“Tuve una adolescencia dura, como inmigrante, pero lo agradezco”

Por: Claudia Zavala

La adolescencia es un período especial para cualquier persona. Los cambios mentales, hormonales y emocionales forman parte de un proceso que algunas veces se vive con dificultad. Si a eso, además, se suma un proceso migratorio, los contrastes que se experimentan complejizan aún más esa etapa. Eso fue lo que le sucedió a Aída Alens de Colindres. Una salvadoreña que, a los 16 años, tuvo que salir de su país de origen para empezar una nueva vida en Estados Unidos. “Mi papá tenía un buen trabajo, pero lo perdió. Estuvo mucho tiempo buscando, sin éxito. Con el salario de mi mamá no alcanzaba para los gastos de casa. Justo en 2007, a mi mamá y a mí nos salió la residencia estadounidense. Mi hermano mayor y mi papá ya la tenían. Yo tenía 16 años, estaba terminando octavo grado. Mis padres creyeron que era un buen momento para mí, así podía mejorar mi inglés y tener acceso a una educación gratuita, porque los colegios privados en El Salvador son caros, y tener más oportunidades para ir a la universidad. Sé que lo hicieron pensando en mi futuro y en mi bien”.

Fue así como, a principios de noviembre de 2007, Aída llegó a Nueva York, donde residía su abuela materna, quien había gestionado su trámite migratorio y, un mes después, viajó a Florida, para instalarse con sus tíos y primos paternos. Su madre también viajó con ella, pero tuvo que regresar a El Salvador, para vender la casa familiar y gestionar todo lo necesario antes de la mudanza definitiva. “Mi papá no perdía la fe de conseguir trabajo. En el fondo, ellos no estaban convencidos de emigrar. Nunca crecí con esa idea en casa. Ellos tenían sus trabajos y nosotros teníamos lo necesario. Vivíamos contentos. Creo que para ellos fue muy duro salir del país, ya no tan jóvenes, a empezar de cero. Cada vez valoro mucho más la decisión que tomaron”.

Ni el sol ni la belleza de Naples, Florida, ayudaron a que Aída se acoplara con facilidad a su nueva situación.  Además, se dio cuenta de que, pese a haber estudiado durante varios años en una academia, su nivel de inglés no era suficiente para desarrollarse y comunicarse como cualquier joven. “Me daba pena hablarlo. En la escuela, si tenía que hacer algún trámite, le pedía a mi prima que me tradujera. También me impactó el ambiente que había. Yo venía de un colegio privado, de monjas, muy tranquilo. ¡Y aquí había de todo! Jajaja! Había grupos, como de tribus urbanas: emos, punks, rockers, etc. Yo que siempre fui sociable, me sentía como pollito comprado y no hablaba. Hasta el siguiente año comencé a tener amigos, una colombiana, una cubana, una mexicana y una peruana. Recuerdo que, en décimo grado, en clase de matemática, unos muchachos me ofrecieron fumar marihuana. Yo sabía que no quería nada de eso. Tampoco quería decepcionar a mis papás”, recuerda.

A la separación de su tierra, padres y amigos, se unía su especial situación sentimental: “Tenía un novio que pensaba que era el amor de mi vida, como la mayoría de muchachas a esa edad. Nos comunicábamos por Messenger y correos electrónicos, porque se suponía que él me iba a esperar, hasta que yo regresara que, en principio, sería cuando me graduara de bachiller. Pasaba horas y horas en la computadora hablando con él. Recuerdo que me sentía bien triste, lloraba un montón. Hablaba con mis papás y les decía que me quería regresar, que no aguantaba. Estaba muy agradecida con mis tíos, por la ayuda que me estaban dando, pero no me sentía bien. Mi mamá hasta llegó a considerar que volviera, al verme tan desesperada, pero luego volvieron a hablar conmigo y me dijeron que continuara estudiando, que era lo mejor para mí seguir aquí. Con el tiempo, este novio me engañó. Ahora me da risa recordarlo, pero, en ese momento, lo viví como un auténtico drama”.

