar la agilidad mental, el cálculo… ya veré. Si no, daré clases, o me encantaría poder trabajar en algo relacionado a mi carrera, ¿por qué no? Soy consciente de que soy muy afortunada de poder tomarme este tiempo. De tener a mi mamá jubilada que puede venir a ayudarme con mi niña, dentro de pocas semanas, así como hizo con mi primer hijo. Me gustaría aprender a ser más suelta y confiada como son aqui con los niños. A darles mucha libertad y espacio para que experimenten. Aprendo las cosas positivas de la cultura de este país y me quedo con lo bueno que ya traigo de la mía. Y creo que he podido generar un buen balance”, finaliza.

 

 

 

“Cuando generas impacto positivo, hasta el lenguaje te quieren copiar”

Por: Claudia Zavala

Quien habla, desde Vancouver, Canadá, es Ana Mabel Soto Castellanos. Una salvadoreña que tiene claro que una buena actitud ante la vida y la flexibilidad ante los cambios son una potente herramienta que le ha funcionado ante la adversidad.

Lo aprendió desde sus años como maestra, en Nueva Granada, un pequeño pueblo de Usulután, al oriente de su país. Nacida en Cabañas, vivía en San Miguel, desde donde se desplazaba todos los días para llegar a su lugar de trabajo: “Caminaba 4 kilómetros de ida y 4 de vuelta, hasta llegar a la carretera Panamericana y abordar el bus. Eran los años 80 y, por la guerra en El Salvador, las cosas eran bastantes difíciles en esa zona. El pueblito donde trabajaba estaba prácticamente tomado por la guerrilla. Muchas veces, había enfrentamientos y teníamos que quedarnos ahí, hasta que pasara. No había manera de comunicarle a la familia que no podíamos salir de ahí. Una señora nos daba posada y comida en su casa. También había paros de transporte y eso complicaba aún más todo”.

Ana Mabel cuenta que, en una visita que realizó a sus padres, conoció al hombre que, tiempo después se convertiría en su pareja. Él también era profesor y daba clases de Física y Matemática. Era 1986. El noviazgo coincidió con la resolución de los papeles para viajar a Canadá que su compañero había solicitado cuando la conoció: “Me incluyó en su documentación y nos casamos para poder viajar. Al poco tiempo, me quedé embarazada. Decidimos esperar a que nuestro hijo naciera para poder viajar. Partimos cuando nuestro primer hijo tenía 6 meses, el 8 de agosto de 1988”.

La familia llegó a un Vancouver demasiado moderno e imponente, comparado a lo que ellos estaban acostumbrados. “En las calles, veía gente de muchas razas y nacionalidades. Yo sentía como que estaba soñado… Llevaban vestimentas muy distintas a las nuestras, turbantes… Sentí tan raro al llegar. Yo apenas llevaba una pañalera colgada en el hombro, mi bebé en brazos y toda la ilusión del mundo por salir adelante”, recuerda.

El inglés básico que habían aprendido no les sirvió de nada. La comprensión, al principio, fue casi nula y la adaptación bastante complicada para la pareja. Dejando atrás sus profesiones como maestros, ella se empleó en la limpieza y como cuidadora de niños. Él cortaba fruta. Por las noches, se esforzaban en el aprendizaje del inglés que, poco a poco, se fue haciendo más comprensible y fluido en el hogar salvadoreño.

“Aún con todo lo difícil que fue,  yo comencé a echar raíces, desde el principio. A mi esposo le costó mucho más. No se terminaba de acoplar, ni con la llegada de 3 hijos más, 2 varones y una niña, con los que completamos 4 hijos. Él siempre decía ‘el otro año me voy’. Para mí no era fácil sentir que tenía que luchar por mi adaptación y la de mis hijos y, a la vez, saber que mi esposo no era feliz en Canadá, porque no terminaba de acoplarse, incluso pasados varios años”.

 Sin duda, la personalidad de Ana Mabel fue un plus para su integración social y cultural. Simpática y extrovertida, tuvo la fortuna de encontrar a personas que la ayudaron en las etapas más difíciles. “Al principio, trabajaba en day care, en pre school. Luego, una amiga me habló de la posibilidad de trabajar en escuelas con niños especiales. Me puse las pilas y tomé un curso de noche, para especializarme en esa área. Era duro trabajar durante todo el día y estudiar en la noche. Los sábados en la mañana también tenía clases. Con mi esposo nos repartíamos para cuidar a los niños. Criar a cuatro niños cuesta mucho y más cuando no tienes a tu familia contigo. Tuve la bendición de encontrar a una señora salvadoreña que me ayudaba a cuidarlos cuando nosotros no podíamos. Cuando terminé el curso, le dije a mi esposo que lo hiciera también él, que seguro le gustaría. También era una oportunidad de retomar su vocación de maestro. En ese entonces, él trabajaba en construcción y en un hospital de ancianos. Era un trabajo bien pesado para él. Se entusiasmó, hizo el curso, le gustó mucho el programa y ahora él también trabaja con niños especiales. Él en High school y yo en Elementary. Conectamos, nuevamente, con nuestro amor por la educación”.

