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“Emigré en el mejor momento de mi carrera”

Por: Claudia Zavala

Hay muchos motivos para emigrar: por trabajo, por estudios, por vivir en un país más seguro y mejorar la calidad de vida… casi todos motivos que representan una evolución en ese cambio. Emigrar cuando ya se tiene todo y se ha llegado a lo más alto implica una renuncia profesional y un costo personal y social de gran impacto. Esta es la historia de una mujer que ha construido su destino, al margen del qué dirán y de prejuicios sociales. Con tenacidad y determinación, Connie Vela Joya ha ido hilvanando cada una de sus decisiones a lo largo de su vida para consolidar todos y cada uno de sus objetivos.

El más contundente ha sido, sin duda, el profesional. Nacida en El Salvador, se doctoró en Medicina y se especializó en Ginecología, un área que la hizo destacar entre su gremio. “Tengo 27 años de experiencia en Medicina y 23 en Ginecología. Estaba muy bien posicionada profesionalmente. Tenía mi propia clínica con muchos pacientes. Vivía con mis padres y mi vida se enfocaba en ellos y en mi trabajo. Viajaba mucho a congresos médicos. Siempre estaba trabajando”.

Connie cuenta que siempre visualizó las distintas etapas de su vida, a nivel personal y laboral: “A los 30 ya quiero estar casada y tener hijos –pensaba- Pero la vida te va presentando otras cosas. Llegaron los 35… luego los 40 y dije ¡mama mía, aquí qué pasó! Yo, además, conocedora del sistema reproductor femenino pues, pensé, ¡hoy sí ya me dejó el tren!”.

Los años pasaban y Connie continuaba avanzando en el camino del éxito profesional. Su clínica era un referente en Ginecología y ella participaba en algunos programas de la televisión salvadoreña, dando consejos médicos. Sin embargo, su gran deseo de tener una pareja consolidada no terminaba de cuajar. Frente a esa ausencia de posibilidades, y contrario a lo que muchos pudieran razonar, ella construyó el primer amago de realidad comprando los muebles para su soñado hogar. “Yo sabía que algún día me iba casar. Cuándo, no sabía, pero sentía que sí pasaría. Era el deseo profundo de mi corazón. Comencé a comprar la sala, el comedor, la lavadora… lo iba guardando todo en casa de mis padres. Y mi vida continuaba. Tenía entonces 46 años”.

Aunque era una mujer muy ocupada, Connie acudía diariamente al gimnasio. Cuenta que un día, mientras se ejercitaba, se dirigió a ella una señora que no le parecía muy agradable. “¡La verdad es que me caía mal! Jajaja! La veía prepotente, creída. Me preguntó ¿y usted doctora en qué es? Le dije que era ginecóloga. Y me dijo: ‘Ajá, ¿y cuántos hijos tiene?’ Yo le dije: ‘Soy soltera, todavía no me he casado. Ando buscando a mi príncipe. ‘Ajá, y cómo lo quiere?, me preguntó. Con lujo de detalles, le dije que buscaba a un hombre soltero, disponible, sin hijos, que me diera el 100 por ciento de él, como yo se lo daría a él, sin vicios, trabajador, profesional, buen hijo, buen marido, alto, blanco, pelo negro y ojos verdes’. ¡Se tiró una gran carcajada en mi cara y se fue!”.

Ese mismo año, una amiga de Connie residente en Alemania le había propuesto que viajara a visitarla, para presentarle posibles pretendientes. Pensaba que en el país europeo podía tener más suerte que en un país latino, pues ahí la gente se casa con mayor edad y no existen prejuicios sociales al respecto.

La señora simpática del gimnasio volvió a hacer su aparición un par de veces más, preguntándole si ya había encontrado al príncipe, hasta que un día, tres meses después de su primera conversación, para sorpresa de Connie, le dijo: “No busque más. Yo le tengo a su príncipe. Es mi hermano”.

Y esa frase desencadenó una serie de hechos que transformaron la vida de Connie, contra todo pronóstico: Conoció a Víctor, el hombre que se convirtió en su esposo y con el que consolidó el sueño de formar un matrimonio. Y sí, cumplía con la lista de requerimientos que cada día repitió en su mente y en sus oraciones, incluyendo lo de alto, blanco y ojos verdes. “Fue como encontrar una aguja en un pajar”. La pareja se casó por lo civil, el 29 diciembre 2012 y, en mayo de 2013, por la iglesia, en un hermoso paraje en el volcán de San Salvador. Los dos tenían 47 años.

Víctor, también salvadoreño, había emigrado junto a  su familia, compuesta por 12 hermanos y sus padres, a Virginia, Estados Unidos, siendo un adolescente, para huir del conflicto armado. Conocedor del alto perfil profesional de su esposa, en una primera etapa, decidió ser él quien se adaptara al cambio, moviéndose a El Salvador, para intentar consolidar un negocio y que ella siguiera con su clínica. “Usted está bien posicionada y no tengo corazón para llevármela de tajo”, le dijo. Compraron una casa que acondicionaron con todos los muebles que Connie había ido comprando a lo largo de los años, sabiendo que ese momento por fin llegaría. Víctor se esforzó en concretar su proyecto, pero las cosas no salieron bien. El Salvador no era el país que él había dejado años atrás y no encontró los apoyos que necesitaba para sacar adelante su emprendimiento. Desencantado, regresó a Virginia, para retomar su trabajo, sin presionar a Connie de que se fuera con él. A lo largo de todo el año 2014, la pareja realizó algunos viajes para poder verse, hasta que ella asumió que había llegado el momento de dar un paso realmente decisivo.

