“Mis hijos son mi motor para emigrar y resistir”

Por: Claudia Zavala

Los viajes de vacaciones a California, a casa de su hermana, formaron parte de momentos especiales en la vida de Rocío Lockhart, durante algunos años. Hasta que, un día, decidió emigrar a Estados Unidos, como única tabla de salvación, para rescatarse a sí misma de una vida que la ahogaba y la hacía profundamente infeliz. “Cada uno de esos viajes era un respiro para mí. Cuando decidí emigrar, era porque había tocado fondo. Tenía un matrimonio que naufragaba, aunque yo llevaba 15 años luchando para que se salvara. Hice todo para mantener unida a mi familia, pero aquello ya estaba roto, desde hacía mucho. Había renunciado a mi trabajo en un banco, pensando en generar un cambio positivo, laboral y económicamente hablando. Invertí el dinero de mi indemnización en un negocio. Después de un año de irnos bien, un vendedor se fue con todo nuestro dinero. Con un hogar frustrado y un fracaso empresarial, que me generó grandes deudas, caí en una profunda depresión. Los únicos que me mantenían en pie eran mis hijos”.

Rocío se casó muy joven, a los 20 años. Y con 21, ya criaba a sus dos hijos gemelos, Álvaro y Gilberto. Cuando sucedió toda esa debacle personal y económica que comenta, estaban por cumplir 18 años, acababan de graduarse del colegio y la principal preocupación de ella era cómo iba a pagarles la universidad y a seguirles ayudando en su manutención. Sumado a eso, la presión de pagar 4 créditos hipotecarios hizo que la decisión fuera rápida y contundente: Viajó a California, el 9 de febrero de 2015, con su visa de turista. Su único capital era el dinero que logró juntar de la venta de ropa, zapatos, carteras y ollas de presión que hizo antes de partir. Eso y sus ganas de salir adelante y dejar atrás tanto dolor: “Me vine con el corazón partido.  Dejaba a mi mamá y a mi otra hermana… a mi tierra. Recuerdo que, cuando el avión despegó, me asomé a la ventana y me quedé mirando fijamente el asfalto de la pista. Me guardé esa imagen para siempre. Fue tan duro ver que se perdía en el horizonte. Me prometí a mí misma, algún día, regresar con honra, como mujer, y reivindicada económicamente. Porque lo perdí todo”.

Rocío cuenta que se mantenía medicada, por su depresión. Sus hijos habían viajado un mes antes a casa de su tía, pero ellos le dijeron que realmente querían volver a El Salvador, para seguir estudiando. Además, el visado de turista se les vencía en breve y, si querían renovarlo y mantener su estatus legal, debían volver cuanto antes al país. Entonces, regresaron, en abril 2015, a San Salvador. “Tuve que respetar su decisión. No podía obligarlos a quedarse conmigo de manera ilegal, porque querían seguir estudiando. El día que viajaron, lloré amargamente en el aeropuerto. Sentí que era como enterrarlos. No sabíamos si les iban a renovar la visa, ya se sabe cómo son estas cosas. Y yo tampoco podría viajar. Sólo pensaba ¿cuándo los voy a volver a ver? ¡¿cuándo?!! Me dolía el corazón, las entrañas. Gritaba como loca… mi hermana trataba de contenerme. Incluso con la medicación, me puse realmente mal”.

Después de ese duro adiós, Rocío entró en una dinámica de vida enfocada sólo a conseguir su objetivo de ahorrar dinero. Licenciada en Administración de Empresas, con un Postgrado en Pedagogía, ejecutiva de banco y catedrática de Economía, comenzó a limpiar casas y oficinas. “Fue un porrazo emocional terrible. Después de estar en un bonito despacho, ser la licenciada, la maestra universitaria, pasé a ser la que limpiaba inodoros y tinas. Una vez, lavando un baño, me chispeé toda la cara y empecé a llorar de rabia, de frustración… Me había esforzado y estudiado tanto toda mi vida y había acabado así. Le pedía a Dios… Señor, ayúdame, dame fortaleza para resistir. Por mis hijos. Por mí”.

Rocío cuenta que su jornada laboral empezaba a las 6:30 am. Paty, de México y Noemí, de El Salvador, la recogían para empezar el periplo de limpieza que incluía unas 6 ó 7 casas en un día. Terminaban a las 9:00 pm y llegaba sólo a dormir para, al día siguiente, repetir la misma rutina. Pese a lo agotador del ritmo de trabajo, ella se siente agradecida por el apoyo que estas dos compañeras de trabajo le dieron en ese momento tan oscuro y triste en su vida: “Me enseñaron a hacer bien mi trabajo, a ser una profesional de la limpieza. Tenía mi alma quebrada, pero ellas me hacían reír, en medio de tanto dolor. Ellas fueron mis ángeles”.

Intentando salir del hoyo emocional en el que estaba, Rocío buscó ayuda en un programa para mujeres latinas, y así tuvo la oportunidad de que le asignaran un psicólogo y un psiquiatra, con quienes pudo compartir su experiencia de separación y migración. Las pautas recibidas en esas terapias la ayudaron a enfocarse mejor y a sentir que en su vida surgían pequeñas espigas de esperanza y cambio. Un día de agosto de 2015, sus hijos la llamaron para darle la noticia de que les habían renovado sus visados, para 5 años más. Y en diciembre de ese mismo año pudo abrazarlos, nuevamente. “Recuerdo ese día que los fui a recoger al aeropuerto. ¡Estaba tan nerviosa! Saltaba, temblaba de la emoción. Reía y lloraba a la vez. Cuando los vi, fue una emoción tan profunda y, a la vez, sentí que algo se había roto, por la distancia, no sé… fue muy duro. Pero estaba feliz y agradecida por tenerlos. Era como un terremoto emocional. Hay lágrimas y dolor, pero luego viene la reconstrucción”.

Disfrutar la temporada navideña en familia hizo que Rocío y sus hijos enfocaran la nueva separación desde otra perspectiva. Fue un adiós también triste el de ese 12 de enero de 2016, pero sabían que se reencontrarían pocos meses después, en junio, para las vacaciones de verano. En ese tiempo transcurrido, Rocío había iniciado ya los trámites de su divorcio y había retirado ya los antidepresivos. Sus hijos, desde su visión madura de jóvenes adultos, le habían dicho que, si tenía otra oportunidad de pareja, que no lo dudara. Que era una mujer joven, con toda una vida por delante.

Ese mismo mes de enero de 2016, una sobrina le escribió un mensaje preguntándole si ya estaba lista para salir con alguien. “Me lo había comentado desde que llegué, en 2014, pero era aún muy precipitado. Me había hablado varias veces de este hombre, cristiano, divorciado, con una hija ya mayor y estadounidense. Esa vez le dije que sí, que le diera mi número. Él me escribió. Yo no le contesté, me hice la ‘socada’, jajaja. Lo tuve así más de una semana, ‘dándome a desear’, como dicen las viejitas, jajaja! creo que eso funcionó”.

Entre risas, Rocío también explica que, junto a sus nervios de conocer a alguien, estaba el hecho de su dificultad con el inglés. Había tomado clases en El Salvador pero, como muchas personas, notó que no le servían de nada para desenvolverse con fluidez y menos con un nativo de la lengua. Pero consiguió ayuda para contestarle y, además, quedaron en que el café se convertiría mejor en cena. “Le dije soy ‘old school’, tienes que venir a recogerme a casa. Vivíamos como a 20 minutos de distancia. Ya con mi hermana y Paty lo habíamos visto bien en Facebook, teníamos la investigación hecha, jajaja!”.

