Archivos de la categoría Sin categoría

“Como inmigrantes, debemos pensar en toda nuestra comunidad”

Por: Claudia Zavala

Yazmín Ramírez Portillo cuenta su historia, desde Maryland, Estados Unidos, donde reside, desde hace 3 años. Ella cuenta que la idea de emigrar de su natal El Salvador llegó después de varios meses de reflexión y de verdadera angustia. Una angustia y preocupación provocadas a raíz de unas amenazas que estaba recibiendo en su lugar de trabajo, en una casa de remesas y envío de dinero. “Yo trabajaba en el Área de Cumplimiento Legal. Tenía acceso a información confidencial de todos los envíos… datos personales, números de documentos, de PIN, cantidades de dinero, todo. Empecé a recibir llamadas en las que me pedían que hiciera ciertos ‘cambios’ en algunos envíos. Yo me mantuve firme, durante varios meses, resistiéndome a hacerlo. Me decían que si no lo hacía, tenía que pagarles a las maras de la colonia en la que vivía. Nunca lo comenté en la empresa, porque era evidente que tenían demasiada información sobre el funcionamiento de mi trabajo y sobre mí. Siempre he pensando que las personas estaban ahí dentro, o tenían un contacto directo. También me decían que, si denunciaba, mi familia iba a pagar las consecuencias. Sabían dónde vivía, mis horarios, todo. Me sentía vigilada y sin poder pedir ayuda, era frustrante. Me negué por mucho tiempo, hasta que la presión fue demasiado fuerte y accedí a pagar unos mil dólares. Como me pedían más dinero, tuve que pedirle a mi mamá que me ayudara. Así fue como ella se dio cuenta de todo”.

A Yazmín le preocupaba especialmente el impacto emocional de la noticia en su mamá, pues la señora acababa de ser tratada de un cáncer de pecho y aún estaba débil. Ante semejante peligro, empezó a surgir la idea de emigrar a Estados Unidos, a casa de una tía materna, pues se sentían en un verdadero callejón sin salida. Además, un segundo motivo, más intenso aún, surgió en esas semanas: Yazmín estaba embarazada. “Acordé con el padre de mi hijo que lo mejor era que yo emigrara, para estar seguros y tranquilos, y aspirar a una vida distinta también para el niño. La idea era que él nos alcanzaría más adelante. Pero le denegaron la visa. Y, tristemente, nuestra relación comenzó a distanciarse, poco a poco. Tuve que enfrentarlo todo sola”.

Enfrentarlo todo sola significó despedirse de su madre en un momento en el que se necesitaban muchísimo, y aterrizar en Washington, en abril de 2016, con 6 meses de embarazo. Su única experiencia previa en Estados Unidos había sido en los entrenamientos puntuales que recibía de su empresa, en el estado de California, donde estaba la sede central. Licenciada en Mercadeo y Publicidad, de un día para otro, Yazmín se vio sin expectativas laborales, con el único proyecto de dar a luz a su hijo, lo cual, en semejante contexto, no dejaba de ser también una verdadera incertidumbre: “Aunque por mi situación, cuando llegué, solicité asilo, me asustaba la idea de no ser residente legal. Uno escucha tantas cosas del sistema sanitario estadounidense, no sabía cómo y dónde iba a parir. Mi tía ha sido un verdadero ángel para mí, desde el primer momento. Ella me compró el boleto de avión y me recibió con los brazos abiertos. Averiguó todo lo que había que hacer y consiguió que tuviera todo lo necesario para ese momento. Me dijo que tendría casa y comida siempre, que estaría segura y protegida”.

Según recuerda, la primera impresión que tuvo en las calles de Maryland fue bonita, tomando en cuenta que era primavera. Las flores, los árboles, los colores… le pareció un lugar agradable y acogedor para vivir.  Y, aunque tenía una base importante de inglés, señala que le costaba muchísimo entender el acento de sus nuevos vecinos. “En Maryland hay muchos latinos y en el área de mi tía hay muchos afroamericanos. He tenido experiencias negativas, por el idioma. He sentido que me ven de menos. Les pregunto algo en inglés, que sé que está bien dicho, y me dicen ‘no hablo español’ y se dan la vuelta, sólo porque escuchan mi acento. Es feo… Hay otra gente que trata la manera de ayudarte, pero es poca, quizá porque tienen conocidos latinos, pero no son todos. También hay latinos que no quieren hablarte en español, viendo que eres latino. Es absurdo, pero es así”.

Mientras esperaba la fecha de dar a luz, al poco tiempo de su llegada, Yazmín supo de varias recaídas de salud de su madre, hasta que, un día, ella se sinceró y le confesó una noticia devastadora: el cáncer había vuelto, ésta vez, en el páncreas. “Le pregunté por qué no me lo había dicho cuando estaba en El Salvador. Me lo ocultó por mi embarazo y para que yo pudiera viajar, sin preocuparme más de la cuenta. Recuerdo que no me dejaba ver los exámenes que le hacían, me daba cualquier excusa para evitarlo… ‘son muchos papeles’, me decía”.

En medio de la preocupación por la salud de su madre, Yazmín dio a luz a su hijo Adrián, el 19 de julio de 2016. “Me tuvieron que hacer cesárea. Fue un balde de agua fría para mí, no estaba preparada para eso. Me puse muy nerviosa. Mi bebé tenía el cordón enrollado en el cuello, estaba como ahogándose, pero lloraba… Fue duro estar sin mi mamá y sin mi compañero. Recuerdo que lloraba todas las noches. Me sentía triste y frustrada. No entendía cómo mi vida había llegado a ese punto de estar sola en un país que no era el mío. Además, no me subía la leche y mi hijo lloraba mucho. Un día, llegó una amiga de mi tía con una sopita de pollo que yo digo que fue ‘milagrosa’. Me la tomé y zas, ¡me salió la leche! En esos días tan terribles, nuevamente, mi tía fue mi gran apoyo. Sin ella no sé qué hubiera hecho”.

El difícil proceso de radioterapia y quimioterapia que estaba atravesando no fue obstáculo para que su madre luchara e hiciera todo lo posible para recuperarse y poder viajar a Estados Unidos y ver a su única hija y primer nieto. Con la ayuda de la empresa en la que trabajaba como costurera, tramitó la visa, y sus jefes le regalaron el boleto de avión. La idea era estar tres meses con su hija y su nieto, en Maryland, y luego volver a El Salvador, para continuar con el tratamiento médico y seguir trabajando, pues quería jubilarse en la misma empresa. Y así sucedió. Por fin, madre, hija y nieto se abrazaron, en octubre de 2016.