Así, el 2 de junio de 2015, Connie aterrizó en Annandale, Virginia, marcando un antes y un después en su vida: “Aunque yo había viajado muchas veces, porque soy ciudadana estadounidense desde hace varios años, esta vez, sabía que el cambio era radical. Evaluamos todos los pros y contras posibles. Al principio de llegar, dejé a una doctora trabajando en mi consultorio, pero no funcionó. Los pacientes no se quedaron con ella. No era lo mismo. Después de 25 años de trabajo y esfuerzo, decidí cerrar mi clínica. Fue muy duro dar el paso. Mi mamá, al principio, se opuso a que emigrara. Me decía que me retiraba en mi mejor momento, que lo iba a perder todo. Realmente me siento agradecida porque tuve un gran éxito profesional, nunca tuve una muerte materna o de bebé o algún problema en el quirófano. Me sentía querida por mis pacientes. Pero mi vida giraba en torno a los demás. Había llegado el momento de vivir para mí. Con 50 años, no podía perder más tiempo. No me arrepiento de haberlo dejado todo y de volver a empezar”.

Y es justo en esa fase inicial del proceso migratorio cuando doctoras, secretarias, peluqueras, abogadas o estudiantes se dan cuenta que, muchas veces, en un entorno distinto, la flexibilidad ante el cambio es una herramienta más útil y potente que todos los títulos conseguidos. Connie lo tuvo claro desde el principio y eso la ha ayudado a sobrellevar el impacto de la primera etapa. “Aquí soy ama de casa. En El Salvador era la ‘doctora’ y tenía siempre ayuda. Aquí no. En cuanto al inglés, me ha pasado como a la mayoría que lo hemos estudiado  pero que, al estar aquí, uno siente que no entiende nada. Todavía no lo hablo con fluidez, pero me defiendo. Estoy aprendiendo muchas cosas de esta sociedad. En nuestra zona, sobre todo, vive mucha gente de Corea del Sur. Son personas tranquilas, trabajadoras. Aquí lo que importa es que seas una persona correcta, que no infrinjas la ley. Lo que sí me desagrada muchísimo es el racismo en este país. Siempre ha estado, pero ahora es más evidente porque se avala políticamente. La falsa igualdad no me gusta. Es una ilusión. Me duele ver que la medicina es un negocio. Quien te da los resultados de una prueba es la recepcionista; el doctor es accesible sólo 5 minutos de la consulta, ni te toca. Eres un número más”.

Con esa inquietud, referida a su especialidad médica, Connie ha puesto en marcha, desde hace un año, un proyecto que espera desarrollar con mayor fuerza en los próximos meses. Consiste en enlazar a pacientes salvadoreños residentes en Estados Unidos con alguna necesidad operatoria, para evaluar hacerlo en El Salvador, donde conserva sus contactos y alianzas profesionales en un hospital de prestigio, donde tenía su clínica. También realiza videos desde la página de Facebook “Dra. Connie Vela, tu ginecóloga y consejera médica” (https://www.facebook.com/connievelaginecologa/), sobre salud integral femenina, desde donde se dirige a las mujeres, para orientarlas y que sepan qué preguntarle a su médico y, sobre todo, para hacer conciencia en la importancia de cuidarse y hacerse sus chequeos ginecológicos. “No son consultas, sólo consejos y orientaciones. Siempre es importante que consulten a su médico. Estoy contenta de poder enlazar con mi vocación de esta manera. Esta forma de estar conectada con mi gente. Hay algunos videos con 70 mil visitas y me siento útil de poder ayudar a mi comunidad esparcida por el mundo. Nuestra medicina no tiene nada que envidiar a ningún país desarrollado. Ahora entiendo por qué muchas pacientes van a nuestro país a hacer sus pruebas ginecológicas. El trato humano es muy importante. Deseo que mi proyecto crezca, para que podamos seguir teniendo acceso a eso. En este momento estoy enfocada en aprender más de este país. Cada lugar tiene algo bueno y hay que abrazarlo con gratitud. Siempre he sido optimista en todos los aspectos de mi vida. Eso me ha ayudado a ir cumpliendo metas y objetivos. No hay que perder la esperanza con nada… imagínate, ¡si me casé casi con 50!… con fe y determinación, todo es posible en esta vida”, finaliza.

“La ayuda entre inmigrantes nos hace avanzar”

Por: Claudia Zavala

“Ese día no pude más y me desvanecí en la cocina, poco a poco, resbalando mi espalda sobre la refrigeradora. Estaba frustrada, cansada, tenía miedo, no paraba de llorar, me sentía impotente. Mis tres hijos me levantaron”.  Quien habla es Cristy Singüenza, recordando uno de los momentos más intensos dentro de su primera etapa de adaptación como inmigrante, en Montreal, Canadá, a finales de 2009.

Todo empezó cuando Cristy, su esposo y sus 3 hijos de 13, 10 y 4 años, respectivamente, partieron de su natal El Salvador hacia Canadá, buscando mejorar su economía y calidad de vida. “Pasaron cosas que nos obligaron a buscar un entorno distinto. Algo mejor para nuestros hijos y para nosotros. En 2006, habíamos estado de vacaciones en Inglaterra y, de regreso a nuestro país, pasamos por Canadá. Nos gustó mucho el país, porque lo vimos bastante europeo y cercano a la vez”.

La familia llegó a Montreal, en mayo de 2009, pensando en quedarse sólo un tiempo y luego emigrar definitivamente a Estados Unidos. Pero, estando ahí, decidieron  aplicar a un programa para refugiados del Gobierno canadiense. El primer gran choque para la familia fue el lingüístico -“creíamos que con el inglés nos bastaría, pero llegamos a la parte francófona, así que tuvimos que empezar de cero, tomando clases”- y el cambio de rutina que significó para Cristy, al verse sin apoyo en la educación y crianza de sus hijos.

“Yo estaba acostumbrada a tener ayuda en casa. Yo trabajaba en oficina y no me dedicaba a las labores del hogar. Cuando llegué a Canadá, aparte de ir a mis clases de francés por la mañana, al salir, me tocaba a mí hacer todo: ir al supermercado, cocinar, lavar, planchar, arreglar, recoger a los niños de la escuela… era bastante agotador. Ellos también estaban acostumbrados a que les hicieran todo y, al llegar, tuvieron que volverse independientes. Parece una tontería, pero son rutinas domésticas diferentes que se suman al nuevo entorno social y cultural en el que estás intentando adaptarte. Es un cambio en todos los sentidos”.