Y aún con su conocimiento en el área educativa, Ana Mabel reconoce que las diferencias culturales entre Canadá y El Salvador se evidencian de manera explícita en la manera de educar a los hijos. “Recuerdo que cuando eran pequeños, mis niños me preguntaban por qué los padres canadienses eran más liberales y nosotros los queríamos cuidar tanto. Aquí en Canadá están criados de otra manera, no siempre hay autoridad de parte de los padres. Nosotros tenemos otra educación, otro patrón. En mi casa hay reglas diferentes. Tuvimos un poco de conflicto con ese contraste que nos tocó vivir. En la escuela donde trabajamos también lo notamos. El respeto está por encima de todo, no se les puede forzar a nada y eso está bien. Pero también pienso que, a veces, tienen acceso a demasiada permisividad cuando todavía no son maduros para decidir. No saben totalmente si lo que están haciendo es lo correcto. Tiene que haber un equilibrio. También hemos aprendido a ser mejores padres y mejores personas. Por ejemplo, nuestros hijos nos decían que no juzgáramos tanto a los demás. Con el tiempo, he aprendido a ser más abierta y flexible mentalmente”.

Esa flexibilidad ante la vida ha ido acompañada, a lo largo de todos estos años, por una actitud constante de aprendizaje. Hace 2 años, Ana Mabel aceptó la invitación para participar en unas clases de pintura que impartía una señora mexicana. “Yo me sentía vieja, pero dije voy a ir a probar. Y me encantó. Ahora, hago mis cuadros, me entretengo,  les regalo a mis amigos, he descubierto una nueva yo”. Su inclinación artística también abarca el mundo de las letras. Ella cuenta que, en sus momentos de tristeza y dificultad, comenzó a escribir poemas “a escondiditas, en diálogo con Dios” y, fruto de esa inspiración, está planeando la publicación de esos pensamientos en su primer libro de poemas.

El voluntariado en una iglesia, según comenta, ha constituido un puente de integración y de generación de comunidad. En la congregación recibe un apoyo espiritual importante y han logrado estructurar ayudas concretas para 3 obras distintas en El Salvador, especialmente destinadas a las personas ancianas.

El valor de su idioma materno lo refuerza en su propio lugar de trabajo, a través de un “spanish club” que ha creado con sus alumnos. “Les enseño salsa y el español a la vez. Los pongo a bailar y a cantar ‘El carbonero’. Tengo niños de Nicaragua, Guatemala, El Salvador y Canadá. Todos me dicen ‘¡Hola!’, cada vez que me ven”.

En su escuela no sólo es conocida por reivindicar el español, sino también por su presencia vital, alegre y siempre distinta a los demás. “Tengo el pelo rojo y me visto de colores. ¡Soy un lunar en la escuela! A mí me encanta ser  diferente, me encanta como soy. A mí me dicen: ‘Ana, arriba, arribaaa!’, con acento mexicano. Yo les digo: ‘No. Yo soy salvadoreña’. Aquí son bien ‘plain’ para vestirse, siempre de blanco, negro o  gris. Yo me pinto los labios y me pongo collares. Me parezco a la duquesa de Alba de España, jajaja!! En las mañanas me visto y digo ‘¡ahí voy!’ Jajaja! En la escuela están prohibidos los olores, los perfumes. ¿Pero y la gente que fuma, pues? A mí no me gusta y no dejan de fumar sólo por mí, así que yo uso siempre mi perfume.  Aquí llueve mucho, es medio deprimente. Los colores me alegran, las fragancias, me arreglo mucho y eso me ayuda a estar feliz”.

Después de 30 años de lucha y perseverancia, Ana Mabel se siente agradecida por todo lo que junto a su esposo ha consolidado. Sus hijos de 30, 26, 25 y 19 años, respectivamente, son su mayor orgullo y se han desarrollado con lo mejor de Canadá y El Salvador.  Los dos mayores  se independizaron y viven en pareja, pero los domingos mantienen la costumbre de reunirse todos a comer en casa y reforzar los lazos familiares.