“Me impactó verla. Estaba demasiado delgada, pesaba unas 90 libras (41 kg). Ella siempre fue fuerte, alegre, muy positiva y decidida. Andaba en moto y tenía mucha energía. Verla tan consumida me partió el corazón. Estaba feliz con su nieto, pero esa enfermedad es terrible. A la semana de estar con nosotros, empezó a sufrir dolores muy fuertes en la espalda y tuvimos que llevarla al hospital. Luego de 15 días hospitalizada, los médicos dijeron que mejor la lleváramos a casa y que ahí le darían cuidados paliativos, pues el cáncer ya estaba en etapa 4. El dolor de la espalda era otro cáncer que estaba en el hueso y no la podían tocar. No sabemos si ella sabía realmente de su gravedad y nunca nos quiso decir. En esos días, me decía: ‘hija, me voy a poner bien, para ayudarte con el niño y que puedas ir a trabajar. Vamos a estar todos juntos, esto ya va a pasar. Yo me voy a levantar de esta cama’. Aunque la veía muy mal, en mis fantasías, yo le creía”, recuerda.

Una semana después, el 10 de noviembre de 2016, murió. Tenía 53 años. Yazmín quedó devastada. Una mujer, también salvadoreña, que se ha convertido ahora en su comadre, y otra tía que había llegado desde California se encargaron en esos días de su hijo. Según cuenta, el profundo duelo y la suma de emociones vividas en tan poco tiempo la hizo sumergirse en una depresión. “Pasé semanas enteras en las que sólo lloraba. Mi bebé sufrió mi ausencia, no podía estar al 100 por ciento con él. Me invadía la tristeza, dejé de darle pecho…  También pasó que, a raíz de la muerte de mi mamá, mi papá volvió a aparecer en mi vida, después de más de 30 años de no saber de él. Ahora estamos en contacto y me llama todos los fines de semana para saber cómo estamos”.

Con el paso del tiempo, el mazazo emocional fue apaciguándose, poco a poco. Y en Yazmín surgió el deseo de volver a estar activa laboralmente.  Su tía le recomendó buscar un trabajo, por horas, como freelance, para que pudiera seguir cerca de su hijo, pues aún era muy pequeñito. Así, buscando en una plataforma especializada en empleo, Yazmín conectó con una oferta de bookkeeper assistant, es decir, asistente contable. “Yo dije, Dios mío, con lo que sufro con los números… ¡pero tengo que intentarlo!”. Fue entrevistada, vía Skype, por una empresaria residente en Nueva York que vendía productos en Amazon. Y necesitaba a alguien que le llevara toda la parte contable y le actualizara todos sus registros. Pese a su dificultad para las matemáticas y al cansancio de las horas acumuladas por el trabajo, que hacía muchas veces de noche y de madrugada, Yazmín se ganó la confianza de su jefa, consiguió dominar el programa contable y logró compaginar su trabajo con el cuidado de su hijo y el resto de actividades domésticas.

Después de esa primera experiencia laboral, en la guardería de su hijo conoció a otras madres que la conectaron con trabajos de limpieza de oficinas y de piscinas, que realizaba por las noches. También se involucró en diversas actividades del centro escolar, como voluntaria. Era la encargada de llamar a las familias, para recordarles reuniones importantes, en español e inglés. “Como por mi trámite de asilo tengo derecho a permiso de trabajo y seguro social, no tengo problema por la parte legal para trabajar, afortunadamente. Un día, en la guardería de mi hijo me preguntaron si quería trabajar con ellos. Yo dije ¡wow!, si es con el departamento de ‘Family services’ del Condado. ¡Lo vi como demasiado! Pero comencé un proceso de selección en octubre de 2018 y, después de pruebas y trámites, en enero de 2019, comencé a trabajar con ellos. Estoy en el área de cocina, preparando los refrigerios de los niños. Soy maestra sustituta, y cubro a otras que están de vacaciones o de baja por enfermedad. He ido progresando, formándome en el cuidado de niños.  Quiero completar mis cursos para ser maestra. Me gustaría poner una guardería con mi tía, es nuestro proyecto familiar. Mi tía trabaja en remodelación de casas; destaca en un mundo de hombres. Ella me dice que tengo que pensar en grande y no tener miedo. La semana pasada me dieron el permiso de conducir. Se me partía el corazón ver a mi niño en la parada de buses, todo encogidito, con el frío que hace aquí en invierno. Eso ya no va a pasar más”.

Para Yazmín, estos tres intensos años de experiencia migratoria, pese a la adversidad, han sido positivos: “Es duro partir y dejar todo lo tuyo atrás… tu tierra, tu gente, tu comida, tu clima… Pero pienso en el futuro de mi hijo y eso me inyecta de energía y esperanza. También siento que mi mamá está en algún rinconcito, allá arriba, ayudándome. Tengo la suerte de tener a una mujer que me ayuda y me inspira, mi tía, que me dice constantemente que no dependa de nadie y que, con esfuerzo, todo se consigue en este país. Con el escenario migratorio actual que hay aquí, me siento con la responsabilidad de ser mejor persona y trabajadora. Como inmigrantes también debemos pensar que, si cometemos errores como ciudadanos, a los que vienen detrás de nosotros también les va a perjudicar. Hay que pensar en toda nuestra comunidad, no sólo en uno mismo”, finaliza.

 

 

 

“En Alemania, estoy transformando mis prejuicios”

Por: Claudia Zavala

Hace apenas dos años, la vida de la salvadoreña Pamela Alens Volkmer dio un giro inesperado, cuando conoció al que ella llama “el hombre de su vida”, en una fiesta. Era mayo de 2017 y para esta joven graduada en Relaciones Públicas, el encuentro con Florian, un joven alemán fue un verdadero impacto: “Yo lo vi y dije ‘¡de aquí soy! ¡es él! Yo había tenido algunas relaciones con extranjeros, anteriormente, y la verdad es que mi familia y amigos pensaban que con él tampoco iba a funcionar. Al principio, nadie confiaba en la relación. Mi mamá me decía que a veces los extranjeros sólo quieren sexo y ningún compromiso”, recuerda.

Frente a la incredulidad del entorno, la pareja se acopló muy bien y se fue consolidando rápidamente. El proyecto en el que Florian estaba implicado laboralmente terminaría en breve. Entonces, Pamela recibió una propuesta rotunda y radical de parte de su novio: “¿Te vendrías conmigo a vivir a Alemania?”. “Yo siempre he sido extrovertida, flexible, me gusta conocer personas y nuevas culturas. Y estaba muy enamorada. Le dije que sí. Me propuso matrimonio, en noviembre de 2017. Nos casamos por lo civil, en enero de 2018”.