Uno de los aspectos que más llamó la atención a Cristy, al llegar, fue la poca cantidad de niños que se veían frente a la fuerte presencia de gente mayor. “Se nota que es un país envejecido, como muchos países europeos. Gran parte de su apertura a la inmigración es porque necesita equilibrar su balanza de natalidad, con los hijos de los inmigrantes que llegan al país. Desde el principio, en todo momento, me sentí bien acogida, bien recibida, guiada… fue como que se me abrió esa puerta que buscaba, y me invitaron a caminar. Eso no quiere decir que no haya sido un proceso lento, doloroso, complicado… tuve mucha angustia y mucha incertidumbre en esos primeros meses. Me sentía perdida”.

Cristy recuerda que, dentro de su incertidumbre emocional, las primeras semanas las vivió, prácticamente, con actitud de turista, intentando ver sólo lo “bonito” de su nuevo país. Luego de 3 meses de haber llegado, corroboró que ya no le quedaba dinero y la desesperación se apoderó de ella: “¿Cómo voy a trabajar aquí, si no sé hablar francés y, además, no conozco a nadie y nadie me puede recomendar?”. Para entonces, había confirmado que el proceso de aprendizaje del idioma le llevaría mucho más tiempo del que pensaba inicialmente y que las cosas no serían tan fáciles, pese a ser una profesional formada y con experiencia en el área de Comunicaciones. Además, sentía que su tiempo y su energía se iban en las tareas domésticas y el cuidado de sus hijos. Entró en una especie de bucle emocional del que no veía salida y que la empezó a consumir seriamente. “Llegué a pesar 90 libras. Recuerdo momentos de haber estado derrumbada, llorando y, a lo lejos, escuchaba a mis hijos llorar también, suavecito, para que no los oyera. Yo estaba tan mal que era incapaz de levantarme a consolarlos, a darles fortaleza, a decirles que eso pronto pasaría y que juntos saldríamos adelante. Incluso eran ellos los que me levantaban a mí, como esa vez que me desvanecí en la cocina. Es una de las cosas que más me duele de esa época. Porque también para ellos fue muy duro, porque extrañaban a su tierra y a su gente”.

Frente a esa situación que la superaba, Cristy pidió ayuda. A una gran amiga. Pese a estar en Australia, visitando a un familiar, esta mujer viajó hasta Canadá, para apoyarla, escucharla y llenarla de fortaleza. Con el amor que sólo las grandes amigas entregan. Se instaló un mes en su casa. Le enseñó a hacer recetas salvadoreñas. Le dejó preparados y congelados un buen número de platillos y, en definitiva, la ayudó a centrarse y a superar ese momento de acople que no estaba enfocando bien. “Le estaré siempre muy agradecida por lo que hizo por mí en ese momento tan duro”.

Cristy cuenta que, un día, mientras estaba en una reunión con unas compañeras mexicanas, llegó un señor, diciendo que necesitaba a 10 personas para ir a limpiar a un hospital, porque habían detectado una infección. Les pagarían 15 dólares la hora. “¡Todas nos fuimos con los tacones puestos!”. Esa primera limpieza fue la puerta de entrada de lo que se convertiría en el nuevo entorno laboral sanitario en el que ella, sin esperarlo, comenzaría a desarrollarse. Le facilitaron más horas como limpiadora, a medida que tomaba cursos de desinfección de habitaciones hospitalarias y de salas de operaciones. “Cuando llevaba 2 meses limpiando, le di mi currículum a mi jefe. Cuando lo vio, me dijo que yo no podía seguir en ese trabajo, porque estaba sobrecalificada. Le pedí que me diera una oportunidad, que me dejara entregárselo modificado. Entonces, borré todo. Sólo dejé que había estudiado francés. Y así me dejaron empezar de cero”.

Desde octubre de 2010, se convirtió en trabajadora de un hospital estatal. Su espíritu de lucha la llevó a estudiar enfermería, sin todavía dominar por completo el francés y enfrentándose a terminología técnica, lo que supuso un esfuerzo realmente intenso para ella. “Es un ambiente duro, porque se trabaja con muchas emociones fuertes, los pacientes lloran, tienen miedo, están enojados, hay malos olores… pero he aprendido a adaptarme y es uno de los mejores trabajos que se pueden tener en Canadá: buen salario, buenas prestaciones, 5 semanas de vacaciones pagadas, 9 días para asuntos personales, 13 días festivos libres, seguro de vida, seguro laboral. Estoy muy contenta por todo lo que he conseguido. Voy ganando categorías en el escalafón. Todo va por fases: primeros auxilios, reanimación, inyecciones… y en función de eso te ubican. Me quiero especializar en niños. Quiero seguir avanzando”.

Aunque su vida laboral había tomado un buen rumbo, en 2011, su faceta personal estaba a punto de enfrentar otro impacto. Un día, se fue con su marido a un local de donuts y café a hablar sobre su relación. Escribieron en un papel lo positivo y lo negativo de su matrimonio. Pesaba más lo negativo. Y decidieron divorciarse. “Fue durísimo de reconocer, pero teníamos objetivos distintos. Todo sucedió en buenos términos, de común acuerdo, de forma amigable. Ahora veo que fue la mejor decisión que pude tomar. Lo veo en mis hijos. Reflejan paz, felicidad, seguridad. Con nuestra separación, no salieron perdiendo, sino que ganaron doble amor, doble paciencia, doble complicidad, dobles cumpleaños, dobles alegrías…”.

Otro de los elementos que condicionó la adaptación de Cristy fue la manera de conducir en Canadá. Ella reconoce que en su país natal cometía muchos vicios frente al volante, que no fueron fáciles de cambiar en su nueva tierra, y eso se sumaba a su desconocimiento inicial del francés, por lo que el respeto a las señales de tránsito era mínimo. “Tenía la necesidad de ir en carro, porque con tres hijos era complicado ir en bus, se me dormían y no podía cargarlos. Recuerdo que todas las semanas me ponían multas, al punto que todavía sigo pagando parte de las infracciones de esos primeros años. Acá las leyes son bien estrictas. Pasa un dron viendo si has pagado las placas de tu carro, si tus papeles están en orden. Nada que ver con lo que yo estaba acostumbrada”.