Por fin, ese día de febrero de 2016 llegó. Ed, que así se llamaba el caballero de la cita, acudió a recogerla con un ramo de flores. “Abrí la puerta y me quedé impactada. No sabía qué hacer ni qué decir. Él me vio y dijo ‘¡Wow!’. Le di las flores a mi hermana y salimos. Me abrió la puerta del carro y fuimos a cenar. Él buscaba en google un restaurante salvadoreño, para agradarme, pero al final acordamos ir a uno italiano”.

La velada transcurrió entre nervios, risas, y el teléfono móvil como gran compañero de mesa, pues ella buscaba en “google translator” las traducciones de lo que quería decir y se lo enseñaba en la pantalla. Fue todo tan ameno que les tuvieron que avisar que ya era la hora de cierre del local. Después de esa noche, hubo más cenas, cafés, salidas a caminar… en las conversaciones hablaban, fundamentalmente, de sus hijos y de las experiencias similares que ambos habían vivido en sus respectivos matrimonios.

El visto bueno definitivo se dio con la visita de la madre de Rocío a California. También a ella le llevaba flores y chocolates. “Hija, ¿no será narcotraficante este hombre?, me decía, jajaja! ¡Muchas cosas nos regala!”. A las tres semanas, Ed hizo una cena con su familia para presentarles a Rocío. “Aunque estaba nerviosa por mi limitado inglés, me sentí aceptada, desde el principio. Ed había estado solo, durante 17 años. En todas nuestras salidas, sólo nos dábamos la mano. Decidimos no besarnos, hasta casarnos. Fue algo que lo vivimos con mucha ilusión y respeto, pues ya veníamos de donde veníamos los dos. Quizá la gente no lo entienda. Pero, tratarnos así le dio un significado muy especial a nuestra relación”.

Tal y como lo habían planificado, sus hijos llegaron en junio, para disfrutar unas semanas con ella, en especial la celebración del cumpleaños de Rocío, el 2 de julio. Ella cuenta que Ed es un estupendo cocinero, y organizó una gran velada, para compartir con familiares, amigos y, especialmente, con los hijos de la pareja. “A mí me sorprendió que invitara a tanta gente. Me extrañó. Pero, comimos rico, abrí regalos… al final, me dio un álbum con fotos y detalles nuestros y, de repente, zas! sacó un anillo, se arrodilló  y me preguntó si quería casarme con él. ¡Yo no podía creerlo! Él temblaba, yo también, él lloraba, yo también… Fue algo muy bonito. Mis hijos estaban ahí, también felices”.

Ed y Rocío unieron sus vidas, el 7 de enero de 2017. Sus hijos la entregaron en el altar, donde ella recibió el primer beso del hombre que se convirtió en su marido.

Comenzar la convivencia con su esposo abrió un mundo de contraste que antes ella no había experimentado, por moverse básicamente en un entorno hispano. “Comencé a limpiar casas con unas americanas. No les entendía nada su inglés. Ed, de alguna manera, había ‘simplificado’ su inglés para que yo le entendiera. Pero el mundo real era diferente. Noté incluso cierta discriminación con estas mujeres… Me dejaban lo más difícil para hacer en el trabajo, como que porque era la latina tenía que hacer todo. Tuve que resistir por mis hijos. Tengo el problema del síndrome del túnel carpiano. Lloraba del dolor, porque trabajaba 6 días a la semana, sin parar. Yo decía, qué voy a hacer, si el proceso de residencia es caro y hay que hacerlo. Y debía seguir pagando mis deudas en El Salvador, porque me querían embargar. Menos mal que me surgió una oportunidad como nanny, cuidando a un niño americano, de 9 años. Es una familia muy educada y me tratan bien. Yo le tengo que dar clases de español al niño y estar con él, después de la escuela”.

Rocío asegura que ahora se siente mucho más segura con su nivel de inglés y su conocimiento del entorno estadounidense, aunque sabe que tiene que seguir aprendiendo. Su primer año de matrimonio ha sido una prueba de constantes ajustes culturales con Ed. Reconoce que sí ha percibido racismo y discriminación en su día a día: “La escuela del niño que cuido es privada. Yo saludo, me miran y no me contestan. Veo que nuestros países no existen muchas veces en el mapa mental de la gente americana. Estamos tan lejos de su mundo, de sus referentes, de su mundo sin pobreza, sin guerra. A veces, me siento fuera de lugar totalmente. Ese es un vacío con el que lidiamos todos los que emigramos. Me encantaría trabajar nuevamente como maestra de español, o como traductora en las escuelas para los padres latinos o en los juzgados para los juicios, que es un nivel más alto. Mi meta es que mis hijos saquen la carrera en El Salvador y luego pedirlos a ellos. Ya ellos decidirán si se vienen o se quedan viajando por un tiempo. Con mi esposo queremos viajar a El Salvador, el próximo mes de diciembre. Él ha aprendido a hacer unas pupusas riquísimas, con su salsa y curtido delicioso. Hace también guacamole al estilo salvadoreño. Su alegría y su vida para mí son una bendición. Veo hacia atrás y no entiendo cómo cambió todo en tan poco tiempo. Entré en una tormenta y salí distinta, renovada. Y aquí sigo. Si yo he podido, otras también pueden hacerlo”, finaliza.

 

“En Alemania, he aprendido a ser cuidadosa con mis palabras y acciones”

Por: Claudia Zavala

La pasión por los idiomas contribuyó a que Bessie Guillén de Moedl proyectara, desde niña, una vida fuera de su natal El Salvador. Criada en una familia unida y muy conservadora, según cuenta, y siendo la menor de cuatro hermanos, Bessie recibió siempre el apoyo de sus padres, para aprender distintas lenguas. “Eran una especie de hobbie para mí. Recuerdo que, cuando tenía 18 años, quería ser profesora de inglés, para ganar mi propio dinero. Apliqué a la Escuela Americana, pero mi nivel no era suficiente para entonces. Me rechazaron. Quedé muy decepcionada”.

Justo después de esa experiencia, la generosidad y empeño de su padre por apoyarla, hizo que le regalara, junto a sus hermanos, un viaje a California, durante 8 días, en casa de una tía. Al llegar, Bessie le comentó el “fracaso” que acababa de vivir, al no ser aceptada para impartir inglés. Ella le propuso, entonces, quedarse ahí una temporada, para que mejorara el idioma.  Era 1999 y Bessie tenía 19 años. Estudiaba segundo año de Economía, en la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas”.

“Llegué con ropa para 8 días y me quedé 8 meses. Pero mi sorpresa fue que no podía estudiar tan fácilmente en el college. Por ser latina, cada unidad de estudios costaba 130 dólares, en esa época. Sólo matemática tenía 4 unidades, inglés tenía 3 unidades… para mi presupuesto era carísimo. Los europeos pagaban sólo como 5 dólares, eso me sorprendió mucho”. Su padre le dijo que escogiera dos materias, pues era lo que estaba dispuesto a pagar. También aprovechó para matricularse en la escuela pública que le quedaba cerca, en la que sólo pagaba 6 dólares el semestre. “De todos mis compañeros, era la única que tenía papeles. Iba dos veces por semana al college, con los gringos, y el resto de días a la escuela pública, con chinos y latinos. Aprendí mucho en esa época”.

Cuando Bessie regresó a El Salvador, consiguió su puesto en la Escuela Americana. Era profesora de inglés los días sábados y ganaba su propio sueldo. Un año después, inició sus estudios de francés y alemán, simultáneamente. “La verdad es que no aprendía nada. Conocí a una profesora alemana, que me daba clases particulares y así avancé un poco. Mi papá siempre me decía que Alemania era el país de la industria, que era importante saber ese idioma”.