Contra todo pronóstico, en pocos meses, la pareja por la que pocos apostaban se convirtió en matrimonio y ya planificaba su nueva vida en Alemania. Para sellar aún más su pacto de amor y convivencia, toda la familia de Florian viajó desde Alemania hasta El Salvador, para realizar la boda religiosa, el 17 de mayo de 2018, una semana antes de partir a su nuevo destino. La pareja se despidió de El Salvador, el 25 de mayo de 2018. “Aunque estaba muy ilusionada, la despedida fue triste, porque siempre he tenido una muy buena relación con mis papás y mis hermanos; tengo una hermana gemela con la que estoy muy unida. Era duro pensar que ya no los tendría conmigo”.

Pamela y Florian aterrizaron en Uffing, al sur del estado de Baviera, cerca de la frontera con Austria, y se instalaron en casa de la madre de él, durante los siguientes meses, mientras encontraba nuevamente trabajo. Pamela cuenta que la primera impresión al llegar a Alemania fue agradable, tomando en cuenta los 20 grados de temperatura característicos del mes de mayo.

Las personas que llegan a vivir a Alemania, por mandato del Estado, deben hacer lo que se llama “Curso de integración en Alemania”, una serie de clases, no sólo de aprendizaje del idioma, sino también del conocimiento de la cultura bávara. Como las clases de ese curso ya habían empezado, Pamela tuvo que esperar hasta el mes de noviembre para integrarse a la escuela. Mientras tanto, fue su suegra quien la introdujo en el aprendizaje del idioma y la cultura. “En las primeras semanas, con ella aprendí los números, el alfabeto, cómo y dónde comprar, todo lo básico de la vida diaria en Alemania… La gente habla mal en general de las suegras, pero, en mi caso, ella ha sido una bendición para mí. Es bien linda gente, me ha ayudado en todo. No me costó acoplarme a su lado. Además, yo en El Salvador tenía siempre todo hecho, porque había una señora que nos ayudaba en casa. Llegué a Alemania con cero conocimientos de cocina, de llevar una casa… Ahora ya me animo haciendo frijolitos, pupusas, sopita de pollo salvadoreña y un par de cosas alemanas. Mi suegra nos dio techo y comida, durante los primeros meses, y siempre le estaré muy agradecida por lo generosa que ha sido con nosotros, en todos los sentidos”.

Pamela relata que la adaptación relativamente fácil de los primeros meses fue cambiando de cara al invierno, a medida que el frío intenso iba llegando. “Ya desde el otoño empezó a hacer un frío horrible. No tenía ropa adecuada, tuve que comprar todo aquí. Mis clases empezaron, pero me sorprendió lo mucho que el clima puede condicionarte. Yo he sido siempre muy activa y noté que no me daban ganas de salir. Además, coincidió que mi mamá se puso mal de salud, y tuve que vivir toda esa preocupación y angustia, desde la distancia. Comencé a vivir meses muy duros para mí, emocionalmente hablando”.

En enero 2019, Florian encontró trabajo y el matrimonio se mudó a Limburg, más cerca de Bélgica, a unas 7 horas de distancia de Uffing. Pamela se incorporó de inmediato a sus clases de alemán, en las que cuenta que destacan compañeros de países como Afganistán, Pakistán y Siria. “He aprendido mucho al lado de ellos, sobre todo por las historias tan duras que muchos tienen como refugiados. Me gusta que en clase nadie se burla de nadie, porque todos estamos aprendiendo. Yo en El Salvador, de pequeña, sufrí bullying, porque tenía problemas para hablar. Después de muchos años y terapia de lenguaje, he logrado mejorar, pero sé lo duro que es ser el centro de las burlas todo el tiempo. Por eso valoro tanto que nadie se ría de mí por mi pronunciación del alemán y que se me respete cuando hablo”.

Actualmente, el esfuerzo de Pamela está centrado en estudiar al máximo para que su nivel de alemán avance. De momento, tiene el permiso de residencia, pero, para conseguir a la ciudadanía, necesita demostrar el nivel B1 de alemán -que habilita para poder trabajar y hacer estudios superiores- y haber vivido en el país, durante 3 años, de manera permanente, sin ninguna salida. Mientras tanto, deberá renovar anualmente su residencia, demostrando que tiene medios para vivir, que sigue estudiando y que está inmersa en su proceso de integración en la cultura alemana.

Gran parte de ese proceso ha pasado por desmontar mitos y estereotipos que tenía con respecto a las personas alemanas y europeas en general: “Pensaba que eran fríos, distantes, que no se bañaban… no sé por qué existe ese prejuicio en Latinoamérica, pero pensamos que los europeos son sucios.  Mi experiencia ha sido buena, pues he conocido a gente abierta, educada, amable y limpia, por supuesto. No digo que todo sea perfecto. En este país existe el racismo y la discriminación. Lo viví una vez en un tren. Iba con mi esposo, y un señor me miró con mucho desprecio y superioridad, sin disimular, sólo porque yo iba hablando español. Sentí miedo. Fue una sensación nueva para mí. Nos cambiamos de asiento y todo. Florian también se sintió mal. Me dijo que, en público, procurara hablar sólo en alemán, para no tener ese tipo de problemas. En casa, procuramos no hablar español, para que yo vaya aprendiendo más rápido”.

A punto de concluir una especialización en el área de Comunicaciones, que ha estudiado vía online, desea enfocar su proyecto laboral en el área del periodismo escrito. Con 30 años recién cumplidos, tiene claro que la maternidad es algo que también le gustaría experimentar, a corto plazo.

“Dentro de 5 años, me veo con un total dominio del alemán y con dos hijos. Todo ha pasado tan rápido y no ha sido fácil. Extraño muchísimo a mi familia, mis amigos, mi tierra, la comida, la playa… Pero me sorprendo de lo mucho que he modificado mis ideas, la manera en que he transformado mis prejuicios y he abierto mi mente. Antes juzgaba a la gente, sin darme cuenta, y sólo veía lo que los demás me hacían a mí. Estar fuera de tu tierra te ayuda a crecer como persona, porque te replanteas muchas cosas que antes veías con naturalidad. A veces son patrones que en ese nuevo entorno ya no te sirven y tienes que construirlos desde cero. Tienes que estar dispuesto a hacerlo, para poder avanzar e integrarte de verdad”, finaliza.

“Como inmigrante, debes demostrar el doble”

Por: Claudia Zavala

Rosy Aquino de Montesinos representa, de alguna manera, el perfil de periodista que se ha curtido en una dinámica laboral intensa y exigente de un país como El Salvador y que, pese a la adversidad de desafiarse en un entorno social y cultural distinto al suyo, se sabe con opciones para salir adelante: “En mi país llegué a tener hasta tres trabajos, en un programa de televisión, como productora y presentadora, en una agencia de publicidad y en un programa de radio. Eso me ha dado muchas tablas, aunque tampoco me ha evitado las dificultades que tenemos la mayoría de profesionales al emigrar”.

