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“Las madres que emigramos pagamos el costo más duro de la separación”

Por: Claudia Zavala

Cuando Delmi Galeano se expresa, desprende alegría y buen humor. De palabra fácil, cercana y dicharachera, es difícil imaginar, a simple vista, que esta salvadoreña de 38 años haya pasado por un verdadero calvario, desde que decidió emigrar hacia España, en el año 2013. “Llegué a Madrid, un 27 de diciembre, a las 2:30 de la tarde. ¡Hacía un frío del demonio! Yo dije: ‘estos españoles ponen el aire acondicionado del aeropuerto bien fuerte’. Pero, cuando salí a la calle, me di cuenta de que ese era realmente el frío que estaba haciendo ¡Padre santo!”.

Licenciada en Derecho por la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA), Delmi trabajaba en su país en una financiera, como gestora de cobros. Cuenta que, luego del nacimiento de su segunda hija, enfermó gravemente de un tumor en el pecho. Y ahí comenzó la debacle económica de la familia: En un año y medio, tuvo que ser operada en tres ocasiones. Aunque, al principio, su madre la ayudaba con los gastos, desde Estados Unidos, los costos iban aumentando tanto que no era posible cubrir todo. Cuando en su trabajo se dieron cuenta de su situación de salud, la despidieron. Un finiquito de 1,300 dólares y la ansiedad por quedarse sin empleo la acompañaron en esos días de verdadera desesperación. De remate, su esposo, abogado de profesión como ella, también se quedó sin trabajo. Luego de agotar todas las opciones laborales posibles y no ver frutos, y de que su madre retornara a El Salvador para ayudarla con los niños, Delmi decidió partir. Unos tíos residentes en Estados Unidos le ayudaron a comprar el boleto de avión. España fue el destino, pues ahí residía su hermano y porque una vecina recientemente había viajado también, para buscar trabajo.

“Pasé un tiempo en que unas ex compañeras del colegio me compraban comida. ¡Fueron como ángeles en mi vida, mis hermanas! Fue duro darme cuenta que, aún teniendo formación profesional y siendo muy trabajadora, no encontré opciones laborales en mi país. Uno no toma esta decisión porque sí. La piensa mucho y se atreve a dar el salto, pensando sólo en el bienestar de sus hijos. Eduardo tenía 12 años y Daniela, 3. Mi mamá me decía ‘hija, no te vayas, sos profesional, te ha costado tanto, ¿qué vas a ir a hacer?’ Yo me sentía fuerte, con ganas de luchar. Pero, por muy mentalizado que venga uno, nada ni nadie te prepara para la oscuridad emocional que estás a punto de vivir”.

Delmi llegó a la casa que su hermano compartía con su pareja. A los dos días, se empadronó y compró un celular. Sin tener ningún tipo de contacto, comenzó la búsqueda de trabajo por internet y en los anuncios de las calles. A los pocos días, consiguió trabajo como empleada interna en La Moraleja, una de las zonas más exclusivas de Madrid. Era una casona de cuatro plantas, en la que vivían una empresaria divorciada, sus padres y sus dos hijos, de 9 y 7 años. Delmi iniciaba sus labores a las 6 am y terminaba a las 10 pm. Tenía sólo media hora para comer y media hora de descanso. Cocinaba, lavaba, planchaba, cambiaba 3 veces por semana toda la ropa de cama, y limpiaba a fondo toda la casa y la piscina. Su permiso de salida iniciaba el sábado al mediodía y concluía domingo por la noche. Cobraba 750 euros al mes y no tenía seguridad social.

“Iba con uniforme de empleada doméstica ¡eso es tan degradante! Te mata la moral como persona, te mina el autoestima. La señora me dijo que era para que no se me arruinara mi ropa. No podía comer con ellos, debía esperar en la cocina, hasta que terminaran. Un día, me tomé una coca cola ¡y ella se puso como una fiera! Luego de seis meses, decidió irse a Suiza y me quedé sin trabajo, de un día para otro”. Al poco tiempo, contactó con otra opción laboral aunque, desde el principio, recibió una marcada advertencia: “esta abuela es ‘telita’, cosa seria, tiene muy mal genio. Pero, si aguantas tres años, te pueden hacer los papeles”, le dijeron.

Motivada por la promesa de legalizar su situación migratoria, Delmi aceptó el trabajo. Esta vez, era en un piso pequeño en el barrio de Móstoles, también en Madrid. La señora “cosa seria” tenía 88 años y vivía con un hijo. Por 850 euros, Delmi debía encargarse de absolutamente todas las labores del hogar y, además, permanecer al cuidado de la anciana: bañarla, cambiarla, darle de comer, estar pendiente de ella por las noches… Además, todas las mañanas, debía acudir a la casa de la otra hija de la señora, que vivía en frente, también para limpiar, lavar y planchar. Todo por el mismo sueldo. Y luego, al mediodía, regresar corriendo a la otra casa, para cocinarle a toda la familia, a la que se sumaban 2 nietos, que se reunía todos los días para almorzar. Su permiso de salida era más acotado aún: sólo los domingos de 9 am hasta las 9 pm.

 “Me acuerdo que lloraba en la casa de la hija de la señora, mientras planchaba. ‘Los papeles, Delmi, los papeles’, me repetía a mí misma para darme ánimos. El trabajo era muy duro físicamente. Comencé a perder mucho peso, unos 4 kilos (8 libras) por semana. La abuela pesaba 80 kilos (unas 175 libras) y medía 1.80 metros. La cargaba para ponerla en la silla de ruedas, en la cama, en el sofá… era extenuante. Además, era un machaque psicológico constante, porque ella siempre estaba quejándose. Me decía que yo no podía hacer nada bien; llegué a pensar que, de verdad, era una inútil. Me estaba consumiendo… Me alentaba saber que estaba juntando dinero para enviarles a mis hijos, que estaban bien con su papá y mi mamá. Pensaba en que podían ir a un buen colegio, tener un buen futuro. Me llegué a hacer un plan en un papel, con los días que me faltaban para cumplir los tres años y que me hicieran el contrato para regularizar mis papeles. ¡Como los presos! Marcaba los días y, ahora que lo pienso, realmente, estaba presa toda la semana y el fin de semana era como mi día de libertad condicional. Ese día de descanso, me iba al centro comercial Xanadú. Me compraba una hamburguesa y me iba a caminar y a caminar, como ida… Hablaba por teléfono con mis hijos y después, a la casa, a volver a comenzar con esa tortura. Nunca le dije nada a mi familia, para no preocuparlos”.

