“Me he reconciliado con mi identidad, siendo migrante”

Por: Claudia Zavala

Suave en el trato, pero contundente en sus ideas, así se muestra Monsy Díaz al compartir su historia de vida. Aunque confiesa un profundo amor hacia su natal El Salvador, cuenta que, desde sus días de infancia y adolescencia, tuvo claro que emigraría: “Siempre sentí que era como una pecera muy pequeña para mí, que pertenecía a otro lugar. Quería hacer muchas cosas y siempre fui muy inconforme”.

Con temperamento artístico marcado desde pequeña, decidió estudiar Comunicación Social y Publicidad, para tranquilizar a sus padres, quienes estaban preocupados por su futuro profesional y laboral, en una cultura que no brinda una estabilidad económica al gremio artístico. Intentando acercarse a su mundo creativo, en el último año de su carrera universitaria, decidió compaginar también la formación en Diseño Gráfico. “Cursar dos carreras universitarias a la vez fue duro para mí. Llevaba 11 materias simultáneamente. Empezaba clases a las 7 am, seguía durante todo el día, en dos universidades distintas, y terminaba de madrugada, haciendo tareas. Me terminé enfermando, me dio una úlcera, me hospitalizaron. El día de mis exámenes finales colapsé con una apendicitis y me tuvieron que operar”.

Luego de ese capítulo de rutinas extremas, siguieron dos años de trabajo en el mundo publicitario. Monsy cuenta que, aunque lo desarrollaba bien, no era algo que realmente la llenara. Sus inquietudes artísticas estaban cada vez más latentes y decidió romper con ese ritmo de vida que no la hacía feliz: “Renuncié a mi trabajo y me di un tiempo para mí. Hice varios viajes como mochilera, intentando explorar un poco y encontrar algo con lo que conectara. Fue una época difícil con mi familia. Como era lógico, estaban preocupados, porque no sabían qué sería de mi futuro. Estuve así durante 5 años, sin saber exactamente qué hacer. Era fuerte, porque sentía que no terminaba de encajar en ningún sitio”.

Con el amor y el apoyo incondicional que sus padres siempre le han brindado, un día recibió una llamada de ellos. Le dijeron que la ayudarían económicamente, durante un año, para que estudiara la rama artística que quisiera en España. Su destino soñado desde niña. Y que, después de ese tiempo, volviera a El Salvador, para asentarse nuevamente laboral y profesionalmente. “Para mí fue una gran alegría. Siempre quise vivir en España, no sé por qué tenía una conexión especial con ese país. Había estado a los 18 años con mi papá y eso me marcó mucho”.

Era el año 2011. Ese año previo a su partida, Monsy tuvo una temporada prolífica, a nivel artístico. Tocó puertas y se le abrieron. Con su escasa experiencia como pintora, fue acogida en la Asociación de Artistas Plásticos de El Salvador, y realizó una exposición donde participaron las principales mujeres pintoras del país. Expuso en la Embajada de México, en el Centro Cultural de Venezuela y en una exposición en Cuba. Por eso, cuando viajó a España, en el año 2012, sintió que su talento artístico terminaría de aflorar y formarse, en el entorno académico y cultural adecuado.

“Encontré una escuela de Arte y Restauración, en Valencia. Pensé que era una formación estupenda, pues así también complacía a mis padres. Así ya podrían decir ‘Mi hija es restauradora de arte’ y podría encontrar trabajo en ese sector, que es un poco más sólido que sólo siendo pintora. Mi sorpresa fue que, después de estar 6 meses estudiando pintura, ¡terminé enamorada de la restauración! Fue todo un descubrimiento para mí y me metí de lleno en ese mundo”.

Monsy cuenta que, paralelo a su proceso personal y emocional, España la recibió con un choque cultural inesperado: “Me llamó la atención el trato un poco seco que tiene la gente. Creo mucho en la igualdad entre hombres y mujeres, pero echaba en falta la caballerosidad, que te abrieran las puertas… eso no pasa aquí. Nosotros somos más suaves al hablar y al tratarnos. Otra cosa que parece una tontería es que en mi país las mujeres nos arreglamos y cuidamos más. Aquí son más sencillas y naturales. Al principio, sentía que me criticaban, porque yo iba muy arreglada siempre, como era mi costumbre de toda la vida. Después de unos meses de estar aquí, cambié y descuidé mi apariencia. Con el tiempo, me he reconciliado con eso, porque quiero ser yo y verme como me siento bien yo, no por el lugar donde viva y sin importar lo que diga la gente. También me sorprendió el trato que hay entre algunas familias. Yo hablo todos los días con mis papás. Son mi pilar fundamental y la comunicación con ellos para mí es vital. Mis compañeros de piso me decían que ellos hablaban al tiempo con sus padres, que no entendían por qué yo lo hacía todos los días. También porque le hablaba a mi mamá de ‘usted’, aquí la mayoría se tutea. Yo valoro mucho nuestro trato. Es lo que me han inculcado y es lo que quiero preservar”.

Monsy ingresó a España con un visado de estudiante. Según cuenta, renovó ese estatus migratorio, durante tres años. Al finalizar ese tercer año, un amigo cercano, que se ha convertido en una especie de mecenas artístico para ella, la contrató a medio tiempo. Eso le posibilitó cambiar su documento a una residencia vinculada a un trabajo y estabilizar su estancia en el país. Al año siguiente, la contrató a tiempo completo como administrativa, aunque realmente ella trabajaba en el taller de restauración que él gestionaba. “Con mi incorporación, él abrió los servicios de compra, venta y gestión de bienes culturales y restauración de arte antiguo. En eso trabajo ahora. Para desarrollar mi trabajo, hemos creado y registrado la marca ‘Angélica Posada’, bajo la que realizo trabajos de pintura, ilustración y restauración. Estoy trabajando en la página web, para poder vender mis obras por internet. Además, me gusta la fotografía y también quiero trabajar ese rubro desde mi marca”.

