“Emigrar me ha permitido vivir lo mejor y lo peor”

Por: Claudia Zavala

La boliviana Ingrid Zabala no tiene reparos en reconocer que sus experiencias migratorias, tanto en España como en Francia, han tenido sus luces y sombras. Por un lado, han significado un crecimiento personal importantísimo en su vida. Pero, por otro, la han hecho enfrentarse a los peores momentos emocionales y psicológicos que una persona puede sentir.

Todo empezó cuando llegó a España, el 7 de mayo de 2004. El país estaba en el “boom” de su economía y recibió a mucha gente de países como Bolivia, Ecuador y Colombia, entre otros. “Yo tenía 25 años y estaba recién divorciada. Trabajaba en una ONG para el desarrollo de los pueblos indígenas, pero necesitaba un cambio de vida. Pensé estar sólo dos años, ahorrar un buen capital y volver a Trinidad, mi ciudad”, apunta.

Al llegar, se instaló en Alicante, provincia de la Comunidad Valenciana. Comenzó a trabajar como empleada interna, cuidando a un coronel retirado, practicante del Opus Dei. “Yo venía de una sociedad católica, no se me hizo difícil seguirle el ritmo: A las 11 am, iba al casino de Alicante, luego íbamos a misa a las 13 hrs y a las 17 horas rezábamos el rosario. A las 17:30,  escuchábamos Zarzuela y, finalmente, veíamos fútbol. Todos los días comía pescado a la plancha y puré de verduras. Era muy disciplinado. A los ocho meses de estar con él, su salud mejoró y me dijo que ya no me necesitaba”.

Recuerda que luego cuidó a otra anciana que murió de cáncer. Cuando esto sucedió, decidió dar el salto a Valencia y buscar trabajo en el área comercial. Sus conocidos bolivianos y españoles contribuyeron a ello. Era ya el año 2005. Ingrid permanecía en contacto permanente con su familia. Trabajaba y ahorraba lo más que podía. Un día, haciendo una llamada en un locutorio de la ciudad, conoció a un hombre que le cambiaría la vida. “Era amigo de la secretaria del locutorio, que era boliviana. Ella me lo presentó. Era tan alto, fuerte y atlético… yo pensé que era brasileño. Él pensó que yo era china, jajaja!”.

El “brasileño” resultó ser un francés, jugador de rugby, que estaba en su año sabático. Casi no hablaba español y ella tampoco francés. “La atracción fue mutua, pero veníamos de culturas muy diferentes. Poco a poco, nos fuimos comunicando mejor. En general, él era más cerrado en su manera de ser. Los primeros tres meses de convivencia fueron junto a miembros de su equipo de rugby. Luego, nos independizamos. Él nunca había tenido una pareja seria. Yo había estado casada, durante 5 años. Para mí fue como educarlo, en cuanto a convivencia de pareja. Yo tenía 26 y él 24 años. Fue aprendiendo el castellano conmigo. Entonces, los modismos sudamericanos se le cruzaban. Sus compañeros españoles no le entendían, le decían que estaba aprendiendo mal el español. El pobre tenía una confusión en su cabeza”, recuerda entre risas.

Un hijo entre tres culturas

La relación se consolidó y, en septiembre de 2008, nació su hijo Sebastián. Ingrid comenta que ahí fue donde sintió el verdadero choque cultural con su marido. “Él quería criarlo a la francesa y yo a la latinoamericana, aparte teníamos la influencia española, que era donde estábamos viviendo. Hay mucha diferencia. Como su hermana tenía niños, ella nos llamaba por teléfono y daba opiniones sobre la crianza. Era chocante para mí la constante comparación. Por ejemplo, nos decía que nuestro bebé tenía que dormir sólo durante 15 días en nuestra habitación y luego pasar a su cunita. Yo le daba pecho y quería colechar. Aunque entendía que ella lo hacía por ayudar, tuve que tener mucha paciencia, para no entrar en conflicto y, a la vez, reivindicar lo que sentía que mi niño y yo necesitábamos”, reconoce.

El trabajo de su marido le exigía viajar constantemente. Por cambios laborales de él, decidieron mudarse a Alicante e intentar pasar más tiempo en familia. Pero la crisis económica en España golpeó fuertemente y, casi un año después, él perdió su trabajo. Fue, entonces, cuando decidieron trasladarse a Francia.

La experiencia migratoria en el país de su marido, reconoce, fue mucho más dura. Viajaron el 7 de mayo de 2012. Ingrid cuenta que la primera traba para alquilar un apartamento o casa es que el sueldo del inquilino tiene que ser tres veces más de la cuota a pagar. Afortunadamente, unos amigos pudieron ayudarlos y encontraron un lugar, en un pequeño pueblo, a 50 minutos de Paris.  “Llegamos un día martes. Estaba lloviendo. Era primavera, pero hacía mucho frío. En la casa no teníamos sofá, sólo una mesa y una cama. Éramos los únicos en el edificio. Era todo nuevo, pero no había luz en el pasillo, no servía el portal. A los tres días se fue Ben de viaje, yo me quedé sola con mi hijo, no conocía a nadie y no hablaba francés. Empecé a vivir, entonces, la etapa más dura que jamás había vivido, emocionalmente hablando”.