Delmi cuenta que, efectivamente, a los tres años, la señora cumplió con su promesa de hacerle el contrato que necesitaba para regularizar su situación migratoria. Luego de recibir, por fin, su permiso de trabajo y residencia legal, un 19 de septiembre de 2016, la Ley le exigía cotizar a la Seguridad Social, al menos, 3 meses en el mismo lugar de trabajo. Cuando ese tiempo pasó, en diciembre de ese mismo año, Delmi anunció a la familia que se iría: “¡Es una putada lo que nos has hecho, ahora nos dejas!, me dijo la señora. Yo en el fondo me sentí hasta culpable por querer salir de ahí. Es bien raro, pero se llega a desarrollar una especie de ‘síndrome de Estocolmo’, a pesar de cómo te han tratado. Yo llegué a tomarles un gran cariño; me sentía como el pariente pobre de la familia. Nunca olvidaré el día en que, recién llegada a ese trabajo, mi hijo me llamó llorando, pidiéndome que por favor volviera a El Salvador. Yo quedé tan destrozada que no podía parar de llorar. La abuela me vio, me sentó y me dijo: ‘Yo tengo un hijo muerto al que no volveré a ver jamás. Tú podrás ver a tu hijo dentro de tres años, así que no llores más’. Creo que, a su manera, toda tosca, intentó darme ánimos y me ayudó a seguir adelante”.

Con mayor experiencia sobre cómo era la vida en España, las condiciones de negociación en el trabajo como empleada interna y más “liberada” por tener sus papeles migratorios en regla, Delmi consiguió un empleo, en la zona de Atocha, frente al Parque del Retiro de Madrid. Se trataba de una familia de cuatro miembros, ella era psicóloga, él empresario y tenían dos niños de 15 y 12 años, respectivamente. Eran económicamente acomodados y con un trato mucho más respetuoso, educado y considerado hacia ella.

El año 2017 pintó con mejores colores para Delmi. Después de varios años sin verse, una de sus mejores amigas y ex compañera de colegio, Ana Martha, una salvadoreña residente en Islandia, estaba de visita en Madrid y pudieron verse y recordar viejos tiempos. La invitó a viajar a la isla y la ayudó económicamente para que pudiera pagarse el boleto de avión. Después de 4 años de trabajo agotador, en julio de 2017, pudo tomarse unas vacaciones de verdadero descanso. Reencontrarse con su amiga la ayudó, poco a poco, a reconectar con la Delmi de siempre. Desde Islandia, Ana Martha la contactó con Pili, una amiga residente en Barcelona, quien, a su vez, la conectó con Carolina Elías, otra salvadoreña residente en Madrid, que es presidenta de la Asociación Servicio Doméstico Activo (SEDOAC). Desde ese espacio, Carolina, abogada de profesión y que también ha vivido la experiencia de ser empleada doméstica en Madrid, reivindica junto a su equipo los derechos de las empleadas de hogar y las ayuda a empoderarse y a tejer redes de apoyo entre ellas. Carolina, además, trabaja en el Centro de Empoderamiento de Trabajadoras del Hogar y Cuidados (CETHYC), el primer centro de Madrid que  realiza diversas actividades de formación, entre otras, para mujeres que se dedican al empleo doméstico, ubicado en el distrito de Usera. Según Delmi, contactar con esta red de mujeres ha significado un antes y un después en su proceso migratorio.

“Comencé a acudir los fines de semana a las actividades que hacían. Cuando vi a Carolina le dije: ‘¡heyyyy, sos guanaca! Me ha ayudado tanto esa mujer. Yo antes dibujaba y hacía muchas manualidades. En El Salvador, trabajé dando clases de pintura, de hacer piñatas y bisutería, para rebuscarme un dinerito extra. Después de tantos años, me animé a hacer la pancarta del CETHYC, para la marcha del 8 de marzo, en la que se reivindican los derechos de la empleada de hogar también. Plasmé los colores y la estética de nuestro país, me inspiré en paisajes de Ataco y Chalatenango. ¡A la gente le gustó mucho, yo no lo podía creer! También pinté una manta para la marcha contra el racismo ¡me la pagaron y todo!”.

La bocanada de aire que significó su nueva red de apoyo en Madrid fue una buena experiencia, pero lo mejor estaba por venir. En noviembre de 2018, Delmi, por fin, pudo regresar a El Salvador para ver a su familia y acompañar a su hijo mayor en su ceremonia de graduación de bachiller. “Cuando llegué al aeropuerto, mis hijos no me reconocían. En todo este tiempo, he bajado 30 kilos (unas 65 libras) y estoy visiblemente cambiada. Miraban a su papá, como confundidos… ‘¡es tu nana!’, les dijo él. Y nos fundimos en un abrazo que todavía estoy sintiendo. Tenía ganas de apretarlos tanto, de tenerlos siempre conmigo y no volver a desprenderme de ellos. De meterlos en mi vientre, otra vez, para que estén siempre conmigo, donde sea que yo esté… ‘¡Qué chele estás, mamá!”, me dijo mi hijo. Y me dieron un tarrito con una jícama con limón y alguashte que yo les había pedido. ¡Soñaba con esa jícama!”.

Delmi reconoce que el sueño largamente anhelado de reunirse con sus hijos chocó con la dura realidad que marcan el tiempo transcurrido y los años vividos separados. Sus hijos habían crecido, habían vivido cosas y construido un día a día en el que ella no había estado físicamente, aunque su mente y su corazón, a ocho mil kilómetros de distancia, no hacían más que visualizarlos y amarlos con total intensidad.

“Estoy agradecida por el trabajo que ha hecho su padre con ellos, es un hombre amoroso y entregado. Pero la presencia de una madre es tan importante para los hijos. Sentí que sigo siendo parte de la familia, pero no de la misma manera. Yo les decía alguna cosa y volvían a ver a su papá primero, buscando su aprobación, para después hacerlo. No fluía nada igual… Tu espacio está ahora por el teléfono, por Whatsapp, pero tu presencia física es como si no cupiera ya en tu propia casa. Es desgarrador… Te vas para luchar por ellos pero, en esa lucha, algo se pierde. Junto a los hijos, las madres que emigramos pagamos el costo más duro de la separación. Volví otra vez a España, porque no encontré ningún trabajo en mi país. Todavía me acuerdo del letrero que dice “El Salvador impresionante” y de lo mucho que lloré en ese vuelo, al separarme de mis hijos, otra vez. Dejé mi trabajo como empleada doméstica, en abril de 2018, después de un día que me dio un ataque de ansiedad en el baño. Pasé varias horas tirada en el suelo. Ahí supe que tenía que poner un límite. El trabajo como interna me ha dejado secuelas, porque me he vuelto asmática, por los productos de limpieza que usaba, me han dicho que tengo un fuerte desgaste en las membranas de los pulmones. Ahora trabajo como camarera en una cafetería. He intentado encontrar empleo como asistente, secretaria, ayudante en bufete porque, aunque no tenga el título homologado, soy abogada y tengo conocimientos. Pero hasta ahora no he podido. Aún así, el cambio de trabajo y ampliar mis redes con otras mujeres ha significado una gran transformación en mi vida, en mi ánimo, en mi proyecto de vida. Sigo pensando en dar lo mejor para mis hijos. Eduardo empezará a estudiar Comercio Internacional y Daniela ha pasado a quinto grado. Todavía me estoy reconstruyendo. Aún me cuesta relacionarme socialmente, pero voy avanzando.  Me gustaría dar clases de pintura a otras mujeres y que el arte les ayude a sacar todo lo que llevan dentro. ¡Aguantamos tanto nosotras! Desde mi experiencia me gustaría decirle a alguna mujer que esté ahora en esa oscuridad ‘se puede, vieja, se puede, vas a salir adelante’”, finaliza.