Esas tablas laborales y una actitud proactiva formaron parte de su equipaje cuando, el 5 de julio de 2011, decidió emigrar a Estados Unidos. La opción de cambiar de vida le llegó de la mano de su pareja, un salvadoreño con ciudadanía estadounidense, con quien se había casado en octubre de 2009. “Yo había estirado todo el tiempo posible en El Salvador, después de casarme, porque no podía irme y dejar mi trabajo así nada más. Lo hablé en su momento en la Embajada Americana, pero llegó un punto en que me dijeron que, si no viajaba, mi esposo tendría que iniciar un nuevo proceso migratorio para regularizar mi situación, y este trámite tardaría mucho tiempo”.

Rosy vivió durante el primer año en Virginia y luego se trasladó a Maryland, donde reside actualmente. Cuenta que, aunque había tenido un buen tiempo para mentalizarse del cambio que le esperaba, el impacto emocional fue fuerte. “Yo venía de una familia muy unida, con una vida social muy activa. Sé cocinar algunas recetas de mi abuela, así que lo gastronómico no ha sido problema, además de que mi esposo es chef. Parece una tontería, pero lo que más me afectó al llegar fue la distancia de la playa. Soy migueleña y tenía siempre la playa cerca. Aquí la más cercana está a 5 horas. A pesar de haber latinos en esta zona, me costó mucho acoplarme a una rutina de vida tan distinta a la que tenía. Al principio, fue un balde de agua fría”.

Siendo comunicadora, la sensación de no dominar el idioma inglés para desenvolverse por completo y tocar puertas también fue frustrante al inicio. Lo subsanó tomando clases que le aportaron una mejor base, aunque reconoce que sigue aprendiendo y que le hace falta mejorar. Graduada de la Universidad de El Salvador, Rosy era consciente de que su estatus laboral, al llegar a Estados Unidos, no sería el mismo que el que había conseguido en su país de origen. Supo que le esperaba un recorrido de diversas fases en la que la etapa inicial suele requerir de mucha paciencia y gran fortaleza mental, para no desanimarse. “Yo le dije a mi esposo que quería trabajar de lo que fuera. Él me ha apoyado siempre, pero yo también debía aportar a la familia. Además, así tenía que salir a aprender y a conocer mejor en qué entorno estaba. Él conocía a algunas personas vinculadas a medios de comunicación, pero no sentía la confianza de hablar con ellos y hablarles de mí. Se animó a hablar en la compañía donde estaba como chef, y ahi tuve mi primer trabajo”.

Se trataba de una cadena de 5 restaurantes de comida mexicana. Sin tener conocimientos específicos, Rosy ingresó al área de control de calidad de alimentos, donde se empeñó en aprender al detalle sus tareas y, en poco tiempo, se acopló sin mayores problemas. La noticia de un deseado embarazo llegó y su hija, Anna Michelle, nació el 16 de mayo de 2013. “Estaba a punto de parir cuando me llamaron de una productora de televisión, que yo había sondeado al llegar a Estados Unidos. Me dio alegría, por ser un trabajo de mi ámbito profesional, pero la prioridad era mi niña. Me enfoqué en su cuidado durante casi un año. Como me había quedado la espinita de esa llamada, los contacté nuevamente, me entrevistaron y empecé a trabajar a medio tiempo, como productora y reportera para un programa que se emitía en Centroamérica TV. No era fácil compaginarlo con la crianza de mi hija, pero me esforzaba mucho para demostrar lo que sabía hacer. Los horarios de mi esposo eran bien intensos; él dormía poco. No es fácil cuando tienes hijos y no tienes a tu familia cerca para que te dé soporte. Pagas a gente para que te ayude, pero siempre estás con la duda de si te lo cuidan bien, si come bien y está siempre atendido. Ahora, afortunadamente, tengo a una persona a la que le tengo una gran confianza”.

Rosy continuó a lo largo de varios meses vinculada a esta productora, aunque con dificultades de patrocinio, y también desarrollando proyectos personales, como un segmento de turismo, gracias a los contactos que mantenía en El Salvador. Junto a otros tres periodistas que habían trabajado para la cadena Univisión, creó “Mi gente news”, el primer noticiero para redes sociales, dirigido al área de Washington. El espacio lo emitían a través de Facebook Live, e incluía noticias de última hora de todo el mundo, un segmento específico de Centroamérica, otro sobre latinos en Estados Unidos y una sección sobre migración. El proyecto duró casi un año y finalizó en diciembre de 2017.

“Cuando terminó ese noticiero ya estaba embarazada de mi segundo hijo, y sin posibilidades laborales, nuevamente. Estuve luego en el espacio “Diálogo en América”, para Centroamérica TV, pero sólo por pocos meses. Y luego volví a la productora anterior, aunque siempre con dificultades”.

La familia se amplió con la llegada de Ángel Guillermo , el 2 de febrero de 2018. A los 15 días posteriores a su parto, Rosy  comenzó a trabajar vía telefónica, haciendo la planificación y producción de lo que le requerían. “Fue un tiempo difícil y terminó todo en julio de 2018, cuando ya, definitivamente, los patrocinadores no renovaron. Entonces, mi esposo y yo hablamos seriamente de consolidar varias ideas que veníamos contemplando desde hacía tiempo. Había llegado el momento de hacer nuestra apuesta personal”.

De la fusión de los apellidos del matrimonio, nació Productions A&M , en octubre de 2018. La pareja, poco a poco, fue invirtiendo en equipo de audio y video. Al frente de su propio proyecto, Rosy se lanzó a ofrecer lo que su experiencia laboral de más de 20 años le ha aportado, y que va desde la producción audiovisual (documentales, spot publicitarios, videos institucionales), fotografía publicitaria y editorial (medios impresos y digitales), branding, organización de eventos, entre otros servicios.

“Armamos el set de televisión pequeñito, en el que era el cuarto de mi hijo. Estamos luchando para establecernos bien, para luego irnos a otro local u oficina. Actualmente, emito todos los jueves, por Facebook Live, el programa “Sin límites”, en el que doy a conocer perfiles de hispanos del área metropolitana de Washington DC. También soy freelance de ‘Radio América’ para el noticiero ‘Informativo Mundial’, y estoy  trabajando en otras propuestas de comunicaciones para radio, tv y redes sociales  con varios colegas periodistas”.

