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“Emigré a Canadá, como profesional calificada”

Por: Claudia Zavala

Claudia Sandoval cuenta su historia desde Winnipeg, Canadá, uno de los lugares más fríos del mundo, que en invierno puede alcanzar temperaturas de -19ºC. Su experiencia migratoria responde al perfil de profesional altamente calificado que sale de su país de origen, para buscar una mejor calidad de vida: “En El Salvador, no estábamos mal. Mi esposo y yo teníamos un buen trabajo, pero cada vez nos preocupaba más la situación de inseguridad en el país y, además, pensábamos en un entorno con más oportunidades para nuestros dos hijos”.

Licenciada en Diseño Ambiental, se desempeñó como diseñadora de espacios de oficina, en la empresa privada y remodelando espacios interiores, en la Gerencia de Infraestructura de una institución pública del país.

La idea de emigrar comenzó a tomar forma, en 2009, cuando un amigo de su esposo les contó que él y su familia partirían hacia Australia, mediante un programa de Trabajador Calificado. En ese tipo de programas, los países receptores tienen un listado de áreas profesionales, en las que su sistema laboral tiene carencias y se abren a recibir profesionales extranjeros, para suplir esa mano de obra. Las exigencias curriculares y lingüísticas son altísimas para los candidatos.

Después de una larga reflexión y de contactar a un agente migratorio especializado en los trámites australianos, el marido de Claudia, ingeniero industrial, decidió probar suerte haciendo la solicitud, pues ese año habían pocos profesionales en su área. El desencanto llegó con los resultados de su examen de inglés, que no es cualquier examen. Se trata del IELTS (International English Language Testing System, por sus siglas en inglés) el examen de inglés más exigente y prestigioso, utilizado para procesos migratorios de profesionales que aspiran a residir en Australia, Inglaterra, Canadá y Nueva Zelanda, entre los más destacados. La prueba se realiza sólo tres veces al año, en el Instituto Británico de El Salvador, acreditado por Cambrigde. Consiste en un test que dura de 4 a 5 horas, con pruebas de conversación oral, comprensión auditiva, lectura y escritura (redacción de un ensayo). Someterse a la prueba cuesta unos 350 dólares y tiene una vigencia de dos años, tiempo que tarda aproximadamente el proceso migratorio, en caso de que apruebe el examen. Por su dificultad, la gente, ya con un buen nivel de inglés, suele hacer un curso especializado sólo para prepararse para el examen.

“Reprobar para él fue una gran decepción. Se frustró por completo. Intentamos olvidarnos del mal trago remodelando la casa. Recuerdo que dejé pasar un buen tiempo para que superara ese fracaso, hasta que un día le dije ¿por qué no lo intento yo?”.

El matrimonio pensaba siempre en Australia como destino. Analizaron el sistema de puntos y de homologación de títulos. Una amiga de la mamá de Claudia, residente en Australia,  se ofreció para asumir los costos del trámite de homologación, para ayudarlos. “Mi ventaja es que, al ser diseñadora ambiental, puedo irme por el lado de la decoración, diseño de interiores, de jardines… es bien amplio el espectro laboral. Me ayudó haber estudiado un tiempo en Estados Unidos. Aún así, hice un curso para prepararme. Fue duro para mí, porque pasé el examen, pero mi nota no fue suficiente para aplicar al programa”.

Decididos a encontrar una oportunidad como fuese y luego de evidenciar que Australia era el país que más nivel exigía, comenzaron a averiguar sobre otros países, como Nueva Zelanda. Pero el problema era la homologación de títulos, pues el país exige que el trámite esté hecho antes de aplicar al programa y sólo reconoce de entrada los títulos universitarios de Argentina.

Fue entonces cuando alguien les sugirió que averiguaran sobre el programa por puntos de Canadá. Acudieron a una charla informativa de una empresa privada que realiza el proceso legal, pero sin garantizar que lograrán el objetivo final de ser aceptados. Cobran cerca de 8 mil dólares por ese servicio. “Nos parecía demasiado dinero, para no tener ninguna garantía. Decidimos mejor invertir en mejorar mi nivel de inglés. Tomé un año completo de clases, antes de aplicar otra vez. Tenía que hacerlo pronto, porque hay una edad límite para aplicar. A más edad, te restan puntos en determinadas cosas”.

Así, Claudia se enfocó durante todo el año 2011 en su estudio intensivo del inglés. Esta vez, tomó incluso unas clases especializadas para escribir ensayos en ese idioma, que es el corazón de la prueba escrita. En 2012, estaba programado su examen. Para mayor preocupación, les llegó la noticia de que Canadá  acababa de aumentar la nota de inglés para filtrar aún más a los candidatos que se presentaban. Claudia pasó el examen pero, nuevamente, su nota no era suficiente para aplicar al Programa Federal de Canadá y elegir ellos dónde residir. Fue entonces  cuando alguien le comentó del Programa de Nominación de Provincia de Manitoba, en el cual las personas deben demostrar cierto arraigo hacia dicho lugar, mediante un familiar o amigo. Esa persona se compromete moralmente ante el gobierno canadiense en ayudar en la inserción social y cultural del inmigrante, quien debe residir obligatoriamente ahí, durante dos años, antes de mudarse a otra ciudad, si así lo desea.

“Movimos cielo y tierra, para averiguar si teníamos algún contacto en Canadá. Mi esposo tenía tías en segundo grado en Ontario, pero no ganábamos puntos porque no eran familia directa.  Resultó que un ex compañero de colegio de mi esposo vivía en Winnipeg, la capital de la provincia de Manitoba. Y la tía de una ex compañera de mi colegio también. Fue el amigo de mi esposo quien nos ayudó. Estaremos siempre muy agradecidos, pues ellos se comprometen a orientarte, enseñarte el sistema social, sanitario, de transporte. Hoy en día, eso no lo hace cualquiera”.

Para entonces, ya había pasado un año desde que Claudia había hecho su examen; le quedaba sólo un año de vigencia y, si iniciaban los trámites para Manitoba, les quedarían pocos meses de margen para todo lo que conlleva el proceso migratorio. Escuchó la sugerencia de examinarse por tercera vez. Más esfuerzo. Más tiempo. Más dinero. Pero ella decidió enfrentarse nuevamente al estrés de la prueba, para tener mejor nota y estar más cerca de cumplir el sueño familiar. “Cerraron las aplicaciones, en diciembre de 2012, y lo abrieron otra vez, en junio 2013. Averigüé que en Costa Rica hacen el IELTS todos los meses y viajé hasta ahí para hacerlo. Me fui un viernes al mediodía. Lo hice el sábado y el domingo regresé a El Salvador. Era marzo de 2013”.

El resultado fue positivo. Claudia mejoró su nivel y su nota. Y en junio de ese mismo año aplicaron al programa. Obtuvieron respuesta dos años después, en abril de 2015, pues debido al tsunami, en Filipinas, y la guerra en Siria, dieron prioridad a los postulantes de estos países. En junio de 2015, recibieron una carta que les informaba que ella había sido aceptada como profesional calificada, para iniciar su proceso de residencia, junto a su grupo familiar. Después de subsanar complicados requisitos financieros, médicos, académicos y migratorios, el 4 de diciembre de ese año, Claudia recibió una llamada de Fedex, para decirle que tenían para ella un paquete internacional.

“Esperé a mi marido para abrirlo juntos. Eran los pasaportes visados ¡Por fin! En ese momento, hubo un mar de emociones contrastantes en mi mente y en mi corazón… Alegría, por conseguir lo que habíamos deseado durante tantos años; incertidumbre, por no saber lo que vendría; miedo, por no saber si nos estábamos equivocando; nostalgia, por dejar a nuestra tierra, familiares y amigos”.