Foto mural: David Sabadell / El Salto

“Centré mi proyecto migratorio en el trabajo y enfermé”

Por: Claudia Zavala

Claudia Reina da un sorbo a su café y rememora los primeros años fuera de su país: “Emigré en 2006. Llegué a Valencia, España, para hacer un máster en Planificación Estratégica de Desarrollo Local. Me gradué de Relaciones Internacionales de la Universidad de El Salvador y ahí trabajaba en una empresa de importación-exportación. Aunque no me iba mal, lo que ganaba era muy poco para realmente dar un salto en mi vida; además, quería aprender, crecer y viajar, por lo que una beca de estudios fue la palanca inicial para conseguirlo”.

De vivir con su abuela en su país natal, Claudia llegó a España, para incorporarse a la rutina de un Colegio Mayor, un espacio que formaba parte de un proyecto social y académico donde convivían estudiantes de distintos países en vías de desarrollo. Fue ahí donde comenzó su primera fase de integración, conociendo y respetando nuevas religiones, costumbres, tradiciones y pautas alimentarias que hasta entonces le habían sido ajenas. “Habíamos estudiantes latinoamericanos, africanos, árabes… Fue enriquecedor y chocante, a la vez. Fue el entorno donde tuve mis primeros desacuerdos. Soy una persona que dice lo que piensa y siempre he sido muy independiente. Aunque la mayoría teníamos intenciones de construir una buena convivencia, era inevitable que surgieran situaciones de conflicto, como actitudes machistas, de hombres y mujeres, propias de nuestros países de origen. Te das cuenta que, incluso en Europa, donde se supone que todo es ‘más avanzado’, estas situaciones pasan. También me impresionaron las diferencias entre nuestro castellano y el que se habla en España. De plano, a veces, no entendía nada, y ellos a mí tampoco. Por ejemplo, en un mercadillo, si pedía un par de ‘calcetines café’, me decían ¿quéee?, porque te entienden mejor si dices ‘medias marrón’. En la universidad, los profesores, a veces, tampoco me entendían. Te frustra un poco, pero es así. Tuve que cambiar el ‘chip’ para avanzar”.

Claudia completó esa primera etapa de formación académica, especializándose en Cooperación Internacional y colaborando en Oxfam Intermón, una de las ONG más potentes y reconocidas en su ámbito. Sin embargo, ella reconoce que, mientras se está en el entorno académico que permite una beca, prácticamente, se vive en una especie de “burbuja”, donde se tiene garantizado el techo, la comida y los gastos básicos. Admite que su verdadero proceso migratorio inicio cuando esa fase finalizó y, decidida a ampliar su estancia en España, empezó a buscar trabajo. Su facilidad de palabra y carácter extrovertido le ayudaron a contactar con diversas opciones que le abrían pequeñas vías para transitar hacia el mercado laboral español. Mientras estudiaba, comenzó a trabajar por horas, impartiendo clases extraescolares de inglés, teatro y música a niños, aprovechando sus años de experiencia como soprano lírica en un coro en El Salvador. También las prácticas que realizaba en la ONG le permitieron consolidar, poco a poco, una red social de potenciales contactos para trabajar.

“Estuve más de 4 años haciendo de todo, intentando regularizar mi situación migratoria y cambiar mi estatus de estudiante. Cada actividad en la que me implicaba era una esperanza para el anhelado contrato. Pero, cuando eres profesional en etapa de especialización, te involucras en cosas que se acoplan a tu formación, pero que no te aportan nada económicamente. También corres el riesgo de que las instituciones se ‘aprovechen’ de alguna manera, porque saben que te gusta lo que haces y, sí, te lo reconocen y te dan la palmadita en la espalda, pero de hablar de dinero o contrato, nada. Y pasas mucho tiempo en ese círculo vicioso, porque salirte de ahí implica irte al mundo laboral más precario. Y no has estudiado durante tantos años para caer en eso. O al menos eso quieres pensar”.

El dominio lingüístico de Claudia del inglés y francés y sus conocimientos de alemán, árabe y chino – acudía siempre a la Escuela Oficial de Idiomas de Valencia para seguir avanzando en su aprendizaje- hizo que una persona conocida la recomendara para un trabajo como asistente de un reconocido diseñador de interiores que trasladaba su estudio artístico desde Londres a Valencia, en el año 2012. Su conocimiento del funcionamiento de las instituciones locales y su capacidad para resolver problemas también fueron clave para que, por fin, consiguiera ser contratada de manera formal.

“Les ayudé a gestionar desde los trámites para instalar su empresa en la ciudad, abrir la oficina, resolver el tema de la mudanza y todo lo que tiene que ver con nuevas rutinas al aterrizar en un país. Al poco tiempo de llegar, la esposa de mi jefe se quedó embarazada de su primer hijo. Y al año, tuvo al segundo. Aparte del trabajo administrativo, también asumí el papel de niñera: me tocaba madrugar para salir a las 6:30 am, llegar a su casa a levantarlos, darles desayuno, llevarlos al colegio. Luego, iba a la oficina, a contestar correspondencia, estructurar proyectos con el resto del equipo y hacer mandados. Luego, recogía a los niños, los llevaba a sus clases extraescolares, les ayudaba a hacer tareas, les daba cena y los dejaba listos para dormir. Si estaban enfermos, era yo la encargada de llevarlos al médico. Ellos vivían en las afueras de la ciudad y, a veces, salía súper noche en el tren hacia mi casa. Cuando terminaba algo temprano, procuraba ir a la Escuela de Idiomas. Me dormía en clase… pero era mi manera de sentir que seguía cultivando mi mente y que, de alguna manera, todo eso tendría sentido para mí en el futuro. Al día siguiente, otra vez, a madrugar, y a seguir con esa misma rutina demoledora. Mi gran objetivo era poder cotizar, al menos dos años en la Seguridad Social, para poder tener mis papeles y seguir enviando remesas a mi país, para ayudar a mi mamá, abuela y hermano”.

El objetivo migratorio de Claudia se fue cumpliendo, a punta de un intenso esfuerzo físico y dedicación mental y emocional. Cuando tenía ya sus primeros requisitos legales cumplidos, pudo aplicar a la nacionalidad española, lo cual le permitiría olvidarse por completo de todos los años de incertidumbre, colas y trámites que había pasado. Pero el ritmo tan exigente de trabajo hizo mella en su salud física y psicológica. “Un día, hace 4 años, mi espalda hizo ‘crack’. Y ahí empezó una etapa de permanentes dolores agudos que comencé a controlar a base de analgésicos. La misma rutina que llevaba hizo que me aislara de la gente que conocía, no tenía vida social ni energía para planear nada. Dejé de ir a clases, al coro, a yoga, a correr. Sólo esperaba el fin de semana para dormir e intentar reponerme, para aguantar la semana siguiente. Estaba joven, pero tenía achaques de persona mayor.  Había días que no podía levantarme, por mi terrible dolor en la ciática. De remate, mi relación familiar, en medio de todo este proceso, tampoco ha sido muy buena. Es frustrante ver que mandas y mandas dinero y las deudas siguen ahí. Ellos tienen otra visión de mundo y cuesta que nos entendamos. Te preocupas por brindar seguridad a tu familia en un país como El Salvador y eso implica invertir en un lugar más seguro para vivir. Me puse una mochila de responsabilidades yo sola y me dejé siempre en segundo plano”.