Poco a poco, la adaptación de Cristy no sólo se fue reflejando en su estabilidad emocional y laboral, sino en su capacidad de construir redes en su entorno. Luego de experimentar lo difícil que es llegar a un nuevo país, decidió ayudar a personas inmigrantes que estuvieran pasando una situación similar a la suya. Sin importar la nacionalidad de la gente, les ayuda con ropa, información sobre vivienda, colegios y clases de francés. “Yo tuve que buscar mucha información por mi cuenta al llegar. Aunque tuve mucha suerte, porque una salvadoreña que dirige una institución aqui me tomó de la mano y me ayudó mucho. Eso yo lo quiero devolver. Cuando uno lo ha vivido, sabe lo que es. La ayuda entre inmigrantes nos hace avanzar. Yo les insisto mucho en la importancia del idioma. Sin ese dominio, no se consigue avanzar en este país. Aquí el Estado te ayuda con un programa de acogida, durante los 2 primeros años. A las familias les dan unos 1,200 dólares para que puedan estudiar”.

Su compromiso social la ha llevado a vincularse con la Cámara de Comercio de El Salvador en Quebec, desde este año 2018, desde donde realiza actividades en el Área de Publicidad y Marketing. Parte de su trabajo es organizar reuniones con representantes de El Salvador y Canadá, para identificar sus necesidades y proponer soluciones que beneficien a sus compatriotas. El más reciente es un acuerdo para realizar vuelos directos entre El Salvador y Canadá, a través de la compañía Air Canada. También publican mensualmente una revista, donde comparten información relevante para la comunidad salvadoreña:  http://directoriocommercialmontreal.com/ccsq2/?fbclid=IwAR3nx_C2QPtcNzzUl6DjH8z6MtFop0yLXC19mbaXK5P09ikzUS3O3KHMgOo

Los nueve años de cambios y constante lucha en Canadá, según Cristy, han valido la pena. Asegura que lo volvería a hacer todo igual, a pesar de los momentos difíciles. “Ahora veo a mis hijos tan realizados y siguiendo un buen camino, que me llena de felicidad profunda. El mayor estudia tercer año de Administración de Empresas y tiene un excelente trabajo con el gobierno. La segunda está becada por la compañía de ingeniería eléctrica más grande de Canadá. Y la pequeña, tiene 13 años, y está viviendo su adolescencia a tope. Durante varios años, pagué un derecho de piso y hubo experiencias de verdadera desesperación, pero siempre he sido una mujer de fe y mucha oración y eso me ha levantado. ¡Somos caballos de pura sangre y siento que nada me detiene!”, finaliza.

 

 

“El ajedrez me ha ayudado a integrarme”

Por: Claudia Zavala

Esta es la historia de una salvadoreña, campeona de ajedrez, cuyo amor por ese juego y por uno de los mejores ajedrecistas del mundo la llevó a tomar una de las decisiones más radicales en su vida: dejar su tierra y empezar de cero a miles de kilómetros de su país, en Holanda.

Nacida en 1984, Lorena Zepeda despertó una temprana vocación hacia este deporte, en gran parte, alentada por su padre, Rafael Zepeda, destacado ajedrecista salvadoreño.  Él inculcó en sus hijas Sonia y Lorena una pasión que, con el tiempo, convirtió a la familia en un hogar de campeones.  “Recuerdo que, siendo muy pequeña, después de las clases de natación, mi papá nos llevaba a la Federación de Ajedrez, a verlo jugar. Fue así como aprendimos y, poco a poco, empezamos a entrenar”. Cuando Lorena tenía 10 años, participó en su primer campeonato y quedó en tercer lugar. En 1995 y 1996, respectivamente, triunfó en torneos infantiles, comenzando así una carrera,  durante los siguientes años, que la llevó a coronarse como campeona nacional, campeona de Centroamérica y del Caribe y Maestra Internacional Femenina (MIF). Su esfuerzo y disciplina la convirtieron en una de las máximas figuras del ajedrez, en un país donde este deporte no goza de gran apoyo ni es seguido por las masas.

Así, en medio de múltiples campeonatos y una destacada suma de medallas, Lorena conoció al que se convertiría en su esposo. Era el año 2008,  en Alemania. Se trataba de Loek van Wely, un Gran Maestro Internacional de ajedrez de los Países Bajos, que representa a Holanda en torneos mundiales.  “Quizá habíamos coincidido antes en algún otro torneo, pero no nos habíamos ubicado. Esa era una Olimpiada Mundial, había muchísima gente. Aún así nos encontramos. Él dice que, al principio, no quise hablarle. Una amiga nos presentó. Se dio todo de manera natural  y comenzamos a tener comunicación después, por internet. Hablábamos de nosotros y de ajedrez, por supuesto”.

Los constantes correos fueron construyendo, poco a poco, una relación más profunda que se transformó en algo más especial. Así, en abril y mayo de 2009, en Estados Unidos, se encontraron nuevamente como amigos,  en torneos de ajedrez, pero, en julio de ese mismo año, decidieron formalizar su relación como pareja. Loek visitó a la familia de Lorena en El Salvador ese mismo año. “Esa visita fue graciosa, porque mi familia le echó los perros de la casa a él, bromeando, pero Loek se acopló bien. Se los ganó, porque les llevaba comida y a los dos días ya le estaban moviendo la cola. Recuerdo que le llamó la atención la cantidad de frijoles que comemos en El Salvador, a todas horas, y se asombró mucho de la minuta de limón con chile. No le entraba en la cabeza que hiciéramos esa combinación de sabores. Me decía ¿pero por qué hacen eso?”.