Claudia, su esposo y sus dos hijos, de 18 y 10 años, respectivamente, llegaron a Winnipeg, el 22 de julio de 2016, al mediodía. Por consejo del amigo de su esposo, se alojaron en casa de una familia iraní, en un cuarto grande, con tres camas y baño propio. El pago mensual incluía desayuno y cena.

El paisaje verde y las grandes extensiones planas de tierra llamaron la atención de Claudia al llegar. También la variedad cultural de la que es una de las ciudades más interculturales y multilingüísticas de Canadá.

“Mi hija Jimena va a una escuela de inmersión francesa. Al principio, fue duro para ella. Quería regresar a El Salvador. Los dibujos que hacía eran sobre el país y su permanente nostalgia. Su hermano, Fernando, la cuidó mucho y jugaba con ella, fortalecieron bastante su relación. Él también dejó a sus amigos de toda la vida. Entró a un sistema escolar en el que en todas las clases tiene compañeros diferentes, pues es un programa internacional. Bajó mucho su rendimiento académico, no le gustaba salir, llegó en una edad muy difícil. Con la llegada de un compañero de Venezuela, con el que hizo click, comenzó a adaptarse, poco a poco y a estar mejor”.

Al llegar, el matrimonio se puso manos a la obra con la búsqueda de empleo. Claudia cuenta que, al principio enviaba su currículum y nadie la llamaba. Pero, luego de realizar un curso para entender cuál era la manera adecuada de aplicar laboralmente en el sistema canadiense, consiguió su primera oportunidad y comenzó a trabajar como ejecutiva de ventas, en diciembre de 2016, en una compañía que vendía lámparas para casas y comercios. Luego, trabajó como diseñadora de cortinas y cocinas y ahora está en una empresa en la que diseña la “casa modelo” que se enseña para vender. Su jefe y todos sus compañeros son canadienses, salvo un colega chileno. Ella asegura que, pese a tener un buen trabajo, no descarta la idea de emprender y montar su propio negocio y, de momento, está explorando distintas alternativas manuales para poder vender. Su esposo trabaja en la planta de producción de una compañía que fabrica garrafas de agua y tiene un jefe salvadoreño.

En cuanto al clima tan adverso, Claudia cuenta que se lo habían pintado tan tremendamente hostil que, con mentalizarse bien y aprender a vestirse adecuadamente, han sabido sortearlo sin mayores sufrimientos.

“Con semejante frío también se puede vivir. Hay que aprender a disfrutarlo, jugar en la nieve, saltar… Soy curiosa, me reto a mí misma para seguir aprendiendo. Me siento segura con mi nivel de inglés, pero sigo estudiando el vocabulario técnico en el que tengo deficiencia. Hasta ahora, no he sentido discriminación. Si uno demuestra que de verdad sabe, no hay nada que nos pueda detener. La mayoría de la comunidad salvadoreña en Winnipeg es refugiada de guerra, personas mayores ya. Nosotros somos otra generación, con perfiles distintos. Podemos complementarnos muy bien y pensar en ofrecer algo a nuestro país. Recuerdo que cuando estábamos en El Salvador nos decían: ¿pero les ha pasado algo? ¿por qué se quieren ir? No tiene que pasarte algo para querer mejorar en la vida. Todo este esfuerzo es por nuestros hijos. Esta sociedad es muy interesante, pero también es un reto en la crianza de ellos. Nosotros tenemos nuestros valores bien definidos. Y tratamos de inculcárselos cada día, desde casa. Siempre les digo que, de puertas para afuera, es Canadá. Pero, de puertas para adentro, es El Salvador. Y ellos deben aprenden a convivir con ese equilibrio. Es una gran riqueza”.

“Mis hijos son mi motor para emigrar y resistir”

Por: Claudia Zavala

Los viajes de vacaciones a California, a casa de su hermana, formaron parte de momentos especiales en la vida de Rocío Lockhart, durante algunos años. Hasta que, un día, decidió emigrar a Estados Unidos, como única tabla de salvación, para rescatarse a sí misma de una vida que la ahogaba y la hacía profundamente infeliz. “Cada uno de esos viajes era un respiro para mí. Cuando decidí emigrar, era porque había tocado fondo. Tenía un matrimonio que naufragaba, aunque yo llevaba 15 años luchando para que se salvara. Hice todo para mantener unida a mi familia, pero aquello ya estaba roto, desde hacía mucho. Había renunciado a mi trabajo en un banco, pensando en generar un cambio positivo, laboral y económicamente hablando. Invertí el dinero de mi indemnización en un negocio. Después de un año de irnos bien, un vendedor se fue con todo nuestro dinero. Con un hogar frustrado y un fracaso empresarial, que me generó grandes deudas, caí en una profunda depresión. Los únicos que me mantenían en pie eran mis hijos”.

Rocío se casó muy joven, a los 20 años. Y con 21, ya criaba a sus dos hijos gemelos, Álvaro y Gilberto. Cuando sucedió toda esa debacle personal y económica que comenta, estaban por cumplir 18 años, acababan de graduarse del colegio y la principal preocupación de ella era cómo iba a pagarles la universidad y a seguirles ayudando en su manutención. Sumado a eso, la presión de pagar 4 créditos hipotecarios hizo que la decisión fuera rápida y contundente: Viajó a California, el 9 de febrero de 2015, con su visa de turista. Su único capital era el dinero que logró juntar de la venta de ropa, zapatos, carteras y ollas de presión que hizo antes de partir. Eso y sus ganas de salir adelante y dejar atrás tanto dolor: “Me vine con el corazón partido.  Dejaba a mi mamá y a mi otra hermana… a mi tierra. Recuerdo que, cuando el avión despegó, me asomé a la ventana y me quedé mirando fijamente el asfalto de la pista. Me guardé esa imagen para siempre. Fue tan duro ver que se perdía en el horizonte. Me prometí a mí misma, algún día, regresar con honra, como mujer, y reivindicada económicamente. Porque lo perdí todo”.

Rocío cuenta que se mantenía medicada, por su depresión. Sus hijos habían viajado un mes antes a casa de su tía, pero ellos le dijeron que realmente querían volver a El Salvador, para seguir estudiando. Además, el visado de turista se les vencía en breve y, si querían renovarlo y mantener su estatus legal, debían volver cuanto antes al país. Entonces, regresaron, en abril 2015, a San Salvador. “Tuve que respetar su decisión. No podía obligarlos a quedarse conmigo de manera ilegal, porque querían seguir estudiando. El día que viajaron, lloré amargamente en el aeropuerto. Sentí que era como enterrarlos. No sabíamos si les iban a renovar la visa, ya se sabe cómo son estas cosas. Y yo tampoco podría viajar. Sólo pensaba ¿cuándo los voy a volver a ver? ¡¿cuándo?!! Me dolía el corazón, las entrañas. Gritaba como loca… mi hermana trataba de contenerme. Incluso con la medicación, me puse realmente mal”.

Después de ese duro adiós, Rocío entró en una dinámica de vida enfocada sólo a conseguir su objetivo de ahorrar dinero. Licenciada en Administración de Empresas, con un Postgrado en Pedagogía, ejecutiva de banco y catedrática de Economía, comenzó a limpiar casas y oficinas. “Fue un porrazo emocional terrible. Después de estar en un bonito despacho, ser la licenciada, la maestra universitaria, pasé a ser la que limpiaba inodoros y tinas. Una vez, lavando un baño, me chispeé toda la cara y empecé a llorar de rabia, de frustración… Me había esforzado y estudiado tanto toda mi vida y había acabado así. Le pedía a Dios… Señor, ayúdame, dame fortaleza para resistir. Por mis hijos. Por mí”.