En estos 6 años de procesos de cambios y verdadera renovación, el punto más álgido vivido por Monsy se refiere al impacto negativo que representa la enfermedad. “Es duro para una persona inmigrante enfermarse gravemente, como me pasó a mí, hace 3 años. De repente, un día, iba caminando y tuve un mareo muy intenso. Llevaba varios días sintiéndome débil, bajita de energía. Después de muchas pruebas supe que tenía una anemia profunda, realmente delicada. Me dijeron que, si no lo hubiese tratado a tiempo, hubiese derivado en algo peor. Eso me hizo frenar, nuevamente, y replantearme muchas cosas en mi vida. Tuve que tomarme un tiempo largo para recuperarme. Pasé muchos días en cama. Tuve la dicha de tener a personas que estuvieron conmigo y me cuidaron siempre. Estaré siempre agradecida con ellos”.

 

Recuperada por completo y canalizando su talento artístico, ella cuenta que “Angélica Posada”, significa mucho más que un negocio. Aunque se trata de sus segundos nombre y apellido, la marca rinde homenaje a la vida de su abuela materna, que se llamaba así. El proceso personal y emocional en el que ha profundizado, durante los últimos años, viviendo lejos de su familia y país, la han llevado a enfrentar aspectos que quiere materializar en su obra. “Me enfoco en una esencia femenina muy fuerte, tal y como era mi abuela, que fue una mujer muy valiente. Era de Chirilagua, San Miguel, y su padre murió siendo ella una niña. Tomó el rol de defensora de su madre y sus hermanas, en una época en la que las mujeres sin un hombre en casa eran realmente vulnerables. Ahora me sumerjo también en mis propias sombras y en esos capítulos de dolor que enfrentamos la mayoría de mujeres: conflictos, dudas, miedos, abusos, injusticias, rabia… con el tiempo, he comprendido que también forman parte de la vida”.

Con 37 años de edad, sin pareja ni hijos, Monsy asegura que ha aprendido a superar los prejuicios sociales que conllevan salirse de la norma, reivindicando su decisión de continuar soltera y enfocada en su propio bienestar. “Culturalmente, se sigue viendo ‘rara’ a la mujer que no tiene marido ni hijos a mi edad, aquí y en muchas partes. Yo ya estuve mucho tiempo haciendo cosas para complacer a los demás. Quiero disfrutar ahora de lo que aprendido. De lo que me ha aportado esta tierra y la herencia que vive en mí. Aquí me siento segura y tranquila. Comprendo que la nostalgia por vivir lejos del país de origen invada a mucha gente, pero, en mi caso, me mentalicé a cerrar un ciclo y a empezar otro ¿por qué tengo que mirar atrás? Quiero crecer, avanzar, hacer mi vida. He transformado mi rebeldía, volviéndome consciente de muchas cosas. Me he reconciliado con mi identidad, siendo migrante. Y voy a seguir adelante”, finaliza.

“Lucho como periodista y empresaria, en Panamá”

Por: Claudia Zavala

Desconectar, mental y emocionalmente, de su intenso trabajo en el mundo del periodismo, era el objetivo inicial de Milagro Vallecillos, cuando visitó Panamá, en febrero de 2001. La casualidad hizo que los terremotos del 13 de enero y 13 de febrero que ocurrieron en El Salvador, ese mismo año, tuvieran un impacto realmente devastador para ella: “Una noche antes del terremoto del 13 de enero, había estado en Las Colinas, la zona que resultó más afectada por los sismos, junto a mi compañero camarógrafo, grabando un reportaje con los vecinos de la residencial. Saber que fuimos los últimos en grabar los rostros de la gente que murió soterrada me sacudió muchísimo. Me tocó duro el corazón.  Cuando fui al lugar de la catástrofe, una señora se acercó y me dijo: ‘mi hijo estaba al lado suyo anoche en la reunión. Ahora está muerto’. Ella, al menos, pudo sacar el cuerpo de su hijo y enterrarlo, con todo el dolor que eso significa para una madre. Ese video que habíamos grabado ayudó a identificar a mucha de la gente que murió en el lugar. Aprendí muchas cosas en ese momento. Sobre todo, el valor de la vida y la gratitud profunda que se puede tener hacia Dios”.

Resistir con valentía las presiones que recibió el canal de televisión en el que trabajaba frente a las denuncias que se hicieron al Gobierno de la época, por cuestionamientos en el reparto de la ayuda internacional, también hizo mella en la ya estresante rutina de trabajo de la periodista. Por eso, 15 días de descanso en Panamá, eran un bálsamo más que necesario en ese momento. La idea era pasar una buena temporada con amigos y colegas del país caribeño. El viaje lo haría en compañía de su madre, dos de sus hermanas y sobrinos. Milagro tenía 25 años.

Ciudad de Panamá la recibió con los brazos abiertos y con la alegría desbordante de gente que la cobijó, no sólo emocionalmente, sino también laboralmente. Para su sorpresa, algunos de sus colegas panameños habían movido contactos periodísticos para que ella ya se quedara trabajando con ellos y se alejara del ambiente convulso de El Salvador. “Fue todo muy rápido. La verdad es que sentí una gran conexión con este país desde siempre. Recuerdo que la primera vez que lo visité, frente al mar, en el mirador, dije: ‘hay algo en este lugar que siento que es mío’. Y mi mamá también me decía que por qué le hablaba tanto de Panamá. Así que cuando me dieron la oportunidad en el periódico ‘Hispanoamérica’, me decidí a quedarme. Estaré profundamente agradecida con esa gente que creyó en mí y que me abrió las puertas laborales en ese momento. Llamé a quien era mi jefe en el canal salvadoreño, para explicarle y renunciar. Se molestó mucho. Recuerdo que me dijo que iba a ser difícil para mí empezar de cero, que nadie sabría quién era… Pensé que éramos dos personas distintas. Que ese ego no era realmente lo que me movía en la vida”.