Al poco tiempo, su profesora particular de alemán se embarazó y, al dar a luz, recibió la ayuda incondicional de Bessie y su familia, por lo que ella quedó profundamente agradecida con ellos. “Como se sentía muy agradecida por la ayuda que le dimos con su bebé, me dijo que me fuera a su casa a Alemania, 6 meses gratis, para que mejorara el idioma y conociera más su cultura”.

Bessie llegó a Colonia, en el año 2001. Tomaba clases intensivas de alemán, todos los días, de 8:00 am a 2:00 pm. Los fines de semana, aprovechaba para dar paseos con el resto de sus  compañeros europeos. Ella era la única latina. “La mamá de esta muchacha resultó ser bastante estricta. Nunca me asignó un cuarto, yo vivía en su sala. Todos los días tenía que abrir y cerrar mi maleta, para sacar mis cosas. Era incómodo, pero quería aprovechar la experiencia. Luego, busqué otras opciones. Total que, en 6 meses, me cambié como 5 veces de casa”.

A los 15 días de haber llegado a Alemania, Bessie conoció a Robert, un alemán que la impactó  muchísimo: “Fue un flechazo muy intenso. Empezamos a salir. Pero, por diversos motivos, duramos sólo un mes juntos. Yo tengo una educación conservadora y por eso tuvimos algunos choques. Tenía un conflicto interno, pensando que tal vez sólo se quería aprovechar de mí. Lloraba mucho por él,  fue terrible. Él se perdía y luego aparecía… Luego de 6 meses, me regresé a El Salvador, en diciembre 2001. Justo 10 días antes de partir, conocí a un muchacho suizo, que fue muy lindo conmigo y se generó una ilusión. Cuando llegué a El Salvador, me dio un gran bajón, como una depresión. Recuerdo que mi mamá me había mandado a hacer un vestido amarillo, para cenar ese día de mi llegada. Me recibieron con mariachis, flores, amigos, familiares y también llegó mi ex novio salvadoreño. Yo tenía los ojos hinchados de tanto llorar en todo mi viaje de regreso. Sólo pensaba: ‘si supieran el gran desmadre que tengo en la cabeza y en el corazón en este momento’. Jajaja!! Hoy me da risa, pero en ese momento me sentía fatal”.

Con la distancia geográfica, la comunicación con el muchacho suizo comenzó a disminuir, hasta que la relación terminó. Al margen del aspecto de pareja, Bessie continuaba con su deseo de volver a Europa, pero no sabía dónde. Su maestro de francés le comentó que en la Embajada de Francia buscaban asistentes de español, para trabajar en Francia. Bessie fue de las 14 personas que destacaron, entre un total de 150 que aplicaron al puesto. Luego de casi un año de pruebas y trámites, la seleccionaron para la plaza. Así, viajó a Francia, en el año 2003. Su perspectiva era también terminar la carrera de Economía y hacer la especialidad de Intérprete y Traductor Simultáneo ahí, pese a que sabía que tendría una carga laboral y académica bastante fuerte.

“El primer día que llegué de la universidad, me tiré a llorar en la cama. ¡Sentía que no entendía nada! Yo decía, ‘Dios mío, ¿cómo voy a hacer un examen de Macroeconomía en francés? Era una exigencia académica muy fuerte para mí. ¡Y encima el trabajo! Cada día, tenía que ir a dos escuelas diferentes. En una, me presentaba ante niños de 7 a 9 años y, en la otra, trabajaba con jóvenes de 15 y 16 años, para impartirles español. Les hablaba de mi país, mi cultura. Tenía una jornada full las 24 horas. Ahora que lo pienso, realmente no sé cómo lo hice”.

El año de contrato de trabajo en la Embajada terminó. Como pudo, cambió su visa de estudiante por una de trabajo para poder quedarse en el país. Entonces, Bessie recibió una llamada de su padre, diciéndole que ya no podía seguir ayudándola económicamente. “Yo quería quedarme y seguir con mis planes, como fuera posible. Comencé a buscar trabajo como loca. Una conocida argentina me habló de una pizzería y ahí fui a dar. Estudiaba de día en la universidad y trabajaba en la pizzería, de 6 a 11 pm. Seis días a la semana. Me pagaban mal, pero me daba para sobrevivir el tiempo que necesitaba. Yo estaba en Grenoble… el frío en esa ciudad es horrible. Me dedicaba a limpiar la cocina, las mesas, lavaba grandes cacerolas… recuerdo sentir mis manos bien heladas. Regresaba a casa mojada, a medianoche. También trabajaba en la mañanita, con dos niños chiquitos. Tenía que estar a las 5:45 am en su casa. Los arreglaba, daba de desayunar y los llevaba a la escuela. A las 8:15 am me iba a la universidad y así hasta la medianoche. Me dormía en clases… fue una época muy dura”.

Luego de sus estudios en Economía, y de Traducción e Interpretación, y ya en su tercer año de estancia en Francia, Bessie realizó un Máster en Cooperación Internacional y Comunicación Multilingüe, coronando una etapa de cuatro años de intenso estudio y trabajo.

Mientras desarrollaba su proyecto académico, Bessie recuerda que, cuando realizaba sus viajes a El Salvador, veía a su mamá abatida por su futuro familiar. “Ella tenía una preocupación por mí bien tremenda. No dormía, sólo llorando pasaba. Me preguntaba si no pensaba casarme y hacer una familia. A mí me dolía verla así; pero, de alguna manera, en el fondo de mi corazón, sentía que mi vida no estaba en El Salvador. Y siempre volvía a partir”.

Pese a tener la certeza de querer vivir en Europa, Bessie reconoce que Francia no le terminaba de gustar y no veía perspectivas reales de desarrollo profesional, pese a su alta formación académica. “Sentía cierto racismo en la calle y en las empresas. Honestamente, iba a ser muy difícil para mí conseguir trabajo de oficina con el físico y el acento que tengo. Lo digo tal cual lo experimenté”.

Decidió hacer, durante dos meses, su práctica de Máster en Cooperación Internacional, en el Ministerio de Relaciones Exteriores de El Salvador, para tener esa experiencia en su propio entorno, estar con su familia, y tomarse un tiempo para pensar cuál sería su siguiente paso.

Volvió a Francia, en verano de 2006, sin saber muy bien qué haría. Bessie cuenta que subió al avión llorando, con una mezcla de incertidumbre por no saber exactamente cómo podía avanzar profesionalmente en ese país. Su madre, devota católica, le regaló la Novena del Divino Niño Jesús, para que aclarara sus ideas y orientara mejor sus pasos. “Yo también soy bien creyente. Hay que rezar, durante 9 domingos seguidos, la Novena, ir a misa, confesarse y comulgar. Se hace una oración larga en la noche. Yo me lo tomé muy a pecho. Esperaba con ansias los domingos para rezar, con fe, la Novena. Me sentía perdida, sin esperanza. De alguna forma, eso me dio aliento para seguir adelante. Como el quinto domingo, la Novena te pregunta ‘¿qué puede hacer Jesús por ti?’. Desde mi corazón, le dije que siempre había soñado con casarme. En ese momento, no me importaba si en Europa o El Salvador. Pedí por un buen esposo y prometí que, si tenía hijos, los educaría en la fe cristina, en agradecimiento”.