Ana Mabel asegura que, con el paso de los años, su esposo también logró adaptarse y sentirse arraigado en su país de acogida. Y se jubila dentro de 2 años. A ella le quedan 5 años. El proyecto de la pareja es vender su casa de la ciudad, para irse a vivir al campo, criar animales y hacer vino artesanal, otra de sus grandes pasiones. “Quiero escribir, pintar, pasear. Vivir cada día que pasa, es un regalo de Dios. Estos años no han sido fáciles pero, si uno se sabe adaptar, sale adelante. Cuando vine a Canadá, me sentía tan insegura. Hacía muchas cosas por complacer a los demás, a mi esposo, a todos, pero yo no era feliz. Con el tiempo comprendí que el amor más importante es hacia uno mismo. Yo soy mi mejor amiga, mi mejor confidente, he aprendido a quererme. Cuando uno se ama y brilla, los demás ven ese destello y los atraes, te aman y te aceptan así, tal cual eres. Si alguna mujer está leyendo esto y no se siente amada, yo le digo que se vea al espejo todos los días y se diga que se ama. Que aprenda a poner límites. De verdad, funciona. Hay que sanar nuestra autoestima, para tener el triunfo que tanto añoramos. Recién venida, me daba pena hablar español. Me sentía inadaptada. Hoy más que nunca me siento orgullosa de mí misma y de mis raíces. En la escuela he descubierto que cuando das un impacto positivo con tu personalidad, presencia y tu actitud, ¡hasta el lenguaje te quieren copiar! Si yo me escondiera en un rincón y me mimetizara de gris, creo que nadie quisiera hablar español y aprender conmigo. Deberíamos alzar nuestra bandera y decir ‘esta soy yo’. Podemos dar mucho. Podemos hacer un gran cambio en nuestra sociedad de acogida”, finaliza.

“El trabajo creativo me ha ayudado a integrarme”

Por: Claudia Zavala

Cuando inicia su historia, no puede evitar emocionarse. Katia Marcos hace memoria de su proceso migratorio y lo comparte como una verdadera revolución emocional, no sólo por los cambios que enfrentó como emigrante, sino por el impacto que la muerte significó en su vida, al tiempo que se despedía de su país natal, El Salvador.

Retrocede a sus años de infancia, para compartir lo que realmente la marcó: “Yo nunca tuve como aspiración emigrar a Estados Unidos. Mi mamá emigró a este país cuando yo era bebé y me quedé a vivir en San Salvador con mi abuelita, que fue realmente quien me crió. Ella tenía un puesto en el mercado, se sacrificaba mucho por mí, quería que estudiara. Estuve en un internado, en el que por las mañanas tenía clases normales, y por la tarde recibía clases de corte y confección, pastelería y  cosas creativas, para que aprovechara mejor mi tiempo. Aunque no tenía a mi mamá conmigo, yo me sentía muy amada y protegida por mi abuela”.

En uno de los encuentros que ella tuvo con su madre, sucedió algo especial. Era agosto de 2012 y Katia ya era una joven de 21 años. Se encontraron en un hotel de Guatemala, para compartir con la nueva familia que su madre había creado en Estados Unidos. Curiosamente, hubo un “click” particular con un muchacho cercano a esa nueva familia. Luego de compartir  esas vacaciones agostinas, el interés de él continuó al punto que buscó a Katia en Facebook, para ver si podía contactarla y continuar conociéndola. Así empezó una relación que, después de un año, se consolidó en un noviazgo a distancia. Él vivía en California y acababa de mudarse a Texas. Vía telefónica, le compartía a Katia sus miedos, incertidumbres, sueños y proyecto de vida. También la abuela era receptora de esos planes y, pese a que había gente que no veía bien la relación, Katia recibió el apoyo de ella para que escuchara a su corazón y tomara la decisión sentimental que considerara más oportuna.

Estudiante de Diseño Gráfico en la Universidad don Bosco, coronó su carrera y, de inmediato, dio rienda suelta a su creatividad y espíritu emprendedor. Fundó una tienda de productos personalizados llamada “Bella Dona”. Y, en menos de un año, logró generar suficientes ingresos que le permitirían abrir su propio local, ubicado en una buena zona de la capital. Sin embargo, una excelente propuesta laboral la frenó en ese paso y decidió apostar por trabajar en la empresa, para consolidar aún más su experiencia laboral  y puso en paréntesis el desarrollo de su tienda. Mientras tanto, su relación de noviazgo llegó a formalizarse a tal punto que la pareja se casó, el 1 de marzo de 2014. Entonces, Katia y su marido iniciaron los trámites migratorios, para que ella pudiera viajar a Estados Unidos y, por fin, vivir junto a él.