Rocío cuenta que su jornada laboral empezaba a las 6:30 am. Paty, de México y Noemí, de El Salvador, la recogían para empezar el periplo de limpieza que incluía unas 6 ó 7 casas en un día. Terminaban a las 9:00 pm y llegaba sólo a dormir para, al día siguiente, repetir la misma rutina. Pese a lo agotador del ritmo de trabajo, ella se siente agradecida por el apoyo que estas dos compañeras de trabajo le dieron en ese momento tan oscuro y triste en su vida: “Me enseñaron a hacer bien mi trabajo, a ser una profesional de la limpieza. Tenía mi alma quebrada, pero ellas me hacían reír, en medio de tanto dolor. Ellas fueron mis ángeles”.

Intentando salir del hoyo emocional en el que estaba, Rocío buscó ayuda en un programa para mujeres latinas, y así tuvo la oportunidad de que le asignaran un psicólogo y un psiquiatra, con quienes pudo compartir su experiencia de separación y migración. Las pautas recibidas en esas terapias la ayudaron a enfocarse mejor y a sentir que en su vida surgían pequeñas espigas de esperanza y cambio. Un día de agosto de 2015, sus hijos la llamaron para darle la noticia de que les habían renovado sus visados, para 5 años más. Y en diciembre de ese mismo año pudo abrazarlos, nuevamente. “Recuerdo ese día que los fui a recoger al aeropuerto. ¡Estaba tan nerviosa! Saltaba, temblaba de la emoción. Reía y lloraba a la vez. Cuando los vi, fue una emoción tan profunda y, a la vez, sentí que algo se había roto, por la distancia, no sé… fue muy duro. Pero estaba feliz y agradecida por tenerlos. Era como un terremoto emocional. Hay lágrimas y dolor, pero luego viene la reconstrucción”.

Disfrutar la temporada navideña en familia hizo que Rocío y sus hijos enfocaran la nueva separación desde otra perspectiva. Fue un adiós también triste el de ese 12 de enero de 2016, pero sabían que se reencontrarían pocos meses después, en junio, para las vacaciones de verano. En ese tiempo transcurrido, Rocío había iniciado ya los trámites de su divorcio y había retirado ya los antidepresivos. Sus hijos, desde su visión madura de jóvenes adultos, le habían dicho que, si tenía otra oportunidad de pareja, que no lo dudara. Que era una mujer joven, con toda una vida por delante.

Ese mismo mes de enero de 2016, una sobrina le escribió un mensaje preguntándole si ya estaba lista para salir con alguien. “Me lo había comentado desde que llegué, en 2014, pero era aún muy precipitado. Me había hablado varias veces de este hombre, cristiano, divorciado, con una hija ya mayor y estadounidense. Esa vez le dije que sí, que le diera mi número. Él me escribió. Yo no le contesté, me hice la ‘socada’, jajaja. Lo tuve así más de una semana, ‘dándome a desear’, como dicen las viejitas, jajaja! creo que eso funcionó”.

Entre risas, Rocío también explica que, junto a sus nervios de conocer a alguien, estaba el hecho de su dificultad con el inglés. Había tomado clases en El Salvador pero, como muchas personas, notó que no le servían de nada para desenvolverse con fluidez y menos con un nativo de la lengua. Pero consiguió ayuda para contestarle y, además, quedaron en que el café se convertiría mejor en cena. “Le dije soy ‘old school’, tienes que venir a recogerme a casa. Vivíamos como a 20 minutos de distancia. Ya con mi hermana y Paty lo habíamos visto bien en Facebook, teníamos la investigación hecha, jajaja!”.

Por fin, ese día de febrero de 2016 llegó. Ed, que así se llamaba el caballero de la cita, acudió a recogerla con un ramo de flores. “Abrí la puerta y me quedé impactada. No sabía qué hacer ni qué decir. Él me vio y dijo ‘¡Wow!’. Le di las flores a mi hermana y salimos. Me abrió la puerta del carro y fuimos a cenar. Él buscaba en google un restaurante salvadoreño, para agradarme, pero al final acordamos ir a uno italiano”.

La velada transcurrió entre nervios, risas, y el teléfono móvil como gran compañero de mesa, pues ella buscaba en “google translator” las traducciones de lo que quería decir y se lo enseñaba en la pantalla. Fue todo tan ameno que les tuvieron que avisar que ya era la hora de cierre del local. Después de esa noche, hubo más cenas, cafés, salidas a caminar… en las conversaciones hablaban, fundamentalmente, de sus hijos y de las experiencias similares que ambos habían vivido en sus respectivos matrimonios.

El visto bueno definitivo se dio con la visita de la madre de Rocío a California. También a ella le llevaba flores y chocolates. “Hija, ¿no será narcotraficante este hombre?, me decía, jajaja! ¡Muchas cosas nos regala!”. A las tres semanas, Ed hizo una cena con su familia para presentarles a Rocío. “Aunque estaba nerviosa por mi limitado inglés, me sentí aceptada, desde el principio. Ed había estado solo, durante 17 años. En todas nuestras salidas, sólo nos dábamos la mano. Decidimos no besarnos, hasta casarnos. Fue algo que lo vivimos con mucha ilusión y respeto, pues ya veníamos de donde veníamos los dos. Quizá la gente no lo entienda. Pero, tratarnos así le dio un significado muy especial a nuestra relación”.

Tal y como lo habían planificado, sus hijos llegaron en junio, para disfrutar unas semanas con ella, en especial la celebración del cumpleaños de Rocío, el 2 de julio. Ella cuenta que Ed es un estupendo cocinero, y organizó una gran velada, para compartir con familiares, amigos y, especialmente, con los hijos de la pareja. “A mí me sorprendió que invitara a tanta gente. Me extrañó. Pero, comimos rico, abrí regalos… al final, me dio un álbum con fotos y detalles nuestros y, de repente, zas! sacó un anillo, se arrodilló  y me preguntó si quería casarme con él. ¡Yo no podía creerlo! Él temblaba, yo también, él lloraba, yo también… Fue algo muy bonito. Mis hijos estaban ahí, también felices”.

Ed y Rocío unieron sus vidas, el 7 de enero de 2017. Sus hijos la entregaron en el altar, donde ella recibió el primer beso del hombre que se convirtió en su marido.

Comenzar la convivencia con su esposo abrió un mundo de contraste que antes ella no había experimentado, por moverse básicamente en un entorno hispano. “Comencé a limpiar casas con unas americanas. No les entendía nada su inglés. Ed, de alguna manera, había ‘simplificado’ su inglés para que yo le entendiera. Pero el mundo real era diferente. Noté incluso cierta discriminación con estas mujeres… Me dejaban lo más difícil para hacer en el trabajo, como que porque era la latina tenía que hacer todo. Tuve que resistir por mis hijos. Tengo el problema del síndrome del túnel carpiano. Lloraba del dolor, porque trabajaba 6 días a la semana, sin parar. Yo decía, qué voy a hacer, si el proceso de residencia es caro y hay que hacerlo. Y debía seguir pagando mis deudas en El Salvador, porque me querían embargar. Menos mal que me surgió una oportunidad como nanny, cuidando a un niño americano, de 9 años. Es una familia muy educada y me tratan bien. Yo le tengo que dar clases de español al niño y estar con él, después de la escuela”.