El “paquete panameño” incluyó trabajo para sus hermanas y diversas actividades adecuadas para la nueva rutina de vida de su madre. Junto a la adaptación laboral, Milagro comenzó a conocer a una Panamá integrada en la región centroamericana, pero muy distinta al resto de países de la zona, entre otras cosas, por su relación histórica con Estados Unidos. Lo que más le impactó fue la diversidad cultural que existe: chinos, árabes, judíos, indostaníes, africanos… un crisol de razas, idiomas y culturas al que no estaba acostumbrada. “Yo había estado becada en Naciones Unidas, en Nueva York, y ya había experimentado esa diversidad, de alguna manera, pero nunca en mi país. En Panamá, me gustó la alegría de la gente. Tienen sus problemas, como todo el mundo, pero son positivos. Como sociedad, son muy pro estado de paz, de soportar cosas en aras de que no se formen caos. Valoro mucho ese espíritu de armonía que tienen. Siempre hay cosas que te molestan, claro, nadie vive en el paraíso. Pero, frente a esos choques culturales creo que hay dos caminos: renegar todo el tiempo de eso que no te gusta o mostrarte agradecida con tu nuevo entorno y tratar de contribuir a que las cosas cambien”.

La imponente obra de ingeniería que representa el canal de Panamá también es otro de los elementos característicos del país. Las transacciones portuarias, el centro financiero y el crecimiento económico que se ha mantenido, pese a los años de crisis, son aspectos que lo hacen destacar del resto de países de la región.

Milagro comenta que, en sus primeros días de adaptación, coincidió una visita del Cardenal salvadoreño Gregorio Rosa Chávez, con quien tenía una relación cercana. El religioso tuvo unas palabras que, según ella, se convirtieron en presagio para el proyecto migratorio que recién iniciaba: “Me preguntó si estaba realmente segura de mi decisión de dejar mi patria. Le dije que no era una decisión motivada por el miedo, sino una mezcla de cosas, pero que era un paso que me daba mucha paz. Me dijo que estaba bien, si era el camino que sentía que debía seguir. Pero que me preparara para la profunda nostalgia que iba a sentir por mi tierra pues, cuando estás lejos, es realmente cuando más conectado y vinculado estás con tu país”. Al poco tiempo, Milagro se incorporó al periódico “El Panamá América”, en la creación de una revista de estilo de vida. Esta experiencia laboral, que duró 4 años, la ayudó a conocer las diversas instituciones del país y, en general, cómo pensaba la sociedad panameña.

Paralelo a su trabajo, junto a su madre y hermanas, visitaban los fines de semana distintos lugares para irse adaptando cada vez más a su país de acogida. Un domingo, explorando una nueva iglesia para ir a misa, entraron a una que les llamó la atención. La familia se sintió acogida y continuó congregándose y tejiendo una nueva red de amigos y conocidos. Un día, los invitaron a una actividad para niños, en la misma comunidad religiosa, pero en otra zona de la ciudad. Milagro cuenta que, junto a su hermana, se sentó un hombre alto. Casi 17 años después, recuerda, entre risas, cómo fue ese primer encuentro con quien se convertiría en su marido: “Me pareció poco simpático y algo pesado al principio, porque sólo se sentó, sin decir nada. Él era parte del coro que se presentó en esa actividad. Con el tiempo, supe que se llamaba Gabriel Leonard, que había estudiado en Arkansas, que tenía un gran amor por la historia, la música barroca y que era editor, como yo. Nos hicimos amigos. Me encantaba hablar con él, porque siempre tenía temas interesantes para compartir. Sentía un verdadero intercambio de crecimiento personal e intelectual.  Nos enamoramos y decidimos construir nuestra vida juntos”.

El binomio con Gabriel traspasó la relación personal. En 2005, la pareja decidió dar el salto y emprender en el mundo editorial. Así nació “Vallenard” (por la fusión de los apellidos de ambos), convirtiéndose en pioneros en lanzar al mercado panameño de la época la modalidad outsourcing de servicio editorial, ofreciendo a los clientes todo lo relativo a contenido, diseño, impresión y producción total, con costos más reducidos.

Durante los primeros seis años, el matrimonio compaginó su negocio con empleos que cada uno tenía, hasta que, por fin, en el año 2011, decidieron dedicarse totalmente al desarrollo de su empresa, lanzando productos propios. Crearon y distribuyeron, en versión impresa y digital, la revista “Panama Green”, para promover una cultura verde y sostenible, en inglés y español. Entre sus productos editoriales también destaca la “Guía logística de Panamá”, que ha funcionado tan bien que ya tienen previsto ampliarla a otros países de la región y también aprovechar el acercamiento comercial entre Panamá y China, para trabajar con diversos clientes del país asiático. Además, han lanzado la novela “Tabú. Entre la fe y el prejuicio”, sobre abusos sexuales en el ámbito religioso. Gabriel es el autor y Milagro la editora.

“Alguien me dijo una vez que lo que hemos hecho ha sido osado, atrevido. Nuestros países no te educan para emprender. Todo está diseñado para que seas empleado de otro. Hay capas sociales a las que les es permitido estar ahí, hacer empresa. A otras no. Mi esposo y yo somos rebeldes por naturaleza y hemos enfrentado muchas cosas de ese sistema cerrado. Hemos pagado altas cuotas de sacrificio por eso, en muchos sentidos. Nos han temblado las piernas, tomando decisiones. Hemos cometido errores garrafales y grandes aciertos.  Pero creemos en nuestra propuesta, en inyectar valores y en educar, a través de nuestros productos. Por el nivel de mística que tenemos, yo me atrevería a ponerme frente a un estadio a defender mi proyecto. Me apasiona lo que hacemos”.

En medio de sus proyectos e ideas innovadoras, doce años tuvieron que pasar para que el matrimonio recibiera a su deseada hija, Gabrielle Marie. “De verdad, pensé que ya no sería madre. Lo deseábamos mucho, pero no se había dado. Recuerdo que un día, oré con muchísima fe, con todo mi corazón, y pedí por su llegada. ¡Al mes siguiente estaba embarazada! Mi hija es una niña llena de alegría, con mucho carácter. Con 2 años, baila como yo nunca he bailado. Tiene el Caribe en la sangre. Sueño con contarle un día mi historia, de dónde vengo. Enseñarle a que sea una mujer fuerte, valiente y con inteligencia emocional”.