Sin embargo, hubo otra situación que determinó la etapa que estaría a punto de vivir: “Mi abuela siempre tuvo problemas de salud. Tenía gota, colesterol alto, diabetes y otras complicaciones. Recuerdo que el 1 de noviembre de 2015, salimos a hacer varios mandados. Yo la veía cansada, agitada, bien agotada, pero ella no se quejaba. Fuimos al McDonald de El Salvador del Mundo, porque a ella le encantaban las papas hash brown. Tengo presente su imagen comiéndose las papas, toda contenta. Regresamos a casa y ella seguía cansada, pero aún así decidió acompañar a una tía a la procesión de los farolitos. A las pocas horas de haberse ido, me llamaron por teléfono, para decirme que se había desvanecido en la calle. Y que ya estaba muerta. ¡Entré en shock! Comencé a gritar: ‘¡Se me murió, se me murió!!’. Toda mi vida se detuvo en ese momento. Me tuvieron que sedar, porque estaba realmente mal. Lo fuerte es que justo en esos días llegó mi visado. Una semana después, el 8 de noviembre de 2015, viajé a Estados Unidos para empezar una nueva vida, sintiéndome rota y profundamente triste”.

Con semejante duelo emocional, la adaptación de Katia en Texas, fue durísima: “Al principio, no absorbía nada de información. Veía la ciudad, las casas, las autopistas… ¡todo tan grande! y yo me sentía bien pequeña. Mi esposo me compró un carro y no me daban ganas de manejarlo, no me motivaba nada. Tengo esa imagen de mis primeros días, con la sensación del viento en mi cara, frente al freeway, viendo pasar los carros. Mi papá y una tía muy querida que se quedaron en El Salvador, hablaban conmigo y yo nunca les demostré mi tristeza. Les decía que estaba bien, para que no se preocuparan.  Mi vida los primeros meses era ir de nuestra casa a la iglesia, los domingos. Nada más. No tenía amigos. No hablaba con nadie. Creo que eso hizo que mi duelo fuera tan largo y doloroso. Mi esposo me veía triste e intentaba hacer todo para que estuviera mejor”.

Pese a ese túnel negro en el que estaba, su vocación y talento creativo afloraron con fuerza. Continuó haciendo algunos trabajos online para El Salvador y, decidida a empezar de nuevo,  fundó su empresa “Kreative KD”, con la ayuda de su marido, que le compró una computadora, impresora, silla y escritorio. Ofrecía diseños de invitaciones y logotipos, entre otros servicios. Lo demás fue su propia capacidad para demostrar su valía y atraer a los primeros clientes que provenían de la red de iglesias de su comunidad. Ellos la fueron recomendando hasta hacer crecer la cartera de clientes que a día de hoy ha logrado consolidar. Al poco tiempo, también puso sus productos en la tienda virtual Etsy y desarrolló su página web: https://www.iamkreativekd.com/

Paralelo a su esfuerzo laboral, Katia dio la bienvenida a la maternidad. Dio a luz a su primogénito, en enero de 2017.

La falta del dominio del inglés fue otro elemento que dificultó la integración de Katia, en su etapa migratoria inicial. “En El Salvador era una buena estudiante de inglés. Pero, cuando llegué aquí, ¡no me servía de nada! Aquí es menos formal la manera en la que se habla. Me perdía, me sentía intimidada. Entendía, pero no me atrevía a contestar. Le decía a mi esposo que contestara por mí. Hasta que un día, él me dijo: ‘yo sé que entiendes y te tienes que esforzar por hablarlo. No voy a traducirte más, porque eso realmente no te está ayudando a avanzar’. Aunque vivo en una ciudad mayoritariamente latina -hay muchos mexicanos-, tuve la dicha de encontrarme estadounidenses que, cuando me veían intentando hablar en su idioma, me decían: ‘keep going, keep going!’. Eso me impulsó mucho y ahora siento que hasta pienso en inglés, jajaja! No he sentido lo mismo con algunos compatriotas, por ejemplo. Y eso es algo que no entiendo por qué lo tenemos. En una reunión yo dije la palabra ‘chivo’ y una señora salvadoreña me dijo que por qué me había traído el rancho de mi país, que ya no hablara así. Yo veo que un mexicano, mantiene su acento y sus palabras, un dominicano, un guatemalteco igual… ¿por qué yo no puedo mantener mis raíces y una persona salvadoreña me tiene que hacer burla por cómo hablo? No quiero perder mi identidad. Así hablo yo. Así soy yo”.

Más asentada y confiada, la proyección empresarial de Katia va en aumento. Su próximo paso es posicionar sus productos decorativos artesanales, para introducir en tiendas locales. Su negocio ya recibe solicitudes de estudiantes de diseño, para hacer pasantías con ella. Y en un máximo de 3 años, tiene la meta de montar su propia boutique de diseño física. También desea ampliar la familia, en poco tiempo.