Rocío asegura que ahora se siente mucho más segura con su nivel de inglés y su conocimiento del entorno estadounidense, aunque sabe que tiene que seguir aprendiendo. Su primer año de matrimonio ha sido una prueba de constantes ajustes culturales con Ed. Reconoce que sí ha percibido racismo y discriminación en su día a día: “La escuela del niño que cuido es privada. Yo saludo, me miran y no me contestan. Veo que nuestros países no existen muchas veces en el mapa mental de la gente americana. Estamos tan lejos de su mundo, de sus referentes, de su mundo sin pobreza, sin guerra. A veces, me siento fuera de lugar totalmente. Ese es un vacío con el que lidiamos todos los que emigramos. Me encantaría trabajar nuevamente como maestra de español, o como traductora en las escuelas para los padres latinos o en los juzgados para los juicios, que es un nivel más alto. Mi meta es que mis hijos saquen la carrera en El Salvador y luego pedirlos a ellos. Ya ellos decidirán si se vienen o se quedan viajando por un tiempo. Con mi esposo queremos viajar a El Salvador, el próximo mes de diciembre. Él ha aprendido a hacer unas pupusas riquísimas, con su salsa y curtido delicioso. Hace también guacamole al estilo salvadoreño. Su alegría y su vida para mí son una bendición. Veo hacia atrás y no entiendo cómo cambió todo en tan poco tiempo. Entré en una tormenta y salí distinta, renovada. Y aquí sigo. Si yo he podido, otras también pueden hacerlo”, finaliza.

 

“En Alemania, he aprendido a ser cuidadosa con mis palabras y acciones”

Por: Claudia Zavala

La pasión por los idiomas contribuyó a que Bessie Guillén de Moedl proyectara, desde niña, una vida fuera de su natal El Salvador. Criada en una familia unida y muy conservadora, según cuenta, y siendo la menor de cuatro hermanos, Bessie recibió siempre el apoyo de sus padres, para aprender distintas lenguas. “Eran una especie de hobbie para mí. Recuerdo que, cuando tenía 18 años, quería ser profesora de inglés, para ganar mi propio dinero. Apliqué a la Escuela Americana, pero mi nivel no era suficiente para entonces. Me rechazaron. Quedé muy decepcionada”.

Justo después de esa experiencia, la generosidad y empeño de su padre por apoyarla, hizo que le regalara, junto a sus hermanos, un viaje a California, durante 8 días, en casa de una tía. Al llegar, Bessie le comentó el “fracaso” que acababa de vivir, al no ser aceptada para impartir inglés. Ella le propuso, entonces, quedarse ahí una temporada, para que mejorara el idioma.  Era 1999 y Bessie tenía 19 años. Estudiaba segundo año de Economía, en la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas”.

“Llegué con ropa para 8 días y me quedé 8 meses. Pero mi sorpresa fue que no podía estudiar tan fácilmente en el college. Por ser latina, cada unidad de estudios costaba 130 dólares, en esa época. Sólo matemática tenía 4 unidades, inglés tenía 3 unidades… para mi presupuesto era carísimo. Los europeos pagaban sólo como 5 dólares, eso me sorprendió mucho”. Su padre le dijo que escogiera dos materias, pues era lo que estaba dispuesto a pagar. También aprovechó para matricularse en la escuela pública que le quedaba cerca, en la que sólo pagaba 6 dólares el semestre. “De todos mis compañeros, era la única que tenía papeles. Iba dos veces por semana al college, con los gringos, y el resto de días a la escuela pública, con chinos y latinos. Aprendí mucho en esa época”.

Cuando Bessie regresó a El Salvador, consiguió su puesto en la Escuela Americana. Era profesora de inglés los días sábados y ganaba su propio sueldo. Un año después, inició sus estudios de francés y alemán, simultáneamente. “La verdad es que no aprendía nada. Conocí a una profesora alemana, que me daba clases particulares y así avancé un poco. Mi papá siempre me decía que Alemania era el país de la industria, que era importante saber ese idioma”.

Al poco tiempo, su profesora particular de alemán se embarazó y, al dar a luz, recibió la ayuda incondicional de Bessie y su familia, por lo que ella quedó profundamente agradecida con ellos. “Como se sentía muy agradecida por la ayuda que le dimos con su bebé, me dijo que me fuera a su casa a Alemania, 6 meses gratis, para que mejorara el idioma y conociera más su cultura”.

Bessie llegó a Colonia, en el año 2001. Tomaba clases intensivas de alemán, todos los días, de 8:00 am a 2:00 pm. Los fines de semana, aprovechaba para dar paseos con el resto de sus  compañeros europeos. Ella era la única latina. “La mamá de esta muchacha resultó ser bastante estricta. Nunca me asignó un cuarto, yo vivía en su sala. Todos los días tenía que abrir y cerrar mi maleta, para sacar mis cosas. Era incómodo, pero quería aprovechar la experiencia. Luego, busqué otras opciones. Total que, en 6 meses, me cambié como 5 veces de casa”.

A los 15 días de haber llegado a Alemania, Bessie conoció a Robert, un alemán que la impactó  muchísimo: “Fue un flechazo muy intenso. Empezamos a salir. Pero, por diversos motivos, duramos sólo un mes juntos. Yo tengo una educación conservadora y por eso tuvimos algunos choques. Tenía un conflicto interno, pensando que tal vez sólo se quería aprovechar de mí. Lloraba mucho por él,  fue terrible. Él se perdía y luego aparecía… Luego de 6 meses, me regresé a El Salvador, en diciembre 2001. Justo 10 días antes de partir, conocí a un muchacho suizo, que fue muy lindo conmigo y se generó una ilusión. Cuando llegué a El Salvador, me dio un gran bajón, como una depresión. Recuerdo que mi mamá me había mandado a hacer un vestido amarillo, para cenar ese día de mi llegada. Me recibieron con mariachis, flores, amigos, familiares y también llegó mi ex novio salvadoreño. Yo tenía los ojos hinchados de tanto llorar en todo mi viaje de regreso. Sólo pensaba: ‘si supieran el gran desmadre que tengo en la cabeza y en el corazón en este momento’. Jajaja!! Hoy me da risa, pero en ese momento me sentía fatal”.

Con la distancia geográfica, la comunicación con el muchacho suizo comenzó a disminuir, hasta que la relación terminó. Al margen del aspecto de pareja, Bessie continuaba con su deseo de volver a Europa, pero no sabía dónde. Su maestro de francés le comentó que en la Embajada de Francia buscaban asistentes de español, para trabajar en Francia. Bessie fue de las 14 personas que destacaron, entre un total de 150 que aplicaron al puesto. Luego de casi un año de pruebas y trámites, la seleccionaron para la plaza. Así, viajó a Francia, en el año 2003. Su perspectiva era también terminar la carrera de Economía y hacer la especialidad de Intérprete y Traductor Simultáneo ahí, pese a que sabía que tendría una carga laboral y académica bastante fuerte.

“El primer día que llegué de la universidad, me tiré a llorar en la cama. ¡Sentía que no entendía nada! Yo decía, ‘Dios mío, ¿cómo voy a hacer un examen de Macroeconomía en francés? Era una exigencia académica muy fuerte para mí. ¡Y encima el trabajo! Cada día, tenía que ir a dos escuelas diferentes. En una, me presentaba ante niños de 7 a 9 años y, en la otra, trabajaba con jóvenes de 15 y 16 años, para impartirles español. Les hablaba de mi país, mi cultura. Tenía una jornada full las 24 horas. Ahora que lo pienso, realmente no sé cómo lo hice”.