El fin de semana siguiente a esa sincera petición, la llamó por teléfono Robert, el alemán que había conocido 6 años atrás. Le dijo que llegaba a Francia el 26 de noviembre, a pasear durante 3 días. Era justo el último domingo de su Novena: “Mi corazón dio un salto y yo dije ¿Divino niño, él es el esposo que tienes para mí?”. Cuando lo vio en el aeropuerto, Bessie tuvo una certeza nunca antes experimentada: “¡Este es!”. La noche en que se encontraron no pararon de hablar de las experiencias vividas, durante los años en los que no se habían visto. Bessie viajó esa navidad a Alemania, para celebrarla con Robert y su familia. Regresó a Francia en enero de 2007. El 4 de febrero, él la recogió en su carro para trasladarse a vivir juntos a Alemania, definitivamente. El 19 de diciembre de ese mismo año, se casaron, en Alemania. Y el 8 de enero de 2008, celebraron su boda religiosa, en El Salvador.

Al llegar a Alemania, Bessie trabajó en el área de Cooperación Internacional y luego en una empresa que construye plantas de gas en todo el mundo. En el plano personal, la inesperada pérdida de su primer embarazo fue una experiencia dolorosa para la pareja. Por eso, cuando salió embarazada por segunda vez, decidió dejar de trabajar, para estar relajada y cuidarse al máximo. Su hija, Julia, nació en 2010. “Me dio depresión postparto. Sentía mucho miedo de que le pudieran hacer daño a mi hija. Cuando paseaba con el cochecito por la calle, imaginaba que alguien me la agarraba y la tiraba al río Rin.  Cuando tenía sólo 9 días de nacida, mi marido empezó un nuevo trabajo y llegaba hasta las 10  de la noche a casa. Yo pasaba sola con mi hija. Mi mamá pudo llegar, cuatro meses después, con una amiga. Fueron dos meses de gran respiro para mí.  Ella me estimuló para que saliera a hacer pequeños mandados y me distrajera un poco. Un día, fui a pagarle las facturas de la empresa a mi marido. Después, fui haciendo más cositas y así, poco a poco, hasta que él me dijo que si quería trabajar definitivamente en su empresa. Le dije que sí”.

Aprovechando su formación y experiencia laboral, Bessie se encarga del área administrativa y financiera de la empresa. Domina el complejo sistema tributario alemán y también ha aprendido computación, para subsanar las necesidades en ese campo.  Con un ritmo de trabajo más flexible, en 2014, nació su segundo hijo, Paul. Y ahora, con un poco más de 30 semanas de embarazo, está próxima a dar a luz a otra niña. También disfruta de la música, especialmente, de tocar el violín en sus ratos libres.

Después de todos estos años, reconoce que su experiencia migratoria en Alemania ha sido de gran aprendizaje y satisfacción. “En la parte norte de Alemania, todavía se experiementa el racismo. Pero, en la parte donde vivo, son más abiertos. La gente es muy educada, quieren saber quién soy, por qué he venido, cómo es nuestra comida… saben que El Salvador perdió en un Mundial por un montón de goles. Me siento aceptada. Mi hermano me dice que hasta me hago más latina de lo que soy, jajaja! Me identifican con mi temperamento alegre. Me siento buscada y querida, precisamente, por ser latina.  He aprendido a reciclar, a ser súper puntual y a ser muy cuidadosa con mis palabras y acciones. No hablar por hablar. Me he adaptado en este sistema, desde el respeto. Para que la integración funcione, tiene que ser algo de doble vía”, finaliza.

“La gente en Nueva York es fría, pero hay que integrarse”

Por: Claudia Zavala

Diana Maricela Aguilar es cuidadosa y detallista en su manera de expresarse. Cada palabra tiene la intensidad y el matiz que desea impregnar en todo momento. Desde Long Island, Nueva York, cuenta que aún después de cinco años y medio sigue adaptándose a las prácticas y dinámicas de una ciudad con una cultura muy distinta a la de sus orígenes salvadoreños. “En mayo de 2009, conocí al primo de una amiga, con la que vivía como pupila. Lo vi un miércoles y él regresó cuatro días después a Estados Unidos. Vivía ahí desde los 10 años, aunque es salvadoreño. Estaba de visita y se dio una conexión entre los dos. Empezamos una relación a distancia, hasta que nos casamos,  el 24 abril de 2011. Yo emigré el 2 de marzo de 2012”.

Antes de viajar, en su país, Diana había trabajado como periodista y presentadora en instituciones como el canal 10 y el Ministerio de Educación y, como guionista en un programa de reportajes en profundidad, en la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas”. En esa etapa, tuvo la oportunidad de formar parte del equipo que realizó un importante documental sobre la Ley de Amnistía en El Salvador, y viajó hasta Viena, para competir en un festival. También se desarrolló como directora de Comunicaciones del “Programa Nacional de Frutas”, del Ministerio de Agricultura, en el ámbito de la cooperación internacional y como encargada de prensa de una institución que vela por los derechos de la mujer.

Aún con semejante bagaje laboral y profesional, partir de cero fue algo complicado de gestionar para ella: “Fue horrible. Cuando llegué, sentí un choque cultural tremendo. Yo sentía que tenía una cultura más conservadora, con valores. Aquí, hay demasiada libertad, todo es ‘normal’. Sentía que la anormal era yo… El tema del idioma también me impactó. Eres realmente mal visto, si no hablas inglés. Yo, que siempre he sido muy independiente, salía a la calle, sin saber qué hacer, dónde ir, dónde comprar. En medio de esos primero días complicados, de remate, me entero que estoy embarazada, el 8 de mayo de 2012. Yo llegué al mandado y no al retozo, verdad, jajaja!”.

El clima húmedo de Long Island también la afectó. Las temperaturas, a veces extremas, muy frías en invierno y demasiado cálidas en verano, fueron parte de su proceso de adaptación  al llegar. Después de 4 años de vivir con su suegra, la pareja pudo independizarse, en junio de 2016.

“Recuerdo que, durante mi embarazo, hubo momentos en que me quería regresar a El Salvador. No soportaba nada; sentía que no me podía valer por mí misma. Dependía de mi esposo siempre. En cuanto saqué mi licencia para conducir, recuperé parte de esa independencia, pero aún así era complicado. Me impresionó la indiferencia de la gente en general, nadie se mete con nadie. No hablas con nadie. Se encuentran personas de todas partes, pero no comparten. Tengo algunas amistades, pero es difícil coincidir en quedar a tomar algo o a comer, por muchos factores… los niños, son otros horarios, los compromisos laborales para pagar el costo de vida que es tan alto, hay facturas por pagar todas las semanas Es una vida más solitaria, en general”.

Mientras estaba embarazada, Diana conoció el caso de Santiago Leiva, periodista salvadoreño que lucha contra el cáncer. Sin conocerlo, contactó a las personas que desarrollaban su campaña de ayuda. “Me conmovió mucho su caso. Sin conocerlos, les dije: ‘Estoy aquí, ¿en qué puedo ayudar?’ Recuerdo que, junto a un señor de New Jersey, se organizó un festival centroamericano, cuyos beneficios fueron destinados al tratamiento médico de Santiago”.

El 27 diciembre 2012, nació su primer hijo. El cúmulo de cambios que implica la maternidad fue otra experiencia que removería la vida de Diana. Conocer el sistema de salud estadounidense fue parte de ese proceso: “Mi mamá es enfermera y me preguntaba cosas, sobre pruebas y demás, y recuerdo que aquí no me decían nada de lo que ella me preguntaba. Sólo decían ‘todo está bien’. Yo no hablaba inglés como para explicarme bien, era frustrante para mí. A los pocos meses de nacido, mi niño desarrolló una alergia delicada y no fue fácil gestionarlo. Mi mamá vino a acompañarme, menos mal. Me sentí más apoyada y cuidada”.