“Yo crecí sola y no quiero eso para mi niño. Quiero, al menos, tener tres hijos. La vida aquí es acelerada, es verdad, y no hay familiaridad con los vecinos. Uno se consume mucho con este ritmo y no se crea un vínculo tan fácil. Yo llevo 3 años en esta casa y apenas ahora comienzo a decir hola a los vecinos. Pero creo que si uno mantiene su esencia y se abre a la gente, puede romper esas barreras y construir una mejor relación con la gente. Ahora también tengo la oportunidad de servir y ayudar desde el Ministerio ‘Dádivas’, en mi iglesia. Eso me ha transformado mucho. Y me ha hecho darme cuenta lo útil que puedo ser para nuestra comunidad latina. Cada vez tengo más claro que para que todo avance, tenemos que atrevernos a dar el paso. El cambio está en uno mismo”, finaliza.

“Me he reconciliado con mi identidad, siendo migrante”

Por: Claudia Zavala

Suave en el trato, pero contundente en sus ideas, así se muestra Monsy Díaz al compartir su historia de vida. Aunque confiesa un profundo amor hacia su natal El Salvador, cuenta que, desde sus días de infancia y adolescencia, tuvo claro que emigraría: “Siempre sentí que era como una pecera muy pequeña para mí, que pertenecía a otro lugar. Quería hacer muchas cosas y siempre fui muy inconforme”.

Con temperamento artístico marcado desde pequeña, decidió estudiar Comunicación Social y Publicidad, para tranquilizar a sus padres, quienes estaban preocupados por su futuro profesional y laboral, en una cultura que no brinda una estabilidad económica al gremio artístico. Intentando acercarse a su mundo creativo, en el último año de su carrera universitaria, decidió compaginar también la formación en Diseño Gráfico. “Cursar dos carreras universitarias a la vez fue duro para mí. Llevaba 11 materias simultáneamente. Empezaba clases a las 7 am, seguía durante todo el día, en dos universidades distintas, y terminaba de madrugada, haciendo tareas. Me terminé enfermando, me dio una úlcera, me hospitalizaron. El día de mis exámenes finales colapsé con una apendicitis y me tuvieron que operar”.

Luego de ese capítulo de rutinas extremas, siguieron dos años de trabajo en el mundo publicitario. Monsy cuenta que, aunque lo desarrollaba bien, no era algo que realmente la llenara. Sus inquietudes artísticas estaban cada vez más latentes y decidió romper con ese ritmo de vida que no la hacía feliz: “Renuncié a mi trabajo y me di un tiempo para mí. Hice varios viajes como mochilera, intentando explorar un poco y encontrar algo con lo que conectara. Fue una época difícil con mi familia. Como era lógico, estaban preocupados, porque no sabían qué sería de mi futuro. Estuve así durante 5 años, sin saber exactamente qué hacer. Era fuerte, porque sentía que no terminaba de encajar en ningún sitio”.

Con el amor y el apoyo incondicional que sus padres siempre le han brindado, un día recibió una llamada de ellos. Le dijeron que la ayudarían económicamente, durante un año, para que estudiara la rama artística que quisiera en España. Su destino soñado desde niña. Y que, después de ese tiempo, volviera a El Salvador, para asentarse nuevamente laboral y profesionalmente. “Para mí fue una gran alegría. Siempre quise vivir en España, no sé por qué tenía una conexión especial con ese país. Había estado a los 18 años con mi papá y eso me marcó mucho”.

Era el año 2011. Ese año previo a su partida, Monsy tuvo una temporada prolífica, a nivel artístico. Tocó puertas y se le abrieron. Con su escasa experiencia como pintora, fue acogida en la Asociación de Artistas Plásticos de El Salvador, y realizó una exposición donde participaron las principales mujeres pintoras del país. Expuso en la Embajada de México, en el Centro Cultural de Venezuela y en una exposición en Cuba. Por eso, cuando viajó a España, en el año 2012, sintió que su talento artístico terminaría de aflorar y formarse, en el entorno académico y cultural adecuado.

“Encontré una escuela de Arte y Restauración, en Valencia. Pensé que era una formación estupenda, pues así también complacía a mis padres. Así ya podrían decir ‘Mi hija es restauradora de arte’ y podría encontrar trabajo en ese sector, que es un poco más sólido que sólo siendo pintora. Mi sorpresa fue que, después de estar 6 meses estudiando pintura, ¡terminé enamorada de la restauración! Fue todo un descubrimiento para mí y me metí de lleno en ese mundo”.