El año de contrato de trabajo en la Embajada terminó. Como pudo, cambió su visa de estudiante por una de trabajo para poder quedarse en el país. Entonces, Bessie recibió una llamada de su padre, diciéndole que ya no podía seguir ayudándola económicamente. “Yo quería quedarme y seguir con mis planes, como fuera posible. Comencé a buscar trabajo como loca. Una conocida argentina me habló de una pizzería y ahí fui a dar. Estudiaba de día en la universidad y trabajaba en la pizzería, de 6 a 11 pm. Seis días a la semana. Me pagaban mal, pero me daba para sobrevivir el tiempo que necesitaba. Yo estaba en Grenoble… el frío en esa ciudad es horrible. Me dedicaba a limpiar la cocina, las mesas, lavaba grandes cacerolas… recuerdo sentir mis manos bien heladas. Regresaba a casa mojada, a medianoche. También trabajaba en la mañanita, con dos niños chiquitos. Tenía que estar a las 5:45 am en su casa. Los arreglaba, daba de desayunar y los llevaba a la escuela. A las 8:15 am me iba a la universidad y así hasta la medianoche. Me dormía en clases… fue una época muy dura”.

Luego de sus estudios en Economía, y de Traducción e Interpretación, y ya en su tercer año de estancia en Francia, Bessie realizó un Máster en Cooperación Internacional y Comunicación Multilingüe, coronando una etapa de cuatro años de intenso estudio y trabajo.

Mientras desarrollaba su proyecto académico, Bessie recuerda que, cuando realizaba sus viajes a El Salvador, veía a su mamá abatida por su futuro familiar. “Ella tenía una preocupación por mí bien tremenda. No dormía, sólo llorando pasaba. Me preguntaba si no pensaba casarme y hacer una familia. A mí me dolía verla así; pero, de alguna manera, en el fondo de mi corazón, sentía que mi vida no estaba en El Salvador. Y siempre volvía a partir”.

Pese a tener la certeza de querer vivir en Europa, Bessie reconoce que Francia no le terminaba de gustar y no veía perspectivas reales de desarrollo profesional, pese a su alta formación académica. “Sentía cierto racismo en la calle y en las empresas. Honestamente, iba a ser muy difícil para mí conseguir trabajo de oficina con el físico y el acento que tengo. Lo digo tal cual lo experimenté”.

Decidió hacer, durante dos meses, su práctica de Máster en Cooperación Internacional, en el Ministerio de Relaciones Exteriores de El Salvador, para tener esa experiencia en su propio entorno, estar con su familia, y tomarse un tiempo para pensar cuál sería su siguiente paso.

Volvió a Francia, en verano de 2006, sin saber muy bien qué haría. Bessie cuenta que subió al avión llorando, con una mezcla de incertidumbre por no saber exactamente cómo podía avanzar profesionalmente en ese país. Su madre, devota católica, le regaló la Novena del Divino Niño Jesús, para que aclarara sus ideas y orientara mejor sus pasos. “Yo también soy bien creyente. Hay que rezar, durante 9 domingos seguidos, la Novena, ir a misa, confesarse y comulgar. Se hace una oración larga en la noche. Yo me lo tomé muy a pecho. Esperaba con ansias los domingos para rezar, con fe, la Novena. Me sentía perdida, sin esperanza. De alguna forma, eso me dio aliento para seguir adelante. Como el quinto domingo, la Novena te pregunta ‘¿qué puede hacer Jesús por ti?’. Desde mi corazón, le dije que siempre había soñado con casarme. En ese momento, no me importaba si en Europa o El Salvador. Pedí por un buen esposo y prometí que, si tenía hijos, los educaría en la fe cristina, en agradecimiento”.

El fin de semana siguiente a esa sincera petición, la llamó por teléfono Robert, el alemán que había conocido 6 años atrás. Le dijo que llegaba a Francia el 26 de noviembre, a pasear durante 3 días. Era justo el último domingo de su Novena: “Mi corazón dio un salto y yo dije ¿Divino niño, él es el esposo que tienes para mí?”. Cuando lo vio en el aeropuerto, Bessie tuvo una certeza nunca antes experimentada: “¡Este es!”. La noche en que se encontraron no pararon de hablar de las experiencias vividas, durante los años en los que no se habían visto. Bessie viajó esa navidad a Alemania, para celebrarla con Robert y su familia. Regresó a Francia en enero de 2007. El 4 de febrero, él la recogió en su carro para trasladarse a vivir juntos a Alemania, definitivamente. El 19 de diciembre de ese mismo año, se casaron, en Alemania. Y el 8 de enero de 2008, celebraron su boda religiosa, en El Salvador.

Al llegar a Alemania, Bessie trabajó en el área de Cooperación Internacional y luego en una empresa que construye plantas de gas en todo el mundo. En el plano personal, la inesperada pérdida de su primer embarazo fue una experiencia dolorosa para la pareja. Por eso, cuando salió embarazada por segunda vez, decidió dejar de trabajar, para estar relajada y cuidarse al máximo. Su hija, Julia, nació en 2010. “Me dio depresión postparto. Sentía mucho miedo de que le pudieran hacer daño a mi hija. Cuando paseaba con el cochecito por la calle, imaginaba que alguien me la agarraba y la tiraba al río Rin.  Cuando tenía sólo 9 días de nacida, mi marido empezó un nuevo trabajo y llegaba hasta las 10  de la noche a casa. Yo pasaba sola con mi hija. Mi mamá pudo llegar, cuatro meses después, con una amiga. Fueron dos meses de gran respiro para mí.  Ella me estimuló para que saliera a hacer pequeños mandados y me distrajera un poco. Un día, fui a pagarle las facturas de la empresa a mi marido. Después, fui haciendo más cositas y así, poco a poco, hasta que él me dijo que si quería trabajar definitivamente en su empresa. Le dije que sí”.

Aprovechando su formación y experiencia laboral, Bessie se encarga del área administrativa y financiera de la empresa. Domina el complejo sistema tributario alemán y también ha aprendido computación, para subsanar las necesidades en ese campo.  Con un ritmo de trabajo más flexible, en 2014, nació su segundo hijo, Paul. Y ahora, con un poco más de 30 semanas de embarazo, está próxima a dar a luz a otra niña. También disfruta de la música, especialmente, de tocar el violín en sus ratos libres.

Después de todos estos años, reconoce que su experiencia migratoria en Alemania ha sido de gran aprendizaje y satisfacción. “En la parte norte de Alemania, todavía se experiementa el racismo. Pero, en la parte donde vivo, son más abiertos. La gente es muy educada, quieren saber quién soy, por qué he venido, cómo es nuestra comida… saben que El Salvador perdió en un Mundial por un montón de goles. Me siento aceptada. Mi hermano me dice que hasta me hago más latina de lo que soy, jajaja! Me identifican con mi temperamento alegre. Me siento buscada y querida, precisamente, por ser latina.  He aprendido a reciclar, a ser súper puntual y a ser muy cuidadosa con mis palabras y acciones. No hablar por hablar. Me he adaptado en este sistema, desde el respeto. Para que la integración funcione, tiene que ser algo de doble vía”, finaliza.

“Mi experiencia migratoria en España ha sido muy dura”

Por: Claudia Zavala

Claudia Cerén era apenas una niña de 11 años cuando, un día de 1981, su padre le dijo: “Mañana me voy del país”. Eran tiempos de guerra en su natal El Salvador y sus padres estaban involucrados en el conflicto armado, por lo que su familia corría peligro.  “Nos quedamos solos, durante tres meses, con mi mamá. Somos tres hermanos, yo la más pequeña. Nos reencontramos en México, donde mi papá se había exiliado, para refugiarnos ahí, durante un año. Dejamos la casa, tal cual estaba, pensando en volver pronto. Pero ese tiempo se convirtió en una vida entera”.