Mientras, sus padres, después de intentar todo laboral y económicamente en El Salvador, decidieron dar el salto: Su papá emigró a finales de 2009 y su mamá a principios de 2010. Ese mismo año, en junio, Aída se graduó de High School o bachillerato, cumpliendo así su primer gran objetivo.

La familia decidió instalarse en Houston, donde residía el hijo mayor. Con un inglés más sólido y sintiéndose más segura, Aída comenzó a trabajar como camarera en el mismo restaurante donde su hermano era bar tender. Sus padres tuvieron que iniciar sus estudios de inglés, pues no lo dominaban y eso redujo drásticamente las opciones laborales para ellos.   “Ese primer año no pude entrar al College, pues hay que residir en un estado, mínimo un año, para demostrar que pagas impuestos y no te cobren como extranjero. Mi primera experiencia laboral fue fea, en ese lugar, la gente tomaba y no me gustaba nada el ambiente”.

Con casi 20 años, Aída, nuevamente vivía una crisis personal. Sus objetivos de estudio tenían que esperar, mientras trabajaba en algo que no le gustaba. “Sé que eso es lo que vive la mayoría de la gente cuando emigra. Pero cuando mentalmente se es tan joven, los tiempos y los plazos se dimensionan de otra manera. Y para mí era realmente desesperante no sentir que avanzara hacia mi meta. Además, tuve choque con mis papás, pues después de estar un tiempo separados, yo sentía que me había independizado bastante, había madurado, y no me sentía cómoda estando otra vez en casa con ellos, como una niña pequeña. Nunca tuve una actitud indebida, no me dio por fumar, beber, andar en drogas, a mí eso sinceramente no me gusta. Me sentía demasiado sobreprotegida. Los comprendía, pero también quería volar y progresar”.

En ese contexto, tomó la decisión de mudarse a casa de una amiga. También comenzó a trabajar en el sector de catering y luego en una empresa de repuestos automovilísticos, donde también su padre entró a trabajar. Después mejoró su situación laboral, desarrollándose como  asistente de chef pastelera. “Ahí me interesé por la cocina profesional. Sentí que podía llegar a ser chef. Averigüé en “The Art Institute of Houston”, pero la carrera valía 100 mil dólares. Y el gobierno no da ayudas para ese centro de estudios. Mis papás me dijeron que pensara en otra cosa en la que pudiera recibir ayuda y no endeudarme demasiado. Así llegué al “Houston Community Collegue”, que es más accesible económicamente. Mi sorpresa fue que, aunque tenía muy buenas notas, las materias que tenía en mi expediente no me daban el nivel de College. Se ve que, por el nivel de inglés que tenía cuando llegué a la escuela, me pusieron esas. Pero no tenían que ver con mi nivel académico real, sino con el dominio del idioma que entonces tenía. Yo no sabía. No estuve bien asesorada y las consecuencias las vi al querer entrar a la universidad. Entonces, me tocaba tomar otras clases extra para conseguir el nivel de College. Me frustré mucho. Más tiempo. Más dinero”.

Dejando atrás la idea de ser chef, la meta académica de Aída se configuró en la Medicina. Empezó a tomar las clases necesarias, mientras continuaba trabajando.  Le faltaban cuatro clases más, que se debían cursar en semestres diferentes, para conseguir, por fin, el nivel de College requerido. Fue entonces, cuando, en 2013, ya con 22 años, sucedería una “anécdota” en las redes sociales que cambiaría su vida.

Un día, viendo su Facebook, Aída dio “like” a una foto de Edwin, un ex compañero de infancia de su colegio. Era la foto de él con su novia con la que, al parecer, había planes serios de boda. También le dio “like” a la siguiente foto de una divertida galleta que estaba de cabeza con el mensaje “voy a sentar cabeza”. Ella, risueñamente, le escribió: “Me invitas a la boda”. Nada que tuviera algo en especial. Un simple comentario. Cosas de jóvenes.