Viviendo el duelo migratorio

Ingrid cuenta que, cuando su hijo ingresó a la escuela, ella se quedaba sola en casa. “Bajaba la persiana y me quedaba a oscuras, durante todo el día. Me sentía desorientada. Cuando mi hijo regresaba, la volvía a abrir, para que entrara luz. Yo hacía un enorme esfuerzo para aparentar normalidad y que él no notara mi tristeza”, reconoce.

Los especialistas en salud mental y procesos migratorios hablan de la existencia de un verdadero “duelo migratorio”, también llamado “Síndrome de Ulises”, que es un cuadro reactivo de estrés, ante las situaciones adversas que viven las personas que emigran y que puede manifestarse en síntomas como ansiedad, depresión, tristeza, temores, irritabilidad, entre otros. “Pese a ser una mujer de carácter fuerte y determinada, yo llegué a sentirme perdida. Fueron momentos realmente duros”, recalca.

Luego de estar dos meses en esa situación, Ingrid decidió que era el momento de hacer cambios rotundos. “O salía de eso, o me hundía. Comencé a salir al pueblo, a buscar gente, a intentar interactuar. Bajaba todos los días a comprar a un pequeño supermercado, aunque fuese agua o pan, para que la gente me fuese conociendo. Una cajera hablaba un poco de español. Ella me dijo que había una piscina y un parque para los niños. Comenzamos a ir con mi hijo, para conocer a otros niños y a sus padres. Me subía a los buses, sin saber su ruta, para ver hasta dónde me llevaban y luego volver. Me perdí muchas veces, pero eso me exigía preguntar, fijarme en todo, entender cómo funcionaba el transporte, la vida en general. Mi hijo ya era bilingüe, hablaba muy bien francés; pero no quería hablar con nadie, porque se sentía enojado por no estar en su entorno, con sus amigos españoles”.

También decidió inscribirse en una asociación, para aprender francés. “Era tremendo, porque las clases estaban enfocadas como para analfabetas. Nos enseñaban a escribir la ‘a’ francesa, redondita, como a los niños pequeños. Teníamos una profesora de primaria y para mí era frustrante no poder decir lo que pensaba. Entonces, me cambié a otra asociación que tenía otro enfoque. Ahí realmente aprendí a comunicarme, por fin. Me inscribí en cursos de teatro y de inserción laboral. Aquí hasta para limpiar el piso tienes que formarte y tener un diploma. Hice una formación para ser empleada doméstica. Mi marido no quería que me dedicara a eso, pero pensé que era la forma más rápida de conseguir trabajo con mi nivel de francés. Comencé a limpiar casas, durante 20 horas a la semana. Eso me permitía moverme, salir, empezar a hablar con todo mundo. Era ya 2013.  Por fin, empezaba a tener autonomía”.

Tiempo después y, aprovechando su experiencia laboral cuidando a personas mayores, Ingrid decidió formarse en ayuda médica y psicológica de personas mayores y dependientes. “El nivel de francés que exigían para el diplomado era mayor al que tenía, pero yo me lancé y dije: ‘esto lo consigo, porque lo consigo’, no me di otra opción”.

Reconectar y avanzar

Cuenta que en las clases la llamaban “la boliviana”. Comenzó a destacar por su ímpetu en el estudio y su personalidad. “Los docentes al principio no confiaban en mí, pero luego vieron que sí podía.  Estudié mucho, compré libros, me sacrifiqué muchísimo para conseguirlo. Tuve momentos de bajón, pero me levantaba y seguía. Aquí la puntuación máxima es 20. Un día le dije a la responsable de la formación que sacaría como nota final un 15/20. Ella me dijo ‘eso es muy alto, ni nosotros los nativos sacamos esa nota’. Entonces, algo se activó en mí y me dije: ‘vas a ver cómo esta boliviana los deja a todos sorprendidos’”, relata con orgullo.

Dicho y hecho. Todo el salón de clases se quedó boquiabierto cuando, después de seis pruebas finales, ella aprobó con un brillante 16/20. “Me sentí realizada. Había conectado, nuevamente, con la Ingrid que era. Aprendí muchísimo a hablar y a escribir en francés y a dominar la temática de la formación. Superar esa prueba me motivó muchísimo. Me sentí capaz de todo”.

Sus excelentes notas y conocimientos le facilitaron encontrar un mejor trabajo. “Ahora soy la responsable de una Unidad, en una residencia de ancianos. Tengo a mi cargo a 12 abuelitos con alhzeimer. El más joven tiene 90 años. Me desenvuelvo sólo en francés. Estar con ellos, compartir su mundo, escuchar sus experiencias de vida me permite seguir conociendo este país, desde la historia de estas personas”.