Diana comenta que, desde su llegada en 2012, no había tenido una experiencia laboral formal. En 2014, se enteró que la directora de la institución de la mujer para la que había trabajado en El Salvador viajaría a un evento a la Organización de Naciones Unidas, en Manhattan. Ella los contactó y se puso a disposición para lo que necesitaran, en materia de comunicación y prensa. Por un contacto previo que había tenido cubriendo un evento puntual en la institución, la llamaron notificándole que una trabajadora estaría de baja maternal y que había una plaza vacante para cubrir su tiempo de licencia.

“Comencé, en marzo de 2014. El trabajo me quedaba a dos horas de ida y dos horas de vuelta de mi casa. El salario no era tan alto. Sólo el tren me costaba 363 dólares al mes. Y pagaba 800 dólares de guardería de mi hijo y esto que sólo iba tres días a la semana. La primera vez que fui a Manhattan, me pegué una gran perdida. ¡Y estaba cayendo una tormenta horrible! Llegué como pollo chupado a la oficina. Al terminar de trabajar, tenía que salir volando para llegar a tiempo a recoger a mi hijo”.

El ajetreo que implicaba su trabajo y la imponente dinámica de Manhattan no hicieron mella en su ánimo. Se esforzó mucho para mejorar su inglés y, poco a poco, fue desarrollándose con la seguridad que le daban los años de experiencia en su rama. Desde finales de marzo de 2014 hasta enero de 2015, fue la encargada de Comunicaciones de la Misión Permanente de El Salvador ante Naciones Unidas. Su tarea consistía en organizar reuniones y eventos relativos a los temas de agenda como cambio climático, niñez, discapacidad, derechos de la mujer, entre otros. “Aunque fue poco tiempo, esa experiencia laboral me ayudó a sentirme más segura. Por una situación de salud de mi hijo, tuve que dejar el trabajo, el 31 de enero de 2015”.

Sin claudicar en su afán por desarrollarse profesionalmente, empezó a trabajar en una imprenta, en el área de publicidad, dando seguimiento a clientes de una parte de Long Island. En mayo 2015, la operaron de emergencia de la vesícula. Y, sólo dos meses después, del ligamento central de la rodilla. “Obligatoriamente, tuve que pasar un tiempo en casa, recuperándome, y peleando con mi seguro médico, para que me dieran los medicamentos que necesitaba porque, aun con opiáceos, me dolía mucho. En ese proceso médico sí sentí el racismo a flor de piel, en el trato que recibí, por ser hispana y por no hablar un inglés perfecto”.

En 2016, ya más equilibrada en su salud, Diana empezó a trabajar con una señora en el área de catering y servicios de banquete, los sábados y domingos, teniendo horarios que terminaban a partir de la una de la madrugada. Frente a eso y, aprovechando su experiencia previa en el área de fotografía,  decidió montar su propio estudio: “Establecí mi propio negocio. Se llama ‘Momentos fotografy’. En este tiempo, he tenido bastante trabajo independiente. Ya tengo buenos clientes que han hecho bodas y 15 años. La mayoría de eventos son los fines de semana. Esto me permite estar más tiempo con mi hijo y también aportar al presupuesto familiar. Me quiero especializar en fotos de bebés recién nacidos. Es algo muy creativo que me encanta”.

Junto al desarrollo de su nuevo negocio, la noticia de un nuevo embarazo la llena de ilusión. Es una niña. Nacerá el próximo mes de febrero. Junto a su esposo, ella los define como sus verdaderos motores que la impulsan a seguir avanzando: “Nueva York es frío, continúo sintiendo el choque cultural todavía, pero hay que integrarse. Mi familia me ha ayudado mucho; mi mamá y mis hermanas son un pilar importante para mí.  Esta experiencia me ha ayudado a reforzar quién soy. Ha sido, en definitiva, un gran aprendizaje”, finaliza.

“Abrí las fronteras del corazón, para integrarme de verdad”

Por: Claudia Zavala

Hablar con Claudia Fermán es entrar en el mundo de una mujer que ha hecho un profundo viaje exploratorio. Y no sólo geográfico. En su relato sorprende la intensidad de las experiencias vividas, pero también la paz y serenidad con la que son narradas.

Salvadoreña de nacimiento, cuenta que emigró a México, en noviembre de 1979, por decisión de sus padres. Tenía apenas 15 años y cursaba octavo grado en un colegio de monjas de su país. Cuando llegó al Distrito Federal, a casa de su hermana mayor, le dijeron que su estancia sería sólo por un año. “Eran tiempos de eminente peligro en mi país, por las señales claras de la guerra civil que estaba por iniciar. Pero uno de joven no alcanza a dimensionar esas circunstancias, sólo vive su mundo. Recuerdo que me sumergí en una profunda tristeza. En el colegio, me hacían burla por mi acento salvadoreño. De repente, estar en aquella gran ciudad, con sus calles inmensas, viniendo de un país tan pequeño, fue un gran choque para mí. En esa época no había internet y la comunicación era complicada. Esperaba 15 días para comunicarme con mis papás. En cada llamada mi frase era ‘¿ya mami? ¿cuándo regreso?’ Ella me decía: ‘hija, ahora menos que nunca… ya mataron a fulanito’. Con el tiempo, me di cuenta de que ellos realmente no querían que regresara”.

El contraste cultural y social que Claudia experimentó al llegar a una ciudad tan imponente y la lejanía con su familia y amigos más queridos desencadenó en ella un comportamiento de rebeldía, propios de su edad, pero exacerbado por las particulares circunstancias; “Conocí a un muchacho de 25 años con el que nos hicimos novios. La relación se formalizó, a tal punto, que me casé con apenas 16 años. Mis padres firmaron un documento para autorizar el matrimonio. Aunque él me llevaba casi una década, igual era joven e inmaduro, sobre todo, porque dependía totalmente de sus padres, en todos los sentidos. Tratamos  de tener un bonito matrimonio, pero no se pudo”.

Hijo de una familia acaudalada, el joven marido trabajaba en la empresa de sus padres. Claudia y él recibieron todo el apoyo económico necesario para llevar una vida resuelta y sin preocupaciones. La pareja pronto dio la bienvenida al primer hijo, en 1983. “Ya casada, con mi bebé, terminé el bachillerato. Siempre tuve inquietudes sociales, así que entré a la Universidad Veracruzana, a estudiar Antropología Social. Tuve la fortuna de poder hacerlo, tenía gente que me ayudaba en casa y podía dedicarme a mis estudios”.

Pese a esa vida aparentemente idílica, Claudia relata que realmente no era feliz. Las raíces de rebeldía e inmadurez en las que se cimentó su matrimonio tenían consecuencias en su relación cotidiana: Discusiones constantes, desacuerdos, falta de libertad en sus actos y una intromisión y control férreo de parte de sus suegros hizo que cada día comenzara a contemplar la idea de la separación. “Fue duro, porque duré 10 años en esa situación. Incluso llegó un segundo hijo. Creo que por el amor hacia ellos resistí. Yo tenía prohibido sacar a mis niños del país. No me dejaban ir a ningún lugar. Mis padres lo sabían pero creo que, en el fondo, ellos pensaban que yo ahí al menos estaba segura. Me sentía ahogada… Recuerdo un día, acostada en el césped de nuestro enorme jardín, con grandes árboles, vi cómo se cerraba el cielo y sentí que los árboles me caían encima. Me costaba respirar. Tenía una ansiedad tremenda. Después de varios intentos, un día, por fin pude huir. Le pinché las llantas de su carro y me fui con mis hijos. Fue gracias a nuestros empleados que logré escapar de aquella casa”.