Rosy también forma parte de la agencia internacional de periodistas salvadoreños radicados en el exterior “Voz de la diáspora” . Los años de desarrollo profesional que suma le permiten tener un panorama amplio de los cambios que ha experimentado el oficio periodístico, en prácticamente todo el mundo: “Años atrás, salías con un equipo a hacer tu trabajo. Hoy te piden que seas tú quien lo haga todo, que coordines, produzcas, edites, presentes, lleves redes sociales… es una involución, no se puede hacer todo a la vez y bien. Hay días duros y me esfuerzo por dar siempre lo mejor, aún sabiendo el entorno laboral en el que estamos, y más cuando eres inmigrante. Debes demostrar el doble. Algunas personas me veían y no creían que yo fuese capaz de hacer ciertas cosas y he demostrado que sí puedo. Confío en que, con el tiempo, más puertas se abrirán y nuestro proyecto seguirá creciendo”, finaliza.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“En Corea del Sur he desafiado mis límites”

Por: Claudia Zavala

La suavidad y ternura con la que Claudia Aracely Henríquez le habla a su hijo pequeño, al otro lado del teléfono, contrasta con el carácter fuerte y obstinado de la protagonista de esta historia. “Le acabo de decir que siga jugando, que me deje tranquila un ratito, que estoy hablando”, traduce. El coreano parece un idioma imposible de pronunciar, para cualquiera que no sea nativo de esa lengua. Pero Claudia lo hace con tanta fluidez y naturalidad que nadie imaginaría que esta salvadoreña ha dominado esos complejos fonemas desde un aula de estudios y en una edad adulta.

Pero el idioma, quizá, ha sido uno de los retos menores en el camino que ella inició desde El Salvador, cuando apenas tenía 16 años. Su vecina era secretaria en una empresa textil asiática. Le dijo que en la fábrica había 8 empleados coreanos que sabían muy poco o nada de español y que si ella se animaba a darles clases. “Yo estaba empezando el bachillerato. Siempre he parecido más seria y formal, con más años de los que tengo. Creo que me vieron jovencita, pero se imaginaron que quizá tenía unos 22 años. Yo era muy responsable y disciplinada con mis clases. Eran los fines de semana. Me recogían en casa, dábamos la clases, me llevaban a comer, me pagaban y me dejaban de nuevo”.  La persona encargada de recogerla era el más callado y serio de todos. El jefe. Estuvieron dos años con el tema de las clases y Claudia cuenta que, poco a poco, después de un buen tiempo, las cosas fueron cambiando entre los dos. Siendo ella la primera sorprendida, un sentimiento importante había surgido entre ambos y comenzaron a salir como novios. Era el momento de que la familia de Claudia lo supiera. No fue fácil decírselo a su padre. Su novio le llevaba 20 años.

“Fue un drama. ¡¿Que querés otro papá?!, me dijo. Eran casi de la misma edad. Tuvimos muchas peleas. Yo permanecía firme en mi decisión. Cuando saqué mi cédula, como mayor de edad, me fui de la casa. Fue muy duro, porque yo quería mucho a mi papá, pero también lo quería a él. Me dejaron de hablar. Mi mamá sufrió mucho porque estaba en medio de todo. Las cosas cambiaron dos años después, cuando nació mi hija. Durante el parto, me tuvieron que hacer cesárea, pero no me hizo efecto la anestesia normal, y me pusieron anestesia general. Cuando desperté, estaba mi papá a mi lado con mi hija. Fue su manera de decirme que respetaba mi decisión y que, a pesar de todo, éramos una familia e íbamos a estar juntos siempre. Nos casamos en 1999. Yo tenía 20 años”.

Viviendo todavía en El Salvador, Claudia cuenta que, un día, la señora que le ayudaba con las labores de la casa llegó gritando, muy alterada, a tocarle la puerta. Cuando le abrió, vio que venía con unos hombres armados. Era un asalto. “Yo estaba hasta con suero, porque estaba enferma. Mi niña tenía menos de 2 añitos. Me dijeron que se la llevarían, si no les decía dónde estaba el dinero. Justo el día anterior le habían pagado a mi esposo. Ellos sabían que les pagan en efectivo, así que siempre pensamos que era alguien cercano quien nos vigilaba. Nos ataron. Vaciaron la casa, se robaron todo. Estuvimos amarradas, hasta que llegaron por la tarde unos vecinos y la policía”, recuerda.

Otro episodio igual de dramático sucedió un mes después. Esta vez en la maquila donde trabajaba su esposo. También el día de pago. Los asaltantes robaron dinero y cargaron dos camiones con mercadería de la fábrica. Ante los hechos, su esposo le dijo que tenían que irse del país, que jamás se perdonaría que les sucediera algo. “Me van a matar o les van a hacer algo a ustedes. Piensan que soy el dueño de todo y soy sólo un empleado. No vale la pena exponerse así”, le dijo. Y los preparativos para emigrar comenzaron. Era el año 2001.

Nuevamente, el shock familiar. El padre de Claudia no veía con buenos ojos que se fueran a vivir a Corea del Sur, una cultura tan ajena a la salvadoreña. Pero Claudia lo convenció, diciéndole, además, que su hija necesitaba conocer a su familia coreana y que sería bueno para abrirle otras posibilidades en la vida. Así, ella, su hija y su esposo viajaron en octubre de 2001 a Corea del Sur. Ahí empezaría una nueva etapa de verdaderos desafíos para Claudia. Para su marido significaba una “vuelta a casa”, después de 20 años de vivir en diversos países del mundo, por temas laborales. “Llegamos cuando empezaba el frío. Fue bastante impresionante ver las calles todas llenas de chinitos. Todos me miraban, sin disimulo. En esa época, había muy pocos extranjeros en Corea. Llegamos a vivir a casa de mi suegra. Yo había leído un poco sobre la cultura coreana, pero era diferente estando ahí”.

El primer contraste se dio cuando, cansados después del largo viaje, Claudia no vio ni camas ni mesa en casa de su suegra, porque prefieren el suelo. Ella recuerda haber sacado colchas gruesas que encontró en un armario, para simular un colchón, y acostarse con su niña. Con los días comprendió que la familia de su esposo se sentía decepcionada porque él se había casado con una mujer extranjera. “Es el hijo mayor. El varón. En esta cultura significa que él representa a la familia. Mi suegra, sobre todo, no podía perdonar que él se hubiese casado con una mujer no coreana y que yo, por ejemplo, le dijera que me ayudara a cocinar o a cambiar los pañales de la niña. Para nosotros era normal. Pero para ella era una ofensa. La cultura coreana sigue siendo bastante machista, en ese sentido. Y más mi suegra que vivía en un pueblo. Con la bebé ella era un amor, pero a mí me regañaba bastante. No le entendía, pero le notaba el gesto y la actitud cuando estaba conmigo. Era una situación muy difícil para mí, no sabía cómo agradarla”.