Según Milagro, después de 17 años viviendo fuera de su tierra, las palabras del Cardenal Rosa Chávez han estado muy presentes en el proceso que ha vivido. Aunque tiene a parte de su familia viviendo con ella y Panamá es un país geográficamente cercano a El Salvador, el desarraigo por estar fuera de su entorno ha estado siempre presente. “Creo que el tributo más grande que puedo hacerle a mi país es aportar lo mejor que pueda, esté donde esté, con honestidad, con vocación. La gente que me conoce aquí me dice que soy una guerrera. Aspiro a que siempre digan ‘esa salvadoreña nunca le ha hecho daño a nadie’. Yo vengo de donde asustan, sabemos que pasan cosas muy duras en nuestro país. Pero la fuerza del cambio radica en que los buenos no decaigan en la lucha, para que lo malo sea opacado por la intensidad de lo positivo. Yo creo en eso. Es lo que me inspira a continuar, cada día de mi vida”, finaliza.

 

“Como salvadoreña, pongo una milla extra en todo lo que hago”

Por: Claudia Zavala

Desde San José, Costa Rica, Claudia Valencia Cuéllar hace un balance de los 11 años que ha vivido fuera de su país, El Salvador. Su destacado perfil profesional la ha ubicado al frente de proyectos en empresas multinacionales, que le han dado acceso a viajar y conocer una diversidad de culturas y destinos como Estados Unidos, Holanda, Alemania, entre otros. “Empecé a trabajar, desde los 20 años, en una empresa multinacional que me permitía vivir, por temporadas, en Guatemala y Panamá. Siempre fui muy dedicada en mis estudios y mi trabajo me permitía pagar mi formación universitaria”.

En 2006, en unos de sus viajes a Costa Rica, recibió una interesante oferta laboral para quedarse a vivir ahí. Después de un tiempo de análisis, aceptó la propuesta, en 2007. Pero justo en ese mismo año, a su madre le detectaron cáncer. “Ella estaba muy enferma. Yo dudé en aceptar el trabajo, porque quería permanecer a su lado para cuidarla. Ella me incentivó para que aceptara el reto. Me dijo: ‘tienes que vivir, hija, vas a estar mucho mejor, vete. Es lo mejor que te puede pasar en la vida, quiero que seas una gran persona, que crezcas’. Sus palabras me motivaron para decidir moverme a Costa Rica”.

En medio de la preocupación familiar, pero deseosa de progresar profesionalmente, Claudia se instaló en San José, en diciembre de 2007. Luego de unos meses de adaptación laboral y cultural, tuvo la oportunidad de viajar a El Salvador, en marzo de 2008, en unas vacaciones de Semana Santa, para estar con su madre, que seguía luchando contra la enfermedad. Después, la idea era reencontrarse en junio, para celebrar juntas el cumpleaños de Claudia. “Le dije que volvería el 17 de junio, para que celebráramos mi cumpleaños el día 22. Ella me dijo: ‘estoy mal, hija, pero voy a aguantar para poder verte’. La llamaba todos los días, para saber cómo estaba y para alentarla hasta nuestro encuentro. Recuerdo que llamé un viernes, a inicios de junio, y ella no me contestaba. Me preocupé mucho. Mi hermana me respondió después y me dijo que mi mamá había muerto ese día, a las 3:00 pm. Es lo más desgarrador que me ha podido pasar en la vida. La pesadilla de cualquier persona que vive lejos de su familia es vivir la muerte de alguien querido, estando separados… Es algo que siento que, después de todos estos años, todavía no he podido superar”.

En su desesperación por estar con su familia, Claudia recuerda que salió corriendo al aeropuerto a buscar un vuelo, para viajar esa noche o al día siguiente, a primera hora. Le dijeron que no habían boletos disponibles, sino hasta el domingo por la noche. Una espera de dos días. “Me habían dicho que mi papá estaba súper mal, que no aguantaría estar tanto tiempo velando a mi mamá, tenía que ser todo rápido. Yo sentía un dolor profundo en mi corazón. ¡Estaba desesperada! Recuerdo que no paraba de llorar en el mostrador de la aerolínea, pidiéndoles que, por favor, me dieran una solución. Insistían en que los boletos son intransferibles, que era necesario que alguien renunciara a su reserva para hacerme el cambio. Un señor que estaba cerca les dijo que se lo cambiaran a él. Que renunciaba a su reserva y su boleto y luego compraría otro. Que me lo dieran a mí. Nunca me alcanzará la vida para agradecerle lo que hizo. A día de hoy, sigo en contacto con él. Los costarricenses que he conocido, en general, son así, empáticos y solidarios, cuando te pueden ayudar. Para mí esa fue una gran lección de humanidad. Aunque no pude despedirme de mi mamá, al menos pude llegar a enterrarla”.

Claudia cuenta que, desde la distancia, el impacto emocional de la muerte de su madre y el hecho de estar sola en una tierra distinta a la suya lo gestionó refugiándose en el trabajo y los estudios. Licenciada en Administración de Empresas, con dominio del inglés y portugués, estudió también un Máster en Comercio Internacional y otro en Administración de Proyectos,  que está por terminar.

Su tiempo de duelo también lo vivió descubriendo una Costa Rica que, aunque es geográficamente muy cercana a El Salvador, tiene marcadas diferencias culturales: “En general, el tico es diplomático. No se le pueden decir las cosas de forma directa y contundente. Hay que hablar con mucho adorno, para que no se lo tome mal. Son estrictos con los horarios laborales; no se les puede pedir algo más allá de las 5 de la tarde. He tenido que aprender a lidiar con eso, porque yo estaba acostumbrada a otros ritmos, pero ahora intento no presionar demasiado. Y, sí, debo reconocer que he notado recelos, a nivel laboral, pues piensan que el extranjero les viene a quitar el trabajo. Aquí han llegado últimamente muchos venezolanos y colombianos y se nota la tensión hacia ellos. Antes ya pasaba con los nicaragüenses. Pero creo que ese recelo se da en todos lados, lastimosamente”.