Ella relata que el país azteca les tendió la mano. Sus padres encontraron casa, trabajo y ella y sus hermanos comenzaron a estudiar. “Empezamos de menos cero y nos ayudaron. El mexicano es acogedor. Tendrán sus defectos, como todos, pero con nosotros se portaron muy bien. Nos salvamos de vivir la guerra”.

México se convirtió en su nuevo hogar, durante mucho más tiempo de lo programado. Su padre tardó 17 años en regresar a su país de origen y ella sólo fue de visita, cuando cumplió 18 años. “Toda mi familia está en El Salvador, primos, tíos… el contacto siempre sigue. Eso sí, la única gran amiga que conservo es Selma. Somos amigas desde los cuatro años. Ella es parte de mi historia con mi país. Nuestra relación siempre es cercana y muy fraterna. En mi casa, mis padres se esforzaron para que no perdiéramos nuestras raíces. Hablábamos salvadoreño, comíamos salvadoreño, nos relacionábamos con gente salvadoreña en México. Aprendí mucho de ese gran país, pero también mantuve el nexo con mi tierra”.

Con el tiempo, Claudia se graduó como química fármaco bióloga y pronto se convirtió en una profesional independiente, económicamente. Trabajaba como gerente comercial en una empresa informática, en la que cerraba potentes ventas. Su vida como exitosa mujer y profesional, a los 34 años, dio un importante giro: Conoció en una página de contactos por internet a un chico español. “Fue todo muy rápido. Nos mandábamos cartas completas, a la antigua usanza. Nunca chateábamos. Nos hablábamos con el pseudónimo que nos habíamos puesto. Nos enamoramos. Intensamente. Después de tres meses, él decidió viajar a México para conocerme. Luego, a los tres meses, nos casamos. Era junio de 2005”.

Ella renunció a su trabajo. Vendió todo lo que tenía. Dejó su vida cómoda y resuelta y empezó un nuevo capítulo, junto a su marido, en Bilbao, España. Acostumbrada a realizar múltiples viajes laborales por Latinoamérica y Europa, Claudia pensó que su viaje y nueva vida en el país mediterráneo no serían complicados. Además, sus estudios y su importante experiencia laboral ayudarían a abrirle camino en su nuevo destino. Al menos, eso pensó. Pero no fue así.

 “Mi papá me hizo tres preguntas, antes de viajar: ¿Estás segura de que lo que te cuenta es verdad? ¿Por qué busca una mujer al otro lado del mundo? ¿Quieres dar de verdad este paso? No sufras ni un tan solo día. Si va mal, te vienes de regreso. Aquí tienes casa y familia. Esa fue la bendición que él me dio. Yo me arriesgué. Aposté. Me dejé guiar por el corazón. Mi llegada a Bilbao fue muy dura. Encontré a gente muy fría y cerrada, acostumbrada a sus grupos o ‘cuadrillas’, como les dicen, en las que es muy difícil entrar para alguien que viene de afuera. Además, con mi marido empezábamos a convivir realmente, ya no era esa relación idílica del internet. Era raro, porque fuimos novios estando casados. La convivencia es un balde de agua fría, en todos los sentidos. Pese a que nos llevábamos muy bien, al hacer una vida en pareja, me di cuenta de que lo único que teníamos en común era el idioma. Los primeros tres años fueron durísimos. Aguanté, porque realmente estaba enamorada. Es un gran hombre, pero él estaba acostumbrado a vivir solo”.

El choque de trenes también fue dramático en el aspecto laboral. “Hice el trámite de homologación de mi título universitario y no me lo aceptaron, porque esa carrera no existe aquí. La hice como Farmacia y no me la homologaron. Entonces, opté por buscar trabajo en la parte comercial, como ejecutiva de ventas y siempre fui descartada. Me decían que porque no podían comprobar toda la información que yo ponía en mi currículum. Siempre me descartaban. Poco a poco, iba borrando parte de mis estudios y experiencia laboral, para no parecer tan cualificada y que me llamaran. Me dejé sólo la experiencia de ventas, pura y dura. El único trabajo que conseguí fue para Médicos Sin Fronteras, como captadora de socios en las calles. En México, tuve 17 provincias a mi cargo, como gerente de ventas. Aquí, estaba en la calle detrás de la gente para que se asociaran a una ONG. La parte laboral me ha afectado mucho en mi experiencia en España”.

Pese a las dificultades, poco a poco, la relación se fue acoplando. Sin embargo, el coste emocional de intentar “encajar” en una cultura tan distinta a la suya estaba siendo demasiado intenso para ella: “Empecé a tener mucha inseguridad en mí misma. Me desconecté de mi fuerza, de mi identidad, me sentía menos… Me volqué en intentar agradar a la gente para sentirme aceptada. Me volví servicial, para que me aceptaran. Pero al final, eso fue una trampa, porque no era yo misma. Fueron años tristes. Él no se daba cuenta hasta que se lo decía. Nunca le contó a su entorno quién era yo en México, mi trabajo, mi trayectoria y algunos pensaban que yo sólo había venido a aprovecharme de él. Eso me dolía profundamente”.

Claudia cuenta que, en 2008, tuvieron que trasladarse a San Sebastián, por motivos laborales de su esposo. Ahí se quedó embarazada de su hija Naila, quien nació en febrero de 2009. La distancia emocional que fue palpable desde el principio, para Claudia también se manifestó en discriminación real cuando, según cuenta, mucha gente le preguntaba si era la cuidadora de la niña y no la madre. “Vivíamos en un piso hermoso. Me preguntaban si era la que llegaba a limpiar. Y si la niña era mía. También algunos me hablaban en euskera, sabiendo que yo sólo hablaba español. Eso también me pasó algunas veces en Bilbao. No fue fácil vivirlo”. Sin embargo, su hija Naila fue un parteaguas en su vida. En todos los sentidos. “Ella fue mi salvación. Me abrió una puerta para sacarme de ese abismo profundo en el que me sentía. Además, mis padres pudieron acompañarme en su nacimiento y me sentí muy cuidada”.

La llegada de su hija coincidió con la crisis económica española. Las opciones laborales se redujeron aún más, por lo que Claudia optó por dedicarse en cuerpo y alma al cuidado de la niña. Por asuntos laborales, su marido estaba casi siempre de viaje y madre e hija estaban solas en casa la mayor parte del tiempo.

Cuando Naila tenía 18 meses, Claudia recibió una terrible noticia: Su padre había fallecido, de un infarto fulminante. “Fue un golpe horrible. Recuerdo que veníamos de Ikea cuando mi mamá me llamó. Un día antes, habíamos estado hablando por Skype y todo estaba bien. Me preguntaron si iría a su entierro. En ese momento, teniendo una niña tan pequeña que cuidar y amamantar, pensé que lo más sensato era no hacer ese viaje tan largo desde España hacia México. Le propuse a mi mamá que viajara para estar con nosotras unas semanas después y así estar juntas. Del impacto emocional por la muerte de mi padre, me salió rosácea en la piel y se me fue la voz. Viví un duelo durante más de un año. Fue muy doloroso, porque no me pude despedir de él. Una psicóloga me recomendó llevar flores al cementerio y dejarlos en algún lugar, simbólicamente, y despedirme. En ese momento, pensé que mi decisión fue la mejor. Ahora sé que tendría que haber ido. Aquí es distinto, te dejan tu espacio para que vivas tu duelo solo. La gente es prudente, no pregunta. Uno allá se vuelca totalmente. Están contigo. Son distintas maneras de abordarlo. Nada me compensa ese dolor que viví.  Fue una lección que me tocó aprender de esa manera. Si volviera a pasar, me iría con mi familia, sin pensarlo”.