Todo se complicó aún más, 4 meses después. Su esposo le anunció que su jefe lo destinaba, nuevamente, a otro país extranjero. Esta vez, China. Claudia pensó que por la edad de su hija era mejor procurar una estabilidad para facilitarle su aprendizaje escolar. Se negó a viajar con él y le propuso que le buscara una casa a ella sola, pues no estaba dispuesta a quedarse con su suegra, dada la relación tensa que había entre las dos.

“Aún sin saber el idioma ni conocer la cultura, prefería empezar de cero y buscarme la vida sola. No me daba miedo. Al contrario. Sabía que si me quedaba en casa de mi suegra ‘por comodidad’, o por no enfrentarme al cambio, iba a ser peor todo. La convivencia iba a desgastarme y terminaría volviendo a El Salvador. Fui firme. Y mi esposo me encontró una casita, con un cuarto, un saloncito y un baño. Ahí nos quedamos mi hijita y yo, cuando él se fue a trabajar a China”.

Claudia cuenta que, a los 3 meses de estar sola, recibió una visita inesperada. Eran representantes de la Embajada de El Salvador en Corea. La buscaban, dando respuesta a la denuncia recibida desde El Salvador por el padre de Claudia, quien no recibía noticias suyas, desde hacía 3 meses. “Pobrecito mi papá, ¡había hecho un escándalo! Se afligió, porque yo no lo llamaba. Estando sola, no sabía cómo comprar las tarjetas del teléfono, ni nada. Y llamó preocupado a la Embajada, pensando que algo me había pasado”.

Pero la frustración por el desconocimiento del idioma tendría una fecha de caducidad para Claudia. Cuando su hija empezó el kínder, se convirtió en su pequeña maestra. Y, además, una peluquera coreana que se convirtió en una buena amiga, la introdujo en la cultura del país, desde las experiencias más cotidianas: visitando el mercado, el banco, la escuela, recorriendo las calles… Claudia anotaba y memorizaba todo lo que podía. Tenía sed de aprendizaje y adaptación. Por ella. Por su hija. Y su esfuerzo y dedicación rindieron frutos cuando aprobó con muy buena nota el cuarto nivel de coreano, sin necesidad de presentar el examen de los primeros tres niveles. También empezó a visitar una iglesia católica, donde había un padre italiano que hablaba un poco de español. Él le recomendó acudir a un centro en el que daban clase de coreano a extranjeros, después de misa. Como alumna aventajada, Claudia  se ofreció como voluntaria traductora, en un programa de atención médica para familias inmigrantes.

“El idioma me gustó mucho. ¡Me pareció fácil! Ayudar a los demás también me motivó mucho más a aprender. En Corea, si uno no tiene seguro médico, es carísimo ir al hospital. No todos los usuarios del programa eran latinos, también traducía al inglés. Para ellos esa ayuda era muy importante. Luego, el padre me recomendó sacar el nivel 5 de coreano para aplicar a un trabajo, en la alcaldía de Suwon, la ciudad donde vivo. Hice varios cursos en la universidad Kyung Hee para prepararme. Y comencé a trabajar en el Centro de Ayuda para Inmigrantes, como soporte a las familias multiculturales. Ahí estuve 5 años”.

Luego, Claudia continuó una formación en Educación Multicultural y empezó a trabajar en la alcaldía de Seúl, en un programa para dar clases multiculturales en todos los niveles de estudio, desde el kindergarten hasta el bachillerato. El curso consistía en presentarles a los alumnos todo lo referente a diversos países, unos 50 en total, incluido El Salvador y compartir sobre su cultura. También desarrolló esos talleres en varios centros educativos privados la localidad. A lo largo de todo el año 2018, trabajó en la Biblioteca de su localidad, organizando y clasificando colecciones de libros y demás material bibliográfico en el área infantil. Y, desde el primer momento que tuvo el encuentro con los representantes de la Embajada salvadoreña, ha colaborado en diversas actividades, para promover la cultura del país, desde la Asociación de Salvadoreños en Corea. Enfocada en seguir aprendiendo, en los próximos días, comenzará un curso de panadería y repostería, con el objetivo de aplicar esos conocimientos culinarios al área de educación, y complementar el programa que imparte, con la comida como eje vehicular para conectar con otras culturas.

“Es importante que los niños conozcan y respeten la diversidad cultural, desde pequeños. A Corea vienen profesionales, médicos, ingenieros… no es gente que no tiene qué comer en sus países o es ignorante. Se viajaban por muchos motivos, hoy en día. Un día, una niña en la peluquería me preguntó si yo había emigrado porque no tenía qué comer en mi país. Entendí que era algo que había escuchado en su casa. Muchos coreanos tienen la visión de que ciertos países, los latinoamericanos y africanos, por ejemplo, son pobres y profundamente ignorantes. Los discriminan. Creen que sólo la gente blanca es inteligente. Son prejuicios que debemos transformar, desde la educación”.

Desde el punto de vista de Claudia, los valores que priman en la sociedad coreana se centran en la competitividad, el dinero y la dedicación casi exclusiva al trabajo. “Nosotros valoramos más el afecto, la familia. Aquí, desde pequeños, se les programa para ser los mejores y para hacer dinero. Las clases de bachillerato, por ejemplo, empiezan a las 7:30 am y terminan a las 10 pm. ¡Una barbaridad! Y aún así hay padres que llevan a clases extra a sus hijos de madrugada. Duermen unas horas y al día siguiente, otra vez, al colegio. Corea es el país en el mundo con el mayor índice de suicidio en la etapa de bachillerato. Viven demasiado estrés. Y el mercado laboral no compensa ese gran esfuerzo. Hace poco, salió un estudio que decía que, de 100 personas con profesión, sólo 2 ó 3 trabajan en ella realmente. Por eso, muchos emigran del país para poder ejercer su carrera. Tienen una formación altísima”.

La presión por los cánones estéticos coreanos, famosos por la belleza de la piel de sus mujeres y su revolucionaria cosmética, es otro elemento que Claudia destaca. “Yo soy gordita. Además, fui madre por segunda vez, de un varón, hace 5 años. El cuerpo va cambiando. Desde que llegué, me han dicho que debería bajar de peso, que tengo la cara bonita, pero que estaría mucho mejor siendo delgada. Mi hija tiene ahora 20 años, y pasó por una etapa en la que no quería comer. Buscamos ayuda médica. Lo que sucede es que, socialmente, también tienes más oportunidades laborales si eres delgado. Cuando llamas para un trabajo, te pueden preguntar cuánto mides y pesas y, si no estás dentro de su parámetro, te dicen que mejor ni vayas a la entrevista. Es muy normal. No se considera discriminación. El regalo más común, cuando se gradúan de bachilleres, es la operación de párpados, para hacerse los ojos más grandes, menos asiáticos”.