La limpieza de las calles y la permanente actitud cívica de los costarricenses fueron algunos de los aspectos que impresionaron a Claudia al llegar. “Hacen cola para subirse al bus. Hay de todo pero, en general, intentan evitar la violencia. Promueven una cultura de paz y de entendimiento y eso se nota en el hecho de que no tienen Ejército”.

Aunque reconoce notar algunos cambios en ciertas zonas del país, en los últimos años, asegura que sigue siendo un lugar muy seguro para vivir. La belleza de sus playas, su biodiversidad, el cuidado del medio ambiente, el apoyo al sector agrícola y el consumo de sus productos locales también son elementos que ella destaca del país centroamericano. “Se sienten orgullosos de sus tradiciones, de sus fiestas. El fútbol se vive como una locura, más ahora con Keylor Navas en el Real Madrid”.

En medio de su desarrollo profesional, hace 6 años, Claudia dio a luz a su hijo, Fernando. La experiencia transformó por completo su vida. Ser madre soltera, lejos de su familia, sin duda, ha significado uno de sus más grandes retos.

“Luego de la muerte de mi mamá, tuve un conflicto espiritual que me duró como 4 años. Tenía esa herida tan abierta. Fue una etapa de negación dura. Le reclamaba mucho a Dios, pues pensaba que se había olvidado de mí. Enfrentar sola la crianza de mi hijo me hizo renovar muchas cosas, entre ellas, mi fe. Me reconcilié con Él y ahora asisto a una iglesia en la que he encontrado a una verdadera familia. También encontré a una mujer maravillosa, tica, que cuida a mi niño desde que tenía 3 meses de nacido. Le da amor, ternura, valores… Ella es mi sostén, para que yo pueda seguir trabajando y avanzando. Estoy segura de que es un ángel que me mandó mi mamá para que me ayudara y no estuviera sola en mi camino con mi hijo”.

Actualmente, Claudia continúa destacando en su trabajo. Gestiona diversos proyectos en el centro de servicios de su empresa y transfiere procesos de mejora entre México, Centro y Sur América. “En lo laboral, como salvadoreña, aporto una milla extra en todo lo que hago. Mis amigos me dicen que soy admirable y creo que mi mamá estaría orgullosa de ver hasta dónde he llegado. La gente me ve y me dice que los salvadoreños somos imparables. Yo les digo que tienen un gran país; que en el mío, tristemente, hay cientos de asesinatos, una horrible inseguridad, y muchos criamos a nuestros hijos lejos de nuestra tierra sólo por ese miedo. Quiero que mi niño aprenda de la diversidad de culturas, que sea abierto, flexible, que no se quede cerrado en un solo lugar. No me veo terminando mi vida en Costa Rica, siento que ya cumplí mi ciclo, aunque no sé qué vueltas dará la vida. Estaré siempre agradecida por todo lo que esta cultura me ha aportado, como persona y profesional”, finaliza.

“No quería que mis hijas se sintieran extranjeras en su propia tierra”

Por: Claudia Zavala

Fue en mayo de 1996 cuando la vida de Rina Meléndez dio un intenso cambio. Motivada por desarrollarse en su área laboral, la investigación y evaluación de proyectos, salió de su país, El Salvador, para explorar mundo. Su destino fue Inglaterra. El país no era casual, pues tenía una relación estable con un inglés, a quien había conocido trabajando en su mismo sector laboral. Después de haber estado un año separados, decidieron viajar para optar a otras oportunidades de trabajo, posiblemente en Asia o África.

“Viajé con una visa de prometida, pero en realidad no estábamos planeando casarnos. Nosotros somos bastante liberales. No creemos en bodas. Pero con este tipo de visa me daban 6 meses de permiso legal y en ese plazo pensábamos que era factible encontrar una oportunidad en otro lugar de nuestro interés. No pensábamos quedarnos en Inglaterra”.

Al poco tiempo de haber llegado, ambos recibieron una oferta de trabajo para desarrollar un proyecto de escuela internacional independiente, con estudiantes internos, en Escocia. La experiencia previa de Rina con proyectos de educación popular y cooperativas, en El Salvador, fue un antecedente que pesó. “Era una escuela diferente. Un sistema de educación libertaria: no había castigo, no se les obligaba a ir a clases y se tomaban las decisiones entre todos. La escuela estaba ubicada en una mansión, en medio del campo. La distancia entre una casa y otra era de una hora, conduciendo. Mi trabajo era  dar seguimiento al desarrollo educativo y psicológico de los estudiantes, ser tutora de algunos de ellos los fines de semana y también daba clases de español y de danza. Coordinaba con padres de familia, trabajadores sociales y médicos para hacer el seguimiento requerido”.

El idioma, el clima, la comida… todo sumó para que el impacto con la sociedad británica fuese duro para Rina, pese a considerarse una mujer bastante flexible y adaptable. “Había estudiado algo de inglés en El Salvador y luego al llegar a Inglaterra, en Oxford. No me sirvió casi de nada, porque primero aprendí inglés con acento americano que nada tiene que ver con el británico. Y el que aprendí en Oxford no tiene nada que ver con el de Escocia. Al ser una escuela internacional, todos los estudiantes tenían su propio acento, ¡así que imagínate!  Fue muy difícil al principio para mí. Además, yo practicaba una alimentación vegana desde El Salvador. Y por la falta de variedad de verduras y legumbres en la zona, pues sólo había un mercado los días domingo, tuve que volverme vegetariana e introducir el huevo y la leche en mi dieta, para intentar mantener un equilibrio y no enfermar. El frío en la casona era tremendo. No había calefacción eléctrica. Teníamos que calentarnos con chimenea de leña”.