Luego de juramentar como ciudadana española, en 2018, y con sus problemas de salud agudizados, Claudia comprendió que, después de tantos años de lucha sin descanso, era el momento de poner límites y replantearse su futuro. “Entendí que, muchas veces, tu proyecto de vida pasa por consolidar tu trabajo y, por tanto, durante mucho tiempo, tu trabajo se convierte en tu único proyecto de vida. Es una forma de enfrentar el proceso migratorio, pero también es una trampa, porque llega un momento en que sientes que has desperdiciado tu vida. Todavía sigo recuperándome de esa etapa tan dura. Estoy orgullosa de todo lo que he conseguido sola. Yo aguanté en un trabajo lo que muchas mujeres le aguantan a un marido. Si he tenido pareja en algún momento, ha sido porque he querido. Y también me he separado cuando he querido. Pero, ahora que miro hacia atrás, reconozco que ha sido muy difícil”.

Poner límites ha significado replantear su situación laboral, sus horarios y su sueldo. En este tiempo, también ha intentado viajar y seguir conociendo culturas, una de sus grandes pasiones. Países como Noruega, Francia, Canadá y Alemania han sido algunos de sus destinos. Luego del reciente divorcio de su jefe de la madre de sus hijos, Claudia se desvinculó del cuidado de los niños y ahora está enfocada sólo en la parte administrativa de la oficina. “Eso también fue duro, porque siento un cariño profundo hacia ellos. Yo los he criado, prácticamente, desde que nacieron. Pero tengo que transformar mi tendencia a ser la ‘salvadora’ de todos y defensora de las causas perdidas y debo cuidarme también yo. Mi jefe lo ha entendido, es una buena persona. Quiero pensar que esta situación se dio por falta de límites de ambas partes”.

Con 41 años, y en plena fase de recuperación emocional y física, reconectar con la esencia de aquella joven que salió hace 13 años de El Salvador, llena de sueños y objetivos profesionales, la impulsa a dibujarse nuevos escenarios. Ya ha recibido la propuesta de participar en un nuevo proyecto laboral y no descarta ampliar su búsqueda hacia el resto de Europa. “Sigo teniendo esa sed de conocer otras culturas. Siempre me he preguntado por qué unas personas son más propensas a confiar y a avanzar en la vida. ¿Qué es lo que les aporta esas herramientas para salir adelante? Una de las cosas tristes que veo de nuestro país es la mentalidad de escasez y pobreza que tenemos. Sólo pensamos en consumir. Pero también reconozco que venir de donde vengo es lo que me ha permitido resistir y salir a flote sola. Y, aunque sienta que, esté donde esté, voy a ser una persona ‘incómoda’ por mi manera de ser, porque no me callo nada, me sigue impulsando aspirar a una calidad de vida, como mujer digna y respetada, y seguir pudiendo ayudar a la gente que quiero; eso sí, teniendo mi bienestar por encima de todo. He aprendido la lección”, finaliza.

 

 

“Alemania me ha dado otras opciones y ha abierto mi mente”

Por: Claudia Zavala

Carolina Molina de Hernández cuenta su historia, desde Frankfurt, Alemania. Con 38 años de edad, esta abogada salvadoreña comparte los detalles de su proceso migratorio que, según comenta, se consolidó por la situación laboral de su marido. “Mi esposo, René, trabajaba en una empresa alemana en El Salvador, y viajaba a ese país y a Europa, en general, con frecuencia. Desde que conoció Frankfurt se enamoró de la ciudad y me dijo que algún día viviríamos ahí. Yo le decía que sí, pero nunca imaginé que todo se fuese a dar de una manera tan fluida, en tan poco tiempo”, explica.

Los méritos académicos y laborales de Carolina la habían consolidado como notaria y registradora de la propiedad en el Centro Nacional de Registros, consiguiendo una destacada situación profesional en su país. En 2013, se convirtió en madre de su único hijo. Y, según cuenta, aunque estaba muy contenta con su empleo que, además, le brindaba guardería a su hijo en su mismo centro de trabajo, anhelaba ser madre a tiempo completo y dedicarse más a su vida familiar. “Llevaba una rutina bastante ajetreada entre el trabajo y la casa. René viajaba mucho; a veces, pasábamos hasta 3 meses mi bebé y yo solos. Una vez me dio chikungunya y, a la vez, a mi niño le dio una infección. Fue caótico… Quería experimentar otro ritmo de vida, abrirme a otras posibilidades”.

En 2014, surgió una oportunidad para su marido de conseguir una plaza en Frankfurt. Aunque la idea seguía pareciendo remota, el matrimonio se preparó ante un eventual cambio, en caso de que René fuese aceptado. El proceso de selección y contratación no fue fácil y se alargó durante casi un año. Pero, finalmente, la plaza le fue asignada. Así, en julio de 2015, René viajó a Frankfurt para incorporarse a su trabajo y empezar el proceso de búsqueda de casa e instalar a su familia.

“Nosotros somos creyentes y, desde el principio, vimos la mano de Dios en todo el proceso. Frankfurt es una ciudad sumamente cosmopolita y demandada; encontrar vivienda aquí es súper difícil. Se conocen casos de gente que tarda de 6 meses a 2 años en conseguir algo. Los alquileres son caros, en promedio de 1,100 a 1,500 euros. Contra todo pronóstico, René encontró casa, en menos de 2 meses, a kilómetro y medio de su trabajo y a 80 metros de la escuela de mi hijo, en una calle comercial muy importante, a pocos minutos del centro. Por mi parte, en El Salvador, vendí nuestra casa, carro y renuncié en mi trabajo, el 20 de noviembre de 2015. Todo se dio sin problemas”.

Con la buena fortuna dándoles la bienvenida, madre e hijo aterrizaron en Frankfurt, el 14 de diciembre de 2015. Aunque llegaron en pleno invierno alemán, Carolina asegura que lo sobrellevaron muy bien, pues René se había encargado de comprarles la ropa adecuada y tenía resueltas diversas cuestiones prácticas como dónde ir a comprar, cómo transportarse, y dónde estaba ubicado lo más importante en la ciudad, lo que ayudó a que los primeros días de la familia se fueran acomodando de manera tranquila y ordenada.

“Llegamos a pocos días de que mi hijo cumpliera 2 años y de la Navidad. Fueron nuestras primeras fechas importantes estando solos. Yo soy muy unida a mi mamá y a mis hermanas, no fue fácil ese momento, pero cuando estás en esta situación uno se inventa lo que puede, saca ánimos de donde sea, porque si no, nunca avanzas ni te abres a tu nuevo entorno”.

Y en ese “inventar lo que uno puede”, Carolina decidió en esa primera Navidad hacer algo que nunca imaginó que formaría parte de su nueva vida: cocinar pupusas.  “Me dieron ganas de comer pupusas en la cena navideña y le pregunté a mi mamá cómo hacerlas, porque quería hacerlas variadas y que me quedaran buenas. Para mi sorpresa, me quedaron muy ricas, tomando en cuenta que, en El Salvador yo no cocinaba. Poco a poco, fui invitando a algunos salvadoreños y extranjeros que conocimos para que las probaran. ¿Por qué no las vendes?, me decían”.