Monsy cuenta que, paralelo a su proceso personal y emocional, España la recibió con un choque cultural inesperado: “Me llamó la atención el trato un poco seco que tiene la gente. Creo mucho en la igualdad entre hombres y mujeres, pero echaba en falta la caballerosidad, que te abrieran las puertas… eso no pasa aquí. Nosotros somos más suaves al hablar y al tratarnos. Otra cosa que parece una tontería es que en mi país las mujeres nos arreglamos y cuidamos más. Aquí son más sencillas y naturales. Al principio, sentía que me criticaban, porque yo iba muy arreglada siempre, como era mi costumbre de toda la vida. Después de unos meses de estar aquí, cambié y descuidé mi apariencia. Con el tiempo, me he reconciliado con eso, porque quiero ser yo y verme como me siento bien yo, no por el lugar donde viva y sin importar lo que diga la gente. También me sorprendió el trato que hay entre algunas familias. Yo hablo todos los días con mis papás. Son mi pilar fundamental y la comunicación con ellos para mí es vital. Mis compañeros de piso me decían que ellos hablaban al tiempo con sus padres, que no entendían por qué yo lo hacía todos los días. También porque le hablaba a mi mamá de ‘usted’, aquí la mayoría se tutea. Yo valoro mucho nuestro trato. Es lo que me han inculcado y es lo que quiero preservar”.

Monsy ingresó a España con un visado de estudiante. Según cuenta, renovó ese estatus migratorio, durante tres años. Al finalizar ese tercer año, un amigo cercano, que se ha convertido en una especie de mecenas artístico para ella, la contrató a medio tiempo. Eso le posibilitó cambiar su documento a una residencia vinculada a un trabajo y estabilizar su estancia en el país. Al año siguiente, la contrató a tiempo completo como administrativa, aunque realmente ella trabajaba en el taller de restauración que él gestionaba. “Con mi incorporación, él abrió los servicios de compra, venta y gestión de bienes culturales y restauración de arte antiguo. En eso trabajo ahora. Para desarrollar mi trabajo, hemos creado y registrado la marca ‘Angélica Posada’, bajo la que realizo trabajos de pintura, ilustración y restauración. Estoy trabajando en la página web, para poder vender mis obras por internet. Además, me gusta la fotografía y también quiero trabajar ese rubro desde mi marca”.

En estos 6 años de procesos de cambios y verdadera renovación, el punto más álgido vivido por Monsy se refiere al impacto negativo que representa la enfermedad. “Es duro para una persona inmigrante enfermarse gravemente, como me pasó a mí, hace 3 años. De repente, un día, iba caminando y tuve un mareo muy intenso. Llevaba varios días sintiéndome débil, bajita de energía. Después de muchas pruebas supe que tenía una anemia profunda, realmente delicada. Me dijeron que, si no lo hubiese tratado a tiempo, hubiese derivado en algo peor. Eso me hizo frenar, nuevamente, y replantearme muchas cosas en mi vida. Tuve que tomarme un tiempo largo para recuperarme. Pasé muchos días en cama. Tuve la dicha de tener a personas que estuvieron conmigo y me cuidaron siempre. Estaré siempre agradecida con ellos”.

 

Recuperada por completo y canalizando su talento artístico, ella cuenta que “Angélica Posada”, significa mucho más que un negocio. Aunque se trata de sus segundos nombre y apellido, la marca rinde homenaje a la vida de su abuela materna, que se llamaba así. El proceso personal y emocional en el que ha profundizado, durante los últimos años, viviendo lejos de su familia y país, la han llevado a enfrentar aspectos que quiere materializar en su obra. “Me enfoco en una esencia femenina muy fuerte, tal y como era mi abuela, que fue una mujer muy valiente. Era de Chirilagua, San Miguel, y su padre murió siendo ella una niña. Tomó el rol de defensora de su madre y sus hermanas, en una época en la que las mujeres sin un hombre en casa eran realmente vulnerables. Ahora me sumerjo también en mis propias sombras y en esos capítulos de dolor que enfrentamos la mayoría de mujeres: conflictos, dudas, miedos, abusos, injusticias, rabia… con el tiempo, he comprendido que también forman parte de la vida”.

Con 37 años de edad, sin pareja ni hijos, Monsy asegura que ha aprendido a superar los prejuicios sociales que conllevan salirse de la norma, reivindicando su decisión de continuar soltera y enfocada en su propio bienestar. “Culturalmente, se sigue viendo ‘rara’ a la mujer que no tiene marido ni hijos a mi edad, aquí y en muchas partes. Yo ya estuve mucho tiempo haciendo cosas para complacer a los demás. Quiero disfrutar ahora de lo que aprendido. De lo que me ha aportado esta tierra y la herencia que vive en mí. Aquí me siento segura y tranquila. Comprendo que la nostalgia por vivir lejos del país de origen invada a mucha gente, pero, en mi caso, me mentalicé a cerrar un ciclo y a empezar otro ¿por qué tengo que mirar atrás? Quiero crecer, avanzar, hacer mi vida. He transformado mi rebeldía, volviéndome consciente de muchas cosas. Me he reconciliado con mi identidad, siendo migrante. Y voy a seguir adelante”, finaliza.