Luego de establecer una sólida relación de novios, entre viajes y torneos, la pareja se casó en el año 2013, en El Salvador. Entonces, Lorena inició el proceso legal que le exigía Holanda para poder emigrar y vivir con su marido en el país europeo: papeles, exámenes médicos, aprendizaje del idioma… Mientras completaba todos los requerimientos, viajaba con su visado de turista y se quedaba el máximo de 90 días que le concedía la ley, para compartir con su esposo, y volvía de nuevo a su país. Hasta que, en el año 2015, recibió la autorización definitiva para residir en Holanda.

Lorena cuenta que el contacto con su familia y su tierra siempre ha sido constante, “incluso ese mismo año 2015, cuando me trasladé definitivamente, tuve la oportunidad de visitar a mi familia en dos ocasiones. Las cosas cambiaron totalmente cuando me quedé embarazada, pues debía cuidarme más. Además, salió lo de la enfermedad del Zica, que generó alarma mundial, y ya no pude viajar más. Mi hijo nació, en junio de 2016”.

Aunque la ajedrecista estaba bastante familiarizada con la cultura, el clima y las costumbres de la tierra de los tulipanes, cuenta que mentalmente le afectó el entender que su proceso de integración en Holanda ahora debía realizarse a otro nivel, pues ya había dejado de ser una turista o visitante de cortas estancias. “En estos años, para mí, el clima ha sido lo más difícil de sobrellevar. El invierno es súper frio y gris, llueve mucho. La manera de comer también es distinta. Hacen un desayuno y almuerzo bastante light y la cena es más fuerte. Pero, por lo demás, la gente es amable, educada, ordenada, limpia. Es una sociedad bastante segura. Con el ajedrez pude conocer varios lugares distintos a mi país y, de alguna manera, me ha ayudado a saber integrarme en entornos diferentes al mío”.

Lorena cuenta que uno de los aspectos que más le gustan es la apuesta del país en el desarrollo del hábito de la lectura en los niños, pues reciben en casa el carnet de la biblioteca pública, desde que son prácticamente bebés. Y es gratuito hasta los 18 años. La mentalidad de “ventanas abiertas” también es característica de esta sociedad, según explica: “nadie se mete con nadie. Puedes tener ventanas abiertas, sin cortinas, y nadie va a estar asomándose, para ver qué hay en tu casa. Se respeta mucho la privacidad de la gente”.

Después de varios años, Lorena reconoce que su talón de Aquiles sigue siendo el dominio del idioma holandés. “¡Hay fonemas que son muy difíciles de pronunciar! Es una tarea pendiente para mí seguir mejorando. Holanda exige un examen de lengua y cultura, para poder certificar una especie de diploma de integración, que es algo que va vinculado a la residencia temporal. Ponen multa, si uno no lo hace, y conceden otros 3 años para seguirse preparando. En mi caso, el ‘problema’ ha sido que casi todo mundo habla inglés aqui y yo así he podido desenvolverme bien. Si fuese todo sólo en holandés, la presión de aprenderlo sería mayor. Pero, aún así, debo mejorarlo, porque es el país donde vivo y también el idioma de mis hijos y mi esposo”.

Ella cuenta que en su casa se hablan los tres idiomas: entre ella y su marido, inglés; entre su marido y su hijo, holandés; y entre ella y su hijo, español. “Mi niño, tan pequeñito, ya nota la diferencia. Sólo me hace caso cuando le hablo en español, aunque me contesta en inglés. Si le hablo en holandés, ni me vuelve a ver, no reacciona. ¡Realmente lo debo de hablar muy mal! jajaja!!!”.

Actualmente, Lorena tiene 7 meses de embarazo, y espera la llegada de una niña, para el próximo mes de noviembre. La crianza de los hijos es uno de los elementos de contraste cultural que más evidencia entre Holanda y El Salvador. “En nuestro país, la familia es más amplia y todo mundo participa en el cuidado de tu hijo: los abuelos, los tíos, los primos… aquí es diferente. Las familias son más nucleares, no extendidas; generalmente, se ven sólo en fechas especiales, como cumpleaños o navidad. Ahora ya vivimos más cerca de donde mis suegros y los visitamos más, pero antes era distinto. Uno tiene que acostumbrarse a criar prácticamente sola a su hijo. Y más, en mi caso, pues Loek cuando tiene torneos está fuera de casa, durante varios días o semanas”.

Paralelo a su carrera como ajedrecista, Lorena es graduada en Ingeniería Industrial. Pero su entrega al deporte ha hecho que no haya trabajado nunca en su área de estudios. “Decidí dedicarme este tiempo a cuidar a mis hijos. Juego, cuando puedo, pero no es como antes. Cuando nazca mi hija, también quiero disfrutarla como al mayor. Es una etapa de la vida. Pasará pronto y no me la quiero perder. Cuando mi niña tenga dos años, si puedo, volveré de lleno a los campeonatos… implica empezar prácticamente de cero con los entrenamientos pues hay que afinar la agilidad mental, el cálculo… ya veré. Si no, daré clases, o me encantaría poder trabajar en algo relacionado a mi carrera, ¿por qué no? Soy consciente de que soy muy afortunada de poder tomarme este tiempo. De tener a mi mamá jubilada que puede venir a ayudarme con mi niña, dentro de pocas semanas, así como hizo con mi primer hijo. Me gustaría aprender a ser más suelta y confiada como son aqui con los niños. A darles mucha libertad y espacio para que experimenten. Aprendo las cosas positivas de la cultura de este país y me quedo con lo bueno que ya traigo de la mía. Y creo que he podido generar un buen balance”, finaliza.

 

 

 

“Cuando generas impacto positivo, hasta el lenguaje te quieren copiar”

Por: Claudia Zavala

Quien habla, desde Vancouver, Canadá, es Ana Mabel Soto Castellanos. Una salvadoreña que tiene claro que una buena actitud ante la vida y la flexibilidad ante los cambios son una potente herramienta que le ha funcionado ante la adversidad.