Dicho y hecho. Luego de la primera venta oficial que le hiciera una amiga para el festejo de cumpleaños de su hija, a los pocos meses, las pupusas de Carolina empezaron a conocerse, y fue haciéndose de una pequeña clientela salvadoreña, alemana y de otros países que ahora reciben su encomienda gastronómica por correo, todas las semanas. Sus envíos abarcan desde ciudades como Berlín hasta Friburgo. “Las preparo domingo en la tarde. Por recomendación de mi mamá, las dejo enfriar de manera natural toda esa noche. El lunes, tempranito, las empaco y las pongo en el correo, que aquí funciona muy bien. Llegan el martes, máximo miércoles. Las envuelvo en papel de aluminio, separadas cada una, y llegan perfectas, con su curtido y salsa. Me apasiona, me alegra muchísimo cuando me dicen ‘recibí sus pupusas ¡están ricas y las he compartido! Una alemana que vivió en El Salvador me dio las gracias, emocionada, porque me dijo que ya sus hijas, al menos, conocen algo de mi país. Parece una tontería, pero para mí eso es muy importante”.

Paralelo a su emprendimiento en la cocina, Carolina se enfocó en el aprendizaje del idioma alemán, del que reconoce tener ya buenos fundamentos para comunicarse y desenvolverse diariamente, pero aún le falta mucho para tener un buen dominio. Contar con la “tarjeta azul” de su marido, asignada a los profesionales calificados, como base del estatus migratorio de la familia, les permite residir, tener derecho a cobertura sanitaria y circular libremente en toda Europa. “Este año, a René le han dado la tarjeta permanente. La verdad es que, en Alemania, es prácticamente imposible vivir ilegal. Hay que estar inscrito en la alcaldía; si no, no se puede alquilar ni hacer nada. Yo aún no he trabajado oficialmente en este país. Para pedir mi tarjeta, tengo que residir primero 5 años, aunque puedo salir y entrar sin problemas en ese tiempo”.

Carolina destaca las bondades del sistema alemán para las familias con hijos, sobre todo, para las madres que han dado a luz y que nunca han trabajado, a las que el Estado les asigna 300 euros de ayuda mensual. En caso de ser trabajadoras, reciben el 70% de su salario y tienen derecho a un año de baja maternal, para que puedan quedarse con el bebé en casa. Al respecto, es cuidadosa pero muy enfática al reconocer que hay personas refugiadas e inmigrantes que se aprovechan de esas prestaciones, lo que genera la molestia de la población autóctona, despertando sentimientos que pueden considerarse “discriminatorios” y “anti inmigrantes”, desde su punto de vista.

“Aunque, en general, no se percibe racismo o discriminación, sí hay gente racista en este país, sobre todo en los pueblos donde hay muchos adultos mayores. No sucede tanto en ciudades tan diversas como Frankfurt, donde el 51% de su población es de origen extranjero. Pero también entiendo que algunas personas que abusan del Estado alemán contribuyan a generar actitudes en contra, porque no está bien sólo venir para aprovecharse del sistema. Y por unos, lastimosamente, pagamos todos. Yo sólo he experimentado una situación incómoda cuando estaba recién llegada, que no entendía nada de alemán: Un cajero del supermercado se molestaba mucho conmigo, tenía una mala actitud siempre, era bien malcriado, y yo realmente me sentía discriminada. Ahora, con el tiempo, que ya entiendo mejor todo, me he dado cuenta de que el problema lo tiene él, no es nada personal conmigo”.

Parte de su integración social y la generación de nuevas redes de contacto ha pasado, necesariamente, por su vinculación en la Iglesia Cristiana Latinoamericana en Frankfurt, en la que el matrimonio participa activamente. Carolina es profesora en una clase de Biblia para niños y en una clase de Academia Bíblica para adultos, en las que pone en práctica el Diplomado en Teología que también cursó en El Salvador. Además, es líder del grupo de enseñanza para mujeres de todas las edades. Por su parte, René trabaja en la enseñanza y consejería de adolescentes y, además, colabora en una obra social con indigentes y drogadictos, cerca de la estación central de la ciudad.

En cuanto a la educación y crianza de su hijo, ella comenta que ha ido conociendo, poco a poco, el sistema alemán, en el que la escuela es obligatoria a partir de los 6 años. Su hijo pudo incorporarse al kindergarten, que cubre la etapa de los 3 a 6 años, y ahí empezó su inmersión en la cultura e idioma alemán. En septiembre del próximo año, empezará la escuela obligatoria, pero, por ser alumno de origen extranjero, el Estado le provee un curso de nivelación del idioma un año antes, para que ingrese en igualdad de condiciones con los demás niños. Ya conoce su escuela y los profesores que tendrá. “A mi hijo, afortunadamente, se le ha facilitado mucho el idioma. Entró un mes de noviembre al kínder y, tres meses después, ya entendía y contestaba en alemán. Debo decir que fuimos bien recibidos en la escuela. Casi siempre había gente que hablaba inglés y, si no, nos hablaban en alemán muy despacio y sencillo todo para que les entendiéramos”.

Desde su punto de vista, el estereotipo generalizado de que los alemanes son personas “frías y distantes” se evidencia en la manera en la que suelen educar a sus hijos. “Es su manera de ver la vida. Hay una tendencia fuerte a que los niños resuelvan sus propios problemas. Por ejemplo, en el parque, si ves niños peleando, no intervienen, piensan que ‘es cosa de niños’ y ahí los dejan. Yo pienso que los niños necesitan orientación, establecerles límites, decirles qué está bien y qué no. Yo sí estoy muy presente con mi hijo. Pero no sólo lo veo con los alemanes; también hay gente originaria de otros países que tampoco interviene en los conflictos de sus hijos, pero por otros motivos, quizá por desentendimiento o porque tienen otro tipo de carencias familiares. El tema de la crianza en un contexto intercultural es particular, porque debes de tener bien claro cuáles son tus valores para ponerlos realmente en práctica y no dejarte llevar por el entorno”.

El deseo de seguir conectada con sus raíces la llevó a apoyar la creación del grupo de Facebook “Mamás salvadoreñas en el mundo”, que ya tiene más de 3,200 miembros, todas mujeres salvadoreñas que residen en diversos países del mundo y que comparten la red para apoyarse en temas legales, migratorios, sociales, lingüísticos y crianza de los hijos. “Es un espacio muy bonito que ha ido creciendo con el tiempo. Lo creó Margarita Lara, una salvadoreña que vive en Budapest, con la que he establecido un lazo de amistad muy fuerte. Nos hemos visitado aquí en Europa e incluso hemos coincidido en El Salvador con nuestras respectivas familias. Cuando la abracé por primera vez, sentí que ya la conocía. Estamos creando relaciones de apoyo entre todas y eso es muy positivo”.