“No quería que mis hijas se sintieran extranjeras en su propia tierra”

Por: Claudia Zavala

Fue en mayo de 1996 cuando la vida de Rina Meléndez dio un intenso cambio. Motivada por desarrollarse en su área laboral, la investigación y evaluación de proyectos, salió de su país, El Salvador, para explorar mundo. Su destino fue Inglaterra. El país no era casual, pues tenía una relación estable con un inglés, a quien había conocido trabajando en su mismo sector laboral. Después de haber estado un año separados, decidieron viajar para optar a otras oportunidades de trabajo, posiblemente en Asia o África.

“Viajé con una visa de prometida, pero en realidad no estábamos planeando casarnos. Nosotros somos bastante liberales. No creemos en bodas. Pero con este tipo de visa me daban 6 meses de permiso legal y en ese plazo pensábamos que era factible encontrar una oportunidad en otro lugar de nuestro interés. No pensábamos quedarnos en Inglaterra”.

Al poco tiempo de haber llegado, ambos recibieron una oferta de trabajo para desarrollar un proyecto de escuela internacional independiente, con estudiantes internos, en Escocia. La experiencia previa de Rina con proyectos de educación popular y cooperativas, en El Salvador, fue un antecedente que pesó. “Era una escuela diferente. Un sistema de educación libertaria: no había castigo, no se les obligaba a ir a clases y se tomaban las decisiones entre todos. La escuela estaba ubicada en una mansión, en medio del campo. La distancia entre una casa y otra era de una hora, conduciendo. Mi trabajo era  dar seguimiento al desarrollo educativo y psicológico de los estudiantes, ser tutora de algunos de ellos los fines de semana y también daba clases de español y de danza. Coordinaba con padres de familia, trabajadores sociales y médicos para hacer el seguimiento requerido”.

El idioma, el clima, la comida… todo sumó para que el impacto con la sociedad británica fuese duro para Rina, pese a considerarse una mujer bastante flexible y adaptable. “Había estudiado algo de inglés en El Salvador y luego al llegar a Inglaterra, en Oxford. No me sirvió casi de nada, porque primero aprendí inglés con acento americano que nada tiene que ver con el británico. Y el que aprendí en Oxford no tiene nada que ver con el de Escocia. Al ser una escuela internacional, todos los estudiantes tenían su propio acento, ¡así que imagínate!  Fue muy difícil al principio para mí. Además, yo practicaba una alimentación vegana desde El Salvador. Y por la falta de variedad de verduras y legumbres en la zona, pues sólo había un mercado los días domingo, tuve que volverme vegetariana e introducir el huevo y la leche en mi dieta, para intentar mantener un equilibrio y no enfermar. El frío en la casona era tremendo. No había calefacción eléctrica. Teníamos que calentarnos con chimenea de leña”.

Rina y su pareja se casaron, en 1998. En pleno desafío de desarrollar el proyecto,  ella y su marido enfrentaron  el terrible dolor de perder a su primera hija. Fueron tiempos difíciles. De adaptación y de grandes pérdidas personales. Al poco tiempo, llegó la noticia de un segundo embarazo y la alegría del nacimiento de su segunda hija. La iniciativa educativa los mantuvo en Escocia, durante 4 años, hasta que finalizó cuando todos los alumnos se graduaron del nivel equivalente a bachillerato. Al finalizar esa etapa, en noviembre de 2000, se trasladaron a Oxford, ciudad donde vivía la familia de su marido. Su segunda hija tenía 2 años e iba embarazada de una tercera. La niña nació en enero de 2001.

“El sureste de Inglaterra es bastante particular. Londres y Oxford son ciudades muy suyas. Se pueden sentir frías, indiferentes. Pero, curiosamente, ese carácter distante a mí me resultaba bien, pues estaba tan metida en mis cosas, en la crianza de mis hijas, que no quería que nadie me dijera nada. La familia de mi esposo es buena gente, pero no eran abuelos cercanos a las niñas. No jugaban, no compartían. Vivíamos cerquita, con un parque al lado, y ellos estaban poco presentes. Sé que aman a mis hijas, pero son distantes. Tuve que adaptarme a criarlas sólo con mi esposo. Fue más o menos dos años después de mi llegada a Oxford que comencé a relacionarme con más gente. Hice voluntariado, actividades sociales en la comunidad… poco a poco, me fui envolviendo en la dinámica social que conformó mi nueva red”.