Rina y su pareja se casaron, en 1998. En pleno desafío de desarrollar el proyecto,  ella y su marido enfrentaron  el terrible dolor de perder a su primera hija. Fueron tiempos difíciles. De adaptación y de grandes pérdidas personales. Al poco tiempo, llegó la noticia de un segundo embarazo y la alegría del nacimiento de su segunda hija. La iniciativa educativa los mantuvo en Escocia, durante 4 años, hasta que finalizó cuando todos los alumnos se graduaron del nivel equivalente a bachillerato. Al finalizar esa etapa, en noviembre de 2000, se trasladaron a Oxford, ciudad donde vivía la familia de su marido. Su segunda hija tenía 2 años e iba embarazada de una tercera. La niña nació en enero de 2001.

“El sureste de Inglaterra es bastante particular. Londres y Oxford son ciudades muy suyas. Se pueden sentir frías, indiferentes. Pero, curiosamente, ese carácter distante a mí me resultaba bien, pues estaba tan metida en mis cosas, en la crianza de mis hijas, que no quería que nadie me dijera nada. La familia de mi esposo es buena gente, pero no eran abuelos cercanos a las niñas. No jugaban, no compartían. Vivíamos cerquita, con un parque al lado, y ellos estaban poco presentes. Sé que aman a mis hijas, pero son distantes. Tuve que adaptarme a criarlas sólo con mi esposo. Fue más o menos dos años después de mi llegada a Oxford que comencé a relacionarme con más gente. Hice voluntariado, actividades sociales en la comunidad… poco a poco, me fui envolviendo en la dinámica social que conformó mi nueva red”.

Rina reconoce que la verdadera herramienta que le permitió superar todos esos años de adaptación en una cultura considerada “fría y distante” fue la resiliencia desarrollada durante su niñez, en El Salvador: “Mi mamá y yo no tuvimos casa, durante los primeros 8 años de mi vida. Aunque no teníamos donde estar, siempre hubo alguien que nos daba posada por ahi. En esa época, ella estaba mal, mentalmente. Sólo tuvo trabajos de corto plazo y nos teníamos que mover constantemente. Esa fue una gran escuela para mí. Muy dura. Con el tiempo, mejoró mucho, se casó con un profesor y nuestra vida cambió. Me crié como una niña promedio, en Santa Tecla. Mi mamá era la ‘oveja negra’ de la familia y perdió el contacto con sus parientes, durante mucho tiempo. Yo aprendí a vivir así. Esa experiencia me ayudó mucho en mi sobrevivencia y determinó para siempre mi capacidad para adaptarme en circunstancias realmente adversas”.

Esa etapa tuvo otra parte muy positiva. Su padrastro tenía una biblioteca. Y una Rina de 15 años despertó su interés por la lectura, especialmente por los libros de filosofía budista. Aprendió a meditar. Y, según cuenta, esa herramienta también la acompañó en sus momentos de profunda dificultad y soledad, a lo largo de todo su proceso migratorio. “La meditación me mantenía en el presente. Como nunca planifiqué  emigrar, no me puse cadenas. Nunca me dije a mí misma ‘he venido a quedarme’, entonces, mental y emocionalmente, tampoco tenía que irme. El budismo me ayudó a encontrar ese equilibrio y disminuir ese nivel de ansiedad y tristeza que te da cuando estás lejos de tu tierra y de tu gente. Me ayudó a resistir y a fluir”.

Interesada siempre en mantener una alimentación sana, cuando sus hijas estaban en primaria, Rina se involucró en la organización de un grupo de padres y madres de la escuela, con el objetivo de comprar alimentos ecológicos a granel. Como ella tenía experiencia en desarrollo comunitario y en organización social, se involucró de lleno y, poco a poco, el grupo fue creciendo hasta replicar el modelo en otras escuelas de la zona.

Era el año 2006 y así surgía la primera etapa de SESI, una iniciativa que  propone la reutilización de envases, para disminuir la huella ecológica del plástico. La labor de Rina, en todos estos años, ha pasado por un importante aprendizaje autodidacta y por capacitar y sensibilizar a las personas  para crear una conciencia ecológica transformadora, que genere un impacto positivo en la sociedad. En 2013, lanzaron una línea de detergentes ecológicos y el próximo año piensan lanzar un jabón en barra para lavar la ropa y para limpieza doméstica, también ecológico. “El reciclaje es muy bueno, pero no es la solución. Es una industria con un alto nivel de desperdicio en sí misma. Genera una alta contaminación de carbono. Para reciclar plástico se necesita mucha agua. La solución pasa por reutilizar más. Un envase de plástico puede ser reutilizado ¡hasta 100 veces! Debemos aprender a disminuir el consumo de tanto plástico en nuestra vida cotidiana, pues tarda en degradarse 500 años, en promedio. Desde nuestra iniciativa, nos asociamos con comerciantes locales, organizaciones benéficas y una pequeña ONG que construye nuestros dispensadores de recarga o rellenado”.

En esta “revolución del refill” en Oxford, Rina está al frente como manager y su marido se encarga de las finanzas, aunque él también tiene un trabajo a tiempo completo fuera de SESI. Hay 8 personas que trabajan de manera directa, más los socios que, a su vez, venden los productos, los cuales han empezado a distribuirse en tiendas del sur de Inglaterra.

Después de 22 años en una tierra a la que nunca planificó emigrar, la integración de Rina es también una suerte de activismo, de pleno compromiso ciudadano con su entorno. Esas personas “frías y distantes”  se han convertido en su comunidad, en su grupo de gente con el que comparte conocimiento y aprendizaje continuo. Y con el que confía estar creando un impacto positivo que también puede educar y beneficiar a otras generaciones y culturas.