Claudia llegó a la casa de su hermana, en el Distrito Federal. Al enterarse de la situación, sus padres viajaron desde El Salvador, para instalarse en un apartamento y ayudarla en la crianza de sus hijos. “Mi ex me buscó, como en anteriores ocasiones había sucedido, pero esta vez supo que era definitivo. Cuando hay amor, todo se puede. Cuando no existe, no hay nada que hacer. Su castigo por lo que había hecho fue no darme dinero para mis hijos. Me sentía triste, derrotada, vencida. Tenía 26 años. Pero mis hijos fueron mi motor, mi fortaleza. Siempre he sido una mujer de fe. Pronto me convencí de que era capaz de salir adelante, por mi propia cuenta”.

Por contactos profesionales de su hermana, Claudia empezó a trabajar en la industria farmacéutica, como secretaría en un laboratorio. Sucedió que, a los dos meses de haber llegado, la Gerente de Producto se fue y no buscaron sustituta. Confiaron en ella para que realizara el trabajo. La labor encomendada – promocionar un producto para el corazón, que era la estrella de la firma-  fue un diamante en bruto que Claudia supo pulir, con su empeño y dedicación. Tal fue su inmersión en el mercado y sus ganas de desarrollarse personal y profesionalmente, que supo visualizar una idea de negocio que se concretó en poco tiempo. Contra todo pronóstico, aquella mujer derrotada, divorciada y con dos hijos, se convertía en empresaria, en 1998. Así nació Astrex (http://www.astrex-mx.com/)  un modelo de negocio basado en el servicio de noticias para la industria farmacéutica. Algo que encontró un hueco y una buena recepción en el mercado en esa época.

“Funciona como una repetidora de noticias, un boletín de información del sector salud. Me llegan noticias de las agencias, de los periódicos, del dominio público. Empecé con pocas personas, luego fuimos doce y así hemos ido creciendo. Madrugaba para recopilar las noticias. Hacíamos telemarketing también.  Llamábamos a farmacias y médicos para hacer seguimiento de cuestionarios sobre medicamentos, visitas médicas, etc. Luego también empecé a hacer estudios de mercado y abrir empresas en América Latina. El próximo 5 de enero, cumpliremos 20 años. Cuando lo pienso, no sé cómo lo he hecho. Sé que Dios ha estado conmigo. En un país como México, los equipos de venta son de 500 a mil personas. Yo tenía que darles charlas. Al principio me daba pánico. Ahora me da risa, pero entonces, recordaba una frase del colegio que decía: ‘Virgencita María, pon tus manos antes de las mías’. Eso repetía antes de los grandes eventos y agarraba valor. Creo que todo se puede en la vida. Somos humanos, tenemos capacidad de transformación”.

La prioridad por la educación de sus hijos fue un punto de motivación que sostenía los esfuerzos constantes de Claudia. “Quería que fueran a buenos colegios, que tuvieran buenas bases. Fue muy duro, porque tenía que trabajar mucho para poder pagarlo. El equilibrio con la familia paterna siempre fue difícil. Con el tiempo, he tenido mi recompensa. Mis hijos son mis maestros de vida. No son materialistas. Aprendieron a valorar el esfuerzo y la dedicación que con amor les di”.

Sumergida en inacabables jornadas laborales, un día, Claudia aceptó la invitación de su hermana y sobrina para ir a tomar algo y distraerse un poco. “Estaba siempre cansada, siempre preocupada por mis gastos. Recuerdo que acepté ir a tomar una copa con ellas. En el lugar, había un señor guapísimo, que pasaba a cada rato por nuestra mesa, para ir al baño. Pensé que algo le había caído mal. Mi sobrina me dijo ‘te está viendo a ti, tía’. Yo tenía 29 años, el pelo larguísimo y era delgadita. Él se acercó y se presentó. Era un alemán. Dijo que trabajaba para Mercedes Benz. Hablamos un poco en inglés e intercambiamos teléfonos. Era un viernes. El domingo teníamos una comida familiar y lo invitamos. Llegó y se ganó a todo el mundo, especialmente a mi mamá, que quedó fascinada con él”.

El alemán, que estaba en trámites de divorcio, con tres hijos de su matrimonio anterior, comenzó una amistad especial con Claudia  y viajó varias veces a México para visitarla hasta que, un día, le dijo que quería quedarse definitivamente a vivir con ella. Y rentaron un apartamento. “No quería casarme, porque ya venía de un fracaso. Pero por la educación que recibí, el bienestar de los niños y lo bien que estábamos como pareja, acepté. Nos casamos en 1996”.

Después de 21 años como pareja, el contraste cultural El Salvador-México-Alemania, según ella, se ha evidenciado, sobre todo, en el gusto por el baile. A ella le encanta y a él no. “Me toca bailar con mi hijo. Además, mi marido mide 1.96 y la verdad es que lleva el ritmo a su manera, jajaja”.

Aunque su vida personal y empresarial había cobrado nuevos rumbos, y sus hijos eran ya universitarios en las áreas de Economía, uno, y Contaduría y Estrategia Financiera, el otro, la verdadera transformación de Claudia aún estaba por llegar. Sucedió cuando cumplió 40 años. Según relata, en esa etapa se agudizó su necesidad de aportar algo más, socialmente hablando. Hasta entonces, tenía inquietudes, pero no sabía cómo canalizarlas.

“Yo practicaba la meditación, desde hacía varios años, pues me ayudaba a fluir y a enfrentar mis dificultades. Fue mi marido el que me sugirió que me hiciera maestra de yoga. Para ayudar a los demás. Me consiguió una formación de Kundalini yoga y así empecé este camino. Eso cambió mi vida. Hice una formación con un maestro italiano, durante un año. Mi primera clase, como servicio social que hay que dar, fue a un grupo de 60 personas. Luego, pasé a un segundo nivel, con 5 años más de estudio. También me formé en sanación holística. Esto me permite volver a mi país, cada vez que puedo, a dar un servicio. También viajo por Latino América impartiendo cursos de Kundalini yoga. Trabajo en talleres con adolescentes que están metidos en drogas. Les enseño a meditar, a conocer el pensamiento, a saber frenar la negatividad, que comprendan que la vida es para disfrutarla con amor. No necesitan un apego para ser feliz”.

Según explica, luego de gran parte de camino recorrido, un maestro dentro de su disciplina Kundalini conectó con el nombre con el que hoy se da a conocer: “Claudia Fermán de Schwarz Meher Roop, que significa ‘La que va con forma de compasión, amabilidad y misericordia’”.

Con la alegría de que será abuela, en marzo del próximo año, sus actividades de colaboración con su país de origen se canalizan, ahora, a través de la enseñanza del yoga, consiguiendo un equilibrio entre su vida espiritual y material que había buscado, desde sus años de adolescencia.