Carolina tiene claro que el futuro de su familia se establecerá en Alemania, aunque no descartan retornar a su país de origen en una etapa más avanzada de la vida. En breve, según comenta, viajarán, nuevamente, para estar una temporada con su familia y amigos salvadoreños. “Estamos contando los días. Aunque hablo con mi mamá hasta 3 veces al día, no es igual que estar ahí. Creo que soy muy afortunada por tener la oportunidad de visitar a mi gente, hay muchas personas que no pueden hacerlo, por su situación migratoria. Soy consciente de que este proceso de emigrar, aún con lo complicado que es, para nosotros ha sido fluido y próspero. Eso sí, para mí ha significado un gran reto personal. Ya ves, yo soy abogada, notaria y registradora de la propiedad. Aquí en Alemania, hago pupusas, piñatas, gorros de lana, lo que vaya surgiendo… yo me pongo videos de YouTube y aprendo. Soy una persona curiosa y creo que eso me ha ayudado mucho a abrirme e integrarme en este país. En El Salvador, si uno no tiene carrera, no es alguien. La escala social pasa por ser profesional universitario. Tenemos prejuicios negativos si te dedicas a cosas que no son parte de tu carrera. Yo le doy las gracias a mi familia, porque siempre me impulsaron a estudiar y me apoyaron. Pero aquí es distinto. Alemania me ha abierto otras opciones laborales y he abierto mi mente. A mi hijo le gusta la cocina. Si él quiere ser cocinero, sé que se podrá ganar la vida dignamente, sin necesidad de ser abogado o médico. Estoy cumpliendo mi deseo de estar presente en su desarrollo y en ayudarle a construir su identidad como persona. Él está muy orgulloso de ser salvadoreño, ¡a todo mundo le dice que habla español! Creo que será una gran herramienta para su vida, junto a su profundo aprendizaje y experiencia de la cultura alemana. Más adelante, me gustaría especializarme en algo relativo a Derechos Humanos y Género. De momento, estoy contenta con lo que vamos creando. Poder gestionar mi tiempo como quiero y seguir aprendiendo es realmente un lujo para mí y voy a aprovecharlo al máximo”, finaliza.

 

 

 

“Como inmigrantes, debemos pensar en toda nuestra comunidad”

Por: Claudia Zavala

Yazmín Ramírez Portillo cuenta su historia, desde Maryland, Estados Unidos, donde reside, desde hace 3 años. Ella cuenta que la idea de emigrar de su natal El Salvador llegó después de varios meses de reflexión y de verdadera angustia. Una angustia y preocupación provocadas a raíz de unas amenazas que estaba recibiendo en su lugar de trabajo, en una casa de remesas y envío de dinero. “Yo trabajaba en el Área de Cumplimiento Legal. Tenía acceso a información confidencial de todos los envíos… datos personales, números de documentos, de PIN, cantidades de dinero, todo. Empecé a recibir llamadas en las que me pedían que hiciera ciertos ‘cambios’ en algunos envíos. Yo me mantuve firme, durante varios meses, resistiéndome a hacerlo. Me decían que si no lo hacía, tenía que pagarles a las maras de la colonia en la que vivía. Nunca lo comenté en la empresa, porque era evidente que tenían demasiada información sobre el funcionamiento de mi trabajo y sobre mí. Siempre he pensando que las personas estaban ahí dentro, o tenían un contacto directo. También me decían que, si denunciaba, mi familia iba a pagar las consecuencias. Sabían dónde vivía, mis horarios, todo. Me sentía vigilada y sin poder pedir ayuda, era frustrante. Me negué por mucho tiempo, hasta que la presión fue demasiado fuerte y accedí a pagar unos mil dólares. Como me pedían más dinero, tuve que pedirle a mi mamá que me ayudara. Así fue como ella se dio cuenta de todo”.

A Yazmín le preocupaba especialmente el impacto emocional de la noticia en su mamá, pues la señora acababa de ser tratada de un cáncer de pecho y aún estaba débil. Ante semejante peligro, empezó a surgir la idea de emigrar a Estados Unidos, a casa de una tía materna, pues se sentían en un verdadero callejón sin salida. Además, un segundo motivo, más intenso aún, surgió en esas semanas: Yazmín estaba embarazada. “Acordé con el padre de mi hijo que lo mejor era que yo emigrara, para estar seguros y tranquilos, y aspirar a una vida distinta también para el niño. La idea era que él nos alcanzaría más adelante. Pero le denegaron la visa. Y, tristemente, nuestra relación comenzó a distanciarse, poco a poco. Tuve que enfrentarlo todo sola”.

Enfrentarlo todo sola significó despedirse de su madre en un momento en el que se necesitaban muchísimo, y aterrizar en Washington, en abril de 2016, con 6 meses de embarazo. Su única experiencia previa en Estados Unidos había sido en los entrenamientos puntuales que recibía de su empresa, en el estado de California, donde estaba la sede central. Licenciada en Mercadeo y Publicidad, de un día para otro, Yazmín se vio sin expectativas laborales, con el único proyecto de dar a luz a su hijo, lo cual, en semejante contexto, no dejaba de ser también una verdadera incertidumbre: “Aunque por mi situación, cuando llegué, solicité asilo, me asustaba la idea de no ser residente legal. Uno escucha tantas cosas del sistema sanitario estadounidense, no sabía cómo y dónde iba a parir. Mi tía ha sido un verdadero ángel para mí, desde el primer momento. Ella me compró el boleto de avión y me recibió con los brazos abiertos. Averiguó todo lo que había que hacer y consiguió que tuviera todo lo necesario para ese momento. Me dijo que tendría casa y comida siempre, que estaría segura y protegida”.

Según recuerda, la primera impresión que tuvo en las calles de Maryland fue bonita, tomando en cuenta que era primavera. Las flores, los árboles, los colores… le pareció un lugar agradable y acogedor para vivir.  Y, aunque tenía una base importante de inglés, señala que le costaba muchísimo entender el acento de sus nuevos vecinos. “En Maryland hay muchos latinos y en el área de mi tía hay muchos afroamericanos. He tenido experiencias negativas, por el idioma. He sentido que me ven de menos. Les pregunto algo en inglés, que sé que está bien dicho, y me dicen ‘no hablo español’ y se dan la vuelta, sólo porque escuchan mi acento. Es feo… Hay otra gente que trata la manera de ayudarte, pero es poca, quizá porque tienen conocidos latinos, pero no son todos. También hay latinos que no quieren hablarte en español, viendo que eres latino. Es absurdo, pero es así”.

Mientras esperaba la fecha de dar a luz, al poco tiempo de su llegada, Yazmín supo de varias recaídas de salud de su madre, hasta que, un día, ella se sinceró y le confesó una noticia devastadora: el cáncer había vuelto, ésta vez, en el páncreas. “Le pregunté por qué no me lo había dicho cuando estaba en El Salvador. Me lo ocultó por mi embarazo y para que yo pudiera viajar, sin preocuparme más de la cuenta. Recuerdo que no me dejaba ver los exámenes que le hacían, me daba cualquier excusa para evitarlo… ‘son muchos papeles’, me decía”.