“La educación de mis hijas ha estado basada en todos esos valores desde los que mi esposo y yo hemos construido nuestra vida. Decidimos tomar lo mejor de la cultura salvadoreña y de la inglesa. No ha sido un camino fácil, pero ahora las veo y ellas incluso agradecen el saber alimentarse sanamente. Eso también es cultura.  La mayor es entre vegetariana y vegana y la menor es vegetariana. No les he impuesto nada. Ellas también han sabido decidir. Ahora mi suegra vive con nosotros, pero tiene su propio espacio. Poco a poco, hemos mejorado la relación. Ha sido todo un proceso de humildad para ambas partes. Mis hijas fueron mi motor en tiempos duros. Me ayudaron a salir de mi aislamiento. Por ellas, entendí que debía construir una comunidad en mi nuevo país, para que no se sintieran extranjeras en su propia tierra”, finaliza.

“Emigré a Canadá, como profesional calificada”

Por: Claudia Zavala

Claudia Sandoval cuenta su historia desde Winnipeg, Canadá, uno de los lugares más fríos del mundo, que en invierno puede alcanzar temperaturas de -19ºC. Su experiencia migratoria responde al perfil de profesional altamente calificado que sale de su país de origen, para buscar una mejor calidad de vida: “En El Salvador, no estábamos mal. Mi esposo y yo teníamos un buen trabajo, pero cada vez nos preocupaba más la situación de inseguridad en el país y, además, pensábamos en un entorno con más oportunidades para nuestros dos hijos”.

Licenciada en Diseño Ambiental, se desempeñó como diseñadora de espacios de oficina, en la empresa privada y remodelando espacios interiores, en la Gerencia de Infraestructura de una institución pública del país.

La idea de emigrar comenzó a tomar forma, en 2009, cuando un amigo de su esposo les contó que él y su familia partirían hacia Australia, mediante un programa de Trabajador Calificado. En ese tipo de programas, los países receptores tienen un listado de áreas profesionales, en las que su sistema laboral tiene carencias y se abren a recibir profesionales extranjeros, para suplir esa mano de obra. Las exigencias curriculares y lingüísticas son altísimas para los candidatos.

Después de una larga reflexión y de contactar a un agente migratorio especializado en los trámites australianos, el marido de Claudia, ingeniero industrial, decidió probar suerte haciendo la solicitud, pues ese año habían pocos profesionales en su área. El desencanto llegó con los resultados de su examen de inglés, que no es cualquier examen. Se trata del IELTS (International English Language Testing System, por sus siglas en inglés) el examen de inglés más exigente y prestigioso, utilizado para procesos migratorios de profesionales que aspiran a residir en Australia, Inglaterra, Canadá y Nueva Zelanda, entre los más destacados. La prueba se realiza sólo tres veces al año, en el Instituto Británico de El Salvador, acreditado por Cambrigde. Consiste en un test que dura de 4 a 5 horas, con pruebas de conversación oral, comprensión auditiva, lectura y escritura (redacción de un ensayo). Someterse a la prueba cuesta unos 350 dólares y tiene una vigencia de dos años, tiempo que tarda aproximadamente el proceso migratorio, en caso de que apruebe el examen. Por su dificultad, la gente, ya con un buen nivel de inglés, suele hacer un curso especializado sólo para prepararse para el examen.

“Reprobar para él fue una gran decepción. Se frustró por completo. Intentamos olvidarnos del mal trago remodelando la casa. Recuerdo que dejé pasar un buen tiempo para que superara ese fracaso, hasta que un día le dije ¿por qué no lo intento yo?”.

El matrimonio pensaba siempre en Australia como destino. Analizaron el sistema de puntos y de homologación de títulos. Una amiga de la mamá de Claudia, residente en Australia,  se ofreció para asumir los costos del trámite de homologación, para ayudarlos. “Mi ventaja es que, al ser diseñadora ambiental, puedo irme por el lado de la decoración, diseño de interiores, de jardines… es bien amplio el espectro laboral. Me ayudó haber estudiado un tiempo en Estados Unidos. Aún así, hice un curso para prepararme. Fue duro para mí, porque pasé el examen, pero mi nota no fue suficiente para aplicar al programa”.

Decididos a encontrar una oportunidad como fuese y luego de evidenciar que Australia era el país que más nivel exigía, comenzaron a averiguar sobre otros países, como Nueva Zelanda. Pero el problema era la homologación de títulos, pues el país exige que el trámite esté hecho antes de aplicar al programa y sólo reconoce de entrada los títulos universitarios de Argentina.

Fue entonces cuando alguien les sugirió que averiguaran sobre el programa por puntos de Canadá. Acudieron a una charla informativa de una empresa privada que realiza el proceso legal, pero sin garantizar que lograrán el objetivo final de ser aceptados. Cobran cerca de 8 mil dólares por ese servicio. “Nos parecía demasiado dinero, para no tener ninguna garantía. Decidimos mejor invertir en mejorar mi nivel de inglés. Tomé un año completo de clases, antes de aplicar otra vez. Tenía que hacerlo pronto, porque hay una edad límite para aplicar. A más edad, te restan puntos en determinadas cosas”.

Así, Claudia se enfocó durante todo el año 2011 en su estudio intensivo del inglés. Esta vez, tomó incluso unas clases especializadas para escribir ensayos en ese idioma, que es el corazón de la prueba escrita. En 2012, estaba programado su examen. Para mayor preocupación, les llegó la noticia de que Canadá  acababa de aumentar la nota de inglés para filtrar aún más a los candidatos que se presentaban. Claudia pasó el examen pero, nuevamente, su nota no era suficiente para aplicar al Programa Federal de Canadá y elegir ellos dónde residir. Fue entonces  cuando alguien le comentó del Programa de Nominación de Provincia de Manitoba, en el cual las personas deben demostrar cierto arraigo hacia dicho lugar, mediante un familiar o amigo. Esa persona se compromete moralmente ante el gobierno canadiense en ayudar en la inserción social y cultural del inmigrante, quien debe residir obligatoriamente ahí, durante dos años, antes de mudarse a otra ciudad, si así lo desea.