“En el balance de mi vida, ha pesado mucho de dónde vengo. Lo que yo hice fue meterme en la cabeza todas las ideas positivas de lo que significa ser salvadoreño y, donde voy, lo destaco. Nunca he negado a mi país, al contrario. Mis hijos también se sienten orgullosos de sus raíces. Sienten que lo que han conseguido, en parte, es por esa fuerza que tienen en su sangre. El mayor tiene su propia empresa, es exitoso. El pequeño se convirtió, a los 24 años, en el gerente más joven de Relaciones Internacionales del banco en el que trabaja.  Además, realiza un deporte de vencer obstáculos y está en el Top 20 de México. Cuando compite, se pone un pin con la bandera de México y otro con la de El Salvador. Ellos son mi recompensa. También he superado ese sentimiento de no ser de ningún lado, abriendo las fronteras de mi corazón, para realmente integrarme. En una meditación sentí profundamente que uno pertenece al lugar donde vive, donde come, donde respira… tenemos que sentirnos orgullosos de nuestro origen, pero también aprender a reconciliarnos con la tierra que nos acoge”, finaliza.

 

“Tuve una adolescencia dura, como inmigrante, pero lo agradezco”

Por: Claudia Zavala

La adolescencia es un período especial para cualquier persona. Los cambios mentales, hormonales y emocionales forman parte de un proceso que algunas veces se vive con dificultad. Si a eso, además, se suma un proceso migratorio, los contrastes que se experimentan complejizan aún más esa etapa. Eso fue lo que le sucedió a Aída Alens de Colindres. Una salvadoreña que, a los 16 años, tuvo que salir de su país de origen para empezar una nueva vida en Estados Unidos. “Mi papá tenía un buen trabajo, pero lo perdió. Estuvo mucho tiempo buscando, sin éxito. Con el salario de mi mamá no alcanzaba para los gastos de casa. Justo en 2007, a mi mamá y a mí nos salió la residencia estadounidense. Mi hermano mayor y mi papá ya la tenían. Yo tenía 16 años, estaba terminando octavo grado. Mis padres creyeron que era un buen momento para mí, así podía mejorar mi inglés y tener acceso a una educación gratuita, porque los colegios privados en El Salvador son caros, y tener más oportunidades para ir a la universidad. Sé que lo hicieron pensando en mi futuro y en mi bien”.

Fue así como, a principios de noviembre de 2007, Aída llegó a Nueva York, donde residía su abuela materna, quien había gestionado su trámite migratorio y, un mes después, viajó a Florida, para instalarse con sus tíos y primos paternos. Su madre también viajó con ella, pero tuvo que regresar a El Salvador, para vender la casa familiar y gestionar todo lo necesario antes de la mudanza definitiva. “Mi papá no perdía la fe de conseguir trabajo. En el fondo, ellos no estaban convencidos de emigrar. Nunca crecí con esa idea en casa. Ellos tenían sus trabajos y nosotros teníamos lo necesario. Vivíamos contentos. Creo que para ellos fue muy duro salir del país, ya no tan jóvenes, a empezar de cero. Cada vez valoro mucho más la decisión que tomaron”.

Ni el sol ni la belleza de Naples, Florida, ayudaron a que Aída se acoplara con facilidad a su nueva situación.  Además, se dio cuenta de que, pese a haber estudiado durante varios años en una academia, su nivel de inglés no era suficiente para desarrollarse y comunicarse como cualquier joven. “Me daba pena hablarlo. En la escuela, si tenía que hacer algún trámite, le pedía a mi prima que me tradujera. También me impactó el ambiente que había. Yo venía de un colegio privado, de monjas, muy tranquilo. ¡Y aquí había de todo! Jajaja! Había grupos, como de tribus urbanas: emos, punks, rockers, etc. Yo que siempre fui sociable, me sentía como pollito comprado y no hablaba. Hasta el siguiente año comencé a tener amigos, una colombiana, una cubana, una mexicana y una peruana. Recuerdo que, en décimo grado, en clase de matemática, unos muchachos me ofrecieron fumar marihuana. Yo sabía que no quería nada de eso. Tampoco quería decepcionar a mis papás”, recuerda.

A la separación de su tierra, padres y amigos, se unía su especial situación sentimental: “Tenía un novio que pensaba que era el amor de mi vida, como la mayoría de muchachas a esa edad. Nos comunicábamos por Messenger y correos electrónicos, porque se suponía que él me iba a esperar, hasta que yo regresara que, en principio, sería cuando me graduara de bachiller. Pasaba horas y horas en la computadora hablando con él. Recuerdo que me sentía bien triste, lloraba un montón. Hablaba con mis papás y les decía que me quería regresar, que no aguantaba. Estaba muy agradecida con mis tíos, por la ayuda que me estaban dando, pero no me sentía bien. Mi mamá hasta llegó a considerar que volviera, al verme tan desesperada, pero luego volvieron a hablar conmigo y me dijeron que continuara estudiando, que era lo mejor para mí seguir aquí. Con el tiempo, este novio me engañó. Ahora me da risa recordarlo, pero, en ese momento, lo viví como un auténtico drama”.

Mientras, sus padres, después de intentar todo laboral y económicamente en El Salvador, decidieron dar el salto: Su papá emigró a finales de 2009 y su mamá a principios de 2010. Ese mismo año, en junio, Aída se graduó de High School o bachillerato, cumpliendo así su primer gran objetivo.

La familia decidió instalarse en Houston, donde residía el hijo mayor. Con un inglés más sólido y sintiéndose más segura, Aída comenzó a trabajar como camarera en el mismo restaurante donde su hermano era bar tender. Sus padres tuvieron que iniciar sus estudios de inglés, pues no lo dominaban y eso redujo drásticamente las opciones laborales para ellos.   “Ese primer año no pude entrar al College, pues hay que residir en un estado, mínimo un año, para demostrar que pagas impuestos y no te cobren como extranjero. Mi primera experiencia laboral fue fea, en ese lugar, la gente tomaba y no me gustaba nada el ambiente”.

Con casi 20 años, Aída, nuevamente vivía una crisis personal. Sus objetivos de estudio tenían que esperar, mientras trabajaba en algo que no le gustaba. “Sé que eso es lo que vive la mayoría de la gente cuando emigra. Pero cuando mentalmente se es tan joven, los tiempos y los plazos se dimensionan de otra manera. Y para mí era realmente desesperante no sentir que avanzara hacia mi meta. Además, tuve choque con mis papás, pues después de estar un tiempo separados, yo sentía que me había independizado bastante, había madurado, y no me sentía cómoda estando otra vez en casa con ellos, como una niña pequeña. Nunca tuve una actitud indebida, no me dio por fumar, beber, andar en drogas, a mí eso sinceramente no me gusta. Me sentía demasiado sobreprotegida. Los comprendía, pero también quería volar y progresar”.

En ese contexto, tomó la decisión de mudarse a casa de una amiga. También comenzó a trabajar en el sector de catering y luego en una empresa de repuestos automovilísticos, donde también su padre entró a trabajar. Después mejoró su situación laboral, desarrollándose como  asistente de chef pastelera. “Ahí me interesé por la cocina profesional. Sentí que podía llegar a ser chef. Averigüé en “The Art Institute of Houston”, pero la carrera valía 100 mil dólares. Y el gobierno no da ayudas para ese centro de estudios. Mis papás me dijeron que pensara en otra cosa en la que pudiera recibir ayuda y no endeudarme demasiado. Así llegué al “Houston Community Collegue”, que es más accesible económicamente. Mi sorpresa fue que, aunque tenía muy buenas notas, las materias que tenía en mi expediente no me daban el nivel de College. Se ve que, por el nivel de inglés que tenía cuando llegué a la escuela, me pusieron esas. Pero no tenían que ver con mi nivel académico real, sino con el dominio del idioma que entonces tenía. Yo no sabía. No estuve bien asesorada y las consecuencias las vi al querer entrar a la universidad. Entonces, me tocaba tomar otras clases extra para conseguir el nivel de College. Me frustré mucho. Más tiempo. Más dinero”.