Lo aprendió desde sus años como maestra, en Nueva Granada, un pequeño pueblo de Usulután, al oriente de su país. Nacida en Cabañas, vivía en San Miguel, desde donde se desplazaba todos los días para llegar a su lugar de trabajo: “Caminaba 4 kilómetros de ida y 4 de vuelta, hasta llegar a la carretera Panamericana y abordar el bus. Eran los años 80 y, por la guerra en El Salvador, las cosas eran bastantes difíciles en esa zona. El pueblito donde trabajaba estaba prácticamente tomado por la guerrilla. Muchas veces, había enfrentamientos y teníamos que quedarnos ahí, hasta que pasara. No había manera de comunicarle a la familia que no podíamos salir de ahí. Una señora nos daba posada y comida en su casa. También había paros de transporte y eso complicaba aún más todo”.

Ana Mabel cuenta que, en una visita que realizó a sus padres, conoció al hombre que, tiempo después se convertiría en su pareja. Él también era profesor y daba clases de Física y Matemática. Era 1986. El noviazgo coincidió con la resolución de los papeles para viajar a Canadá que su compañero había solicitado cuando la conoció: “Me incluyó en su documentación y nos casamos para poder viajar. Al poco tiempo, me quedé embarazada. Decidimos esperar a que nuestro hijo naciera para poder viajar. Partimos cuando nuestro primer hijo tenía 6 meses, el 8 de agosto de 1988”.

La familia llegó a un Vancouver demasiado moderno e imponente, comparado a lo que ellos estaban acostumbrados. “En las calles, veía gente de muchas razas y nacionalidades. Yo sentía como que estaba soñado… Llevaban vestimentas muy distintas a las nuestras, turbantes… Sentí tan raro al llegar. Yo apenas llevaba una pañalera colgada en el hombro, mi bebé en brazos y toda la ilusión del mundo por salir adelante”, recuerda.

El inglés básico que habían aprendido no les sirvió de nada. La comprensión, al principio, fue casi nula y la adaptación bastante complicada para la pareja. Dejando atrás sus profesiones como maestros, ella se empleó en la limpieza y como cuidadora de niños. Él cortaba fruta. Por las noches, se esforzaban en el aprendizaje del inglés que, poco a poco, se fue haciendo más comprensible y fluido en el hogar salvadoreño.

“Aún con todo lo difícil que fue,  yo comencé a echar raíces, desde el principio. A mi esposo le costó mucho más. No se terminaba de acoplar, ni con la llegada de 3 hijos más, 2 varones y una niña, con los que completamos 4 hijos. Él siempre decía ‘el otro año me voy’. Para mí no era fácil sentir que tenía que luchar por mi adaptación y la de mis hijos y, a la vez, saber que mi esposo no era feliz en Canadá, porque no terminaba de acoplarse, incluso pasados varios años”.

 Sin duda, la personalidad de Ana Mabel fue un plus para su integración social y cultural. Simpática y extrovertida, tuvo la fortuna de encontrar a personas que la ayudaron en las etapas más difíciles. “Al principio, trabajaba en day care, en pre school. Luego, una amiga me habló de la posibilidad de trabajar en escuelas con niños especiales. Me puse las pilas y tomé un curso de noche, para especializarme en esa área. Era duro trabajar durante todo el día y estudiar en la noche. Los sábados en la mañana también tenía clases. Con mi esposo nos repartíamos para cuidar a los niños. Criar a cuatro niños cuesta mucho y más cuando no tienes a tu familia contigo. Tuve la bendición de encontrar a una señora salvadoreña que me ayudaba a cuidarlos cuando nosotros no podíamos. Cuando terminé el curso, le dije a mi esposo que lo hiciera también él, que seguro le gustaría. También era una oportunidad de retomar su vocación de maestro. En ese entonces, él trabajaba en construcción y en un hospital de ancianos. Era un trabajo bien pesado para él. Se entusiasmó, hizo el curso, le gustó mucho el programa y ahora él también trabaja con niños especiales. Él en High school y yo en Elementary. Conectamos, nuevamente, con nuestro amor por la educación”.

Y aún con su conocimiento en el área educativa, Ana Mabel reconoce que las diferencias culturales entre Canadá y El Salvador se evidencian de manera explícita en la manera de educar a los hijos. “Recuerdo que cuando eran pequeños, mis niños me preguntaban por qué los padres canadienses eran más liberales y nosotros los queríamos cuidar tanto. Aquí en Canadá están criados de otra manera, no siempre hay autoridad de parte de los padres. Nosotros tenemos otra educación, otro patrón. En mi casa hay reglas diferentes. Tuvimos un poco de conflicto con ese contraste que nos tocó vivir. En la escuela donde trabajamos también lo notamos. El respeto está por encima de todo, no se les puede forzar a nada y eso está bien. Pero también pienso que, a veces, tienen acceso a demasiada permisividad cuando todavía no son maduros para decidir. No saben totalmente si lo que están haciendo es lo correcto. Tiene que haber un equilibrio. También hemos aprendido a ser mejores padres y mejores personas. Por ejemplo, nuestros hijos nos decían que no juzgáramos tanto a los demás. Con el tiempo, he aprendido a ser más abierta y flexible mentalmente”.

Esa flexibilidad ante la vida ha ido acompañada, a lo largo de todos estos años, por una actitud constante de aprendizaje. Hace 2 años, Ana Mabel aceptó la invitación para participar en unas clases de pintura que impartía una señora mexicana. “Yo me sentía vieja, pero dije voy a ir a probar. Y me encantó. Ahora, hago mis cuadros, me entretengo,  les regalo a mis amigos, he descubierto una nueva yo”. Su inclinación artística también abarca el mundo de las letras. Ella cuenta que, en sus momentos de tristeza y dificultad, comenzó a escribir poemas “a escondiditas, en diálogo con Dios” y, fruto de esa inspiración, está planeando la publicación de esos pensamientos en su primer libro de poemas.

El voluntariado en una iglesia, según comenta, ha constituido un puente de integración y de generación de comunidad. En la congregación recibe un apoyo espiritual importante y han logrado estructurar ayudas concretas para 3 obras distintas en El Salvador, especialmente destinadas a las personas ancianas.