Después de superar ese duelo y luego de seis años de dedicación plena a la crianza de su hija y ante un repunte económico y laboral en el país, Claudia comenzó a pensar, nuevamente, en retomar su vida laboral. Pero, esta vez, sería diferente. No estaba dispuesta a pasar por los criterios de selección de personal que la dejaban siempre fuera de todos los procesos. Justo antes de que naciera su hija, había tenido la oportunidad de conocer a una chica sudafricana que daba clase de patchwork, un tejido hecho por la unión de pequeñas piezas de telas cosidas entre sí por los bordes. Aunque ya conocía la técnica desde antes, empezó poco a poco, a formarse más, hasta perfeccionarla. Además, en 2012, el matrimonio se mudó a Sondika,  un pueblo a 5 kilómetros de Bilbao, donde también ella se sentía en un entorno más acogedor y con nuevas opciones y nuevos aires para arrancar un proyecto distinto. Tan distinto que decidió enfrentar sus miedos, generar su propia fuente de trabajo y hacerse emprendedora. Así nació “Lalapatchwork” (http://lalapatchwork.com/) un negocio dirigido a los amantes de esta técnica, desde el que Claudia se ha convertido en una maestra de referencia. “Doy formación online y presencial. Hago talleres y también elaboro trabajos de gente que hace sus colchas y yo se las termino con la técnica del acolchado. Llevo ya dos años en esto. Voy a ferias, lo promociono en redes sociales, lo hago todo por mí misma. Eso es lo que me ha hecho sentir bien. Eso me ha reconectado nuevamente conmigo misma. Me gusta, me apasiona, lo disfruto mucho. He generado una red propia de conocidos, otro tipo de relaciones que sólo dependen de mí. Parece una tontería, pero eso me ha empoderado mucho. ‘Lalapatchwork’ es como otro hijo. Compagino mi vida personal con algo laboral. Tuve que hacerlo por mí misma. En definitiva, es la mejor manera de hacerlo”.

Después de 12 años viviendo en España, Claudia reconoce que, de alguna manera, siente un conflicto de identidad. “Siento que no soy de ninguna parte. Voy a México y me doy cuenta que soy distinta, aunque siempre lo añoro. Me dicen que he cambiado mucho. También extraño muchísimo a El Salvador. Tengo 30 años de no ir. Mi hija sabe la historia de mi familia, sabe de la guerra, cómo vivíamos. Para mí es importante que conozca el origen de su madre, que sea consciente de mi proceso migratorio. Le he dicho que la llevaré a mi país cuando cumpla 11 años, la misma edad con la que yo emigré. Quiero que lo valore y lo recuerde siempre. Ahora me enfoco en seguir desarrollando mi negocio, en ver crecer a mi hija y disfrutar de mi matrimonio. La gran noticia es que nuestro amor ha crecido, frente a tanta adversidad. No ha sido fácil, pero hemos construido algo sólido y real, a pesar de todo”.

“El arte es el gran vínculo con mi nueva tierra”

Por: Claudia Zavala

Margoth López, conocida como Gothy, es prudente y de trato suave. Su conversación va tomando matices de intensidad y pasión, a medida que avanza, propios de una mujer firme y segura que se muestra al mundo desde su identidad y sus raíces, sin complejos.

Cuenta que salió de su natal El Salvador hacia Italia, en el año 2001. “Vine sólo por unos tres meses, para conocer y compartir con mi familia. En Milán, vivían mis hermanos y mis padres también estaban pasando una temporada con ellos. Quería vivir una experiencia cultural y artística más completa, al terminar la universidad”.

Graduada de Artes Plásticas, de la Universidad Nacional de El Salvador, había tenido una primera ventana para proyectar su trabajo cuando fue premiada para participar en la “Exposición Latinoamericana de Jóvenes Talentos”, que se realizó en Brasil, en 1999. Siendo aún una estudiante, comenzaba a abrirse camino en el mundo artístico. Con la visión de una proyección internacional a otro nivel, había ubicado a Italia, la gran cuna del Renacimiento y de artistas universales, como una posible escuela profesional y de desarrollo personal.  En ese primer contacto con Europa, conoció diversas ciudades, museos e impresionantes monumentos arquitectónicos. Posteriormente, volvió a El Salvador, para concluir su tesis universitaria. Sin embargo, el destino le tenía deparado un inesperado giro que cambiaría sus planes: Al llegar a su país, recibió una invitación para realizar una exposición en el Principado de Mónaco, por lo que tenía que regresar a Europa. “Volví para la exposición. Me quedé durante un año en Milán y trabajé desde aquí mi tesis. La hice sobre los monumentos escultóricos de los cementerios. Reconstruí toda la historia del Cementerio de Los Ilustres de El Salvador. La mayoría de las obras escultóricas de las lápidas habían sido llevadas desde Italia. Fue toda una investigación histórica y bibliográfica. Descubrí que los barcos partían desde Génova con cargas de esculturas para América Latina, entre ellas piezas para El Salvador. Por ejemplo, la escultura de Gerardo Barrios que está en el Cementerio de Los Ilustres se hizo aquí. Me pareció muy interesante conocer ese vínculo entre mi país y la nueva tierra que me estaba acogiendo”.

Luego de presentar su tesis en El Salvador y graduarse, en 2003, trabajó durante un tiempo en la Universidad José Matías Delgado, como responsable de la cátedra de Dibujo Artístico, en la carrera de Diseño. En julio de 2005, decidió viajar, esta vez de forma definitiva, a Milán.

Al llegar, Gothy asegura que el impacto con el país mediterráneo fue muy fuerte, pese a que había residido previamente.  Esta vez, la certeza de que se convertiría en su nuevo hogar la llevó a experimentar situaciones que no había vivido desde los ojos de turista. “Para mí era todo diferente. El frio tan tremendo de Milán, sensaciones nuevas, sonidos nuevos, comida distinta, lengua nueva. Hasta entonces, no había estudiado italiano, lo aprendí al llegar. Recuerdo que era tan limitante no poder hablar libremente con la gente. Me impedía tener relaciones sociales ‘normales’. Pero, a la vez, todo ese escenario era estimulante para mí. El artista es curioso y le atrae lo diferente”.

Atravesar esa intensa experiencia de vida hizo que surgiera en ella una fuerte inspiración artística. Pintó una serie de cuadros, “muy espontánea, no pensada”, en azul profundo, emulando un poco el color del añil, llamada “Diálogos y viajes interiores”: “Me dejé llevar, no pensaba tanto, era todo a nivel de sensaciones. Luego, comencé a entender y a descifrar el porqué. Muchas cosas se mezclan, inconscientemente. El azul seguramente es algo que tiene que ver con mi cultura salvadoreña. En el arte, ese color es sinónimo de búsqueda, de algo profundo y espiritual. Confrontándome con la nueva cultura, hice mucha introspección realmente… me preguntaba ¿quién soy yo en esta nuevo lugar? Estos cuadros reflejan mi viaje de El Salvador hacia Milán, no sólo físico, sino interior, un diálogo conmigo misma. Son el testimonio de esa transformación del inmigrante. Ese proceso de cambio que se da inevitablemente, seamos conscientes o no”.

Pese a sus reconocimientos previos y a su alto nivel artístico, Gothy se encontró en la situación de la mayoría de inmigrantes al llegar a un nuevo país: No tenía contactos personales, profesionales ni artísticos que la apalancaran laboralmente.