Dejando atrás la idea de ser chef, la meta académica de Aída se configuró en la Medicina. Empezó a tomar las clases necesarias, mientras continuaba trabajando.  Le faltaban cuatro clases más, que se debían cursar en semestres diferentes, para conseguir, por fin, el nivel de College requerido. Fue entonces, cuando, en 2013, ya con 22 años, sucedería una “anécdota” en las redes sociales que cambiaría su vida.

Un día, viendo su Facebook, Aída dio “like” a una foto de Edwin, un ex compañero de infancia de su colegio. Era la foto de él con su novia con la que, al parecer, había planes serios de boda. También le dio “like” a la siguiente foto de una divertida galleta que estaba de cabeza con el mensaje “voy a sentar cabeza”. Ella, risueñamente, le escribió: “Me invitas a la boda”. Nada que tuviera algo en especial. Un simple comentario. Cosas de jóvenes.

El guiño virtual dio pie a que ellos comenzaran a tratarse de nuevo, después de tantos años. “Es curioso, porque él y yo fuimos ‘noviecitos’ en el colegio, de esos de manita sudada, como en cuarto grado. Pero era un juego de niños. Cuando nos reencontramos, comenzamos a platicar más sobre nuestra vida, nuestros planes. Yo había quedado muy desencantada por el novio que me había engañado y él, un tiempo después, me contó que su novia lo había cortado. La verdad es que nuestras conversaciones nos consolaban y nos acercaron mucho.  Me dijo que la próxima vez que fuera a El Salvador, le gustaría  que saliéramos al cine o a  comer algo. A mí ya me empezaba a llamar la atención… Él ya me decía ‘chelita’, esas ya eran palabras ‘más fuertes’, jajaja!”.

Aprovechando sus vacaciones anuales, Aída llegó a El Salvador, en junio de 2013.  Como buen pretendiente, Edwin la recogió en el aeropuerto, con un ramo de girasoles, y la llevó directo a comer pupusas, a Olocuilta.  “Este bicho anda en algo –pensé- Y todos los días nos veíamos, platicábamos, salíamos a bailar, al cine, a comer. Yo iba solo de vacaciones, que amplié a tres meses. Luego iba a volver. En mi trabajo me dijeron que me esperarían, sin problema. También empezamos a ir a su iglesia”.

Estando ahí, frente a la fachada del templo, un 8 de agosto, Aída cuenta que Edwin se arrodilló y le pidió que fuera su novia, que ella era una mujer realmente especial y que quería compartir la vida a su lado. Ella dijo que sí. Entonces, los planes cambiaron. Se quedó un tiempo más en su país, con la idea de pasar la Navidad ahí y regresar en enero de 2014 a Estados Unidos. Para conseguir algunos ingresos en su larga temporada de vacaciones, ella comenzó a trabajar en un call center. Él también trabajaba y estudiaba en la universidad. Se desarrollaba así un noviazgo totalmente inesperado para los dos y sus respectivos amigos y familiares.

A las pocas semanas, otra noticia, aún más intempestiva, llegó: Aída descubrió que estaba embarazada. Estaba por cumplir 23 años.  “Yo llevaba varias mañanas con náuseas. Mi mejor amiga me acompañó a hacer la prueba y le pedí que viera el resultado. ‘Es positivo’, me confirmó y me abrazó fuerte. Llamé a Edwin por teléfono en ese momento y le conté que iba a ser papá. Su respuesta fue serena. Me pidió que me quedara tranquila, me recordó que él quería formar una familia conmigo. ‘No pensé que fuera tan pronto, pero vamos a salir adelante juntos’”, me dijo.

Luego de comunicar a ambas familias del embarazo y de decidir que vivirían en Estados Unidos, el siguiente paso era conseguir el visado de Edwin, para que pudiera viajar con ella a ese país y casarse. Así fue. Ambos viajaron a Estados Unidos, el 4 de enero de 2014. Al llegar al aeropuerto en Houston, los separaron en las filas de Migración, pues Aída ya era ciudadana y él sólo iba con su visado. “Yo pasé mi trámite y me quedé esperándolo. Pasó una hora, hora y media, dos horas… y no aparecía. Luego, por suerte, lo vi salir de una oficina con un agente. Llevaba una gran cara de afligido. Me preguntaron si lo conocía y, después de contestar varias preguntas, por fin lo dejaron ir. Él me contó después que ese agente lo había estado amedrentando. Que lo trató de gay, como si eso fuese despectivo o insultante. Que le dijo que no iba a permitir que se quedara en su país. Lo absurdo de todo es que ese agente era de origen mexicano”.

Luego de esa desagradable experiencia de bienvenida, la pareja se casó por lo civil, el 25 de enero de 2014. A los tres meses, Edwin recibió su permiso legal para trabajar. Por contactos que recibió de su iglesia, comenzó en el área de la construcción y luego se incorporó en un pequeño periódico de la localidad, especializado en anuncios clasificados. Aída, por su parte, se incorporó nuevamente al restaurante, para contribuir con los ingresos familiares.

“Al principio nos costó mucho despegar, porque él apenas estaba adaptándose y yo sin tener grandes estudios, tampoco podía optar a un mejor empleo, además, estando embarazada. Nuestro hijo, Santiago, nació el 16 de mayo de 2014.  Aunque tuve un embarazo tranquilo, el niño nació con bajo peso, porque tuve problemas de placenta en las últimas semanas y nunca me lo dijeron. Sólo me hicieron una ecografía de control en todo ese tiempo. La verdad es que me quedé sorprendida de lo mal atendida que estuve. Menos mal que mi niño estaba sanito, pese a todo; si no, no sé qué hubiera hecho”.

Luego de dedicarse durante algunos meses al cuidado de su bebé, Aída retomó su trabajo, en enero 2015. En ese año también se casaron por la iglesia, en El Salvador, y tuvieron la oportunidad de mudarse a su propia casa, en Houston. En esta nueva etapa, su empleo le permitió desarrollar el que considera el mejor aprendizaje que más la ha marcado como persona y profesional. “Conseguí una plaza como asistente de maestra, para atender a niños de pre kínder, de 4 años. La labor con ellos me ha impactado profundamente. El centro me certificó también como traductora, para ayudar a esas madres hispanas, sobre todo de México, Guatemala y El Salvador, que no saben inglés, para que puedan comunicarse con las maestras, entiendan bien cuál es la situación de sus hijos y se involucren más en su proceso educativo”.

En junio de 2017, nació su segundo hijo, Sebastián.  Y Edwin logró ingresar en una importante empresa de seguros donde, gracias a su esfuerzo y destacadas ventas, ha llegado a ser promovido internamente, para que tenga su propia agencia de seguros, con sus empleados y clientes.

“En poco tiempo, hemos crecido mucho como pareja y como personas. Ahora tengo claro que quiero estudiar Pediatría. Quiero ser una doctora que atiende a niños. Soy consciente de lo importante que es su cuidado y educación. Aunque mi segundo bebé está pequeño y estoy dedicada a él, me he prometido seguir luchando y conseguir esa meta. No quiero quedarme estancada. No quiero ser como la gente dice: ‘ya tiene hijos, ya se quedó ahí’. Aunque no es fácil, la maternidad me llena aún más de fuerza para continuar. En este país uno puede crecer, si uno quiere. Tuve una adolescencia dura, como inmigrante, pero ahora lo agradezco. Mi sueño no acaba todavía. Y lo que me queda por conseguir lo haré por amor a mis hijos pero, sobre todo, por gratitud a mis padres”, finaliza.