El valor de su idioma materno lo refuerza en su propio lugar de trabajo, a través de un “spanish club” que ha creado con sus alumnos. “Les enseño salsa y el español a la vez. Los pongo a bailar y a cantar ‘El carbonero’. Tengo niños de Nicaragua, Guatemala, El Salvador y Canadá. Todos me dicen ‘¡Hola!’, cada vez que me ven”.

En su escuela no sólo es conocida por reivindicar el español, sino también por su presencia vital, alegre y siempre distinta a los demás. “Tengo el pelo rojo y me visto de colores. ¡Soy un lunar en la escuela! A mí me encanta ser  diferente, me encanta como soy. A mí me dicen: ‘Ana, arriba, arribaaa!’, con acento mexicano. Yo les digo: ‘No. Yo soy salvadoreña’. Aquí son bien ‘plain’ para vestirse, siempre de blanco, negro o  gris. Yo me pinto los labios y me pongo collares. Me parezco a la duquesa de Alba de España, jajaja!! En las mañanas me visto y digo ‘¡ahí voy!’ Jajaja! En la escuela están prohibidos los olores, los perfumes. ¿Pero y la gente que fuma, pues? A mí no me gusta y no dejan de fumar sólo por mí, así que yo uso siempre mi perfume.  Aquí llueve mucho, es medio deprimente. Los colores me alegran, las fragancias, me arreglo mucho y eso me ayuda a estar feliz”.

Después de 30 años de lucha y perseverancia, Ana Mabel se siente agradecida por todo lo que junto a su esposo ha consolidado. Sus hijos de 30, 26, 25 y 19 años, respectivamente, son su mayor orgullo y se han desarrollado con lo mejor de Canadá y El Salvador.  Los dos mayores  se independizaron y viven en pareja, pero los domingos mantienen la costumbre de reunirse todos a comer en casa y reforzar los lazos familiares.

Ana Mabel asegura que, con el paso de los años, su esposo también logró adaptarse y sentirse arraigado en su país de acogida. Y se jubila dentro de 2 años. A ella le quedan 5 años. El proyecto de la pareja es vender su casa de la ciudad, para irse a vivir al campo, criar animales y hacer vino artesanal, otra de sus grandes pasiones. “Quiero escribir, pintar, pasear. Vivir cada día que pasa, es un regalo de Dios. Estos años no han sido fáciles pero, si uno se sabe adaptar, sale adelante. Cuando vine a Canadá, me sentía tan insegura. Hacía muchas cosas por complacer a los demás, a mi esposo, a todos, pero yo no era feliz. Con el tiempo comprendí que el amor más importante es hacia uno mismo. Yo soy mi mejor amiga, mi mejor confidente, he aprendido a quererme. Cuando uno se ama y brilla, los demás ven ese destello y los atraes, te aman y te aceptan así, tal cual eres. Si alguna mujer está leyendo esto y no se siente amada, yo le digo que se vea al espejo todos los días y se diga que se ama. Que aprenda a poner límites. De verdad, funciona. Hay que sanar nuestra autoestima, para tener el triunfo que tanto añoramos. Recién venida, me daba pena hablar español. Me sentía inadaptada. Hoy más que nunca me siento orgullosa de mí misma y de mis raíces. En la escuela he descubierto que cuando das un impacto positivo con tu personalidad, presencia y tu actitud, ¡hasta el lenguaje te quieren copiar! Si yo me escondiera en un rincón y me mimetizara de gris, creo que nadie quisiera hablar español y aprender conmigo. Deberíamos alzar nuestra bandera y decir ‘esta soy yo’. Podemos dar mucho. Podemos hacer un gran cambio en nuestra sociedad de acogida”, finaliza.

“El trabajo creativo me ha ayudado a integrarme”

Por: Claudia Zavala

Cuando inicia su historia, no puede evitar emocionarse. Katia Marcos hace memoria de su proceso migratorio y lo comparte como una verdadera revolución emocional, no sólo por los cambios que enfrentó como emigrante, sino por el impacto que la muerte significó en su vida, al tiempo que se despedía de su país natal, El Salvador.

Retrocede a sus años de infancia, para compartir lo que realmente la marcó: “Yo nunca tuve como aspiración emigrar a Estados Unidos. Mi mamá emigró a este país cuando yo era bebé y me quedé a vivir en San Salvador con mi abuelita, que fue realmente quien me crió. Ella tenía un puesto en el mercado, se sacrificaba mucho por mí, quería que estudiara. Estuve en un internado, en el que por las mañanas tenía clases normales, y por la tarde recibía clases de corte y confección, pastelería y  cosas creativas, para que aprovechara mejor mi tiempo. Aunque no tenía a mi mamá conmigo, yo me sentía muy amada y protegida por mi abuela”.

En uno de los encuentros que ella tuvo con su madre, sucedió algo especial. Era agosto de 2012 y Katia ya era una joven de 21 años. Se encontraron en un hotel de Guatemala, para compartir con la nueva familia que su madre había creado en Estados Unidos. Curiosamente, hubo un “click” particular con un muchacho cercano a esa nueva familia. Luego de compartir  esas vacaciones agostinas, el interés de él continuó al punto que buscó a Katia en Facebook, para ver si podía contactarla y continuar conociéndola. Así empezó una relación que, después de un año, se consolidó en un noviazgo a distancia. Él vivía en California y acababa de mudarse a Texas. Vía telefónica, le compartía a Katia sus miedos, incertidumbres, sueños y proyecto de vida. También la abuela era receptora de esos planes y, pese a que había gente que no veía bien la relación, Katia recibió el apoyo de ella para que escuchara a su corazón y tomara la decisión sentimental que considerara más oportuna.

Estudiante de Diseño Gráfico en la Universidad don Bosco, coronó su carrera y, de inmediato, dio rienda suelta a su creatividad y espíritu emprendedor. Fundó una tienda de productos personalizados llamada “Bella Dona”. Y, en menos de un año, logró generar suficientes ingresos que le permitirían abrir su propio local, ubicado en una buena zona de la capital. Sin embargo, una excelente propuesta laboral la frenó en ese paso y decidió apostar por trabajar en la empresa, para consolidar aún más su experiencia laboral  y puso en paréntesis el desarrollo de su tienda. Mientras tanto, su relación de noviazgo llegó a formalizarse a tal punto que la pareja se casó, el 1 de marzo de 2014. Entonces, Katia y su marido iniciaron los trámites migratorios, para que ella pudiera viajar a Estados Unidos y, por fin, vivir junto a él.