En medio de la preocupación por la salud de su madre, Yazmín dio a luz a su hijo Adrián, el 19 de julio de 2016. “Me tuvieron que hacer cesárea. Fue un balde de agua fría para mí, no estaba preparada para eso. Me puse muy nerviosa. Mi bebé tenía el cordón enrollado en el cuello, estaba como ahogándose, pero lloraba… Fue duro estar sin mi mamá y sin mi compañero. Recuerdo que lloraba todas las noches. Me sentía triste y frustrada. No entendía cómo mi vida había llegado a ese punto de estar sola en un país que no era el mío. Además, no me subía la leche y mi hijo lloraba mucho. Un día, llegó una amiga de mi tía con una sopita de pollo que yo digo que fue ‘milagrosa’. Me la tomé y zas, ¡me salió la leche! En esos días tan terribles, nuevamente, mi tía fue mi gran apoyo. Sin ella no sé qué hubiera hecho”.

El difícil proceso de radioterapia y quimioterapia que estaba atravesando no fue obstáculo para que su madre luchara e hiciera todo lo posible para recuperarse y poder viajar a Estados Unidos y ver a su única hija y primer nieto. Con la ayuda de la empresa en la que trabajaba como costurera, tramitó la visa, y sus jefes le regalaron el boleto de avión. La idea era estar tres meses con su hija y su nieto, en Maryland, y luego volver a El Salvador, para continuar con el tratamiento médico y seguir trabajando, pues quería jubilarse en la misma empresa. Y así sucedió. Por fin, madre, hija y nieto se abrazaron, en octubre de 2016.

“Me impactó verla. Estaba demasiado delgada, pesaba unas 90 libras (41 kg). Ella siempre fue fuerte, alegre, muy positiva y decidida. Andaba en moto y tenía mucha energía. Verla tan consumida me partió el corazón. Estaba feliz con su nieto, pero esa enfermedad es terrible. A la semana de estar con nosotros, empezó a sufrir dolores muy fuertes en la espalda y tuvimos que llevarla al hospital. Luego de 15 días hospitalizada, los médicos dijeron que mejor la lleváramos a casa y que ahí le darían cuidados paliativos, pues el cáncer ya estaba en etapa 4. El dolor de la espalda era otro cáncer que estaba en el hueso y no la podían tocar. No sabemos si ella sabía realmente de su gravedad y nunca nos quiso decir. En esos días, me decía: ‘hija, me voy a poner bien, para ayudarte con el niño y que puedas ir a trabajar. Vamos a estar todos juntos, esto ya va a pasar. Yo me voy a levantar de esta cama’. Aunque la veía muy mal, en mis fantasías, yo le creía”, recuerda.

Una semana después, el 10 de noviembre de 2016, murió. Tenía 53 años. Yazmín quedó devastada. Una mujer, también salvadoreña, que se ha convertido ahora en su comadre, y otra tía que había llegado desde California se encargaron en esos días de su hijo. Según cuenta, el profundo duelo y la suma de emociones vividas en tan poco tiempo la hizo sumergirse en una depresión. “Pasé semanas enteras en las que sólo lloraba. Mi bebé sufrió mi ausencia, no podía estar al 100 por ciento con él. Me invadía la tristeza, dejé de darle pecho…  También pasó que, a raíz de la muerte de mi mamá, mi papá volvió a aparecer en mi vida, después de más de 30 años de no saber de él. Ahora estamos en contacto y me llama todos los fines de semana para saber cómo estamos”.

Con el paso del tiempo, el mazazo emocional fue apaciguándose, poco a poco. Y en Yazmín surgió el deseo de volver a estar activa laboralmente.  Su tía le recomendó buscar un trabajo, por horas, como freelance, para que pudiera seguir cerca de su hijo, pues aún era muy pequeñito. Así, buscando en una plataforma especializada en empleo, Yazmín conectó con una oferta de bookkeeper assistant, es decir, asistente contable. “Yo dije, Dios mío, con lo que sufro con los números… ¡pero tengo que intentarlo!”. Fue entrevistada, vía Skype, por una empresaria residente en Nueva York que vendía productos en Amazon. Y necesitaba a alguien que le llevara toda la parte contable y le actualizara todos sus registros. Pese a su dificultad para las matemáticas y al cansancio de las horas acumuladas por el trabajo, que hacía muchas veces de noche y de madrugada, Yazmín se ganó la confianza de su jefa, consiguió dominar el programa contable y logró compaginar su trabajo con el cuidado de su hijo y el resto de actividades domésticas.

Después de esa primera experiencia laboral, en la guardería de su hijo conoció a otras madres que la conectaron con trabajos de limpieza de oficinas y de piscinas, que realizaba por las noches. También se involucró en diversas actividades del centro escolar, como voluntaria. Era la encargada de llamar a las familias, para recordarles reuniones importantes, en español e inglés. “Como por mi trámite de asilo tengo derecho a permiso de trabajo y seguro social, no tengo problema por la parte legal para trabajar, afortunadamente. Un día, en la guardería de mi hijo me preguntaron si quería trabajar con ellos. Yo dije ¡wow!, si es con el departamento de ‘Family services’ del Condado. ¡Lo vi como demasiado! Pero comencé un proceso de selección en octubre de 2018 y, después de pruebas y trámites, en enero de 2019, comencé a trabajar con ellos. Estoy en el área de cocina, preparando los refrigerios de los niños. Soy maestra sustituta, y cubro a otras que están de vacaciones o de baja por enfermedad. He ido progresando, formándome en el cuidado de niños.  Quiero completar mis cursos para ser maestra. Me gustaría poner una guardería con mi tía, es nuestro proyecto familiar. Mi tía trabaja en remodelación de casas; destaca en un mundo de hombres. Ella me dice que tengo que pensar en grande y no tener miedo. La semana pasada me dieron el permiso de conducir. Se me partía el corazón ver a mi niño en la parada de buses, todo encogidito, con el frío que hace aquí en invierno. Eso ya no va a pasar más”.

Para Yazmín, estos tres intensos años de experiencia migratoria, pese a la adversidad, han sido positivos: “Es duro partir y dejar todo lo tuyo atrás… tu tierra, tu gente, tu comida, tu clima… Pero pienso en el futuro de mi hijo y eso me inyecta de energía y esperanza. También siento que mi mamá está en algún rinconcito, allá arriba, ayudándome. Tengo la suerte de tener a una mujer que me ayuda y me inspira, mi tía, que me dice constantemente que no dependa de nadie y que, con esfuerzo, todo se consigue en este país. Con el escenario migratorio actual que hay aquí, me siento con la responsabilidad de ser mejor persona y trabajadora. Como inmigrantes también debemos pensar que, si cometemos errores como ciudadanos, a los que vienen detrás de nosotros también les va a perjudicar. Hay que pensar en toda nuestra comunidad, no sólo en uno mismo”, finaliza.

 

 

 

“En Alemania, estoy transformando mis prejuicios”

Por: Claudia Zavala

Hace apenas dos años, la vida de la salvadoreña Pamela Alens Volkmer dio un giro inesperado, cuando conoció al que ella llama “el hombre de su vida”, en una fiesta. Era mayo de 2017 y para esta joven graduada en Relaciones Públicas, el encuentro con Florian, un joven alemán fue un verdadero impacto: “Yo lo vi y dije ‘¡de aquí soy! ¡es él! Yo había tenido algunas relaciones con extranjeros, anteriormente, y la verdad es que mi familia y amigos pensaban que con él tampoco iba a funcionar. Al principio, nadie confiaba en la relación. Mi mamá me decía que a veces los extranjeros sólo quieren sexo y ningún compromiso”, recuerda.