El guiño virtual dio pie a que ellos comenzaran a tratarse de nuevo, después de tantos años. “Es curioso, porque él y yo fuimos ‘noviecitos’ en el colegio, de esos de manita sudada, como en cuarto grado. Pero era un juego de niños. Cuando nos reencontramos, comenzamos a platicar más sobre nuestra vida, nuestros planes. Yo había quedado muy desencantada por el novio que me había engañado y él, un tiempo después, me contó que su novia lo había cortado. La verdad es que nuestras conversaciones nos consolaban y nos acercaron mucho.  Me dijo que la próxima vez que fuera a El Salvador, le gustaría  que saliéramos al cine o a  comer algo. A mí ya me empezaba a llamar la atención… Él ya me decía ‘chelita’, esas ya eran palabras ‘más fuertes’, jajaja!”.

Aprovechando sus vacaciones anuales, Aída llegó a El Salvador, en junio de 2013.  Como buen pretendiente, Edwin la recogió en el aeropuerto, con un ramo de girasoles, y la llevó directo a comer pupusas, a Olocuilta.  “Este bicho anda en algo –pensé- Y todos los días nos veíamos, platicábamos, salíamos a bailar, al cine, a comer. Yo iba solo de vacaciones, que amplié a tres meses. Luego iba a volver. En mi trabajo me dijeron que me esperarían, sin problema. También empezamos a ir a su iglesia”.

Estando ahí, frente a la fachada del templo, un 8 de agosto, Aída cuenta que Edwin se arrodilló y le pidió que fuera su novia, que ella era una mujer realmente especial y que quería compartir la vida a su lado. Ella dijo que sí. Entonces, los planes cambiaron. Se quedó un tiempo más en su país, con la idea de pasar la Navidad ahí y regresar en enero de 2014 a Estados Unidos. Para conseguir algunos ingresos en su larga temporada de vacaciones, ella comenzó a trabajar en un call center. Él también trabajaba y estudiaba en la universidad. Se desarrollaba así un noviazgo totalmente inesperado para los dos y sus respectivos amigos y familiares.

A las pocas semanas, otra noticia, aún más intempestiva, llegó: Aída descubrió que estaba embarazada. Estaba por cumplir 23 años.  “Yo llevaba varias mañanas con náuseas. Mi mejor amiga me acompañó a hacer la prueba y le pedí que viera el resultado. ‘Es positivo’, me confirmó y me abrazó fuerte. Llamé a Edwin por teléfono en ese momento y le conté que iba a ser papá. Su respuesta fue serena. Me pidió que me quedara tranquila, me recordó que él quería formar una familia conmigo. ‘No pensé que fuera tan pronto, pero vamos a salir adelante juntos’”, me dijo.

Luego de comunicar a ambas familias del embarazo y de decidir que vivirían en Estados Unidos, el siguiente paso era conseguir el visado de Edwin, para que pudiera viajar con ella a ese país y casarse. Así fue. Ambos viajaron a Estados Unidos, el 4 de enero de 2014. Al llegar al aeropuerto en Houston, los separaron en las filas de Migración, pues Aída ya era ciudadana y él sólo iba con su visado. “Yo pasé mi trámite y me quedé esperándolo. Pasó una hora, hora y media, dos horas… y no aparecía. Luego, por suerte, lo vi salir de una oficina con un agente. Llevaba una gran cara de afligido. Me preguntaron si lo conocía y, después de contestar varias preguntas, por fin lo dejaron ir. Él me contó después que ese agente lo había estado amedrentando. Que lo trató de gay, como si eso fuese despectivo o insultante. Que le dijo que no iba a permitir que se quedara en su país. Lo absurdo de todo es que ese agente era de origen mexicano”.

Luego de esa desagradable experiencia de bienvenida, la pareja se casó por lo civil, el 25 de enero de 2014. A los tres meses, Edwin recibió su permiso legal para trabajar. Por contactos que recibió de su iglesia, comenzó en el área de la construcción y luego se incorporó en un pequeño periódico de la localidad, especializado en anuncios clasificados. Aída, por su parte, se incorporó nuevamente al restaurante, para contribuir con los ingresos familiares.