Ingrid comenta que uno de los mayores aprendizajes que ha tenido en Francia es el relativo a las diferencias culturales que existen en el país. “Me ha costado mucho comprender el problema social que existe en Francia. Es el país de la libertad, pero siempre hay cosas que hay que callarse. A partir de los atentados terroristas de ‘Charlie Hebdo’, empecé a notar el tema del racismo y la xenofobia a mi alrededor. Es curioso, pero a mí me ha ayudado no ser blanca ni negra. Nunca he sentido de la gente prejuicios hacia los latinos, como hacia los árabes, provenientes de colonias francesas. No es fácil tener un criterio definido, entre tantas nacionalidades, tanta mezcla. Después de vivir aqui, mis argumentos son mucho más cuidadosos y pensados, porque veo que la realidad es compleja. Es distinto cuando se mira desde afuera. Hay que ser muy prudentes con lo que se dice, porque fácilmente puedes ser tachado de racista”, explica.

La cultura francesa es, sin duda, el elemento más positivo que destaca del sistema.  “La gente aquí es muy curiosa, muy lectora, les encanta conocer la cultura y gastronomía de otros países. Son abiertos a probar cosas nuevas. Ellos dicen que eso es como ‘viajar gratis’. Ese es un punto que he aprendido y me gusta. He compartido con gente de Líbano, Irak, Irán, ¿cuándo iba a conocer gente de esos países? Es otro nivel, realmente. Aquí ir al cine, al menos una vez al mes, es parte de tu cultura, no es sólo una actividad de ocio”.

Ingrid afirma que, a estas alturas, por sus conocimientos, podría estar mejor profesionalmente en su natal Bolivia. Pero en familia valoran el tema de la educación de su hijo. “Sebastián cumplirá 9 años en septiembre y en el colegio tiene notas excelentes. Me gusta realzar eso, porque a veces la gente piensa que, porque eres latinoamericana, tu nivel educativo no es bueno. Yo digo que se ve el reflejo de mi historia en mi hijo. Él es resultado de mi esfuerzo, de mi cultura, de mi educación. Y me satisface pensar que en este país es justo que comiencen a tener una visión distinta de los inmigrantes. A mi hijo siempre le digo ‘aprende algo nuevo, sé abierto, sé positivo, que la gente se lleve un buen recuerdo tuyo’. Esa forma de ser y de pensar se la agradezco mucho a mi mamá. Ella me enseñó a ser así. La familia de mi marido me dice que ya tengo mentalidad francesa, por pensar así. Pero yo les digo que ese pensamiento lo he tenido desde siempre, lo construí en mi tierra, en mis orígenes que siempre exaltaré, con todo el orgullo del mundo”, finaliza.

 

 

8 comentarios en ““Emigrar me ha permitido vivir lo mejor y lo peor”

  1. Felicitaciones Ingrid, tu esfuerzo y dedicación han dado sus frutos, pero tu esencia es la que hace que seas la encantadora y arrolladora​ persona que eres.
    Un abrazo gigante a tan linda familia.

    1. Gracias Doris por tan lindas palabras… y gracias por permitirnos conocerte en tan poco tiempo nos haz enseñado que nunca es tarde para Vivir en plenitud… sigue transmitiendo tus buenas energías !!!!!

  2. Felicidades por sus experiencias de vida . Usted es ejemplo de mujer latina inmigrante q no se doblega ante ninguna dificultad . Abrazos en la distancia . Dios le bendiga

    1. Gracias Leticia… no es fácil pero cuando uno decide cruzar el charco de agua… hay que ser consciente que ha sido una decisión nuestra aunque luego nos encontremos con obstáculos en la vida hay que seguir… seguir y aprender y estar dispuesto a adaptarse… ?

  3. Te soy sincero ingrid me dejas con la boca abierta.. Con tus logros.. Todo se puede en la vida.. Y ser inmigrantes… Aprendes y valoras.
    Muchas.. Cosas.. Felicitaciones.. Sigue para adelante

    1. Gracias Francisco, justamente cuando hemos cruzado el charco estar predispuesto y dispuestos a afrontar muchas adversidades… el tema no está en victimismo… sino en sacar lo bueno de lo malo… en dar y dejar que las cosas fluyen.. pero también en provocarlas…estoy segura que en tu historia de vida tu tambien tienes mucjo para enseñarnos… un fuerte abrazo

  4. Me ha encantado tu historia todo es perseverar y ser constante, cuánto se aprende, anima a seguir adelante, gracias x compartir tu historia.

  5. Tú lo dices Aracely… constancia y perseverancia… y siempre siempre aprender… de lo bueno de lo malo… contagiarse de buenas vibras y dar lo mejor de nosotros… un abrazo

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