“Fue muy difícil al principio y más sin saber el idioma. Llevaba mi currículum a diferentes instituciones y no salía nada. Dentro de todo, fui muy afortunada, pues a los meses de llegar, el Ministerio de la Pública Instrucción, que es como el Ministerio de Educación en Italia, confió en mí para dar un taller de arte terapia. Para mí fue una novedad. Comencé a formarme en eso y me fue tan bien que ese trabajo me duró 10 años. De la nada se hizo un proyecto importante. Yo creaba los programas de estudio y la exposición anual del final de los cursos. Luego, la alcaldía de mi localidad, al ver lo bueno que era, comenzó a patrocinar también. Después, continué trabajando con la alcaldía de Milán, dando clases de retrato artístico y pintura. Paralelamente, yo seguía pintando mis cuadros y daba esas clases, para conseguir un equilibrio económico, que es siempre el quebradero de cabeza de los artistas. En esa época, todavía vivía con mis hermanos”.

Su vínculo con Italia se desarrollaba, laboral y artísticamente. Fue en el año 2009, cuando el ámbito personal también la marcaría. Gothy cuenta que su padre había sido hospitalizado, para ser operado del corazón. Ella pasó varios días cuidándolo cuando, justo el día que le iban a dar de alta, conoció a un trabajador del hospital que, a la larga, se convertiría en su esposo.

“Yo tenía claro que no quería casarme con un artista, porque son locos! Ya suficiente conmigo, jajaja! Aunque él no tiene nada que ver con este mundo, nuestra amistad inicial se entabló en medio de conversaciones sobre el arte. Así se fue desarrollando todo. No me lo esperaba, pero la relación prosperó y nos casamos”.

El acoplamiento de pareja no fue fácil, pero el conocimiento que ella ya tenía sobre la cultura italiana ayudó bastante. La llegada de su hijo Francesco, en 2011, contribuyó al ensamble familiar y cultural definitivo. “Mi esposo tiene muy buen carácter. Desde el principio, vi que era diferente a los demás italianos que había conocido. Me hizo sentir muy bien. En todos estos años, ha habido un intercambio personal y cultural, en todos los sentidos. En casa, hablamos los dos idiomas, pero a veces saltamos del español al italiano, simultáneamente, y es un solo relajo! El mundo culinario es un gran punto de encuentro entre nosotros. Él ha dejado de desayunar el típico bollo dulce con cappuccino para pasarse al pan con aguacate, le encanta! Al principio, cuando los compraba, le salían duros o podridos, ahora los conoce bien.  Los fines de semana, desayunamos huevo picado y frijoles, muchas veces. Yo también hago pupusas ¡Es una fiesta cuando hay pupusas! Mi hijo todavía no ha ido a El Salvador, pero le encanta la comida”.

La maternidad, vivida desde la distancia y sin el apoyo familiar, fue una experiencia intensa para Gothy. “Mi madre no pudo venir. Mi esposo y yo tuvimos que acoplarnos solos. Fue difícil, porque con un hijo siempre es bueno tener ayuda. Me dediqué, al menos, tres años totalmente a criarlo. Dejé muchos cursos para estar con él. Fue otra etapa de la vida. Todo giraba en torno a él. Cuando empezó el kínder, arranqué de nuevo y reconquisté mis espacios, otra vez”.

Parte de esa conquista de nuevos espacios ha pasado por la independencia laboral y financiera. En 2015, Gothy se decidió a dar el salto para montar su propio atelier y laboratorio de pintura. Imparte sus propias clases y desarrolla sus propios proyectos artísticos. Uno de los más importantes ha sido el encargo realizado por una basílica histórica del centro de Milán, famosa por ser el lugar donde bautizaron al pintor Caravaggio, para pintar un cuadro. La imagen es de Santa Magdalena de Canosa y se titula “El fuego de la caridad”.

“Hice una investigación exhaustiva sobre esta santa. Fui a hablar con las monjas canosianas para que me contaran sobre ella. En cuadros anteriores, realizados por hombres, ella era plasmada como un ser espiritual, etéreo, casi privado de fuerza. La representaban con un lirio blanco. En mi investigación, encontré una frase de ella que me impactó: ‘La caridad es como un fuego que crece y crece’. Decidí asignarle una llama de fuego en su mano, como atributo personal, por el tipo de mujer que fue realmente. Lo argumenté ante el párroco y la iglesia y estuvieron de acuerdo. Pienso que sólo una pintora mujer puede darle el fuego en la mano a otra mujer. Tiene otra fuerza comunicativa”.

Pero, sin duda, el retrato que más ha trascendido de la obra de Gothy, es la imagen de Monseñor Romero. Fue en 1994, cuando realizó su primer cuadro sobre el beato. Gothy transmite una profunda admiración y devoción hacia Romero, cuando explica el proceso artístico alrededor de este personaje: “Mis padres me transmitieron ese respeto y devoción. Desde jovencita, he hecho varios retratos de Monseñor para mí o mi familia, pero nunca los había expuesto. En 2015, hice uno para entregárselo al Papa Francisco, en un encuentro privado con la comunidad salvadoreña, en Roma, en agradecimiento por la beatificación de Romero. El cuadro causó mucha admiración. Casualmente, un periodista de Radio el Vaticano tomó una foto que se viralizó en Facebook y llegó a mucha gente. Para mí fue una experiencia casi espiritual. El retrato es de lo más difícil que hay en el campo artístico, pues hay que saber comunicar el alma y la esencia de la persona”.

En reconocimiento a su destacada labor artística, en marzo de 2017, Gothy fue nombrada “Pintora distinguida de El Salvador”: “Me sentí agradecida, sobre todo, porque me lo dan en vida. Mi discurso en la Asamblea Legislativa se enfocó en crear conciencia de la importancia del arte en la sociedad. No es un lujo, es una necesidad. Es una vía que puede ayudar a solucionar conflictos, a abrir conciencias, a desarrollar capacidades diferentes para enfrentar el mundo y construir un país distinto. Siempre se dice que con el arte no se come y se deja como algo secundario. Esa mentalidad tan simplista y limitante es la gran diferencia entre países que sí respetan su cultura y se enfocan en desarrollarla”.

Gothy es consciente de ser una privilegiada al tener la oportunidad de aportar culturalmente en un entorno como el italiano. Sobre todo, teniendo una formación estrictamente salvadoreña, lo cual también habla del buen nivel de las escuelas en las que se formó. Actualmente, está enfocada en hacer una exposición en Milán y también en El Salvador, la próxima primavera del 2018. Además, ha recibido el encargo para realizar las 14 estaciones de un Vía Crucis para una iglesia italiana.

“Yo llegué ya formada a este país.  Y ahora estoy aportando artísticamente en esta tierra con tanta historia cultural. A través de mí también conocen nuestra cultura. He tenido el valor de lanzarme al vacío de la independencia laboral, que no es fácil, pero que tiene grandes satisfacciones. Hay que tener mucho valor para hacer eso. El arte no siempre te paga bien económicamente. Italia es conservadora y vive mucho de su tradición artística. Eso hace que, automáticamente, sea clasificada como alguien que está fuera de esa tradición. Pero, para mí, que me vean diferente es algo positivo. Mis colores, mi estilo, mi lenguaje, eso me hace ser lo que soy. Esa diversidad es arte. Me he sentido valorada en mis exposiciones en Italia. Siento que valoran mi identidad y que saben que no los quiero imitar y lo respetan. Me gustaría crear una fundación para el arte, para hacer programas en El Salvador y desarrollar el arte, en diferentes niveles. Cuando hemos tenido el privilegio de formarnos y crecer, tenemos el compromiso de devolver a nuestra patria parte de lo que nos ha dado”, finaliza.