Claudia hace un balance de todos los cambios vividos, desde ese día del año 2001, cuando tocó por primera vez tierra coreana. Reconoce que ha tenido muchos momentos duros, de llanto, desesperación, frustración y que algunas veces todavía hay puntos de dificultad en su proceso personal y profesional  de integración: “He sabido reaccionar y salir adelante. Tengo una amiga muy querida salvadoreña que vive también en Corea, mi comadre Rocío, que me dice que soy una guerrera super poderosa, jajaja! Y sí, yo digo que después de todo lo que he superado, soy realmente una guerrera. Doy gracias a Dios por este carácter que tengo. Hemos podido consolidar las relaciones familiares. Ahora, cuando me llaman de mi país, preguntan más por mi esposo que por mí. Él se ganó a mi gente por completo. Pienso que Corea me ha enseñado a ser independiente y a luchar por lo que quiero. En El Salvador no hubiera sido lo mismo, quizá. Yo ahora no acabo de ponerme metas. Con esto de la comida estoy ilusionada. Voy a enfocarme en promover más las pupusas. A los coreanos les encanta el curtido y, si las pupusas son de arroz, ¡les fascinan! Hacemos piñatas con mi comadre y, cuando mi hijo cumplió 5 años, hicimos una, y le mandé un video a la profesora, dando instrucciones de cómo se rompe la piñata, para que todos los niños disfrutaran. ¡Él estaba feliz! Quiero avanzar y seguir aprendiendo, que mis hijos estudien y se sientan orgullosos de sus raíces. Que tengan lo mejor de cada país. Siento que en Corea he desafiado mis límites, consiguiendo cosas impensables. La necesidad te revela aspectos de tu potencial que nunca hubieras pensado desarrollar. Es ahora que me doy cuenta por todo lo vivido”, finaliza.

 

 

“Soy una inmigrante salvadoreña, en el Parlamento de Canadá”

Por: Claudia Zavala

El horror y la incertidumbre de la guerra en El Salvador fueron los detonantes para que la familia de Sonia Wayand decidiera emigrar. “En la ofensiva militar del 89, la colonia en la que vivíamos estuvo tomada, durante varios días. Nos tuvieron de rehenes. Eso marcó mucho nuestras vidas y determinó lo que vendría después”, recuerda. Sonia tenía 26 años, era soltera, aunque con novio, pero aún no se había independizado. Licenciada en Mercadeo, trabajaba en el área de inventarios de repuestos, en una conocida empresa de automóviles. Su padre llevaba tiempo sin encontrar empleo y su madre había dejado de trabajar, por diversos achaques de salud. El matrimonio se había separado.

“Una compañera de la universidad fue la que me dijo ‘vámonos  a Canadá o a Australia’. Me contó detalles de los trámites y yo se lo trasladé a mi familia. Nos inclinábamos más hacia Canadá, porque mi hermano mayor y una prima ya vivían en ese país. Para averiguar más sobre los requisitos, un día me fui a las 5 de la madrugada, a hacer cola al Consulado de Canadá en San Salvador, yo sola, aún no se había firmado la Paz y seguía estando peligroso. Mi mamá me pidió que no le dijera nada a mi papá sobre nuestros planes de emigrar. Para mí eso fue lo más doloroso de todo. Yo estaba bastante apegada a él, pero me lo guardé todo. Aplicamos como ‘landed immigrant’. Nos aprobaron todo en un año; fue rápido, en comparación a otras personas. Cuando teníamos todo listo para viajar, un día, mi papá llegó a la casa y se dio cuenta de todo. Fue muy triste y desgarrador separarnos. Nosotros empezábamos de cero en otro lugar, pero él se quedaba sin su familia”.

El estatus de “landed immigrant” o residente permanente requiere 3 años de residencia y trabajo legal, para luego aplicar a la ciudadanía canadiense. Así, Sonia, su madre y sus dos hermanos aterrizaron en Toronto, el 1 de noviembre de 1990, para luego trasladarse a Otawa, donde vivirían definitivamente.

“Llegamos en pleno invierno. Hacía muchísimo frío. En la oficina de inmigración nos recibieron bien, nos dieron abrigos esa noche y luego nos fuimos con mi hermano mayor a Otawa. Yo llegué llena de ilusiones a Canadá, quería progresar. Pero había dejado a mi novio en El Salvador. Tenía el corazón partido. Antes de viajar, él me dijo que, a pesar de la distancia, nuestro objetivo era casarnos. Me llamaba y escribía periódicamente. Yo sentía una batalla interna muy intensa: por un lado, quería hacer una nueva vida en un país como Canadá. Pero, por otro, quería estar con mi papá, mi novio, mi gente en mi tierra. Era un conflicto constante. Mi papá habló conmigo. Me dijo que me quedara. Que todo estaría bien para mí en Canadá”.

Sonia cuenta que tenía un nivel muy bajo de inglés a su llegada. Sin embargo, con la ayuda de su hermano, escribió un anuncio, solicitando trabajo y lo pegó en el edificio donde vivía. A los 3 días, recibió una oferta de trabajo de una señora que tenía una hija de 6 años y necesitaba una niñera. Paralelo a su trabajo, Sonia aprovechó las ayudas que el gobierno canadiense otorga a las personas con su estatus migratorio: ayuda para la renta, para la comida y clases de inglés. En sus clases de inglés, precisamente, recuerda haber conocido a una mujer polaca que trabajaba cuidando ancianos. Con ese contacto pudo conseguir más oportunidades de empleo, cuidando a niños y a ancianos, mientras aprendía el idioma y continuaba con su proceso de integración social y cultural en el país. Luego de dos años de trabajo y estudio, la relación con su novio salvadoreño iba mermando cada vez más. “Me empezó a dar largas con el tema de la boda. Me desilusioné y dejé de llamarlo”.

Con una inclinación natural hacia el arte, heredada de su padre que era pintor, Sonia consiguió una oportunidad laboral en la Escuela de Arte de Otawa, como ayudante en clases de pintura para niños de 5 años. Fue una experiencia sólo de un par de meses. Pero, justo el último día que tenía que trabajar, le dijeron que esa noche habría una gala benéfica en el lugar a la que estaba invitada. “Ese día estaba de voluntaria en la cocina. No estaba vestida de manera apropiada para una gala, pero aún así decidí quedarme, para ver cómo era aquello. Yo todavía no estaba tan sólida con el inglés y tampoco sabía francés. Me pegué a una compañera que sí hablaba bien y así pasé la velada. Y, estando las dos en la fiesta, de repente, llegó Martin”.