Frente a la incredulidad del entorno, la pareja se acopló muy bien y se fue consolidando rápidamente. El proyecto en el que Florian estaba implicado laboralmente terminaría en breve. Entonces, Pamela recibió una propuesta rotunda y radical de parte de su novio: “¿Te vendrías conmigo a vivir a Alemania?”. “Yo siempre he sido extrovertida, flexible, me gusta conocer personas y nuevas culturas. Y estaba muy enamorada. Le dije que sí. Me propuso matrimonio, en noviembre de 2017. Nos casamos por lo civil, en enero de 2018”.

Contra todo pronóstico, en pocos meses, la pareja por la que pocos apostaban se convirtió en matrimonio y ya planificaba su nueva vida en Alemania. Para sellar aún más su pacto de amor y convivencia, toda la familia de Florian viajó desde Alemania hasta El Salvador, para realizar la boda religiosa, el 17 de mayo de 2018, una semana antes de partir a su nuevo destino. La pareja se despidió de El Salvador, el 25 de mayo de 2018. “Aunque estaba muy ilusionada, la despedida fue triste, porque siempre he tenido una muy buena relación con mis papás y mis hermanos; tengo una hermana gemela con la que estoy muy unida. Era duro pensar que ya no los tendría conmigo”.

Pamela y Florian aterrizaron en Uffing, al sur del estado de Baviera, cerca de la frontera con Austria, y se instalaron en casa de la madre de él, durante los siguientes meses, mientras encontraba nuevamente trabajo. Pamela cuenta que la primera impresión al llegar a Alemania fue agradable, tomando en cuenta los 20 grados de temperatura característicos del mes de mayo.

Las personas que llegan a vivir a Alemania, por mandato del Estado, deben hacer lo que se llama “Curso de integración en Alemania”, una serie de clases, no sólo de aprendizaje del idioma, sino también del conocimiento de la cultura bávara. Como las clases de ese curso ya habían empezado, Pamela tuvo que esperar hasta el mes de noviembre para integrarse a la escuela. Mientras tanto, fue su suegra quien la introdujo en el aprendizaje del idioma y la cultura. “En las primeras semanas, con ella aprendí los números, el alfabeto, cómo y dónde comprar, todo lo básico de la vida diaria en Alemania… La gente habla mal en general de las suegras, pero, en mi caso, ella ha sido una bendición para mí. Es bien linda gente, me ha ayudado en todo. No me costó acoplarme a su lado. Además, yo en El Salvador tenía siempre todo hecho, porque había una señora que nos ayudaba en casa. Llegué a Alemania con cero conocimientos de cocina, de llevar una casa… Ahora ya me animo haciendo frijolitos, pupusas, sopita de pollo salvadoreña y un par de cosas alemanas. Mi suegra nos dio techo y comida, durante los primeros meses, y siempre le estaré muy agradecida por lo generosa que ha sido con nosotros, en todos los sentidos”.

Pamela relata que la adaptación relativamente fácil de los primeros meses fue cambiando de cara al invierno, a medida que el frío intenso iba llegando. “Ya desde el otoño empezó a hacer un frío horrible. No tenía ropa adecuada, tuve que comprar todo aquí. Mis clases empezaron, pero me sorprendió lo mucho que el clima puede condicionarte. Yo he sido siempre muy activa y noté que no me daban ganas de salir. Además, coincidió que mi mamá se puso mal de salud, y tuve que vivir toda esa preocupación y angustia, desde la distancia. Comencé a vivir meses muy duros para mí, emocionalmente hablando”.

En enero 2019, Florian encontró trabajo y el matrimonio se mudó a Limburg, más cerca de Bélgica, a unas 7 horas de distancia de Uffing. Pamela se incorporó de inmediato a sus clases de alemán, en las que cuenta que destacan compañeros de países como Afganistán, Pakistán y Siria. “He aprendido mucho al lado de ellos, sobre todo por las historias tan duras que muchos tienen como refugiados. Me gusta que en clase nadie se burla de nadie, porque todos estamos aprendiendo. Yo en El Salvador, de pequeña, sufrí bullying, porque tenía problemas para hablar. Después de muchos años y terapia de lenguaje, he logrado mejorar, pero sé lo duro que es ser el centro de las burlas todo el tiempo. Por eso valoro tanto que nadie se ría de mí por mi pronunciación del alemán y que se me respete cuando hablo”.

Actualmente, el esfuerzo de Pamela está centrado en estudiar al máximo para que su nivel de alemán avance. De momento, tiene el permiso de residencia, pero, para conseguir a la ciudadanía, necesita demostrar el nivel B1 de alemán -que habilita para poder trabajar y hacer estudios superiores- y haber vivido en el país, durante 3 años, de manera permanente, sin ninguna salida. Mientras tanto, deberá renovar anualmente su residencia, demostrando que tiene medios para vivir, que sigue estudiando y que está inmersa en su proceso de integración en la cultura alemana.

Gran parte de ese proceso ha pasado por desmontar mitos y estereotipos que tenía con respecto a las personas alemanas y europeas en general: “Pensaba que eran fríos, distantes, que no se bañaban… no sé por qué existe ese prejuicio en Latinoamérica, pero pensamos que los europeos son sucios.  Mi experiencia ha sido buena, pues he conocido a gente abierta, educada, amable y limpia, por supuesto. No digo que todo sea perfecto. En este país existe el racismo y la discriminación. Lo viví una vez en un tren. Iba con mi esposo, y un señor me miró con mucho desprecio y superioridad, sin disimular, sólo porque yo iba hablando español. Sentí miedo. Fue una sensación nueva para mí. Nos cambiamos de asiento y todo. Florian también se sintió mal. Me dijo que, en público, procurara hablar sólo en alemán, para no tener ese tipo de problemas. En casa, procuramos no hablar español, para que yo vaya aprendiendo más rápido”.

A punto de concluir una especialización en el área de Comunicaciones, que ha estudiado vía online, desea enfocar su proyecto laboral en el área del periodismo escrito. Con 30 años recién cumplidos, tiene claro que la maternidad es algo que también le gustaría experimentar, a corto plazo.

“Dentro de 5 años, me veo con un total dominio del alemán y con dos hijos. Todo ha pasado tan rápido y no ha sido fácil. Extraño muchísimo a mi familia, mis amigos, mi tierra, la comida, la playa… Pero me sorprendo de lo mucho que he modificado mis ideas, la manera en que he transformado mis prejuicios y he abierto mi mente. Antes juzgaba a la gente, sin darme cuenta, y sólo veía lo que los demás me hacían a mí. Estar fuera de tu tierra te ayuda a crecer como persona, porque te replanteas muchas cosas que antes veías con naturalidad. A veces son patrones que en ese nuevo entorno ya no te sirven y tienes que construirlos desde cero. Tienes que estar dispuesto a hacerlo, para poder avanzar e integrarte de verdad”, finaliza.