Sin embargo, hubo otra situación que determinó la etapa que estaría a punto de vivir: “Mi abuela siempre tuvo problemas de salud. Tenía gota, colesterol alto, diabetes y otras complicaciones. Recuerdo que el 1 de noviembre de 2015, salimos a hacer varios mandados. Yo la veía cansada, agitada, bien agotada, pero ella no se quejaba. Fuimos al McDonald de El Salvador del Mundo, porque a ella le encantaban las papas hash brown. Tengo presente su imagen comiéndose las papas, toda contenta. Regresamos a casa y ella seguía cansada, pero aún así decidió acompañar a una tía a la procesión de los farolitos. A las pocas horas de haberse ido, me llamaron por teléfono, para decirme que se había desvanecido en la calle. Y que ya estaba muerta. ¡Entré en shock! Comencé a gritar: ‘¡Se me murió, se me murió!!’. Toda mi vida se detuvo en ese momento. Me tuvieron que sedar, porque estaba realmente mal. Lo fuerte es que justo en esos días llegó mi visado. Una semana después, el 8 de noviembre de 2015, viajé a Estados Unidos para empezar una nueva vida, sintiéndome rota y profundamente triste”.

Con semejante duelo emocional, la adaptación de Katia en Texas, fue durísima: “Al principio, no absorbía nada de información. Veía la ciudad, las casas, las autopistas… ¡todo tan grande! y yo me sentía bien pequeña. Mi esposo me compró un carro y no me daban ganas de manejarlo, no me motivaba nada. Tengo esa imagen de mis primeros días, con la sensación del viento en mi cara, frente al freeway, viendo pasar los carros. Mi papá y una tía muy querida que se quedaron en El Salvador, hablaban conmigo y yo nunca les demostré mi tristeza. Les decía que estaba bien, para que no se preocuparan.  Mi vida los primeros meses era ir de nuestra casa a la iglesia, los domingos. Nada más. No tenía amigos. No hablaba con nadie. Creo que eso hizo que mi duelo fuera tan largo y doloroso. Mi esposo me veía triste e intentaba hacer todo para que estuviera mejor”.

Pese a ese túnel negro en el que estaba, su vocación y talento creativo afloraron con fuerza. Continuó haciendo algunos trabajos online para El Salvador y, decidida a empezar de nuevo,  fundó su empresa “Kreative KD”, con la ayuda de su marido, que le compró una computadora, impresora, silla y escritorio. Ofrecía diseños de invitaciones y logotipos, entre otros servicios. Lo demás fue su propia capacidad para demostrar su valía y atraer a los primeros clientes que provenían de la red de iglesias de su comunidad. Ellos la fueron recomendando hasta hacer crecer la cartera de clientes que a día de hoy ha logrado consolidar. Al poco tiempo, también puso sus productos en la tienda virtual Etsy y desarrolló su página web: https://www.iamkreativekd.com/

Paralelo a su esfuerzo laboral, Katia dio la bienvenida a la maternidad. Dio a luz a su primogénito, en enero de 2017.

La falta del dominio del inglés fue otro elemento que dificultó la integración de Katia, en su etapa migratoria inicial. “En El Salvador era una buena estudiante de inglés. Pero, cuando llegué aquí, ¡no me servía de nada! Aquí es menos formal la manera en la que se habla. Me perdía, me sentía intimidada. Entendía, pero no me atrevía a contestar. Le decía a mi esposo que contestara por mí. Hasta que un día, él me dijo: ‘yo sé que entiendes y te tienes que esforzar por hablarlo. No voy a traducirte más, porque eso realmente no te está ayudando a avanzar’. Aunque vivo en una ciudad mayoritariamente latina -hay muchos mexicanos-, tuve la dicha de encontrarme estadounidenses que, cuando me veían intentando hablar en su idioma, me decían: ‘keep going, keep going!’. Eso me impulsó mucho y ahora siento que hasta pienso en inglés, jajaja! No he sentido lo mismo con algunos compatriotas, por ejemplo. Y eso es algo que no entiendo por qué lo tenemos. En una reunión yo dije la palabra ‘chivo’ y una señora salvadoreña me dijo que por qué me había traído el rancho de mi país, que ya no hablara así. Yo veo que un mexicano, mantiene su acento y sus palabras, un dominicano, un guatemalteco igual… ¿por qué yo no puedo mantener mis raíces y una persona salvadoreña me tiene que hacer burla por cómo hablo? No quiero perder mi identidad. Así hablo yo. Así soy yo”.

Más asentada y confiada, la proyección empresarial de Katia va en aumento. Su próximo paso es posicionar sus productos decorativos artesanales, para introducir en tiendas locales. Su negocio ya recibe solicitudes de estudiantes de diseño, para hacer pasantías con ella. Y en un máximo de 3 años, tiene la meta de montar su propia boutique de diseño física. También desea ampliar la familia, en poco tiempo.

“Yo crecí sola y no quiero eso para mi niño. Quiero, al menos, tener tres hijos. La vida aquí es acelerada, es verdad, y no hay familiaridad con los vecinos. Uno se consume mucho con este ritmo y no se crea un vínculo tan fácil. Yo llevo 3 años en esta casa y apenas ahora comienzo a decir hola a los vecinos. Pero creo que si uno mantiene su esencia y se abre a la gente, puede romper esas barreras y construir una mejor relación con la gente. Ahora también tengo la oportunidad de servir y ayudar desde el Ministerio ‘Dádivas’, en mi iglesia. Eso me ha transformado mucho. Y me ha hecho darme cuenta lo útil que puedo ser para nuestra comunidad latina. Cada vez tengo más claro que para que todo avance, tenemos que atrevernos a dar el paso. El cambio está en uno mismo”, finaliza.