“Al principio nos costó mucho despegar, porque él apenas estaba adaptándose y yo sin tener grandes estudios, tampoco podía optar a un mejor empleo, además, estando embarazada. Nuestro hijo, Santiago, nació el 16 de mayo de 2014.  Aunque tuve un embarazo tranquilo, el niño nació con bajo peso, porque tuve problemas de placenta en las últimas semanas y nunca me lo dijeron. Sólo me hicieron una ecografía de control en todo ese tiempo. La verdad es que me quedé sorprendida de lo mal atendida que estuve. Menos mal que mi niño estaba sanito, pese a todo; si no, no sé qué hubiera hecho”.

Luego de dedicarse durante algunos meses al cuidado de su bebé, Aída retomó su trabajo, en enero 2015. En ese año también se casaron por la iglesia, en El Salvador, y tuvieron la oportunidad de mudarse a su propia casa, en Houston. En esta nueva etapa, su empleo le permitió desarrollar el que considera el mejor aprendizaje que más la ha marcado como persona y profesional. “Conseguí una plaza como asistente de maestra, para atender a niños de pre kínder, de 4 años. La labor con ellos me ha impactado profundamente. El centro me certificó también como traductora, para ayudar a esas madres hispanas, sobre todo de México, Guatemala y El Salvador, que no saben inglés, para que puedan comunicarse con las maestras, entiendan bien cuál es la situación de sus hijos y se involucren más en su proceso educativo”.

En junio de 2017, nació su segundo hijo, Sebastián.  Y Edwin logró ingresar en una importante empresa de seguros donde, gracias a su esfuerzo y destacadas ventas, ha llegado a ser promovido internamente, para que tenga su propia agencia de seguros, con sus empleados y clientes.

“En poco tiempo, hemos crecido mucho como pareja y como personas. Ahora tengo claro que quiero estudiar Pediatría. Quiero ser una doctora que atiende a niños. Soy consciente de lo importante que es su cuidado y educación. Aunque mi segundo bebé está pequeño y estoy dedicada a él, me he prometido seguir luchando y conseguir esa meta. No quiero quedarme estancada. No quiero ser como la gente dice: ‘ya tiene hijos, ya se quedó ahí’. Aunque no es fácil, la maternidad me llena aún más de fuerza para continuar. En este país uno puede crecer, si uno quiere. Tuve una adolescencia dura, como inmigrante, pero ahora lo agradezco. Mi sueño no acaba todavía. Y lo que me queda por conseguir lo haré por amor a mis hijos pero, sobre todo, por gratitud a mis padres”, finaliza.

3 comentarios en ““Tuve una adolescencia dura, como inmigrante, pero lo agradezco”

  1. Aida la felicito por hermosa familia y la capacidad de ambos de adaptación al cambio lo q se traduce en éxito . Yo estudie medicina en El Salvador y me case a lis 21 años , tuve mi primera hijo a los 22 en 4 año de carrera y mi segundo hijo Antes de entrar al internado . A los 24 años. soy la prueba maxima q con fe en Dios , amor propio , metas definidas y decisión de sacar a la familia adelante se puede lograr coronar una carrera de tanta vocación y entrega como es la medicina. El camino es largo pero ud nunca s de por vencida Poq en Cristo somos más q vencedores. Adelante q lo mejor está por venir.Abrazos desde New York

    1. Gracias por sus palabras, Leticia. Me impresiona también lo que cuenta. Imagino lo duro que tuvo que ser para usted desarrollarse en una carrera tan exigente como la Medicina, siendo a la vez madre tan joven. No es fácil pero, como usted dice, con amor propio, metas definidas y decisión, se puede salir adelante y conseguir lo que uno se propone. Le mando un fuerte abrazo! 🙂

    2. Que linda y muchas gracias Leticia Jovel, me llena de felicidad y de animos saber que no soy la unica que a tenido metas grandes. Creer y confiar en uno mismo es la clave del exito asi que le seguire hechando ganas y la tendre en mente. Porque no hay obstáculos, si uno se propone salir adelante se puede!
      Disculpe que le contestó hasta estas fechas pero no me había fijado en su comentario aquí en la pagina de Diáspora Azul. Saludos y un abrazo fuerte desde Texas. 🙂

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