Rina reconoce que la verdadera herramienta que le permitió superar todos esos años de adaptación en una cultura considerada “fría y distante” fue la resiliencia desarrollada durante su niñez, en El Salvador: “Mi mamá y yo no tuvimos casa, durante los primeros 8 años de mi vida. Aunque no teníamos donde estar, siempre hubo alguien que nos daba posada por ahi. En esa época, ella estaba mal, mentalmente. Sólo tuvo trabajos de corto plazo y nos teníamos que mover constantemente. Esa fue una gran escuela para mí. Muy dura. Con el tiempo, mejoró mucho, se casó con un profesor y nuestra vida cambió. Me crié como una niña promedio, en Santa Tecla. Mi mamá era la ‘oveja negra’ de la familia y perdió el contacto con sus parientes, durante mucho tiempo. Yo aprendí a vivir así. Esa experiencia me ayudó mucho en mi sobrevivencia y determinó para siempre mi capacidad para adaptarme en circunstancias realmente adversas”.

Esa etapa tuvo otra parte muy positiva. Su padrastro tenía una biblioteca. Y una Rina de 15 años despertó su interés por la lectura, especialmente por los libros de filosofía budista. Aprendió a meditar. Y, según cuenta, esa herramienta también la acompañó en sus momentos de profunda dificultad y soledad, a lo largo de todo su proceso migratorio. “La meditación me mantenía en el presente. Como nunca planifiqué  emigrar, no me puse cadenas. Nunca me dije a mí misma ‘he venido a quedarme’, entonces, mental y emocionalmente, tampoco tenía que irme. El budismo me ayudó a encontrar ese equilibrio y disminuir ese nivel de ansiedad y tristeza que te da cuando estás lejos de tu tierra y de tu gente. Me ayudó a resistir y a fluir”.

Interesada siempre en mantener una alimentación sana, cuando sus hijas estaban en primaria, Rina se involucró en la organización de un grupo de padres y madres de la escuela, con el objetivo de comprar alimentos ecológicos a granel. Como ella tenía experiencia en desarrollo comunitario y en organización social, se involucró de lleno y, poco a poco, el grupo fue creciendo hasta replicar el modelo en otras escuelas de la zona.

Era el año 2006 y así surgía la primera etapa de SESI, una iniciativa que  propone la reutilización de envases, para disminuir la huella ecológica del plástico. La labor de Rina, en todos estos años, ha pasado por un importante aprendizaje autodidacta y por capacitar y sensibilizar a las personas  para crear una conciencia ecológica transformadora, que genere un impacto positivo en la sociedad. En 2013, lanzaron una línea de detergentes ecológicos y el próximo año piensan lanzar un jabón en barra para lavar la ropa y para limpieza doméstica, también ecológico. “El reciclaje es muy bueno, pero no es la solución. Es una industria con un alto nivel de desperdicio en sí misma. Genera una alta contaminación de carbono. Para reciclar plástico se necesita mucha agua. La solución pasa por reutilizar más. Un envase de plástico puede ser reutilizado ¡hasta 100 veces! Debemos aprender a disminuir el consumo de tanto plástico en nuestra vida cotidiana, pues tarda en degradarse 500 años, en promedio. Desde nuestra iniciativa, nos asociamos con comerciantes locales, organizaciones benéficas y una pequeña ONG que construye nuestros dispensadores de recarga o rellenado”.

En esta “revolución del refill” en Oxford, Rina está al frente como manager y su marido se encarga de las finanzas, aunque él también tiene un trabajo a tiempo completo fuera de SESI. Hay 8 personas que trabajan de manera directa, más los socios que, a su vez, venden los productos, los cuales han empezado a distribuirse en tiendas del sur de Inglaterra.

Después de 22 años en una tierra a la que nunca planificó emigrar, la integración de Rina es también una suerte de activismo, de pleno compromiso ciudadano con su entorno. Esas personas “frías y distantes”  se han convertido en su comunidad, en su grupo de gente con el que comparte conocimiento y aprendizaje continuo. Y con el que confía estar creando un impacto positivo que también puede educar y beneficiar a otras generaciones y culturas.

“La educación de mis hijas ha estado basada en todos esos valores desde los que mi esposo y yo hemos construido nuestra vida. Decidimos tomar lo mejor de la cultura salvadoreña y de la inglesa. No ha sido un camino fácil, pero ahora las veo y ellas incluso agradecen el saber alimentarse sanamente. Eso también es cultura.  La mayor es entre vegetariana y vegana y la menor es vegetariana. No les he impuesto nada. Ellas también han sabido decidir. Ahora mi suegra vive con nosotros, pero tiene su propio espacio. Poco a poco, hemos mejorado la relación. Ha sido todo un proceso de humildad para ambas partes. Mis hijas fueron mi motor en tiempos duros. Me ayudaron a salir de mi aislamiento. Por ellas, entendí que debía construir una comunidad en mi nuevo país, para que no se sintieran extranjeras en su propia tierra”, finaliza.