“Movimos cielo y tierra, para averiguar si teníamos algún contacto en Canadá. Mi esposo tenía tías en segundo grado en Ontario, pero no ganábamos puntos porque no eran familia directa.  Resultó que un ex compañero de colegio de mi esposo vivía en Winnipeg, la capital de la provincia de Manitoba. Y la tía de una ex compañera de mi colegio también. Fue el amigo de mi esposo quien nos ayudó. Estaremos siempre muy agradecidos, pues ellos se comprometen a orientarte, enseñarte el sistema social, sanitario, de transporte. Hoy en día, eso no lo hace cualquiera”.

Para entonces, ya había pasado un año desde que Claudia había hecho su examen; le quedaba sólo un año de vigencia y, si iniciaban los trámites para Manitoba, les quedarían pocos meses de margen para todo lo que conlleva el proceso migratorio. Escuchó la sugerencia de examinarse por tercera vez. Más esfuerzo. Más tiempo. Más dinero. Pero ella decidió enfrentarse nuevamente al estrés de la prueba, para tener mejor nota y estar más cerca de cumplir el sueño familiar. “Cerraron las aplicaciones, en diciembre de 2012, y lo abrieron otra vez, en junio 2013. Averigüé que en Costa Rica hacen el IELTS todos los meses y viajé hasta ahí para hacerlo. Me fui un viernes al mediodía. Lo hice el sábado y el domingo regresé a El Salvador. Era marzo de 2013”.

El resultado fue positivo. Claudia mejoró su nivel y su nota. Y en junio de ese mismo año aplicaron al programa. Obtuvieron respuesta dos años después, en abril de 2015, pues debido al tsunami, en Filipinas, y la guerra en Siria, dieron prioridad a los postulantes de estos países. En junio de 2015, recibieron una carta que les informaba que ella había sido aceptada como profesional calificada, para iniciar su proceso de residencia, junto a su grupo familiar. Después de subsanar complicados requisitos financieros, médicos, académicos y migratorios, el 4 de diciembre de ese año, Claudia recibió una llamada de Fedex, para decirle que tenían para ella un paquete internacional.

“Esperé a mi marido para abrirlo juntos. Eran los pasaportes visados ¡Por fin! En ese momento, hubo un mar de emociones contrastantes en mi mente y en mi corazón… Alegría, por conseguir lo que habíamos deseado durante tantos años; incertidumbre, por no saber lo que vendría; miedo, por no saber si nos estábamos equivocando; nostalgia, por dejar a nuestra tierra, familiares y amigos”.

Claudia, su esposo y sus dos hijos, de 18 y 10 años, respectivamente, llegaron a Winnipeg, el 22 de julio de 2016, al mediodía. Por consejo del amigo de su esposo, se alojaron en casa de una familia iraní, en un cuarto grande, con tres camas y baño propio. El pago mensual incluía desayuno y cena.

El paisaje verde y las grandes extensiones planas de tierra llamaron la atención de Claudia al llegar. También la variedad cultural de la que es una de las ciudades más interculturales y multilingüísticas de Canadá.

“Mi hija Jimena va a una escuela de inmersión francesa. Al principio, fue duro para ella. Quería regresar a El Salvador. Los dibujos que hacía eran sobre el país y su permanente nostalgia. Su hermano, Fernando, la cuidó mucho y jugaba con ella, fortalecieron bastante su relación. Él también dejó a sus amigos de toda la vida. Entró a un sistema escolar en el que en todas las clases tiene compañeros diferentes, pues es un programa internacional. Bajó mucho su rendimiento académico, no le gustaba salir, llegó en una edad muy difícil. Con la llegada de un compañero de Venezuela, con el que hizo click, comenzó a adaptarse, poco a poco y a estar mejor”.

Al llegar, el matrimonio se puso manos a la obra con la búsqueda de empleo. Claudia cuenta que, al principio enviaba su currículum y nadie la llamaba. Pero, luego de realizar un curso para entender cuál era la manera adecuada de aplicar laboralmente en el sistema canadiense, consiguió su primera oportunidad y comenzó a trabajar como ejecutiva de ventas, en diciembre de 2016, en una compañía que vendía lámparas para casas y comercios. Luego, trabajó como diseñadora de cortinas y cocinas y ahora está en una empresa en la que diseña la “casa modelo” que se enseña para vender. Su jefe y todos sus compañeros son canadienses, salvo un colega chileno. Ella asegura que, pese a tener un buen trabajo, no descarta la idea de emprender y montar su propio negocio y, de momento, está explorando distintas alternativas manuales para poder vender. Su esposo trabaja en la planta de producción de una compañía que fabrica garrafas de agua y tiene un jefe salvadoreño.

En cuanto al clima tan adverso, Claudia cuenta que se lo habían pintado tan tremendamente hostil que, con mentalizarse bien y aprender a vestirse adecuadamente, han sabido sortearlo sin mayores sufrimientos.

“Con semejante frío también se puede vivir. Hay que aprender a disfrutarlo, jugar en la nieve, saltar… Soy curiosa, me reto a mí misma para seguir aprendiendo. Me siento segura con mi nivel de inglés, pero sigo estudiando el vocabulario técnico en el que tengo deficiencia. Hasta ahora, no he sentido discriminación. Si uno demuestra que de verdad sabe, no hay nada que nos pueda detener. La mayoría de la comunidad salvadoreña en Winnipeg es refugiada de guerra, personas mayores ya. Nosotros somos otra generación, con perfiles distintos. Podemos complementarnos muy bien y pensar en ofrecer algo a nuestro país. Recuerdo que cuando estábamos en El Salvador nos decían: ¿pero les ha pasado algo? ¿por qué se quieren ir? No tiene que pasarte algo para querer mejorar en la vida. Todo este esfuerzo es por nuestros hijos. Esta sociedad es muy interesante, pero también es un reto en la crianza de ellos. Nosotros tenemos nuestros valores bien definidos. Y tratamos de inculcárselos cada día, desde casa. Siempre les digo que, de puertas para afuera, es Canadá. Pero, de puertas para adentro, es El Salvador. Y ellos deben aprenden a convivir con ese equilibrio. Es una gran riqueza”.