Martin era el amigo del patrocinador de la gala. Ambos se acercaron a las muchachas y las abordaron. Les pidieron el teléfono. Las invitaron a salir. “Bueno, la verdad es que Martin la llamó a ella primero y ella le dijo que no. Entonces, me llamó a mí. Así, tipo ‘second choice’, jajaja!!! Me pareció tan simpático y divertido que decidí darle una oportunidad. Fuimos a cenar a un restaurante italiano, a tres cuadras de mi casa. ¡No se complicó mucho con la date! Jajaja! Me encantó su naturalidad y gracia. Me confesó que había decidido ir a la gala benéfica de su amigo sólo porque venderían barata la cerveza. Nos reíamos muchísimo juntos. Quedamos como amigos. Me siguió llamando. Como a los 3 meses, comenzamos a sentir que las cosas iban cambiando. Y me enamoré de Martin. Mi novio salvadoreño me llamó, cuando supo que salía con él, me preguntó qué tan seria era esa relación… me escribió una carta, pidiéndome que me casara con él. Todavía la tengo… Ahora que lo pienso, quizá la voy a botar ya! Jajaja!!”.

El sentido del humor y el amor de Martin llenaron de felicidad y enfoque claro los planes en la vida de Sonia. A los 6 meses de ser novios, él le pidió que fuera su esposa. Se casaron el 7 de julio de 1993.

Ella continuaba en su labor de cuidar ancianos. Un día, su hermano le dijo que se había encontrado con la hija de su madrina salvadoreña y que trabajaba en el “International Development Research Centre”. Ella le recomendó que le entregara su currículum, pues siempre estaban necesitando gente para diversos trabajos. Luego de ser entrevistada, a Sonia la contrataron como asistente junior en el lugar. Ese trabajo, en el que estuvo 6 años, significó dar un salto en su carrera laboral y consolidar el dominio del idioma inglés, a un nivel profesional. “Fui a parar a la oficina del presidente de la institución. Fue una gran fortuna. Trabajé con el Director de Política de Planificación, durante 4 ó 6 años. También estuve en la ‘Micronutrients iniciative’. Debo destacar que todo lo conseguí con la educación que recibí en El Salvador. No me especialicé en nada más, sólo aprendí inglés”.

Luego del nacimiento de Stefan, su único hijo, en 1995, Sonia decidió dedicarse por completo al cuidado y crianza del bebé. Varios años después, cuando el niño se incorporó a la escuela, ella decidió retomar su vida laboral. Estuvo un tiempo, nuevamente, cuidando ancianos, y también trabajó, por horas, como profesora suplente en el kínder de una escuela privada judía. Un día, caminando hacia casa desde la escuela con su hijo, acompañada de la mamá de un compañerito suyo, le contó a ella su deseo de volver a trabajar en una oficina gubernamental. Ella le dijo que le diera su currículum, porque necesitaban gente en su trabajo. En el Parlamento Canadiense”.

Nuevamente, el perfil de Sonia encajó perfectamente. Fue entrevistada directamente por un miembro del Parlamento de Canadá, quien se convertiría en su jefe. Según le dijo, lo que más llamó su atención para contratarla fue la experiencia que ella tenía como maestra de niños. Al inicio, el trabajo de Sonia consistía en dar apoyo a las asistentes administrativas de la oficina del parlamentario. Luego de años de demostrar su profesionalismo y responsabilidad, fue promovida a asistente ejecutiva directa del político.

“Llevo ya 15 años con él. Cuando mi jefe está en la oficina, debo encargarme desde que estén los lapiceros que le gustan en su escritorio, hasta que todos los pagos de la oficina estén al día. Asisto a comités de trabajo con él. Lo he asistido en el comité de Derechos Humanos Internacionales y en el comité relativo a las leyes y funcionamiento interno del Parlamento. También me encargo de ver las contrataciones de las personas de la oficina. En este tiempo, hemos cultivado una relación muy respetuosa y cercana, pero cuidando siempre de no pasar los límites de nada. Como vivimos cerca, en verano vamos juntos al trabajo, en bicicleta”.

Pese a los frutos tan positivos, después de casi 30 años en Canadá, Sonia reconoce que el proceso no ha sido nada fácil: “Como inmigrante, en este país, hay gente que te ve bien y hay gente que, por la misma razón, te ve mal. He sufrido humillaciones por no hablar bien el idioma, y hasta por mi manera de vestir, sobre todo, en invierno. Uno no puede llegar a dimensionar lo que el clima puede condicionar la vida, hasta que vive en un país con temperaturas tan extremas. Es como ser un enanito y vivir metido en un freezer congelado, durante 6 meses. Con días oscuros y aburridos. Sin mucha vida social. Hay poco tiempo de sol y calor. Por eso la familia aquí es muy nuclear e  importante. Con mi esposo y mi hijo somos muy unidos, porque aquí no hay mucha costumbre de salir a lugares sociales y más en Otawa, donde el corazón de la ciudad es la estructura del gobierno. No hay nada más”.

El acoplamiento cultural con Martin y su familia tampoco fue tan fácil. “Siempre nos hemos llevado bien, pero ha habido puntos de choque que tienen que ver con visiones de crianza muy distintas. Mi suegra, de origen austríaco, era académica universitaria, muy estricta, rígida. Yo tenía claro que no quería criar a mi hijo de manera severa y que, a la vez, le quería dar seguridad para que se enfrentara al mundo. Ese equilibrio no es fácil de conseguir, ante tanta mezcla cultural en la que están inmersos. La diversidad es algo positivo, pero, a la vez, un reto, porque necesitas definir realmente en lo que tú crees. Me siento feliz con el hijo que tengo, un hombre respetuoso, abierto y tolerante. Está orgulloso de su identidad mixta ¡Es súper frijolero!”.

En todos estos años, Sonia considera que los canadienses que la han conocido tienen ahora una visión muy distinta de El Salvador que la que tenían antes de conocerla: “Mucha gente se lo imagina como un país súmamente atrasado, en el que no hay nada de modernidad, ni electricidad, ni empresas… tienen sólo el referente de la guerra y de la pobreza. Yo he demostrado que he podido desempeñar el mismo trabajo que ellos, con una calidad alta también, con mi cultura y mi educación salvadoreña. Deseo seguir dando lo mejor de mí y poder retirarme en unos 5 años del Parlamento. Quiero dedicarme a la pintura, como mi padre. Murió en 2004. Se llamaba Jorge Morales. Fue conocido en su época. En su honor me gustaría dedicarme a eso, para expresar lo que tengo adentro. Aparte de mi esfuerzo, considero una suerte inmensa toda mi historia personal y laboral en Canadá. Siempre he sido una persona agradecida. Por cualquier cosa buena que tenga, pequeñita o grande, siempre he sido agradecida. Creo que es la clave para que las cosas salgan bien en la vida, vivamos donde vivamos”, finaliza.